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Un cuento de aņo nuevo

22 de Diciembre de 2008

A orillas de la torre

Relato de Ashverus, el judío errante

 

 

 
  

Tornemos

A los altos jardines,

A la torre

De estrellas coronada.

Donde hubo todo

Ya no queda

Nada.

 
Ricardo Lindo

redaccion@centroamerica21.com

 

Solía el viejo Ashverus burlarse de sus congéneres, pero al hablar de En-Lil exageró la nota.

¾ Es una hora lejana en un tiempo lejano, en una ciudad remota, tan absoluta y soberanamente remota que hemos de llamar anónima, aunque algunos le atribuyan un nombre que suena como el balbuceo de un pájaro, Babel -murmuró. Y lo que sigue, fue más o menos así:

Es una ciudad recordada por razones en las que En-Lil no tenía cabida, él, humilde jardinero viviendo en los suburbios, quien no podía reivindicar otra superioridad que la de no ser judío, ni perro, ni ave carroñera.

A veces se acercaba a los judíos para verlos edificando aquella torre que después harían célebre en un libro. Trabajaban como esclavos y a disgusto, por supuesto. La torre se desenvolvía como un caracol armonioso que algún día iba a tocar las nubes. Y cuando, tras algunos siglos (¿o eran milenios?) la inacabada torre se derrumbó, lo consignaron en su libro diciendo que Dios castigaba la arrogancia de tal construcción. Pero esto no alcanzó a saberlo el jardinero En-Lil, quien los contemplaba mientras mezclaban yerbas secas al lodo para dar mayor cohesión a los ladrillos, quien los veía apilar los bloques redondeando los bordes para dar a la torre aquella graciosa ondulación como una ruta por la cual estaban destinadas a ascender las plegarias, por la cual iban a descender los dones de los cielos.

Siempre, en las últimas sombras, En-Lil se detenía un rato ante la torre a ver la evolución de las obras. Después descendía a las escalonadas murallas de la ciudad desde las cuales se derramaban los jardines, flotantes como plegarias, cascadas tras cascadas de hojas y flores que circundaban la cúspide de la montaña, donde se elevaba la torre.

De diversos puntos fueron llegando, mientras los primeros rayos solares herían el horizonte, los cuatrocientos noventa y nueve jardineros compañeros de En-Lil.  Y eso, para la desfavorecida clase de En-Lil, era sin duda un privilegio. Los judíos, en cambio, estaban obligados a trabajar noche y día hasta el agotamiento, pero en sus escasas horas de reposo se las arreglaban para preñar a sus mujeres y proveer al imperio de esclavos de repuesto. Quizás por ello (tan vasta es la humana estupidez), elevaron el sufrimiento a la categoría de una virtud.

Con frecuencia se acercaban los nobles a los jardines. Iban aromados, cubiertos de flotantes túnicas, con luengos cabellos y barbas resueltos en sortijas, con los ojos maquillados de oscuro acentuando sus miradas siniestras, y tras ellos iban, dóciles, sus mujeres, envueltas en mantos y cubriéndose púdicamente el rostro con el borde.

Esa mañana el propio Emperador visitó los jardines. Era más alto y fuerte que los otros, un hermoso ejemplar de macho. Con una sonrisa irónica señaló a En-Lil con el enjoyado índice y En-Lil se sintió enormemente honrado.

A la madrugada siguiente el jardinero se despertó por el alboroto de sus gallinas. No era aun la hora de poner, de manera que el cacareo lo sorprendió. Una comitiva palaciega lo esperaba a la puerta de su choza. Un heraldo hizo sonar un cuerno y lo condujeron en palanquín a palacio sin mediar palabra. Unas esclavas mudas lo bañaron con agua de rosas y lo vistieron de oro y púrpura. Atónito, En-Lil se dejaba hacer. Al final pusieron sobre su cabeza la alta mitra negra del Emperador y le presentaron un espejo de metal bruñido. El jardinero se vio espléndido y creyó soñar. En realidad, visto por los otros, no era tan espléndido. Las mujeres y los eunucos se esforzaban en retener la risa. En-Lil, pequeño y enclenque, de cráneo huesudo y piel marchita, de anchas manos callosas, se veía ridículo en aquel atuendo. Sus delgados y escasos cabellos pajizos sobresalían como agujas bajo la mitra que casi triplicaba su tamaño.

Nuevamente lo llevaron en palanquín, esta vez ante el pórtico de la torre. La muchedumbre lo vitoreó con fervor burlesco mientras los sacerdotes procedían a la ceremonia que lo consagraba Emperador.

Era costumbre en la antigua Babel que el último día del año un súbdito plebeyo fuese declarado monarca por un día y tal era el caso. Pero, al atardecer, sucedió lo inesperado.  El monarca verdadero, el gigante feroz, subía por las gradas del templo lanzando alaridos. La multitud fue abandonando la fiesta para contemplarlo, sin atreverse a intervenir. El Emperador se arrastraba penosamente. A cada grito seguía un estruendo fétido. Su juventud se evaporaba segundo tras segundo, pero sacando fuerzas de la desesperación, continuaba subiendo. Finalmente, ya no se vio. Los primeros en acercarse dijeron que estaba tendido en el suelo gimiendo con suavidad. Tras él quedaba un reguero verde. Antes de terminar la noche, sus restos eran una masa de gelatina verde que continuaba gimiendo. Cuando lo enterraron, tres días después, seguía gimiendo. 

Algunos dijeron que los hechiceros judíos lo habían embrujado, pero quizás fuese más bien otra de las singulares particularidades de su raza. Recordemos que su padre debió dejar el trono por creerse buey y pastar en los campos. Esa vez lo sacaron para ir al sepelio. Su siempre fuerte vellosidad se había convertido en pelambre bestial. Los hijos del difunto, que nadie viera antes nunca, se hicieron también presentes. Unos tenían cuerpo de cabra y rostro humano, otros cuernos o escamas. Mugían, balaban, gruñían. Nadie supo si comprendían lo ocurrido. De hecho, sus antepasados poseyeron cuerpos de león o toro y rostro humano, o de tal forma fueron representados por los artistas. En los pasillos de palacio se rumoraba, no obstante, que sus cuerpos eran de bestias repelentes, no de animales nobles, que eran cretinos y que los sacerdotes que afirmaban interpretar sus gruñidos fueron quienes gobernaron en realidad. Pero las ceremonias que declaraban Emperador al jardinero eran verdaderas y En-Lil reinó por cuarenta años.

Ashverus calló. Encendió un cigarrillo con la colilla del anterior, carraspeó y prosiguió su murmullo en tono aun más bajo. Entendí la mitad de las palabras, pero lo que dijo fue más o menos así:

Nunca se había casado En-Lil mujer, pues las mujeres eran muy caras. Incluso el más miserable de los padres hubiera exigido al menos tres camellos por su hija. Ahora no tenía más que escoger. Esperaban que tomase una noble jovenzuela, o varias, pero tomó una esclava jovenzuela sordomuda. Algunos intentaron disuadirlo sugiriendo que era judía, pero había crecido en palacio y nadie recordaba a sus padres. Otros lo felicitaron por tener una mujer que no hablara. Carecía de nombre, pues a qué poner nombre a alguien incapaz de escuchar, pero hablaban sus grandes ojos oscuros sombreados de densas pestañas y era desnuda como la flor de delicadas redondeces que crece solitaria en los sombríos barrancos.

En- Lil escogió sus ministros entre los jardineros y dijo que un imperio debía ser como jardín que se poda y se abona, donde hay plantas que deben estar al sol y plantas que necesitan de la sombra. Pero él mismo y la joven esclava eran plantas de sombra ahora expuestas a la luz. Mitigó en consecuencia los fastos y puso el acento en la ley.

No tienen historia los pueblos felices y durante cuarenta años no tuvo la ciudad imperial otra historia que la de su relativa felicidad. Incluso los pueblos tributarios no tuvieron mucho de qué quejarse en esos tiempos, salvo de la arbitrariedad de tal o cual funcionario, y consignaron que el único defecto de la felicidad es el aburrimiento. Pero no lo pensaba así En-Lil, quien regresaba al atardecer a sus aposentos y hablaba a su mujer de los problemas del día, sabiendo que aunque ella no lo oyera lo escuchaba y que de sus mudos labios iba a recibir la deliciosa respuesta de un beso. Tras hacer el amor se bañaban en un estanque de agua de rosas y el sueño que todos soñamos lo tuvo En-Lil con aquella joven delicada que hubiera podido sobradamente ser su hija.

Pero los designios de los Dioses son inescrutables. Las aves de los tenebrosos agüeros iban por los pasillos disfrazadas de astutos cortesanos. Sintiéndose postergados, los sacerdotes confabulaban para coronar en su lugar a alguno de los bestiales hijos del difunto. Felices de su poder y roídos por la envidia, los jardineros ministros se enriquecían y maquinaban la ruina del monarca. Otras esclavas, celosas, procuraban intervenir en la felicidad de la pareja, en complicidad con los eunucos. Cuando una tempestad acabó con las cosechas de un año y desató la hambruna, los sediciosos procuraron aprovecharse repandiendo la voz de que era un castigo de los Dioses por el mal gobierno de En-Lil y los sacerdotes encontraron nefastas premoniciones y mostraron, como prueba, un cordero de dos cabezas nacido en los pastizales del Emperador.

Deshechas las conspiraciones, En-Lil debió con repugnancia firmar el decreto de diez ejecuciones. Los horcados flotaron sobre las siembras como espantapájaros monstruosos que nada valían, pues no necesitaban protección esos trigales cuya corrupción espantaba a las aves. Fue necesario abrir las bodegas de palacio y dar menguadas raciones de grano a los habitantes. Pero todo eso se olvidó con la siguiente, espléndida cosecha, los trigos muertos abonando a los trigos vivos.

Ashverus calló. Encendió el undécimo cigarrillo con la colilla del anterior y prosiguió en tono aun más bajo. Entendí sólo el final:

También creció el esplendor de la joven, cuya belleza había madurado entre tanto, y cuando su belleza corporal comenzó a marchitarse eran ya un todo indisoluble, una indestructible unidad. Si no le dio un hijo le dio la felicidad y después, le dio la muerte.

Ashverus se quedó un rato absorto antes de añadir:

Pero no lo sintió En-Lil así.

Por primera vez, la oyó hablar.

¾ Ven -le dijo.

Lo guió por un túnel bajo el palacio cuya existencia él ignoraba. Al final del oscuro túnel dieron con una pequeña esfera de luz musical. Casi ciego, En-Lil palpó la esfera que fue creciendo, creciendo, hasta envolverlos por completo. En ese instante, allá arriba, los cortesanos encontraban sus cuerpos mortales tendidos en el lecho, tomados de las manos, sonriendo para siempre.

Fueron enterrados en el altiplano donde desde antiguo recibían sepultura los monarcas de Babel, con todos los honores, y los acompañó el pueblo, que lloraba con sinceridad su partida. El jardinero ignorante conocía el sufrimiento humano y no lo había aplastado con impuestos como sus antecesores.

Pronto ese pueblo tuvo una nueva ocasión de llorar. A la semana del sepelio, un trueno subterráneo sacudió la montaña sagrada de Babel. Gruesos bloques de adobe y piedras rodaban por sus faldas abatiendo las frágiles moradas. De los escombros de una casa sobresalía un brazo inerte, más allá una mujer apretaba un niño contra su pecho. El niño gritaba procurando liberarse del abrazo de su madre muerta. Las escenas de horror se hallaban donde se posara la mirada. De los jardines colgantes, que fueran gloria de la ciudad, no quedaban sino jirones. La mayor parte había ido a dar a los barrancos, aplastada por los restos de las escalonadas murallas de Babel.

Pronto surgieron las más descabelladas interpretaciones. Era culpa de los judíos. Era culpa de En-Lil, que se llevaba la felicidad consigo. Era el castigo del Dios hebreo contra el orgullo de esa torre que desafiaba los cielos. Esta última versión prevaleció entre los esclavos que hacían sus hatillos y partían en caravanas sin que nadie procurara detenerlos. Iban hacia aquella ciudad de Jerusalem de la cual oyeran hablar a sus abuelos, para restaurar el templo de Salomón y coronarlo de torres que rozaran las nubes. Para ello, claro, tendrían que hacer esclavos a los pueblos vecinos... 

Se llevaban cabras, ovejas, camellos que ya nadie iba a reclamar. Adelante iban unos hombres flagelándose. Eran miembros de una comunidad secreta que se consideraba a sí misma culpable de la destrucción de la torre e imploraba el perdón del Todopoderoso. Durante siglos, ellos habían introducido en los ladrillos ollas y otros objetos huecos en los bloques de adobe para debilitar la formidable estructura. En el derrumbe perdieron hijos, esposas, padres, amigos.

No eran los hebreos los únicos que abandonaban la ciudad, que permaneció deshabitada por décadas.

Varios grupos de fugitivos formaron comunidades aisladas. Los pueblos tributarios dejaron de tributar y se distanciaron unos de otros. Sus lenguas fueron evolucionando independientemente y, cuando volvieron a encontrarse andando los tiempos, tuvieron que comunicarse por señas y no reconocieron su común origen. Los miembros de la comunidad secreta, por su parte, enseñaron a los hebreos de la diáspora una olvidada lengua que sólo ellos se transmitían de boca a oído, aquella en la que escribió Moisés el decálogo, con la que nominó Adán las bestias y las aves, con la que el propio Dios separó las tierras de las aguas, creó la luz y la separó de las tinieblas.

 Así concluyó Ashverus su relato de esa tarde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

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