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El maravilloso país
Una salvadoreña en los campos de concentración nazi
Visitaron los Campos Elíseos, una de las más amplias y ricas avenidas del mundo. La joven
Piedad, sin embargo, no pareció impresionarse. Era aun
más amplia y aun más rica la avenida Independencia
que daba entrada a la ciudad de San Salvador, según dijo.
Lunes 25 de junio
de 2007
Ricardo Lindo
redaccion@centroamerica21.com
Cuando los conocí ya eran viejos. Ahora tienen tiempos de
haber dejado de serlo. Estarán en la eternidad rememorando
la loca juventud que fue la suya.
Próximo el fin de la segunda guerra mundial, exasperada
al extremo la egolatría demente del Fürer, las masacres
de prisioneros se acentuaron. Una princesa, francesa según
creo recordar (me lo contaron hace tanto tiempo…), que se
había dedicado a rescatar prisioneros tuvo noticia de “la
joven salvadoreña” y se dio a su búsqueda. Sus
pesquisas dieron resultado terminando la guerra. La muchacha fue
encontrada en una pila de cadáveres abandonados. Para continuar
en vida había fingido la muerte, manteniéndose inmóvil
entre esos cuerpos rígidos, amoratados y cuasi descarnados
que la protegían sin saberlo.
Un tren condujo a París a los rescatados. El oficial francés
que los recibió en la “ciudad luz” era un joven
ingeniero, Charles Jacquinot. El joven tomó de la mano a
la muchacha salvadoreña y un tercer e inesperado combatiente
se presentó de improviso y los hirió a ambos. Era
Cupido, el insigne flechero.
¡Yo quiero conocer América!
Los días que siguieron, el ingeniero le mostró la
ciudad. Visitaron los Campos Elíseos, una de las más
amplias y ricas avenidas del mundo. La joven Piedad, sin embargo,
no pareció impresionarse. Era aun más amplia y aun
más rica la avenida Independencia que daba entrada a la ciudad
de San Salvador, según dijo. Y esta vez era Charles quien
se admiraba. ¡Yo quiero conocer América!, exclamaba.
Ese país que le describía su amada era una tierra
maravillosa.
Recordemos que la avenida, bordeada de estatuas, era para eses fechas
el paseo elegante de la provinciana ciudad de San Salvador. Los
pueblerinos iban ahí a ver pasar los primeros automóviles,
señal indudable de la riqueza de sus propietarios. Tener
un automóvil implicaba poseer asimismo un vasto cafetal y
quizás incluso una mansión en esa calle prestigiosa.
Don Charles, por su parte, tenía la vaga idea de América
de los europeos de entonces. Para aquellos países en ruinas
de la postguerra europea, el continente americano se identificaba
con la riqueza que desplegaban los Estados Unidos, esa poderosa
nación sin la cual jamás los aliados hubieran ganado
la guerra.
El sueño de don Charles se cumplió. Se casaron el
oficial y la ex-prisionera y se vinieron a vivir a El Salvador.
Juntos y riendo me contaron, muchos años más tarde,
el asombro a la inversa de don Charles al conocer la avenida Independencia.
Muy difícilmente podríamos compararla con los Campos
Elíseos… Esto sería más difícil
ahora, por supuesto, pues se fueron las estatuas para dar paso a
burdeles y bares de mala muerte y bulliciosa vida. He visto algunas
de esas estatuas, ahora dispersas: no son tampoco comparables a
los bronces y mármoles de París.
Con todo, otro asombro esperaba a don Charles: llegar al volcán
de Santa Ana y contemplar desde las alturas la majestad de una naturaleza
que hasta entonces le era desconocida.
Ingeniero especializado en asuntos del mar, don Charles se quedó
trabajando para los puertos salvadoreños.
Colette
Los Jacquinot adoptaron una niña, quien fue más tarde
amiga mía y gran actriz, Colette Jacquinot. Por ella los
conocí. Fantasiosa hasta la tarde de su vida, doña
Piedad afirmaba que los maltratos del campo de concentración
le impidieron tener más de una criatura. La verdad era otra.
Le impidieron, simplemente, procrear.
Colette se casó con un pintor excepcional, Antonio Bonilla.
Los Jacquinot tenían una casa próxima al Salvador
del Mundo, con un traspatio amplio donde les construyeron otra casa.
Siendo amigo de ambos artistas, continué viendo a los viejos.
Ya estaba enfermo, don Charles, y retirado. Los médicos le
prohibieron el tabaco. Creo que hay que ser un poco sádico
para ejercer la medicina. Doña Piedad controlaba el cumplimiento
de las prescripciones, aunque ya se le iba la cabeza. Cuando yo
llegaba, don Charles me llamaba aparte para pedirme en voz baja
un par de cigarrillos, que escondía bajo el cinturón.
Quizás contribuí a que se fuera más pronto.
Con seguridad contribuí a hacer más liviana la carga
de sus días últimos.
Cuando don Charles murió, la cabeza de doña Piedad
se fue deteriorando de más en más. Su soledad era
agobiante.
Un periodista llegó a entrevistarla para que contara su prodigiosa
historia. “¿Qué les obligaban a hacer los alemanes
en el campo de concentración?”, preguntaba el periodista.
“Cosas bonitas, como sembrar flores”, contestaba doña
Piedad.
Cuando doña Piedad falleció, Colette y el pintor ya
estaban separados. A la salida del entierro invité a almorzar
a la actriz y a su hija. Estaban apesadumbradas, pero fueron recordando
las historias de doña Piedad y terminamos riendo.
Colette vive en Francia desde hace años y no he tenido contacto
con ella desde su partida. Pero hoy, desde San Salvador y tanto
tiempo después, quiero dedicarle estas líneas. |