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Un país distémico

Todo país, toda ciudad, todo pueblo, tiene uno, y muchísima gente haría cualquier cosa por pertenecer a él.

Martes 10 de abril de 2007
Lafitte Fernández Rojas

LAFFITE FERNANDEZ

Durante casi trece años busqué, sin éxito, la palabra apropiada para definir esa parte de la identidad salvadoreña que no me gusta: el hecho de que siempre se crea que aquí todo está mal, que estamos sitiados por todas las crisis juntas, y rodeados de ángeles exterminadores.

Por momentos tomé esa conducta colectiva como un exceso de pesimismo. Usé la palabra "quejumbrosos" para tratar de describir lo que, a mi juicio, siempre significó casi una metáfora de la historiografía salvadoreña. Esa palabra, sin embargo, me resultaba incompleta. Insatisfecho, eché mano a la semántica liberal pero fue en vano:
seguía sin encontrar lo que buscaba.

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Aclaro que no he pasado todos estos años, asumiendo el papel de reinterpretador del ser salvadoreño. ¡Dios me libre! No tengo la estatura para hacerlo. Ya lo hicieron, con mucho dispendio, Salarrué, Masferrer y Roque Dalton. Mucho menos intento acercarme a la literatura antropológica de ese maravilloso escritor guatemalteco, Luis Cardoza y Aragón (1904-1992), quien me enseñó la peor de todas las definiciones de los guatemaltecos.

Posiblemente lo hizo porque los interpretó como nadie. Lo más suave que se puede leer en sus escritos es que los guatemaltecos simulan, inventan, eluden y "se mienten a sí mismos para poder mentir a los demás".

Lo que sí me arrogo es el derecho de establecer un juicio crítico sobre ese abultado empleo de la queja entre salvadoreños que no logro entender del todo.

Si el ingreso per cápita se triplica, siempre estaremos mal. Si se construyen veinte torres de edificios de 120 pisos en el centro de San Salvador, la propiedad será de "narcos" o "contrabandistas" porque aquí nada puede marchar bien. Muchas veces se prefiere criminalizar el capital y el progreso. Y, si se gana más dinero, o consigo empleo, las cosas siguen siendo negras.

Y me atrevo a calificar y juzgar ese comportamiento colectivo porque soy de los que creen que los países salen adelante cuando tienen el alma hacia arriba. No cuando sobran las creencias y faltan las ideas.

Por eso es que me cautivan los aficionados al fútbol que van al estadio y no dejan de gritar "sí… se puede; sí…se puede" a pesar de que saben que tienen una débil selección que le toca pelear con clubes que sobrepasan sus capacidades.

Mi explicación

Soy costarricense por nacimiento. Vivo permanentemente en este país desde junio de 1994. Mis contactos con los salvadoreños, sin embargo, ocurren desde mucho antes de que decidiera adoptar esta tierra como propia.

Aquí pasaba largas temporadas pues ejerzo el periodismo desde los 17 años y me ha tocado transitar por muchos países del mundo, cuando las naciones esconden sus

santos y sacan los demonios a las calles.

Ahora viajo, con orgullo, con pasaporte salvadoreño como un acto de fey de libertad. Soy salvadoreño por mi propia voluntad. Con eso me sobra y me basta.

Trece años son ahora suficientes para tomar un ordenador y tener el derecho de advertir lo que no me gusta de este que es mi país por devoción. Y ahora lo hago.

Palabra mágica

Fue hasta hace algunas noches que encontré la palabra justa y arropadora de lo que creo, ocurre aquí. Di con el camino para encontrar la palabra precisa cuando llegué a la casa del médico siquiatra René Fortín Magaña.

No puse un pie allí para consultarlo como profesional, aunque sé que me hace falta, Estuve ahí, una buena noche, para juntarme con médicos y sicólogos que preparaban una conferencia centroamericana y deseaban analizar el papel de los medios de comunicación frente a la violencia. Durante tres o cuatro horas me deleité de las buenas artes de René como anfitrión y, como pronto me sentí rodeado de profesionales que le meten el escalpelo a la mente, aproveché el encuentro para buscar una freudiana explicación de ese permanente exceso de quejas entre los salvadoreños.

Con un trago de ron con coca cola en la mano y unos cortes exquisitos de jamón serrano, colocados sobre una coqueta mesa veladora, armé el alboroto entre aquellas personas.

Expliqué lo que pensaba sobre el tema. Incluso, tomé el caso de lo poco que se reconoce, al menos, el crecimiento de las libertades públicas en El Salvador.

Hasta puse un ejemplo: cuando llegué a vivir a este país permanentemente -dije- percibí que la gente no hablaba con la suficiente fuerza en su garganta. Más bien, susurraba las palabras. Hablaba con timidez y muy bajo. Antes de hablar -agregué- siempre miraba de reojo hacia atrás de sus hombros y después decía, en voz baja, "fíjese que…". Lo hacía como si tuviese temor de algo o de alguien.

Y entonces, expuse el resultado de mis empíricas observaciones: "ahora el salvadoreño no habla en voz baja ni mira hacia atrás antes de hacerlo. Ahora grita. Sin temor, hace cualquier crítica al gobierno o a quien sea. Lo hace en un bar, o en cualquier sitio. Para mí, ese es un claro crecimiento de una libertad pública. Antes de eso, añadí, entendí el por qué se hablaba con susurros: sabía que el país venía de pasar por una guerra y regímenes cerrados".

El problema, expuse, es que ni siquiera eso se quiere reconocer. No entiendo por qué hay una percepción permanente de que, aquí, todo está mal. Que nada ha cambiado. Que nada vale la pena.

El debate se abrió. Las explicaciones volaron como los abejones en mayo, hasta que el doctor Juan José Sifontes, un delgaducho siquiatra que estudió en una importante universidad de los Estados Unidos, resbaló entre sus dientes la palabra mágica.

"El problema- dijo- es que éste es un país que tiene distemia. De eso puedes estar seguro. Yo lo sostengo en unos escritos que realicé porque tengo las mismas inquietudes tuyas"

¿Distèmico?, pregunté. Rápidamente Sifontes replicó con una prédica
machacante, mientras batía con sus dedos un güisqui con agua: "sí, somos pesimistas, todo lo vemos mal, y esa es una enfermedad nacional". ( leer dos artículos elaborados por el Dr. Sifontes sobre el mismo tema).

Cuando regresé a mi casa, varias horas después, tomé mi computadora y en el internet , busqué la palabra “distemia”. Rápidamente me di cuenta que existe mucha literatura sobre ese tema. En toda esa literatura científica se describe la conducta de los distémicos en el sentido de que siempre ven el lado malo de las cosas, se carga un mundo a cuestas que se ve con un exceso de pesimismo y, además, se tiene una percepción negativa de sí mismo.

¿Sifontes tiene razón? Sospecho que sí. Hay algo de eso en muchos salvadoreños. Este un país maravilloso que debemos ver con otros ojos. Este país se ha saltado, con éxito, muchísimas crisis. Aquí ha pasado de todo: desde guerras y terremotos hasta huracanes y muchas calamidades más. Y todas esas cosas se las ha

saltado, con una energía impresionante, el pueblo salvadoreño. Mis ojos se han maravillado, una y otra vez, cada vez que miro a este país salir de una crisis. Si los costarricenses hubiésemos pasado por las mismas dificultades que atravesaron, por épocas, los salvadoreños, todavía estuviésemos postrados. Y escribo por los costarricenses porque también lo soy.

En alguna ocasión me encontré, en el INCAE al ex ministro de cultura de Costa Rica, Guido Saénz, y sentados en una banca, hablamos durante horas de este tema. “El problema nuestro, me dijo, es que los costarricenses carecemos de drama. Y es el drama lo que curte la piel. Lo que inocula a los grandes pueblos como El Salvador”. Pero, quizá hemos hecho mal uso de ese drama. Claro que hay pobreza. Claro que hay problemas. Muchos y muy graves. Pero no todo está mal. Como repite Ernesto Sábato, por el simple avance de la razón, el futuro siempre será mejor.

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