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Crimen y castigo
La dulce tentación de la censura
La dictadura perfecta del siglo XXI
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Crimen y castigo
Sergio Ramírez
Managua, 31 de mayo, La Prensa
El reclamo de callar todas las voces que atentan contra determinada concepción cultural, parte necesariamente de la idea de que es necesario defender una identidad propia puesta en peligro por todo lo que viene de fuera de las fronteras, unas fronteras que no son sólo territoriales, sino también ideológicas. En este sentido, el Estado se hace cargo de promover y defender esa llamada identidad cultural, que se erige como oficial y frente a la cual no caben alternativas de expresión.
Unas semanas atrás la CNN había entrevistado en México a Teodoro Petkoff, el director del diario Tal Cual de Caracas, acerca del entonces inminente cierre de la emisora RCTV de Venezuela. Me tocó estar en México cuando en el mismo programa compareció una diputada, emisaria del Gobierno del presidente Chávez, para replicar a Petkoff, y su argumento capital para justificar la pena capital impuesta a la emisora, fue el de que en su programación introducía formas extrañas de cultura, que enajenaban las costumbres y creencias del pueblo venezolano.
He escuchado otras justificaciones oficiales, la más reiterada de ellas que se trataba de una emisora golpista, pues se había puesto del lado de quienes buscaron derrocar al presidente Chávez en el año 2002, y él mismo, tras dictar la sentencia, le fue contando con fruición los días que le quedaban de vida. Pero saber ahora que también se trata de un acto de represión ideológica y que la medida está destinada a restringir los espacios de convivencia cultural, me da una idea de lo que debe esperarse en el futuro.
El reclamo de callar todas las voces que atentan contra determinada concepción cultural, parte necesariamente de la idea de que es necesario defender una identidad propia puesta en peligro por todo lo que viene de fuera de las fronteras, unas fronteras que no son sólo territoriales, sino también ideológicas. En este sentido, el Estado se hace cargo de promover y defender esa llamada identidad cultural, que se erige como oficial y frente a la cual no caben alternativas de expresión.
El Estado bolivariano tiene una concepción oficial de su identidad política, que pasa a ser una identidad cultural. La misma definición de “Estado bolivariano” implica ya una definición nacionalista, que de acuerdo con la doctrina del presidente Chávez, reiterada en sus discursos, es popular además de nacionalista. Le he oído anunciar la filmación de superproducciones donde se narrará la vida y las hazañas de los héroes de Venezuela, para contrarrestar a las películas enajenantes de Hollywood, por ejemplo, y las emisiones de Telesur, su canal internacional de televisión, vienen a perseguir el mismo propósito.
A mí me parece bien que exista Telesur, porque brinda una alternativa de información dentro de la compleja red de ofertas que existe hoy día en el mundo, y si el presidente Chávez quiere realizar una multimillonaria inversión para que haya en Venezuela unos estudios de cine en competencia con los de Hollywood, ya se ve que tiene el dinero para hacerlo. Lo malo sería que en mi pantalla yo tuviera las veinticuatro horas del día nada más que Telesur, y a la hora de la película de la noche sólo vidas y hazañas de próceres y todo lo demás quedara fuera por tratarse de basura enajenante.
Si tras el cierre de la RCTV se extendiera por América Latina la ola justiciera en contra de la enajenación cultural inoculada por las emisoras de televisión, desde Miami a México, y de Río de Janeiro a Santiago, y de Bogotá a la propia Caracas, donde sobrevive Venevisión, los ayatolas culturales me dejarían con no poca nostalgia. Nostalgia por los chocarreros juicios fingidos delante de jueces de togas negras, en los que se ventilan a grito pelado conflictos familiares; por los edulcorados programas de entrevistas donde las amas de casa lloran sus penas delante de entrevistadoras implacables; por los longevos concursos de aficionados con premios vistosos, autos deportivos relucientes y viajes al fin del mundo, ofrecidos por presentadoras de sonrisa congelada; por las telenovelas venezolanas donde las heroínas y las malvadas, sobre todo las malvadas, se levantan ya maquilladas de la cama y los escenarios de casa rica parecen siempre las salas de exhibición de una tienda de muebles.
Sería mi nostalgia por el mal gusto, pero para miles de televidentes sería su nostalgia por lo que les gusta, que en asunto de preferencias no hay nada escrito. El gusto tiene que ver con la libertad, más allá de las categorías culturales oficiales, y suprimir las opciones, para dejar ver sólo lo que el criterio oficial determina que uno debe ver, es como levantar barrotes de acero frente a la pantalla y hacer de cada hogar una celda de castigo. Es obligarlo a uno a entregar al Estado el poder de decidir acerca de lo que quiere ver o escuchar, en la televisión, en el cine y en la radio, de donde fácilmente se pasa a arrebatarle a uno ese mismo poder en lo que respecta a lo que quiere leer.
Es la gran distancia entre lo que uno quiere hacer y lo que otros determinan desde arriba que uno debe hacer. En lugar de las transmisiones enajenantes de la RCTV , habrá ahora en Venezuela un canal oficial con programas de sanos esparcimientos, a prueba de enajenación, ideológicamente correctos y culturalmente pulcros y con noticieros bien filtrados. Programas que para alcanzar la sanidad moral y la pureza ideológica tendrán que ser elaborados necesariamente por un eficiente equipo de ángeles celestiales, de pensamiento homogéneo y a prueba de tentaciones y deslices. Las telenovelas tendrán ahora mensaje moral. ¡Telenovelas sanas, sin colesterol!
¿Y quién dice que esos ángeles militantes serán ajenos a la mediocridad, al mal gusto, y a la ortodoxia ramplona? No olvidemos que se tratará de ángeles disciplinados y que toda ortodoxia es enemiga acérrima de la imaginación, que es la más soberana forma de libertad. Y tampoco olvidemos que cuando el Estado se mete con las preferencias personales para reglamentarlas y conducirlas, al ofrecer el cielo, nos da el infierno.
La dulce tentación de la censura
Rodolfo Pérez García
Managua, 29 de mayo, El Nuevo Diario
Depende de nosotros quitarles a estos intolerantes el sabor de la censura de sus bocas y cerebros; si ya con sólo criticarlos les retiran la cortesía a quienes les pagamos su salario, ya no digamos si les dejamos la posibilidad de darles manos libres para censurar la críticas que valientemente todavía muchos somos capaces de hacerles, a pesar de sus amenazas, que el solo intento de censurar les envenene sus intentos de recuperar su papel de totalitarios.
Los derechos fundamentales a la libertad de expresión, opinión, pensamiento y a la libertad de información no fueron otorgados como una dádiva por el Estado, cada uno de ellos tiene una larga trayectoria de lucha en la que se ha derramado mucha sangre de gente valiente.
La historia moderna nos enseña que todos estos derechos han tenido que ser arrebatados a la fuerza a quienes han detentado el poder político en nuestros pueblos. La larga tradición de dictaduras militares tiene como denominador común la represión al pensamiento que siquiera vislumbre un sentido crítico a quienes están gobernando los destinos de un pueblo. A veces es fácil dar una opinión a favor de aquellos que no aceptan críticas, de quienes somos capaces de decir que no estamos de acuerdo con actitudes de aquellos que tienen la posibilidad de tomar decisiones, que afectan a las mayorías de forma sustancialmente negativa, pero esos que defienden a los censores no tienen ni la más mínima idea del sagrado derecho a expresarse.
Al llegar al poder se lleva consigo un sinnúmero de imperfecciones y malas tentaciones que como seres humanos hemos sido influenciados a lo largo de nuestra vida; en muchas ocasiones hasta la convivencia familiar o social marca nuestras conductas a lo largo de nuestra trayectoria, quienes ostentan el poder político no están exentos de ello.
Es importante destacar el entorno en el cual nos hemos desarrollado, suponiendo en primer lugar el desconocimiento absoluto de los derechos fundamentales, tarea pendiente de enseñanza que siguen teniendo los Estados; el desarrollo personal muchas veces está ligado a conductas del mismo entorno, ejemplo de ello es la represión de nuestros padres durante la infancia, la tradición ha marcado que los niños no pueden ni deben opinar en las cosas de los adultos, mucho menos se les ocurra criticar a aquellos que les dan de comer, mantienen la casa, y máxime si les dieron el privilegio de venir a este mundo. En esta relación filio-paterna está claramente definido quién es la autoridad y quiénes los subordinados, parte de esa censura es también impuesta a las madres dependientes y sometidas a las más duras formas de machismo latinas.
Marcada esta forma de vida en nuestras conciencias es que llegamos a la adolescencia, una etapa de rebeldía en la cual lo único que pretendemos hacer es romper el estado de las cosas, oponernos a veces hasta la más mínima forma de control. En ese momento tenemos pocos caminos, entre ellos descarriarnos socialmente y convertirnos en delincuentes o políticos corruptos, o por otro lado asumir la responsabilidad de dar un giro responsable a nuestras vidas.
Aquellos que optan por la carrera política andan en la búsqueda, a veces inconscientes, de la venganza por lo que sufrieron de niños; acá entra en juego aquel dicho de que no busco quien me las hizo, sino quien me las pague. Sin justificar en lo más mínimo esta errada actitud, llegan al poder con una barrera infranqueable construida desde años de sufrimiento en relación al rechazo de cualquier tipo de cuestionamientos, su actitud soberbia se convierte en una fortaleza inexpugnable de perfección casi divina, comienzan a rodearse de aquellos que no son capaces, muchas veces por conveniencia, de criticar en lo más mínimo cualquier tipo de decisión que tome el megalómano dirigente por muy errada que ésta sea.
Lejos de ayudar a esta persona, lo que hacen los más allegados es seguir alimentando el trastorno de personalidad que cada día se agrava, principalmente si este enfermo tiene la posibilidad de subir a una tarima y escuchar una plaza llena de borregos gritando desaforadamente que tiene la razón en todo lo que dice o hace. Este comportamiento ha sido el típico de los dictadores, al creer que tienen la verdad absoluta en sus manos y que además son incuestionables por la gracia divina, por el poder del petróleo o por cualquier otra locura, el dulce sabor de la censura llena su boca y su cerebro, las principales víctimas son los adversarios políticos, la censura se convierte en una política de Estado y creyendo destruir con esto el pasado represivo de su infancia, someten a cualquier tipo de atropello a quienes todavía luchan por decirle la verdad en su cara.
Es difícil para este tipo de enfermos aceptar una crítica por muy constructiva que ésta sea, ya ni los más cercanos se salvan de la paranoia que en muchas ocasiones va asociada en estos casos clínicos.
Los funcionarios cercanos a su gobierno, tras un proceso de desalienación mental y producto de la embriaguez por haber recuperado el poder que durante muchos años soñaron, despiertan a la racionalidad objetiva y se dan cuenta de los grandes desastres gubernamentales, económicos y políticos que ellos mismos están ayudando a cometer, tras ese despertar a la cordura se atreven a criticar tímidamente a quienes ostentan el férreo poder; en un acto valiente y osado se arriesgan a preguntar antes de obedecer una orden, eso basta para que en menos que cante un gallo la consorte del ungido divino las ponga de patitas en la calle sin tomar en cuenta su trayectoria, noches de desvelo en la campaña o el perfecto currículum para ocupar el puesto en el que habían sido nombrados. Lo peor es que rechazando su propia inteligencia, tras el despido crudo e injustificado, salen dando declaraciones a los medios de comunicación apoyando las decisiones del soberano. Esto nos indica que la cordura era temporal y tras la irreflexiva decisión de criticar, regresan al estado vegetal de su cerebro para seguir gritando a todo pulmón las consignas del partido.
Tras estas experiencias reales que trastocan cualquier teoría psicológica de la conducta, se deja entrever un grave peligro para quienes todavía pensamos por nosotros mismos: el poder y sus allegados apuntan sus cañones contra los medios de comunicación privados independientes, sin embargo, suelen suceder algunas paradojas, por ejemplo, un canal privado que de la noche a la mañana se convierte en el canal oficial del Estado-Partido y así se garantiza su subsistencia parasitaria los próximos años del gobierno, pero aquellos a quienes los califican de las peores maneras para desprestigiarlos comienzan a sufrir la censura más refinada que va desde la exclusión de la pauta publicitaria del Estado hasta la cancelación de la licencia para transmitir libremente un mensaje que no está acorde con los nuevos dictadores latinoamericanos. Parece mentira, pero este tipo de barbaries en ocasiones tiene ecos oficiales en aquellos gobiernos que han comprometido la soberanía de sus pueblos a cambio de dinero, falsas promesas o socialismos trasnochados que ya ni los bolcheviques más radicales son capaces de aplicarlos en los nuevos contextos, donde los llamados revolucionarios son más burgueses que aquellos que dicen combatir con sus medidas económicas.
Finalmente, depende de nosotros quitarles a estos intolerantes el sabor de la censura de sus bocas y cerebros; si ya con sólo criticarlos les retiran la cortesía a quienes les pagamos su salario, ya no digamos si les dejamos la posibilidad de darles manos libres para censurar la críticas que valientemente todavía muchos somos capaces de hacerles, a pesar de sus amenazas, que el solo intento de censurar les envenene sus intentos de recuperar su papel de totalitarios
La dictadura perfecta del siglo XXI
Pedro Joaquín Chamorro B.
Managua, 29 de mayo, La Prensa
¿Por qué entonces empecinarse en una regresión y como si esto fuera poco, exportarla hacia otros países de América como si fuera un exótico producto nuevo? Tarea muy dura por cierto, porque en estos días navegar hacia la dictadura bajo cualquier bandera, es navegar contra la corriente y eso es precisamente lo que está haciendo el presidente Hugo Chávez, al cerrar medios de comunicación de un plumazo, a como acostumbran hacer los dictadores, simplemente porque no puede tolerar la libertad de prensa.
Diré para comenzar, que por mi formación democrática y porque le he dedicado la mayor parte de mi vida al periodismo, no puedo tolerar el cierre de una radioemisora, de una televisora o un diario, aunque los motivos se fundamenten en una causa tan linda, inofensiva y novedosa, como “en socialismo del siglo XXI”, “el poder popular”, o incluso el “pueblo presidente”. Todos aforismos de lo mismo, dicho en diferentes épocas: huele a dictadura.
De niño me enseñaron un principio cristiano: que el fin no justifica los medios, peor aún, en este caso, el del cierre de Radio Caracas Televisión, ni el fin es justificado, ni mucho menos, los medios.
Da pena, que en un país como Venezuela, que hace apenas unos años nos dio clase de democracia, su gobernante utilice hoy el mandato popular que el pueblo depositó en él, para destruir los mismos cimientos de la democracia que le llevaron al poder.
Las dictaduras que cerraban diarios, que censuraban, que perseguían a la Iglesia , han pasado a la historia en el siglo XXI y los jóvenes no tienen idea de lo que fueron. Las libertades que hoy disfrutan han costado muchos sacrificios como para echarlas en el basurero de la historia.
Los albores del siglo XXI vieron caer las más temibles dictaduras del mundo: recuerdan la República Democrática de Alemania, Albania, Rumania, la URSS , Bulgaria, Cambodia, las de África, como la de Idi Amín Dada, las de América como la de Augusto Pinochet, Alfredo Stroessner, los Somoza, Trujillo, Pérez Jiménez, los nefastos regímenes militares de Argentina, en fin, todas las dictaduras han ido desapareciendo más temprano que tarde, antes de la entrada del presente siglo, dando paso a formas de gobierno más democráticas en todo el mundo.
¿Por qué entonces empecinarse en una regresión y como si esto fuera poco, exportarla hacia otros países de América como si fuera un exótico producto nuevo? Tarea muy dura por cierto, porque en estos días navegar hacia la dictadura bajo cualquier bandera, es navegar contra la corriente y eso es precisamente lo que está haciendo el presidente Hugo Chávez, al cerrar medios de comunicación de un plumazo, a como acostumbran hacer los dictadores, simplemente porque no puede tolerar la libertad de prensa.
Mal hace el presidente Ortega, al aplaudir ese gesto sobre todo teniendo en cuenta que su récord en los años ochenta está plagado de agresiones en contra de la libertad de prensa, bajo todas sus acepciones como: censura previa, cierres parciales, cierres definitivos y confiscaciones.
Desde el Diario LA PRENSA yo estuve en primera línea de la defensa de la libertad de prensa en los años ochenta y es por eso, que en estos momentos no le debe sorprender a nadie mi solidaridad más fraterna con los trabajadores RCTV. Sólo me resta un consuelo para los venezolanos y los trabajadores de Radio Caracas Televisión y es que pueden estar seguros que vendrán mejores tiempos porque como dice el sabio proverbio que me enseñó mi madre: “No hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista”.
Está claro que Chávez no se encamina entonces hacia el idílico “socialismo del siglo XXI”, se encamina hacia la “dictadura perfecta”, lo cual tampoco existe porque en el siglo XXI ésta no se puede comprar… ni con todos los barriles de petróleo . |