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¿Izquierda lumpen?
Por
eso ocurren hechos que reflejan un carácter lumpen que
el FMLN debe apechugar o, como mínimo, relativizar, así
no sean parte de su línea: mucha de la “oposición”
agresiva e irreflexiva dentro de la UES, los enfrentamientos armados
del 5 de julio de 2006, los incendios y choques en el centro de
San Salvador en 2004 y, la semana pasada, la golpiza contra el
encargado de Arte y Cultura de la UES.
Lunes 18 de junio, 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Aunque el tema es mucho más complejo, para
Marx el “motor” de la lucha de clases –a su vez
el “motor de la historia”– es el enfrentamiento
entre dos segmentos sociales: el proletariado y la burguesía.
Lenin observó –y lo ratificaron otros, como Mao–
que el proletariado industrial, la vanguardia de la lucha, no era
necesariamente el motor mejor aceitado, ni el único. En las
experiencias china y vietnamita, la tesis de un proletariado agrícola
ubicó las cosas en otra dimensión; su validez es harina
de otro costal, y la discusión puede ser –como ha sido–
interminable.
La idea es que la conciencia de clase emana de un sector que no
puede ni podrá poseer los medios de producción –aun
bajo un socialismo ideal, en el que el estado sería dueño
de casi todo–, y nunca podrá pertenecer al rubro de
los explotadores. Entre el campesinado el asunto es relativo: una
reforma agraria lo sacará del esquema o lo colocará
en las capas medias, una posición ambigua e incluso contraria
a las luchas populares.
Según el propio Marx, la clase media es participante incidental
en la lucha de clases, en la medida en que no se trata de una clase
por derecho propio, sino en transición hacia una de las dos
posiciones polares. Generalmente tiende al ascenso, o a mirar con
los ojos de los explotadores. En el ascenso social, entonces, hay
un desclasamiento, que tenderá a la adquisición de
una conciencia diferente y, talvez, diametral.
En La ideología alemana, Marx y Engels plantearon la existencia
de un estrato dentro del proletariado: el lumpenproletariat o, simplemente,
el lumpen. Lo caracteriza que, a pesar de encontrarse en la misma
situación que los obreros, o por debajo de ellos, es incapaz
de adquirir la conciencia intrínseca a un proceso revolucionario.
Desde el lado ideológico, el lumpen puede convertirse en
un sustento de la burguesía, un freno poderoso para la lucha
de clases. En la práctica, de allí surgen algunas
lacras –desde esquiroles hasta criminales–, pero también
intermediarios en el proceso productivo, como comerciantes, que
a veces llegan a formar parte del bando explotador.
Lo importante, en fin, es lo que caracteriza al lumpen: falta de
conciencia proletaria, falta de sentido colectivo y, sobre todo,
falta de objetivos políticos y sociales.
En El Salvador, cada vez más, después de la guerra,
se ha observado una “lumpenización” de la izquierda,
que corre en ambos sentidos: el de los dirigentes políticos
y el de sus apoyos no organizados, o los que se mueven en los márgenes
de sus organizaciones periféricas. Quizá se deba a
varios factores, y quizá el menos importante –aunque
el más evidente– sea la urgencia con que se plantea
la lucha política: en la búsqueda de votos para las
siguientes elecciones –las que sean–, y ante la fragilidad
de organizaciones propias, el FMLN busca apoyos en personas y sectores
capaces de votar, aun de manera reactiva, no propositiva, bajo casi
cualquier consigna, y no sobre una línea estratégica.
Por eso ocurren hechos que reflejan un carácter lumpen que
el FMLN debe apechugar o, como mínimo, relativizar, así
no sean parte de su línea: mucha de la “oposición”
agresiva e irreflexiva dentro de la UES, los enfrentamientos armados
del 5 de julio de 2006, los incendios y choques en el centro de
San Salvador en 2004 y, la semana pasada, la golpiza contra el encargado
de Arte y Cultura de la UES.
Si se sigue pensando en términos marxistas, no es de extrañarse:
el lumpen, que tarde o temprano alcanza a todas las clases sociales,
se caracteriza por su desclasamiento; el FMLN, a partir de 1983,
está por completo guiado por gente de las capas medias, una
clase indefinida y en transición. Es aquí, talvez,
donde pueda trazarse un profundo punto de encuentro y, más
aún, donde se detecte el origen de la falta de objetivos
claros de la izquierda institucionalizada: ¿hacia dónde
va el partido? O peor: ¿hacia dónde planean llevar
al país? O peor aún: ¿existe una verdadera
izquierda?
Es algo que debe determinarse, y a veces la prisa y la impermeabilidad
al pensamiento crítico –que debería ser inherente
a toda izquierda– no lo permiten.
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