Se lo pregunté o más bien se lo reclamé directamente. Boris sonrió y me invitó a unos tragos de Stolíshnaya y unos bocadillos de pescado crudo. Entonces me explicó su punto. Odiaba las guerras tanto como amaba las cosas sencillas de la vida, sobre todo lo relacionado a la cultura popular particularmente campesina. "Los muertos en nuestra gran guerra patria se contaron por millones, sólo nuestro ejército sufrió casi diez millones de bajas entre 1941 y 1945", me dijo.
Y agregó que sus compatriotas ya estaban hartos de que se les contara y se les volviera a contar aquellas grandes batallas, con un velo de heroísmo épico pero oficial, y que en realidad habían sido, según él, nada más que un terrible ejercicio de la estupidez y la brutalidad. "No le hablaré a mis lectores de la bestialidad en tu país; les contaré como se las arreglan ustedes para que, a pesar de tanto odio y sufrimiento, siga floreciendo tercamente la vida. Eso es lo único que importa", me dijo.
¿Era Boris un ruso excéntrico? No, tiempo después comprendí que más bien era un adelantado de lo que pocos años después se conoció como la Perestroika y la Glasnost en la Unión Soviética, esos conceptos que marcaron el principio del fin del bloque comunista. Solo que, en aquellos momentos, esa información no estaba en mi radar.
Unos meses después, cuando yo había olvidado ya el incidente con Boris, me encontré en México con un compañero que había estado cumpliendo una misión en Europa, y que regresaba a El Salvador para integrase de nuevo al frente. Entre otras cosas, me contó que había leído un reportaje sobre nuestra guerra que lo había conmovido hasta las lágrimas. Intuí que se trataba del trabajo de Boris. "Lo que ese periodista narra es extraordinario, él habla de un mundo cotidiano noble y hermoso que está ahí mismo frente a nosotros, en el frente, pero que nosotros no vemos por estar cegados por el odio, la sangre y la pólvora", me dijo.
Lo urgí a que me contara detalles del reportaje y comprobé que, en efecto, era la historia escrita por Boris, y publicada en Novi Mir, la revista soviética abanderada de la Perestroika y las Glasnost que, un par de años después, sería prohibida en Cuba "por alentar ideas francamente anticomunistas". Nunca volví a ver a Boris, ni pude conseguir ese ejemplar de Novi Mir, pero lo cierto es que la visión de Boris marcó decisivamente mi propia percepción sobre la guerra las maneras de contarla.