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Yo, el fiscal
Para nosotros el quiebre de una época
de dictadura vivida por décadas, no se expresó solo
en la superación de una forma de gobernar o de hacer política.
Nuestra vida también se vio afectada por la implementación
de un modelo legal y una concepción filosófica de
interpretar el fenómeno criminal. Uno de los grandes obstáculos
a superar fue la sustitución de la prueba testimonial,
pero especialmente la confesión (más vinculada a
modelos represivos y antidemocráticos), por el sistema
de prueba científica.
Lunes 18 de junio 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Salimos de la Delegación de la Policía
Nacional Civil de Santa Ana a las dos de la madrugada. Más
de cien policías y unos cuantos fiscales, los primeros armados
hasta los dientes y los segundos con la lista de la banda que había
que capturar.
Varios cantones y caseríos fueron allanados cerca de la frontera
con Guatemala. Al momento de ingresar a una casa donde se encontraba
un grupo de bandoleros se produjo una pequeña escaramuza.
Las cañas secas de maíz se quebraban cuando, por un
lado corrían los policías, y hacia el otro los delincuentes.
En el corredor de la casa quedaron las evidencias. A unos metros
de allí, el investigador a cargo, que para variar había
sido sargento de la extinta Policía de Hacienda, se quedó
a mi lado, yo, el fiscal, nada más con mi agenda de Océano.
Eran las primeras experiencias, en más de un siglo, o mejor
dicho, desde que surgimos como república, que la autoridad
policial se subordinaba a personas civiles de forma concreta.
Desde aquel operativo no dejé de llevar a los allanamientos
peligrosos del departamento de Santa Ana una vieja Commander 45
mm.
Semejante experiencia no podía haber pasado sino por ese
enjambre de equivocaciones de toda una reforma legal. Esa es precisamente
la riqueza del asunto y para no perderla de vista es interesante
ensayar sobre el mismo.
Hablo del ejercicio de la reforma penal de la posguerra. Obviamente
no estaba muy claro cómo los fiscales íbamos a conducir
las investigaciones criminales, no sólo desde el punto de
vista forense sino táctico policial.
A eso se debió que muchos fiscales nos vimos atrapados en
procedimientos puramente policiales que eran confundidos con el
monopolio de la investigación criminal, que por raigambre
constitucional le compete a la fiscalía.
Un punto clave en la estrategia: admitir que los abogados con investidura
fiscal debían conducir la investigación del delito
y ejercer las acciones penales en contra de las personas sindicadas
de haber delinquido.
Ello significaba que cualquier miembro de la policía, desde
su director hacia abajo, debía sujetarse a las directrices
de la fiscalía.
El mundo occidental, pero especialmente las corrientes del derecho
anglosajón, llevan siglos administrando sistemas legales
con fundamento en un profundo carácter acusador, es decir,
donde un ente distinto al juzgador, es el encargado de dirigir la
investigación criminal.
Factores culturales han permitido que en escuelas o centros de trabajo,
y obviamente en el sistema judicial, los conflictos se diriman enfrentando
a las partes de forma oral, donde hay un trío básico:
el acusador, el defensor y el juzgador.
Para nosotros el quiebre de una época de dictadura vivida
por décadas, no se expresó solo en la superación
de una forma de gobernar o de hacer política. Nuestra vida
también se vio afectada por la implementación de un
modelo legal y una concepción filosófica de interpretar
el fenómeno criminal.
Uno de los grandes obstáculos a superar fue la sustitución
de la prueba testimonial, pero especialmente la confesión
(más vinculada a modelos represivos y antidemocráticos),
por el sistema de prueba científica.
Las autoridades, en su afán por combatir la criminalidad
han aplicado procedimientos legales que nos han colocado en momentos
que debimos haber superado ya. Un ejemplo puntual es la política
de beneficiar con libertad al inculpado que confiese y entregue
a otros cómplices o coautores, es a lo que se le llama criterios
de oportunidad.
Semejante institución ha puesto en riesgo la credibilidad
de nuestro sistema legal en muchas ocasiones. El acusado más
inteligente se vuelve reo confeso con la ambición de salir
libre. De ahí que lo que él diga debe ser tratado
con mecanismos forenses atinados para evitar que su generalización
desacredite la verdad de la justicia originada por un acto espurio.
No se puede pedir a un policía que ataque al secuestrador
con poemas de Pablo Neruda, pero la fiscalía debe controlar
el ejercicio represivo de todo órgano policial.
Otro asunto de medular importancia es el papel de los jueces naturales
(independientes de cualquier otra autoridad), llamados así
por el ordenamiento constitucional. Dejaron de ser investigadores,
como lo eran en el proceso derogado. Ello significó un trauma
pues pocos se imaginaban cómo deberían de comportarse
los jueces si ya no iban a investigar.
La respuesta, al menos desde el plano teórico, es simple:
los jueces deben juzgar los hechos sobre la base de las pruebas.
Ambos elementos de un mismo escenario los debe proporcionar el que
acusa, la fiscalía.
Sin embargo, no sólo los abogados, sino la gente en general
no admite algunos de los planteamientos indicados. Todo obedece
a un bloqueo histórico y cultural. No solemos aceptar lo
que no comprendemos. Nuestro pasado tiene una espada, una cruz y
una sotana pendenciera acuñadas por la inquisición.
La aceptación y credibilidad sobre el sistema legal por parte
de la comunidad no pende exclusivamente de lo bien o mal que funcione
o de la confianza existente entre la sociedad y las autoridades,
depende en gran medida de la acción política de los
gobernantes.
En política suelen abordarse los temas desde una posición
ideológica, por ello es muy difícil que la gente pueda
entender que los jueces no son investigadores del delito, esa es
una facultad de la fiscalía y la policía.
Si se observa con cabeza fría el modelo es fácil concluir
que esas son precisamente las características de una sociedad
democrática: la separación de facultades.
La naturaleza de la corrupción es el punto medular y sustancial
de la ineficacia de nuestro sistema de justicia, y no obedece a
ideologías o doctrinas, no al menos en esencia.
Lo mejor y más inteligente que cualquier gobierno debería
de hacer es fortalecer las instituciones que ya existen. Soy de
los que piensan que un fiscal debe tener mejores condiciones que
un juez de instrucción, no solo en sus prerrogativas salariales,
sino en el soporte institucional, pues es el que investiga y se
enfrenta al crimen.
La investigación científica, el enfoque forense, la
independencia fiscal, un fuerte presupuesto policial y un control
de la sociedad sobre las actuaciones de los jueces, sería
rentable para la estabilidad social del país.
Por supuesto todo ello sólo es posible a partir de las decisiones
políticas y el reto más grande a enfrentar es la madeja
de intereses que se cruzan en el universo de la seguridad pública.
La historia apenas comienza.
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