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La batalla de Zacamil, durante la ofensiva de 1989, narrada por un capitán del Batallón Atlacatl

 

La guerra civil salvadoreña ha sido narrada por jefes y combatientes de la guerrilla. Los miembros del ejército salvadoreño han guardado silencio hasta ahora. Ese silencio ha comenzado a romperse, y ese otro punto de vista sobre el conflicto también resulta impresionante por el coraje, el heroísmo y también las flaquezas de los guerreros de la FAES.

 

El Capitán Von Santos relata con detalle su vívida memoria del más dramático y sangriento de los combates que junto a su unidad especial le tocó enfrentar.

Lunes 18 de junio de 2007
Centroamérica 21.com
redaccion@centroamerica21.com

 

Unidades del batallón Atlacatl en la zona de Mejicanos, durante la ofensiva de 1989.
Fotos cortesía de Herard Von Santos

Capitán Herard Von Santos

El miércoles 15 de noviembre de 1989, por la mañana, comenzamos nuestro avance. Teníamos especial cuidado con los francotiradores enemigos. Habíamos experimentado su terrible eficacia en los campos de Guazapa, cuando a grandes distancias los rebeldes hacían blanco en nuestras fuerzas. Sabíamos que no sería fácil batallar con ellos.

 

Subimos por el sector magisterial de la colonia Zacamil, y tomamos la calle que se dirige a Mejicanos. Pasamos cerca de los edificios números 90, 96, 97, 95 y 99. Caminábamos con mucha precaución pero instintivamente nuestras miradas convergieron en las alturas de cada edificio, esperando ver el fogonazo del disparo de un francotirador.

 

Llegamos hasta un taller de mecánica automotriz que daba frente a una intersección: la calle principal a Mejicanos y a la calle que conducía al cuartel Zacamil de la Policía Nacional. Nos metimos al taller para ver los edificios de apartamentos que controlaban esa encrucijada y que ahora se encontraban en manos de la guerrilla. Del taller a los edificios había aproximadamente unos 30 metros de distancia, y no me cabía duda de que en lo alto de dichos edificios se encontraban francotiradores.

 

Dentro del taller aun estaban los trabajadores que no habían podido salir por los combates. Nos señalaron al fondo una barricada hecha con buses urbanos. Me arrastré un poco para verla mejor, y pude ver bien a los guerrilleros haciendo guardia, y en lo alto de unos edificios confirmé que había francotiradores.

 

Entonces uno de los mecánicos nos dijo: “miren, aquí un guardia pasó y lo dejaron tendido en la calle, el cuartel de la policía estaba rodeado y no dejaban pasar ningún refuerzo de la Fuerza Armada ”. Terminó diciendo que en los edificios adyacentes se encontraban tirados los cadáveres de unos agentes de la policía que nadie había podido sacar.

 

Enojado y con una sonrisa sarcástica tomé de los hombros al sujeto, lo miré a los ojos y le dije: “Nosotros no somos ningún cuerpo de seguridad. Pertenecemos a las fuerzas especiales del Batallón Atlacatl. Y no han nacido aun los guerrilleros que nos van a detener”.

 

El refuerzo de los blindados

 

A media mañana en el puesto de mando se decidió que atacaríamos el complejo de edificios cercano al taller y la barricada. El coronel León Linares, “Griego”, preguntó si alguien tenía dudas, yo me levante y expresé que si contábamos con los blindados barreríamos la resistencia enemiga.

 

Mi coronel tomó su Motorola MX para las comunicaciones estratégicas y solicitó los mecanizados al Estado Mayor Conjunto. Media hora más tarde se encontraron con nosotros.

 

Mientras los blindados venían, yo tenía que hacer un reconocimiento de las posiciones enemigas para ver cómo íbamos a entrar. Entonces nadie sabía cómo íbamos a ocupar los blindados. Todos pensaban que los oficiales de la caballería iban a saber cómo hacerlo, pero yo tenía mis recelos, pues en Ayutuxtepeque nos habían dejado solos. Pensaba que si la operación era nuestra al menos tendrían que escuchar nuestra opinión sin importar que fuéramos de otra arma.

 

La acción de reconocimiento la haría acompañado de mi radio operador, mientras el pelotón se reabastecería de municiones y granadas. Nos acercamos lo más sigilosamente que pudimos al taller, luego empecé arrastrarme hasta la esquina de la encrucijada, donde había un gran árbol que me servía de cubierta.

 

Al observar la barricada enemiga me dio coraje de ver tan tranquilos a los guerrilleros, y le pedí el LAW que llevaba mi radio operador, y se los disparé a la propia barricada. De alguna manera quería decirles que el Atlacatl había llegado y las cosas iban a cambiar. Entonces aparecieron los blindados y me fui para atrás a buscar al oficial más antiguo de la caballería para exponerle mis planes.

 

A diferencia de lo que esperaba, el teniente de caballería escuchó atentamente mis planes. Le expliqué que necesitaba un blindado conmigo, pero que llevaría una ametralladora 0.50 y que arremetería con velocidad por entre las barricadas enemigas. Mientras tanto uno de los Panhard debía cubrirnos con fuego. El oficial asintió y me dijo que tomara una de las UR-416 que llevaba.

 

La tripulación era de 10 hombres. Bajé al motorista y al cabo (jefe de la tripulación) y les expliqué mi plan: teníamos que romper la barricada pero el blindado tenía que ir despacio a la par de los soldados para podernos cubrir recíprocamente.

 

Además sabía que al comenzar el ataque sobre la barricada, los francotiradores ubicados en las alturas de los edificios abrirían fuego sobre nosotros. Así que para neutralizarlos dejé a mis cuatro exploradores, los hombres más experimentados del pelotón. Su misión era escurrirse por entre los edificios cuando vieran a los francotiradores disparándonos, debían subir lo más rápido posible y acabar con ellos.

 

Su acción sería respaldada por la Tercera Sección de “Fantasma”. La Primera Sección de “Jaguar” atacaría por el flanco izquierdo la barricada. Más a nuestra izquierda la Cuarta Compañía trataría de envolver las posiciones enemigas.

 

“Fantasma” se las vería algo difícil para ocupar los edificios, por la gente que los habitaba, y el problema que sería para nosotros combatir en esas condiciones. Solo más tarde me enteré que en la última planta de cada edificio se encontraban solo los francotiradores guerrilleros.

 

Hablé con “Violante”, el encargado de los exploradores. Le dije que si por alguna razón la Tercera Sección no procedía el ataque, los dejara pero que él tenía que continuar el ataque. “Tan solo debes tener bajo fuego a los francotiradores y estos no podrán dispararnos a nosotros, confío en ustedes para cubrirme las espaldas, así que no me defrauden”.

 

Armas recuperadas por el batallón Atlacatl en la ciudad de Mejicanos, durante la ofensiva de 1989

Comienza el ataque

 

Al prepararme para el ataque, me quité el equipo, me puse un chaleco blindado y un casco, y me subí a la tanqueta. El resto del pelotón se situó a ambos lados del vehículo y nos lanzamos contra la barricada. En ese momento un Panhard que nadie sabía de dónde había salido pasó a la par de nosotros y rápidamente se situó al frente de la barricada, y comenzó a disparar contra la misma.

 

Destrozó las trincheras y siguió disparando a las posiciones enemigas que estaban cerca de la barricada, destruyéndolas casi todas. En ese momento arremetí con el blindado contra la barricada tratando de apartar el bus del centro, ya que teníamos que pasar aprovechando la sorpresa inicial, y para mi alegría logramos pasar al primer intento.

 

El fuego enemigo se intensificó pero no pasó de fuego de fusilería y lanzamiento de bloques de TNT, ningún RPG apoyó la acción enemiga. Continuamos nuestro a avance y llegamos como a dos cuadras del cementerio de Mejicanos. Habíamos destruido las defensas enemigas y varias barricadas sin mucho esfuerzo, era el momento de lanzar toda la compañía al ataque.

 

Entonces sucedió lo impensable, me dieron la orden de que me retirara, que me volviera para atrás para reagruparnos y luego continuar el ataque, enojado le respondí a “Machete” que la barricada estaba tomada, que avanzábamos sobre el cementerio y que enviara al resto de la compañía a apoyarme, pero todo fue inútil.

 

Quizás mi comandante de agrupación no me creía que habíamos roto la barricada. Su puesto de mando se encontraba en la retaguardia y su visión de las acciones llegaba hasta los combates en los edificios contra los francotiradores. Muy a mi a pesar tuve que ordenar la retirada, me regresé con mis soldados gritando eufóricos. Habíamos vuelto a derrotar al enemigo, sin embargo la alegría nos duró poco.

 

Al llegar a la altura de los edificios volvimos a recibir fuego de los francotiradores, el grupo de exploradores no pudo eliminarlos y el ataque de la 3ra. Sección se había estancado, pero el jefe del equipo de exploradores, “Violante” pudo señalarme sus posiciones, así que planifiqué un asalto rápido sobre ellos.

 

Inesperadamente llegó Jaguar, su unidad había consolidado el flanco izquierdo de la barricada pero también recibió la orden de retirarse. Con él coordinamos un ataque de apoyo con su sección sobre la colonia al este de los edificios multifamiliares, recibiría el apoyo de dos blindados.

 

Mi pelotón dirigió el asalto con dos UR-416 como apoyo. Organicé mi fuerza en cuatro grupos de ataque: mi grupo de mando y yo en el primer UR-416, nos ubicaríamos al centro de los edificios, “Arauz” y su equipo en el otro blindado tomaría el flanco izquierdo sobre la calle, “Memín, El “Gringo” y “Sniper” nos cubrirían desde el taller, y “Violante” con los exploradores despejarían los edificios aprovechando nuestro fuego de cobertura.

 

Al asalto

 

Me subí al primer blindado y tomé la ametralladora calibre .50, nos aproximamos al taller, los rebeldes desde las azoteas de los edificios comenzaron a recibirnos con una lluvia de balas. “Violante” con su grupo quedó atrapado en el primer edificio. Dirigí el blindado al frente de los edificios y comencé a disparar sobre los últimos pisos, pronto todos ellos quedaron incendiados.

 

“Arauz” y su grupo desembarcaron y rodearon los edificios, seguí disparando hasta que los primeros hombres de mi pelotón se divisaron en la parte media de los edificios. La acción había sido relámpago, en menos de una hora habíamos dominado a los francotiradores. Donde pronto se escucharon gritos de la gente civil “allá va, allá va…”, cruzamos el patio central del complejo habitacional y subimos rápidamente las escaleras del tercer edificio.

 

Al llegar a la azotea subí al techo con “Sniper” y en el techo del quinto edificio avistamos dos rebeldes que trataban de huir. Tomé mi fusil y comencé a disparar contra ellos, los dos cayeron muertos en el patio. Uno de ellos llevaba cercenado el brazo izquierdo.

 

Al bajar me encontré con “Turbo”. Estábamos coordinando los ataques cuando caímos bajo fuego de un francotirador, “Turbo” se refugió detrás de un pequeño montículo de tierra, mientras yo me cubría en la pared de un edificio. “Turbo” me preguntó si lograba ver al francotirador, pero no veía nada, tomó sus binoculares y logró divisarlo en una ventana del cuarto piso de un edificio.

 

Como no lograba verlo me preguntó si al menos divisaba la ventana, le contesté que la ventana la lograba ubicar. Entonces decidimos que él me dirigiría mientras abría fuego con un G-3. Hice el primer disparo, “Turbo” corrigió la deriva y la elevación y en el segundo disparo tuve suerte y acerté al francotirador.

 

Durante los combates el fuego de la ametralladora Browning deshizo la cuarta planta de cuatro edificios. Sus ventanas se encontraban completamente destruidas. Al llegar a los mismos encontramos a un francotirador muerto. Los blindados se retiraron y nosotros consolidamos nuestras posiciones en los edificios. Aseguramos un pequeño perímetro alrededor de los edificios en espera de más refuerzos.

 

Me comuniqué con “Turbo” y le dije muy enojado que “Machete” había malogrado nuestro ataque inicial a las barricadas, que ahora perdíamos la sorpresa y el asalto con blindados mientras nosotros desperdiciábamos la inercia de nuestro empuje, además agregué que por la mañana del siguiente día iba a estar toda la zona minada.

 

“Turbo” me calmo los ánimos diciéndome que tal vez era una trampa y que en todo caso teníamos que dar descanso a las tropas, que luego nos reuniríamos para discutir los detalles del nuevo plan de ataque.

 

En las cercanías del taller se estableció el puesto de mando de mi coronel León Linares, así que “Machete” tenía que colocar su puesto de mando en la zona de los edificios recién conquistados.

 

Llegó a mi posición y me recriminó no haber cumplido la orden de retirarme, le respondí que la inercia del ataque la aproveché para desalojar a los francotiradores y que si estábamos pensando en avanzar a Mejicanos, los edificios debían ser un blanco que necesariamente tendríamos que tomar tarde o temprano.

 

Establecí un punto de observación en la encrucijada que formaban los edificios, y una posición defensiva alrededor de los edificios. “Turbo” llegó con su puesto de mando y analizamos la situación. Teníamos poca munición, mi pelotón era tan solo de 18 hombres, pero durante la noche seriamos reabastecidos. Me preguntó si creía que seríamos capaces de romper las defensas enemigas, le conteste que si me apoyaba, no lo defraudaría; le expresé mis temores de que “Machete” se acobardara y nos dejara abandonados como lo hizo en Guazapa, pero me prometió que nunca me abandonaría.

 

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