|

Chepe
Gil Pacheco, “El Aguado”
Un artista del fútbol tirado en la calle
El
amor, el virtuosismo deportivo, el éxodo, la guerra, la
bohemia y el fracaso en la camisa de un solo hombre. El Aguado
Pacheco, aprecia los lejanos años no con resentimiento,
sino con una sonrisa generosa, la misma con la que suele tocar
su drama. Ese hombre no conoce la maldad, el descuido sí
pues ya se ha dicho que es bohemio en estado puro.
Lunes 18 de junio de 2007
Berne Ayaláh
redaccion@centroamerica21.com
El grupo de borrachines estaba alrededor
de una botella vacía, en las afueras de las canchas Modelo
de Santa Ana. Uno de ellos se puso de pie, se acercó tambaleante
y nos pidió unas monedas para continuar echándole
al buche.
Jamás me olvidaría ni de su rostro ni de su nombre.
“Ese loco fue uno de los más grandes jugadores de
fútbol de este país, la marihuana y el trago acabaron
con él”, me dijo un amigo. Se llama José Gilberto
Pacheco, pero el pueblo de Santa Ana lo conoce como Chepe Gil,
El Aguado.
Años después logré dar con él, en
un hogar para indigentes llamado Jesús de la Misericordia.
Un testigo clave me dijo que allí llegaba a dormir y que
por las mañanas, muy temprano, bebía café
frente a la Iglesia El Calvario.
Los ojos de Chepe Gil son claros y se esconden sigilosos en el
tapiz de las arrugas donde se dibujan las coordenadas de sus abundantes
viajes. Cuando ríe baja la cara y encoge los labios. Es
una risa sumergida en las entonaciones que deja la marihuana con
el pasar de los años.
Nació en el barrio San Rafael en 1956, pero, para variar,
se crió en el barrio La Cruz, el mismo del que nos habla
el poeta Roque Dalton en su Poema de amor. Tenía siete
años cuando comenzaron a gustarle las pelotas y su más
grande ídolo salvadoreño del fútbol fue Alfredo
Edgardo Erazo, el Tajaniche.
Su figura elástica y sus piernas largas y flacas lo convertirán
en uno de los mejores armadores de la liga mayor. La historia
comenzará a virar su timón cuando aquel muchacho
de quiebre habilidoso, entre a las ligas menores de la bohemia.
El ron y la cerveza serán sus mejores aliados, aunque al
principio parecerá rechazarlos.
Su nombre será puesto en la lista de los probables integrantes
de la representación nacional de fútbol, pero un
directivo dirá con voz de juez que Chepe Gil no podrá
ingresar a la selecta pues aquello no es una cantina.
El Aguado Pacheco, aprecia los lejanos años no con resentimiento,
sino con una sonrisa generosa, la misma con la que suele tocar
su drama. Ese hombre no conoce la maldad, el descuido sí
pues ya se ha dicho que es bohemio en estado puro.
El cruce con el Mágico
En el año 1975 será apenas un monaguillo que esperará
en la banca para ser llamado a jugar su primer partido con el equipo
de primera división del FAS. El grupo contrincante, ANTEL,
tendrá en su planilla a otro demonio: Jorge el Mágico
González.
El azar se encargará de que ellos no se enfrenten, sólo
el Mágico será llamado a debutar, mientras Chepe Gil
se quedará allá, deseando tocarle los cabellos al
tigre. Pero El Aguado Pacheco se quedará por un tiempo en
el FAS, zigzagueando como un guerrero para evitar ser derribado.
Una pausa oscura en el norte
Dejará el fútbol por un tiempo cuando decida ir en
busca del sueño americano. La universidad de Machias, en
el estado de Maine, lo recibirá gracias a una beca proporcionada
por la iglesia Bautista. Los negocios y el idioma alumbrarán
al final del túnel, el muchacho se perfilará como
un genio.
No terminará su carrera. La enfermedad y muerte repentina
de su madre lo obligarán a regresar a la patria. Ella será
su amor sacrificante, la que nunca creerá que el muchacho
pueda vivir un día del fútbol, y lo traerá
a casa.
Pero la vida lo llevará de nuevo a Estados Unidos a finales
de 1977. La ciudad de Los Angeles, en el estado de California, le
quitará lo más preciado: Tuti, la mujer que fue el
amor de sus amores. Motivo suficiente para que busque desesperadamente
el regocijo de la insatisfacción existencial.
Allá lo atraparán las serpientes de la marihuana,
que en sus largos y huesudos dedos se volverán las inseparables
hermanas del ron y la cerveza. Momento clave que romperá
un tiempo, lo hará añicos y lo desbordará por
los senderos oscuros y solitarios de las madrugadas.
Ese país que huele a dólar y sabe a sangre, el único
en el mundo que al parecer no tiene nombre, pero que conocemos como
Estados Unidos, le triturará la carne y le sacudirá
el alma.
Pero el norte no será el lugar que abrigará las tormentas
del poeta de la cancha, sólo las alimentará. El bohemio
buscará entonces lo más preciado: los aplausos y gritos
de su gente cuando vuelva a poner el balón en la frontera
del misterio.
Regreso sin gloria
El hombre no volverá a ser el mismo a su regreso, él
tiene ahora la mejor prueba: una vida donde las ambiciones más
caras quedaron ocultas en el culo de las botellas que sin número
le atravesaron a punzadas el pecho cuando con su lengua les exprimió
el sabor.
Pero la pasión por el fútbol volverá a atraparlo,
al fin de cuentas es por lo que ha venido a este planeta retorcido.
Entrará al 11 Lobos. Nunca cumplirá con el entreno
y en algunas ocasiones dejará caer su vómito goyesco
sobre el cuerpo de sus compañeros.
No pagará las multas impuestas por las indisciplinas, salvo
con el precio de las piernas flacas de un Mick Jagger que le canta
a los ángeles caídos sobre ese cielo que no es azul
ni lejano: la cancha.
Recuerda hoy, en esta pupusería donde hemos conversado largamente,
que los temblores y los dolores de cabeza se le volvieron cotidianos.
Sin embargo, pesa más la pasión del gitano, que la
rigidez del entrenamiento o la ambición por lo material.
Chamba Ramírez “Teto”, un santaneco que cuando
habla de deportes tiene el timbre de las enciclopedias, me ha dicho
con solvencia manifiesta: “Chepe Gil no tuvo nada que envidiarle
al Mágico”.
Al Mágico lo podemos ver en los filmes y en los recuerdos
del Valladolid y el Cádiz, al otro, al bohemio roto de la
calle, en recortes de viejos periódicos y en la memoria de
los amantes del fútbol de aquellos tiempos.
Anda por ahí, he tenido el honor de verlo y escuchar su voz
macilenta que entona a perfección con las facciones corporales
de un gitano en do mayor.
Cuando no había televisión ni fotografía, los
poetas cantaban las hazañas de los héroes. Con una
palabra precisa bastaba para recordarlos a pesar del paso inevitable
de los siglos.
Se lo verá a punto de caer, doblando el cuerpo a cualquier
lado, sin quebrarse y sin tocar la grama, la masa decidirá
llamarle El Aguado. ¡Qué paradoja! El hombre que se
retorcerá en la cancha también será el aguado
que caerá en las esquinas de la ciudad que le vio nacer con
un libro de lecciones sobre la filosofía del fracaso.
No solo fútbol
A mediados de los ochenta, en plena guerra civil, Chepe Gil será
un muchacho al que el padre jesuita José María Gondra
mimará como a un ahijado en el equipo de primera división
de la UCA.
Él padre Ellacuría no estará interesado en
el fútbol: cuando los jóvenes estudiantes le soliciten
apoyo financiero para el equipo, les responderá que la UCA
no preparará futbolistas sino profesionales académicos.
Será el padre Gondra quien acompañará al equipo,
y en especial al joven Chepe Gil, en esa aventura por la que algunos
comenzarán a dejar de tener esperanzas.
Todos los lunes llegará a pedirle los cincuenta colones de
viáticos para quitarse la goya. El padre se sonreirá
y cuando no pueda darle el dinero le dará de beber a hurtadillas
del mismo vino de la eucaristía, y le recomendará
un fiel descanso con la sonrisa cómplice del que ve más
allá del aliento.
Chepe Gil Pacheco estudiará administración de empresas
en la UCA. Los que le recuerdan saben que fue genial para los números
y las operaciones lógicas, además de dominar el inglés
con acento prosódico.
Ahora mismo tengo al frente esa inteligencia aquí en la pupusería,
en la prontitud de sus respuestas, en la traducción de la
canción de su clan o en la precisión con la que analiza
los hechos vividos, en la honestidad con la que reconoce que la
vida le dio dos cosas: un don extraordinario para el fútbol
y la condición para ser una tragedia, en todo caso, a los
ojos del mundo, un fracaso.
Se quedará dormido junto a otro compañero estudiante,
frente a las oficinas administrativas de la UCA. No podrá
inscribir materias pues a mitad de la mañana los dos bohemios
somnolientos espantarán las moscas que les peinan el rostro,
ahí mismo, en los jardines abonados de los jesuitas.
Para elevar el entendimiento de las fórmulas matemáticas,
me cuenta, se entregará a tiempo completo a la marihuana
y como se dirá en su tiempo, será un tremendo Fu Manchú.
No verá el título universitario, aunque sí
el egreso de su carrera. El alcohol comenzará a atraparlo
desde muy adentro, desde donde uno no sabe por quién es que
doblarán las campanas cuando sean las seis de la mañana.
De nuevo el fútbol y otro golpe
En 1986 regresará al 11 Lobos, siempre en primera división,
pero como todos los aviones que alzan vuelo, el suyo entrará
en una fuerte turbulencia y comenzará a descender estrepitosamente.
Unos cuantos partidos más sabrán de su precisión
ofensiva en la segunda división, lo demás serán
partidos menores en el barrio donde él se cobrará
con una botella de Tic Tac y boca de paisaje.
Aquella vieja canción de Led Zeppelín, Escalera al
cielo, será el tema que escuchará en la tercera llamada
de la obra de teatro aún pendiente. Un día deberá
estar escrito en la loca historia de su vida junto a la canción
El Papalote, de Silvio Rodríguez, que cae, cae y cae.
Chepe Gil llegará a tener lo que no muchos en una sola vida:
el amor, la bohemia, el fútbol, el éxodo, los jesuitas
y el fracaso.
Algo faltará para que su entuerto por fin alcance la sima
más profunda: su hermano menor, Melvin Roni Pacheco, oficial
del ejército, graduado en la Escuela Militar, caerá
valientemente en combate en las postrimerías de la guerra
civil.
El hermano caído será la última carta para
doblarse definitivamente como un trapo deshilado. Sin embargo, se
ha dicho ya, los hombres somos dioses cuando soñamos, el
resto de la vida nos la pasamos matando el tiempo con una escopeta
recortada, o a lo sumo con el seco estornudo de los pasos en falso.
Chepe Gil Pacheco, el hombre que ahora comparte su vida conmigo
y cuatro pupusas de queso bañadas en salsa de tomate y repollo
encurtido con vinagre de Castilla, es una canción demasiado
larga para que alguien la pueda cantar en una sesión de baile.
Yo, uno de los más torpes e ignorantes hombres en la materia
difusa del fútbol, he sentido a lo lejos los gritos de aquellos
que me dicen al oído: es cierto, ese hombre jugó con
la brujería negra entre las piernas y dios se tomaba el día
libre para verlo.
La indigencia de un hombre bueno
En 1993, muchos firmarán la paz, pero él apenas comenzará
su guerra.
La pérdida de los hijos y la familia, el trabajo y la credibilidad
lo enviarán directo a la calle, de donde no volverá
jamás.
Con otros grandes futbolistas, como el Tajaniche Erazo, deambulará
por las madrugadas, tocando las puertas clandestinas para saciar
una sed que no cesa.
El quiosco del parque Menéndez, en su ciudad natal, será
su cuarto, su cama, su respiro, durante muchos meses; los gatos
y los perros se echarán a su lado y lo mirarán con
los ojos marchitos de aquella flor que destripó con sus manos.
Me dice ahora, con voz tranquila, que a él el ron no le gusta,
sino que lo adora. Lleva un año de no beber, pero no está
seguro de nada. ¿Quién sabe cuándo morirá?
Ahora, cambiando la conjugación del verbo, debe presentarse
entre las seis de la tarde y las ocho treinta de la noche al hogar
para indigentes donde, por cuarenta centavos, recibe una cama limpia,
agua para lavar ropa y bañarse, y derecho a ver televisión
de las siete a las nueve de la noche (sólo novelas de Televisa).
Dicen que uno no debe llorar cuando hace su trabajo, y conste que
no soy periodista, ellos lo dicen. Yo lo que creo es que resulta
imposible no comprometerse con las historias que contamos.
He debido apretar la pluma para no perderla y ocupar la mirada en
el precio de las pupusas o en aquella palabra que nunca será
dicha, para no caer vencido frente a semejante historia.
A las ocho de la noche con treinta minutos he dejado al genio Chepe
Gil en la entrada de una casa hogar donde duermen aquellos que se
quedaron sin familia. Una puerta negra al centro de unas paredes
grises separa la calle de la próxima media hora de luz.
Quién no ha conocido el cuento de la planta de frijolitos
por donde uno puede trepar hasta el cielo, algunos poetas han dicho
que para llegar allá no se requiere más que de una
subidita y, en todo caso, ser chiquito y tener la taza vacía.
Atontado por los recuerdos de Chepe Gil me doy cuenta que no tengo
la estatura para resumir la experiencia vivida, me atormenta aquel
sábado por la mañana cuando lo vi por primera vez.
Un hombre con una vida así tendrá sin duda en algún
rincón de la ciudad, una escalera para trepar al cielo del
que habla Led Zeppelín, pues como dice el maestro de la crónica
Juan Villoro, Dios es redondo.
|