Yo esperaba que Gladis revisara un bosquejo de diseño publicitario, el calor me obligó a instalarme en la sala, a esa hora de la tarde habían pocos clientes en el restaurante El Cipitío. Tuve que cerrar el libro que trataba de leer, porque la risa histérica desconcentraba, con un chorrito de cerveza las popis ya estaban locas de remate. Yo di un sorbo a mi vaso de Coca-Cola y volví al libro: El Tao. Era un libro viejo, comprado de ocasión. Las páginas todas colochas. Después de ver horrores en la guerra, con una bala en mi pómulo, varias cicatrices y la sombra de la muerte pateando mis talones, yo sólo quería saber de canciones de jazz, paseos por un lago y libros espirituales como El Tao.
Las popis hablaban sin tapujos, yo husmeaba sus chismes y advertí que eran salvadoreñas, parecían universitarias, aunque sus ropas de boutique decían otra cosa. Las popis se burlaban de sus antiguos novios, pero guardaron los dardos:
-La verdad, he tenido suerte, la muchacha parece que ha trabajado en restaurantes -dijo una popis rubia, la más adulta.
-Es una lata con las campesinas. Sólo pueden hacer huevos -dijo otra popis pelo corto.
-Y lo peor es que no saben lavar pañales de bebé -agregó otra popis, de coleta larga.
Sonaba una música ambiental a bajo volumen. En la sala no habían más clientes. La popis rubia levantó la botella de cerveza, no quedaba nada. Llegó un camarero con una segunda cerveza. Cuando las popis se cansaron de criticar a las sirvientas, se excitaron con sus fantasías adolescentes.
-Pues, yo era asidua de la Play, me pasaba la Play de punta a punta. Quiero decir: leía hasta los anuncios.
-Se entiende, chica, se entiende. Yo hacía lo mismo, teníamos una banda de chicas que nos pasabamos las revistas. También íbamos al cine a ver pelis para dieciocho. Nos metíamos unos disfraces de carnaval, bien maquilladas que... llevábamos un pinta felina, con tremendos taconazos de cinco pulgadas. Una vez nos pidieron cédula, la cagamos. Pero después nos inventamos hacer cédulas falsas, cédulas de las abuelitas, cédulas que ya estaban vencidas, les metíamos una foto nuestra y la sellábamos con el sello del colegio.
-Pues, qué les digo, mi gran ilusión era ser bailarina, cabaretera... ir de gira.
-Después de ver la Play quedamos pasmadas cuando una bicha «de la Sagrada» nos pasó una revista del Kama, una revista a colores, pero estaba en inglés. No importaba, me dejó pasmada esa revista, después, cada chico que miraba, lo imaginaba... bueno, y no importaba que tuviera pinta de Pitecantropus erectus.
Estalló una carcajada a coro. Otro chorrito de cerveza en cada vaso. Estaban poniéndose ebrias con ese chorrito de cerveza, y eso que era una cerveza afamada de ser más agua que lúpulos, le llamaban: la cerveza de la Contrarrevolución. Ya desinhibidas hablaron de las preferencias anatómicas. Por los chistes, la jerga y sus lugares comunes me enteré que las popis eran mujeres de comandantes guerrilleros. Se confirmó cuando llegó mi amiga Gladis y les habló:
-¡Qué suerte, verlas! Quería invitarlas para la asamblea feminista -dijo Gladis.
-¡Ay Gladiscita! No te imaginas la montaña de de tareas que tenemos -dijo la rubia.
Al otro lado del muro de la calle se escuchó el frenazo de un camión, en seguida aparecieron unos camioneros con cajas de bebidas. Gladis tuvo que regresar a su escritorio para pagar la factura del cargamento de bebidas. Pero antes se detuvo y me dijo: Morel, ya regresaré para revisar el diseño.
En ese momento llegó otra mujer a la mesa de las popis. Llevaba un vestido verde chillón, enjoyada por todos lados y como cien collares de oro en el cuello:
-¡Niñas! ¡Veo que aquí esta reunido el club de señoras de oficiales! -dijo la enjoyada.
Las popis pusieron cara de dolor de estómago, cuando la enjoyada insistió que debían organizar el Club de Señoras de Oficiales Guerrilleros. Pero ante la indiferencia, la enjoyada decidió marcharse. Las popis se miraban amargadas y dijeron que la enjoyada era una arribista, que parecía ajiotista del mercado con esos collares de latón amarillo:
-¿Y vieron el carterón que cargaba? Parece que allí lleva una escopeta recortada ¡De esas, de dos cañones? -dijo la popis coleta larga.
La popis de pelo corto se levantó con una cajetilla de Marlboro. Me preguntó si tenía encendedor. Yo casi no fumaba, pero llevaba un encendedor por las moscas, como arma preventiva. La pelo corto se inclinó para encender el cigarrillo, me puso los pechos en la cara, sentí un olor raro, como si no usaba desodorante. La pelo corto me dio las gracias y regresó a su mesa, se contoneaba con exageración, usaba jeans ajustado que aumentaba su talle Caterpillar.
Parecía una tarde de plaza, en la mesa de las popis se detuvo otra compa que iba enjoyada con ganchos de plástico. Mediana estatura, cachetoncita, labios super rojos y sombras verde chillón en los ojos. Pelo teñido de cobre, aunque se dejó las cejas negras. Se miraba más horrible que un pecado:
-¡Hola compitas! ¿Se acuerdan de mi? ¡Soy la compa de Luisito! ¡Del capitán Luisito, el Colocho! ¿Se acuerdan que estuvimos en la fiesta solidaria del sábado pasado?
Las popis se miraron extrañadas. La trigueña anunció que llevaba prisa, dio su mano enjoyada de plástico y se fue. Las popis se mordieron los labios conteniendo la carcajada, la pelo corto hizo una mueca con deje burlesco y amelcochando sus palabras dijo: ¡Adiós, compa de Luisito... el Colocho! El ataque de risa no pudo esperar más.
Quedaba la mitad de la cerveza en la botella, la rubia intentó servir otro chorrito en los vasos, pero la popis de coleta dijo que se tenían que ir, en la puerta del restaurante estaba su chofer. Pagaron. El camarero recogió la mesa.