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Eduardo d'Aubuisson llevó su viejo Ford 4x4 al taller. Lo necesitaba en buenas condiciones para el 19 de febrero, fecha en la viajaría a Guatemala. Pero los mecánicos le dijeron que el auto no estaría listo el día requerido. El viernes 16 llamó a Ramón González para pedirle un aventón. -Yo también estoy sin carro. Me voy a ir con William Pichinte -le respondió Ramón. -Entonces vámonos juntos-, dijo Eduardo. Los tres eran viejos amigos, dirigentes del partido Alianza Republicana Nacionalista, (ARENA), y miembros del Parlamento Centroamericano, (PARLACEN), cuya sede esta en ciudad de Guatemala, y a cuya sesión plenaria, correspondiente al mes de febrero, estaban convocados. Habían tomado posesión de sus curules en octubre de 2006, y ya habían asistido a tres sesiones anteriores. Eduardo estaba por cumplir 33 años, y hacía poco más de cuatro que se había casado con Laura Rodas. Vivió su infancia a salto de mata, ora aquí, ora allá, clandestino o semiclandestino, debido a la lucha anticomunista de su padre. Su vida toda estuvo marcada, para bien y para mal, por lo que su padre hizo. O por lo que dicen que hizo. Con todo, logró graduarse como administrador de empresas en la Universidad Francisco Marroquín, de Guatemala. Pero había nacido y crecido, al igual que sus hermanos, en la salsa del proyecto político de su padre. No fue extraño que muy pronto alcanzara cargos dirigenciales en su partido, comenzando en el sector de la juventud arenera. Hiperactivo y simpático por naturaleza, Eduardo es descrito por quienes estuvieron cerca de él como “una persona a la que conoces y ya lo quieres de entrada”. Sí, dice Roberto, su hermano mayor, “conocer a Eduardo era quererlo”. Su madre, doña Yolanda Munguía lo corrobora: “Mi problema con ese niño era quitármelo de encima, porque solo era besos y caricias y boquita qué querés. Todo en él era simpatía”, dice. Una semana antes de su muerte, almorzó con sus hermanos en casa de su madre. Estuvo como siempre, dicharachero y locuaz. “Hablamos de todo y de nada”, recuerda su hermano mayor, “le dije de hacer un préstamo bancario, diez mil y diez mil cada uno, para invertir en traer carros de los Estados Unidos. Yo me iba para los Estados Unidos al día siguiente y regresaría una semana más tarde, justo un día antes de su muerte. Quedamos en que veríamos lo del negocio cuando él regresara de Guate”. Eso, el hijo que él y su esposa habían acordado traer al mundo, cuando cumplieran cinco años de matrimonio, más el pago de las últimas letras de su casa, es lo que Eduardo dejó pendiente. Ramón, “No vayas a nacer antes de que yo vuelva”
Ramón González no estaba muy tranquilo. Su hija Silvia estaba por dar a luz y el esposo no podría movilizarla en una emergencia, pues justo el día 19 le operarían una rodilla. Por eso había decidido dejar su auto y su chofer en alerta. El Coyote estaba triste. Su nombre es Danilo Castillo pero todos lo llaman Coyote nada más. Es el motorista de años de Ramón González, para él simplemente don Moncho: “Un hombre tan bueno como no hay dos en esta tierra”, dice. Era la primera vez que no le manejaría a su querido jefe en una misión importante. Pero ni modo, había que cuidar a la Silvita , que podía parir en cualquier momento, y también a ella le tenía un gran cariño. La conocía desde chiquita. Desde antes de aquella vez (la última ocasión en que el mayor Roberto d'Aubuisson habló en una asamblea de ARENA, poco antes de fallecer), y que a medio discurso, cuando vio a la Silvita y sus dos hermanas (Ximena y Rocío), brincotear cerca de la tribuna, se le ocurrió decir: “y aquí están también las tres monchitas con nosotros”. Las tres monchitas tuvieron tiempo de despedirse con un beso de su padre, por el que siempre sintieron devoción. A Silvita le sobó la barriga, se inclino y le habló al nieto en camino: “no vayas a nacer antes de que yo vuelva, esperá al abuelo”, le dijo. Doña Silvia Buitrago, que fue novia de Ramón desde los 16 años, y su esposa durante 35, no quiso reñirlo, “cariñosamente, claro”, por el cigarro mañanero que se venía fumando Ramón mientras llevaba las maletas al carro de William Pichinte, como a las seis de la mañana. De ahí saldrían para recoger a Eduardo. Ramón González, ingeniero agrónomo de 52 años, no solía aparecer en las secciones políticas de los periódicos, pero era un hombre clave en su partido, del cual fue gerente general durante catorce años. “A él nunca le gustaron las cámaras, como tampoco los sacos y las corbatas. Ese no era su estilo”, dice el comandante Canizales, jefe de seguridad de ARENA. Lo suyo era la discreción y la eficiencia, los jeans y las botas. Tampoco asistía a fiestas. Era hogareño cien por ciento. Tenía una finca en la que cultivaba caña, “y en la que se daba gusto montando a caballo y haciendo labores de campo los fines de semana. “Lo que le gustaba era tirarse al piso a jugar con Oscar Alejandro, su nieto de cuatro años, jugar solitario en la computadora, comer mango verde con sal y chile, almorzar y cenar en familia, y velar por mí y mis hijas, eso era la vida de Ramón”, dice doña Silvia cuyo sueño era jubilarse muy pronto (trabaja como administradora de un Kinder), para poder acompañar a su esposo en sus viajes. Las tres Monchitas: Silvia, Ximena y Rocío, han concluido o están por concluir sus carreras universitarias, y las tres tienen empleo. William: “Hijo, cuidá a tu mamá y a tu hermano”
El Sábado 17, William Pichinte le pidió a su padre, don Antonio, que le prestara su Toyota Land Cruiser, color beige. Esa camioneta era más cómoda y menos gastona de combustible para un largo viaje, que incluía a sus dos compañeros y a su chofer de confianza: Gerardo Rodríguez. “Ese mismo sábado en la noche nos venimos desde Cojutepeque para San Salvador, al departamento de mi hijo mayor, William Antonio”, dice doña Carmen, su esposa. Y agrega: “Fuimos a cenar tacos a Multiplaza. Pero antes de salir, y esto me lo contó después mi hijo, William habló con él a solas y le dijo que, como era el mayor, él tenía que cuidarme a mí y a su hermano menor, Marcos”. Por pura coincidencia, también William Antonio, al igual que su padre, tenía que viajar a Guatemala por cosas de trabajo, el mismo lunes 19. Pero se iría en avión. “Quedaron en que se juntarían allá en la noche y se irían a cenar juntos. Cuando ya estemos en el restaurante te llamo, me dijo mi esposo. Eso sería como a las siete y media de la noche”, recuerda doña Carmen. El domingo desayunaron juntos en un Mr. Donuts. El resto del día lo pasaron en el departamento. Doña Carmen trabaja como gerente de una agencia bancaria. William tenía una fábrica de escobas, que había fundado en 1986. Se había graduado como administrador de empresas en el Tecnológico de Monterrey, México. Mismo centro donde también estudiaron sus hijos.
William Pichinte dividía su tiempo en tres actividades básicas: su fábrica, su trabajo político y un intenso programa en la iglesia católica. Hacía cinco meses había hecho su retiro espiritual en la Asamblea Salvador del Mundo. Todos los lunes asistía a la Asamblea de la iglesia de Cojutepeque. Los miércoles por la noche tenía estudio bíblico en el Colegio Santa Cecilia, de Santa Tecla. Su matrimonio era estable. Había conocido a Carmen cuando ambos tenían 16 años. Luego se casaron y llevaban 28 años de vida conjunta. Le preguntamos a doña Carmen si era cierto algo que habíamos escuchado a nivel de rumor: que William era propietario de un lujoso yate. A ella se le nublan los ojos y niega con la cabeza: “Esas cosas que andan diciendo nos duelen tanto… ¿Cómo vamos a tener un yate si ni siquiera tenemos un rancho en la playa?... Y eso cualquiera puede verificarlo”, dice. Gerardo: “El lunes me voy, hermano”
Eso fue lo último que Gerardo Ramírez le dijo a Stephenson Renderos, el otro chofer asignado a la familia Pichinte. Ambos, eran originarios de Cojutepeque y tenían años trabajando con la familia. “Cuando salíamos libre los fines de semana, pasábamos comiendo pupusitas allá en la terminal, antes de agarrar el bus para Cojute”, recuerda Stephenson, “Gerardo era un muchacho bien formal. Ni fumaba ni bebía, igual que yo se acababa de casar, en diciembre pasado, pero su esposa se había ido a los Estados Unidos… No, no iba peleada con Gerardo. Era un plan que ellos tenían. Él estaba viviendo con su mamá”. El Sábado, como a las 9 de la mañana, en Cojutepeque, Stephenson fue a ponerle gasolina al picachito de su papá. Ahí en la gasolinera estaba Gerardo, preparando la camioneta en que llevaría a su jefe a Guatemala. Fue la última vez que se vieron y se saludaron afectivamente como siempre. “El lunes me voy, hermano”, fue lo último que le dijo. Comunicaciones fallidas y la angustia creciendo
A las 9 y algunos minutos sonó el timbre de un teléfono celular dentro de la Land Cruisser beige de Willian Pichinte. Era el de Ramón González. La llamada era de su hija Silvita: “Gorda, avisame cuando tu marido haya salido de la operación, para saber cómo está. Voy a estar pendiente. Cuidate, te llamo en cuanto llegue a Guate”, dijo Ramón. Al ratito sonó el celular de Eduardo. Era una llamada de su hermano Roberto. Hablaron de asuntos familiares. “No te olvidés de lo del negocio de los carros. Pensalo”. “Tranquilo, cuando regrese lo hablamos despacio”, respondió Eduardo. William no recibió ni espera llamadas. Ya había quedado establecido que él llamaría a doña Carmen hasta en la noche. A esas alturas, junto a otros diputados salvadoreños que también iban a la sesión del PARLACEN, acababan de ingresar a territorio Guatemalteco, por la frontera de Valle Nuevo, Jutiapa. Tres patrulla policiales de aquel país se hicieron cargo de la seguridad de la caravana conformada por tres automóviles. Todo normal hasta ese momento. Lo anormal comenzó al mediodía. Cuando Ramón González hizo dos cosas totalmente fuera de su costumbre: no avisar a su familia que ya había llegado a su destino, y no responder algunas llamadas de sus hijas. “Para él era casi una manía responder de inmediato nuestras llamadas perdidas”. Cuenta Ximena. Como a la una de la tarde la inquietud comenzó a tomar forma. Sus hijas llamaron de nuevo varias veces, y nada. Ximena llamó dos veces al hotel para que le confirmaran si su padre y sus compañeros ya se habían registrado. La respuesta fue negativa. A las 3 y media de la tarde volvió a llamar al hotel. En esa ocasión la operadora le confirmó que los tres diputados sí estaban registrados. Ximena se sintió más tranquila y dio a su madre y hermanas la información. Todas se aliviaron un poco pero había un dejo de incomodidad, aún, pues Ramón no se comunicaba. A las 5 y media, Roberto d'Aubuisson hijo recibió una llamada de Ximena. Le preguntaba si él o Laura sabían algo de Eduardo. No, no sabían nada. Entonces todos comenzaron a llamar a todos lados, amigos, familiares, compañeros. Nada. Como a las 7 y media el Canciller Francisco Laínez le habló a Roberto. Le dijo que no encontraban por ningún lado a ninguno de los tres diputados. Pero que no había más información que esa. La policía de Guatemala ya estaba alertada. Otra llamada para Roberto, esta vez de un amigo de Guatemala. “Parece que han encontrado una camioneta quemada, con cuatro cadáveres”, le dijo. “Sentí que se me hundía el piso, pero me hice el fuerte, sobre todo porque tenía que estar en coordinación con Laura, la esposa de Eduardo, con los González y los Pichinte”. Entonces llamó a Rodrigo Ávila, director de la Policía Nacional Civil, su amigo. “Estamos enterados y estamos investigando… Tenés que ser fuerte”, le dijo escuetamente. Luego agregó: “Yo voy para Guatemala ahora mismo a verificar lo de la camioneta quemada”. -Me voy con vos, nos vemos en tu casa-, dijo Roberto, y salió de inmediato acompañado por Laura. Al llegar a casa de Ávila, el chofer de este le salió al encuentro: “Mi más profundo pésame, Roberto”, le dijo abrazándolo. “Ahí sentí que había perdido para siempre a mi hermanito… Pero no sé, uno siempre se aferra a una última esperanza. Además tenía que estar contestando las llamadas, ya desesperadas, de los González y los Pichinte, y no podía darme el lujo de quebrarme. Ahí estaba Laurita conmigo”. “Yo también quiero ir”, dijo Laura. Rodrigo Ávila no le respondió pero le hizo un gesto oculto de negación a Roberto. Convencieron a Laura de que se quedara por si había alguna llamada o algo. “Ya presentíamos lo peor”, dice doña Silvia de González. “Cuando Robertío me dijo que tenía que ser fuerte, ya no pude más y mi hermana tomó la iniciativa en las comunicaciones. Yo me quedé como ida de la mente”, dice doña Carmen Pichinte. El helicóptero ya estaba listo en Casa Presidencial, y se elevó pasaditas las nueve de la noche. Ahí iban: Rodrigo Ávila, Julio Rank, José Luis Tobar Prieto, subdirector de la PNC, Arriaza Chicas, investigador, Romeo Gianmattei y Roberto d'Aubuisson. Todos iban en silencio. En un momento, Arriaza Chicas se volvió hacia Roberto, lo miró a los ojos, le apretó la mano y le dijo: “Tené huevos, hermano”. Cuando llegaron Al aeropuerto de Guatemala ya los estaba esperando una delegación de alto nivel. De ahí salieron inmediatamente como en ruta hacia El Salvador nuevamente. El punto de llegada fue un terreno baldío de la Finca Las Conchas, Aldea Jocotillo del Municipio de Villa Canales, a la altura del kilómetro 36 de la carretera que conduce de Guatemala a El Salvador. Ahí estaba, quemada, la Land Cruisser beige. Ahí estaban los cuerpos calcinados de los tres diputados y de su motorista. (Fin de la primera entrega)
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