Osvaldo llegó al frente de guerra, unos dicen que detrás de una mujer malvada que solía tener sexo únicamente con comandantes y que hizo de la guerra una especie de turismo. Eso no importa, a la semana el Negro estaba sometido a un horrible bombardeo y rodeado por el fuego del verano en un cerro pelado y cenizoso sin que viera los rastros de su amada. Meses después terminó perdido junto a un puñado de guerrilleros en una montaña de Chalatenango.
El peligro se agazapaba entre las hojas húmedas y la neblina del amanecer, donde él oía sus canciones favoritas, incluso aquellas de cuyas letras solía decirse que eran "anticomunistas", un término que para el lenguaje y la nomenclatura de izquierda era como hablar de las melodías del "anticristo".
Terminó asumiendo el amor por el que llegó como el paquete de un canje forzado, por aquellos días de Managua y México donde su mano bajó el zíper de Arlen Siu cada vez que le brotaban las ganas. Nunca pudo ver a su amada pues la vida lo puso en otro frente de guerra donde no había suficientes muchachas para guerrilleros excéntricos como él, que sabía traducir del inglés, hablar ruso, dibujar como un artista y saberse de memoria la historia completita de la era del rock, con nombres, apellidos y letras.
La sospecha de que una mano peluda interfirió en ese prometido encuentro nunca lo abandonó. Una mujer como Arlen Siu dejaba de amar a sus sementales lo que tardaba un avión en abandonar la zona de combate después de lanzar la última bomba, al menos después que él la perdió.
Osvaldo salió en misión de logística de armas de la zona del cerro La Gloria, en el frente occidental Feliciano Ama; después de varios días y noches de caminos, ingresó a la zona del Cicahuite, al oeste de Las Vueltas, Chalatenango.
En ese lugar debieron esperar el cargamento que debía llevar de nuevo a su zona de combate. Su condición de aves transitorias no les obligaba a cumplir misiones de reconocimiento ni otras muy normales del resto de la tropa, debían guardar energías para regresar con los chirigotes. Entonces fue que apareció el Batallón Belloso y les hizo agua la fiesta.
Uno de las direcciones donde avanzaba la tropa del gobierno era precisamente donde estaba el campamento donde Osvaldo descansaba. Al dictarse la alarma fue enviado a una vaguada junto a su escuadra y ahí se quedó a esperar. Las horas pasaron y una vez él se dio cuenta que el enemigo avanzaba por ambos filos que rodeaban su posición optó por apostarse en uno de los flancos donde se movía la primer columna enemiga.
Siete hombres no fueron mucho para enfrentar una compañía de élite. El silencio se rompió con un combate que despeinó a los guerrilleros y los hizo apartarse para dejar pasar el enjambre de soldados. Ahí esperaron a que alguien llegara por ellos. Nadie se acordó de sus carnes y, según parece, no llevaban un buen radio para entablar comunicación con un mando que no sabía mucho de ellos.
Cuando comenzaba a oscurecer entraron al campamento. Los peroles de comida estaban volteados y aplastados, los frijoles y el maíz estaban revolcados en el lodo. El hambre arrinconada desde las horas de la mañana los obligó a meter las manos entre el lodo y llevárselas a la boca.
Junior, un muchacho originario de Izalco (descendiente de la familia Ama) preguntó hacia cuál dirección debían caminar. La claridad ahogada en el filo de una montaña le sugirió a Osvaldo que hacia allá debían partir sin demora.
Subieron con pasos de tortuga una ladera en la que resbalaban a cada momento. Dos horas después habían alcanzado la cima, entraron a un camino fresco y oculto en un bosque de coníferas. Minutos después se toparon con unas voces que les reclamaron identificarse. Nadie disparó y fue entonces que supieron que se trataba de cuatro combatientes de las FPL que habían quedado extraviados a raíz de los combates de la tarde. Juntos decidieron adentrarse en la montaña, que a su juicio era el lugar más seguro de aquella zona.
Se me viene a la mente la melodía, en la interpretación de Peter, Paul and Mary en la versión de 1969, cada vez que instalo mis neuronas en el momento que aquella unidad extraviada de guerrilleros se quebró como un árbol seco cuando las minas de la emboscada enemiga estremeció el bosque.
Pocos fusiles se escucharon más que los gritos de dolor de los muchachos que fueron alcanzados por la metralla, segundos después los que pudieron se tiraron a los barrancos que estaban más cerca. Osvaldo logró salir con vida junto a dos de sus combatientes, Junior y Manuel (un militante peruano del Partido Comunista).
Cómo salir de la Montañona, inundada de compañías del Batallón Belloso, sin conocer en absoluto el territorio y con una moral azotada por la irracionalidad. Lo cierto es que los tres guerrilleros decidieron quedarse a jugar en medio de aquella locura.
Pasaron dos o tres días, en los que chocaban con las unidades enemigas no menos de cuatro o cinco veces diarias, y en todas no había más opción que salir en completa desbandada. En uno de esos choques perdieron una de sus armas, quedándose sólo con dos.
El día siguiente fueron sorprendidos nuevamente por la tropa enemiga, una de las dos armas se encasquilló mientras con la otra hicieron un par de tiros. Cuando los soldados se percataron que no eran más que tres gatos optaron por perseguirlos como quien intenta agarrar un pollo para meterlo a la sopa.
Los tres cayeron en una vaguada, dando vueltas y pegando golpes sobre las piedras y las ramas de los arbustos hasta que, por caminos distintos llegaron hasta el fondo del precipicio. Ninguno habló esa noche, cada cual en su escondite de sangre y lodo esperaron lo inevitable.
Al asomar la claridad Osvaldo se arrastró entre los arbustos sobre la loma y se encontró con Junior. Optaron por esperar no se sabe qué. A mitad de la mañana bajó una patrulla enemiga a registrar el lugar, entonces fue que escucharon la voz de Manuel, pidiendo al soldado que no lo matara, que estaba herido y que era un prisionero. Varios disparos se oyeron correr con la furia del eco. Los dos guerrilleros se vieron a la cara sin decir una palabra y el "gordo", como le decíamos al compa de aquel país lejano, encontró la hora definitiva en un lugar solitario y olvidado.
Los soldados volvieron a bajar al día siguiente. Osvaldo comprendió que la tropa llegaba por agua, la misma que ellos estaban necesitando a gritos. Entonces ellos también comenzaron a bajar con la noche entrante. Así lo hicieron dos noches más, mientras lograban encontrar la dirección perdida y decidir por dónde escabullirse.
Al tercer días la tropa enemiga se posó a pocos metros de ellos, un soldado inclusive paró el chorro y se puso a orinar muy cerca, le sintieron el tufo, mientras Osvaldo sostenía el único pedazo de fusil, apuntando a la espalda del enemigo pero con las ganas de apuntar a su cabeza. Por la noche decidieron abandonar el escondite y se internaron en otra loma.
Así anduvieron casi diez días, hasta que una tarde el enemigo los sorprendió caminando con la mirada pérdida por el hambre y la insostenible debilidad, los espió con el mismo sigilo que el lobo espera al conejo y los reventó a balazos. Los dos corrieron nuevamente y se lanzaron sobre un precipicio, donde no llegaban más que los silbidos de las balas y las luces de las granadas que estallaban en las copas de los árboles de la otra montaña.
Junior cayó en una poza y se quebró la nariz al enterrarla en una piedra, Osvaldo se araño la cara, se dobló una pierna y se sacó un chorrito de sangre de la cabeza (y John Denver pidiendo a su amada que sólo le diera un beso y sonriera por él pues ese mismo día se iba en un Jet y no sabía cuándo iba a volver).
Osvaldo observó a Junior que salió del agua y se sentó viendo una columnita de hojas que caminaba sobre el musgo humedecido, la tranquilidad permitía, como en ningún otro sitio, escuchar las pisadas de las hormigas que esgrimían aquella comilona del próximo invierno.
La caída fue al mediodía, eran casi las seis de la tarde y ninguno de los dos había podido hablar. Terminaron dormidos sobre el musgo, hasta que la tormenta los cubrió del todo, y el oído de Osvaldo, puesto sobre una piedra helada como un hielo, se negaba a abandonar la tibia e inasible tonada de un músico de lentes que años después moriría mientras conducía su propio Jet.