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El derecho a la crítica

 

En un sistema autoritario, el gobierno oculta los problemas reales del país, pero además obliga a la sociedad a callarlos. Durante la dictadura militar, la crítica solo podía efectuarse por la vía del temeroso murmullo en voz baja, o por la vía del grito de las armas.

Ahora en nuestro país se discute todo, todos los días y en todos los medios. Y no hay poder más acotado que el del Ejecutivo.
 

Lunes 18 de junio, 2007
Centroamérica 21
redaccion@centroamerica21.com

 

Algunos han llegado a decir, como si tal cosa, que nunca antes habíamos vivido un momento de crisis nacional como en el momento presente. Otros han dicho que la verdad es exactamente lo contrario, y que “vivimos el mejor momento en toda nuestra historia republicana”.

 

Entre esos dos extremos hay una verdad indiscutible: ahora ningún problema puede ocultarse, por grave y espinoso que sea. Si no lo dice un medio lo dice otro y con todas sus letras. Si lo silencia un político, lo denuncia otro.

 

Y si los medios y los políticos se callaran, la ciudadanía lo grita a los cuatro vientos. El problema en cuestión puede ser real o imaginario, pero de todos modos se expresa y se discute. Ese hecho no puede negarse.

 

El gobierno no puede ni debe reprimir las ideas disidentes, sencillamente porque el disenso y la crítica son consustanciales a la democracia. Y no hay en nuestro país disidentes prisioneros, aunque sí están en la cárcel protagonistas de disturbios, violencia y daños a la propiedad pública y privada.

 

El escritor David Hernández, funcionario de cultura de la Universidad de El Salvador manifestó en alguna ocasión su desacuerdo con ciertas prácticas de los sindicalistas del Alma Máter, que precisamente reclaman más democracia.

 

La semana pasada, durante una protesta sindical en el campus universitario, fue golpeado salvajemente por los protestantes, sin otro motivo que el de haber manifestado su desacuerdo con ellos… ¿entonces, de qué se trata?

 

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