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El canal de Panamá
Los mares se unen a los mares por obra humana

 

Los negocios y las deudas religiosas son de ordinario la causa de los grandes desplazamientos, pero tú te complaces en los desplazamientos sin causa...

Saint-John Perse

 

Lunes 18 de junio de 2007
Ricardo Lindo

redaccion@centroamerica21.com

 

Eran otros los tiempos. Las rutas de aire no competían aun con las rutas de agua y quien impulsaba el proyecto del canal de Panamá, el diplomático francés Ferdinand Marie, vizconde de Lesseps (1805-1894), más conocido como Ferdinand de Lesseps, había obtenido un éxito resonante al dirigir la compañía que abrió el canal de Suez en Egipto. Él había levantado los fondos, él había inclinado la balanza de las autoridades para llevar a cabo la obra. La tierra dividida por su empeño comunicaba ahora los mares de la India y la China con el mar Mediterráneo, aquel que unos siglos atrás surcaban las naves romanas, aquel donde otros siglos más atrás las sirenas cantaron para el griego Ulises.

 

 

 

Soñó entonces el vizconde con otro canal, destinado a unir los dos más grandes océanos del planeta. Entusiasta, visionario, loco como todo buen visionario, transmitía la llama de su entusiasmo como esparce arenas el viento del desierto, como esparce estrellas la noche del verano. Su labor en Suez, sin embargo, presentó serias dificultades, y otro que Ferdinand hubiera desistido. Tantas veces ese viento del desierto al que antes aludimos se apresuró a rellenar con arena la trabajosa zanja…

 

Ferdinand no estaba tan convencido de que fuese Panamá la mejor opción. La Sociedad Civil del Canal Interoceánico, que presidía él mismo, optó por enviar al oficial de la marina Lucien Napoleon Bonaparte Wise en 1876 al istmo de Panamá a investigar si la obra era factible. El resultado fue un convenio según el cual Colombia autorizaba a Francia a emprender la tarea, destinada a durar 99 años. Panamá, recordémoslo, era entonces parte de Colombia.

 

Un ingeniero sugirió la conveniencia de crear un lago artificial en lo alto de la cordillera continental en la localidad de Culebra, con un sistema de esclusas que fueran alzando las aguas. La topografía era muy distinta a la de Suez. Ferdinand se opuso. El canal se abriría a nivel.

 

Ingeniería, migración y mosquitos

 

 

Y comenzó la obra. El contratista fue el mismo del canal de Suez. Se construyeron instalaciones de apoyo, se llevó maquinaria pesada, se adquirió en 25.000 dólares el ferrocarril de Panamá, que iba a tener gran importancia en la construcción del canal. Era la tercera parte de los fondos disponibles. Llegaron contingentes de obreros de los países vecinos. Las grandes obras de ingeniería son causa de grandes desplazamientos. Lo que muchos de esos inmigrantes ignoraban era que ese destino que creían pasajero era el definitivo.

 

Esa estrecha franja de tierra pareciera ideal para volver realidad la idea, al menos según el mapa. Lamentablemente, en los mapas no se ven los mosquitos.

 

La roca de la cordillera era más dura de lo previsto. Las explosiones de dinamita ocasionaban derrumbes y los derrumbes ocasionaban muertes. El ferrocarril nunca fue utilizado. La malaria y la fiebre amarilla se llevaban con facilidad a los obreros extranjeros, que no tenían los anticuerpos de los nativos. El contratista canceló su contrato un año después y fue necesario acudir a empresarios menores, propietarios de menos potentes maquinarias. Fue necesario, en consecuencia, multiplicar la cantidad de obreros. 19.000 antilleses fueron reclutados. Los encargados franceses también eran víctimas de las enfermedades. El dinero se iba en un agujero negro.

 

En Francia, desesperado, Ferdinand de Lesseps fingía que todo marchaba bien y conseguía vender acciones a pequeñas modistas, a jubilados, a lustrabotas, a gentes que invertían los ahorros de toda su vida. Secretamente, Lesseps dio en vender los cadáveres de los obreros a las escuelas de medicina de Europa.

 

Finalmente no se pudo ocultar el fracaso. El ya anciano vizconde fue llamado a los tribunales. Su hijo, a cargo de los trabajos en Panamá, fue a dar a la cárcel por desfalco. El gobierno de Francia cayó, arrastrado por la avalancha. Los nuevos gobernantes quisieron reiniciar la empresa, poniéndola a cargo del ingeniero Eiffel, el autor de la célebre torre. Eiffel revivió la idea del lago artificial y las esclusas. Pero era tarde. Nadie en Francia creía en el proyecto y no fue posible recaudar los fondos necesarios.

 

Estados Unidos quiso retomar los trabajos y encontró la oposición del gobierno de Colombia. Pero había un movimiento independentista en Panamá. Los panameños no estaban contentos con Colombia. La espesa selva del Darién los separaba del resto del territorio. No había cambiado desde los tiempos de los conquistadores españoles, aquellos conquistadores que atravesaron la selva abriéndose paso a machete y tomados de las manos para no perderse en la oscuridad. En tales circunstancias, Panamá recibía escasa o ninguna asistencia del gobierno central. Estados Unidos apoyó la independencia, que tuvo lugar en 1903. El gobierno de la naciente república deja el control de la zona del canal a los Estados Unidos durante cien años, a cambio del pago de 10 millones de dólares y un alquiler anual de 250.000 dólares.

 

 

Lo que unió Dios no lo separe el hombre

 

El presidente norteamericano es Theodore Roosevelt (1858-1919). Dos años antes ha definido su política: “Hay que hablar tranquilamente mientras se sostiene un gran garrote”. Es la política llamada del “big sitick”.

 

Se reanudan las obras de la más grandiosa empresa de ingeniería que hubiera concebido la humanidad hasta entonces. Nuevos acarreos de obreros de los países vecinos tienen lugar, en cuenta “los salvadoreños hijos de la gran puta” del poema de Dalton.

 

Los errores cometidos por los franceses son experiencia acumulada para los técnicos norteamericanos.

 

Un médico descubre la causa de la formidable mortandad de los trabajadores. En los hospitales franceses hay patios con maceteras rodeadas de un círculo de agua. Se crían en ellos zancudos que pican a los enfermos y se vuelven así portadores de las enfermedades que distribuyen profusamente en los campamentos vecinos. El médico destruye esos canalitos que envenenan el canal. Un gran paso en el combate a las epidemias ha sido dado, si bien la aun poco controlada dinamita sigue causando derrumbes y muertes.

 

El canal norteamericano se construye con lago artificial y con esclusas. Ya no será horadada la cordillera.

 

En 1906, Theodore Roosevelt llega a Panamá para alentar a los obreros y a los mandos. Es recibido como un héroe. Es la primera vez que un presidente norteamericano en funciones viaja fuera de su tierra.

 

El 15 de agosto de 1914 tuvo lugar la inauguración. Los mares se unían a los mares por obra humana, pese a la oposición de la naturaleza y pese a aquellos teólogos que proclamaban: “Lo que unió Dios no lo separe el hombre”.

 

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