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Todos Merecemos algo Mejor en El Salvador

Rafael Menjívar Ochoa

15 de Diciembre de 2008

Adrenalina y elecciones

 

 

 

A la adrenalina no le interesa para qué la usen. En la misma cantidad, bajo estímulos similares, puede provocar arranques de ira, ataques de pánico, arrebatos de amor o puede dejar paralizada a una persona, que no sabrá qué hacer con toda la gama de sentimientos contradictorios que la sustancia pueda producir.

 

Rafael Menjívar Ochoa

Escritor salvadoreño

redaccion@centroamerica21.com

 

En pequeñas cantidades es capaz de provocar euforia o inquietud, melancolía, angustia, simples ganas de sonreír.

La adrenalina, en fin, es "apolítica": es una sustancia producida por las glándulas suprarrenales que, desde un punto de vista químico, maneja sentimientos y sensaciones, y a la vez ayuda a que el mundo se perciba de cierto modo en un momento determinado. No hay una adrenalina para el enojo y otra para la alegría: el cuerpo simplemente la segrega y el "usuario" le da el valor correspondiente. Esto es: durante toda la infancia y buena parte de la adolescencia los humanos vamos aprendiendo a darle a la adrenalina el valor que corresponda ante situaciones dadas. La adrenalina es una sustancia natural; su "lectura" debe aprenderse.

Para una persona "normal", digamos, una situación de violencia genera miedo, y la adrenalina le da las herramientas para que pueda alejarse de la situación de peligro: aumenta su ritmo cardiaco, deprime la sensación de dolor, da fuerzas extra durante una cantidad de tiempo, permite pensar con claridad o, en su defecto, hace que el cerebro funcione con una celeridad pasmosa. Al final todo se paga: si la descarga de adrenalina fue muy violenta, la persona afectada quedará agotada, pero a cambio se habrá escapado de una situación potencialmente peligrosa.

Un militar o un artista marcial entrenan su cuerpo y sus percepciones para actuar en situaciones de peligro. De manera general, soldados y combatientes podrían decir que sienten miedo, pero que lo controlan; en realidad aprenden a usar la adrenalina y a manejar sus impulsos para funcionar de cierto modo ante ciertos estímulos o situaciones. Si el entrenamiento es adecuado, ni siquiera pensarán durante un combate: el cuerpo, sometido durante meses o años a simulacros, hará lo que debe hacer en el momento adecuado.

Hay fenómenos humanos que apelan a la fisiología, como la publicidad. Si uno se lo piensa con calma, la muchacha medio desnuda que presenta una cerveza no tiene nada que hacer allí, pero su visión -y los antecedentes que tenga el receptor del anuncio- generará dosis de adrenalina que estimulará centros de placer, y tomarse aquella cerveza será, de algún modo, poseer a la muchacha. Algo tan efectivo como la vieja publicidad que en esencia dice: "Su vecino tiene el mejor carro del mundo, que es el que le estamos mostrando en la pantalla, no la porquería que usted maneja." La envidia es previa a la adrenalina, pero ésta es la encargada de darle forma y cuerpo, y ya verá uno qué hace con los objetivos, sean la muchacha, la cerveza o el automóvil.

En la recta final de la campaña electoral que vive El Salvador, los unos parecen desesperados por conservar el margen de preferencia que tienen sobre los otros, y los otros están desesperados por acortarlo a como dé lugar. Llámesele campaña sucia o "informativa", sean ciertas o no las denuncias mutuas, las propuestas están fuera de la agenda, y a lo que se ha llegado -si alguna vez se salió de allí- es a apelar a la adrenalina de los electores, y a las consecuencias de ésta, que tienen más que ver con lo irracional que con la convicción de que unas elecciones son mucho más que impulso, y sus resultados van más allá que las sensaciones del momento. (Algo que, por otra parte, parece importarles poco a los partidos y candidatos; un dato que debe tomarse en consideración.)

En definitiva, si tomamos la propaganda de la televisión, los mensajes que se reciben son confusos y contradictorios. Por ejemplo, el candidato Zablah dice que el FMLN, si llegara a ganar las elecciones, sería lo peor que podría pasarle a El Salvador. El FMLN responde con un anuncio en el cual desacredita a Zablah. (Y lo hace mal: la pregunta acerca de si cambió Zablah o Arena queda demasiado abierta según la premisas del propio comercial; da oportunidad de que uno piense lo segundo.) Arena ataca diciendo que seremos satélites de Hugo Chávez (¿de verdad creerán que los electores se asustarán ante ese petate de muerto?), y la respuesta del FMLN es una serie de datos en los que se habla de la ineficacia y los malos manejos del partido oficial durante los últimos 20 años. Y lo anterior es sólo una muestra bastante ligera de lo que hay, y seguramente de lo que viene.

Si uno piensa fuera de ideologías y preferencias -y aun si lo hace dentro de ellas-, los resultados posibles son dos. Primero, pensar que ninguno de los partidos, los candidatos y las fórmulas sirven para nada: todos son ineficaces, mal intencionados, mentirosos, corruptos y sólo nos queda escoger por lo que percibamos como lo menos peor. Segundo, la paralización: la adrenalina está haciendo lo suyo cada vez que encendemos la televisión, y percibir todos esos estímulos contradictorios sólo puede llevar a la angustia, que a su vez no lleva generalmente a ninguna parte. Si se leen de cierta manera, las encuestas lo muestran: la parte correspondiente a "no responde", "no sabe" o "no opina" llega a superar a la tercera parte de los encuestados. Y paradójicamente es a este sector al que supuestamente va dirigida esa campaña en la que se apela a la adrenalina, no a la razón, no a la convicción, no a los principios.

En la campaña para las elecciones de 1967 ocurrió algo inédito en el país: por primera vez una agrupación política, el Partido de Acción Renovadora (PAR), presentó un programa de gobierno. (Lo que ha mostrado el FMLN es una carta de intenciones, sin mucha viabilidad; habrá que ver qué presenta Arena en los días que vienen.) Eso obligó en las elecciones siguientes, aun con fraudes de por medio, a que los partidos mostraran cuál era su proyecto de país, o al menos de gobierno, a sus eventuales electores.

Ahora la palabra de moda es "cambio", desde la derecha y desde la izquierda. Suena bien, pero ¿qué se puede cambiar con cuarenta años de retroceso con respecto a las costumbres electorales?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

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