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Paradigmas del hartazgo
Chávez y Fujimori

 

Es poco probable, pero quizá, ante la falta de opciones, pudiera surgir una especie de “Cambio 2009” que dé una sorpresa similar a las de Fujimori y Chávez. Ya se han visto intentos de crear “algo nuevo”, como la coalición de alcaldes, o de moverse alrededor de figuras aparentemente capaces de hacer lo que Fujimori y Chávez hicieron: romper todo –con razón o no, con justicia o no–, al costo que sea, y empezar de nuevo.


Lunes 25 de junio, 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

RAFAEL MENJIVAR

El partido que llevó a Alberto Fujimori al poder tenía un carácter tan provisional que se reflejaba en su nombre: Cambio 90. Para 1991 sería obsoleto, y no era el objetivo que siguiera vigente; en las encuestas, en medio de un montón de partidos de conveniencia (política, económica, la que fuera), no alcanzaba los primeros lugares.

Logró repuntar durante la campaña, y la sorpresa llegó en las elecciones: se colocó por encima de APRA –el aparente favorito– y compitió en una segunda vuelta contra la derecha radical, con el escritor Mario Vargas Llosa al frente.

Ganó Fujimori, y el sistema político se conmocionó: un oscuro –y más bien gris– gerente empresarial, salido Dios sabía de dónde, había catalizado el hartazgo de la población ante un sistema de partidos enmohecido y abstraído en sus propios juegos y un sistema judicial que tomaba una posición pasiva o condescendiente –amenazas o dádivas de por medio– con Sendero Luminoso, el grupo armado que se había convertido en el principal problema del país. Los asesinatos en masa en Ayacucho, los bombazos en las ciudades –con saldos cada vez mayores de víctimas inocentes–, la ejecución de jueces y testigos, los impuestos de guerra, no tenían solución aparente, ni había quien pasara de lo retórico en la búsqueda de soluciones.

Fujimori decidió hacer las cosas “a la mala”, es decir: declaró el estado de excepción y disolvió el órgano legislativo, la Corte Suprema y destituyó a buena parte de los jueces; puso bajo vigilancia policial –si no bajo virtual arresto– a los principales líderes políticos, y más de uno, como Alan García, debió abandonar el país, avalado por la unánime condena internacional.

El golpe, contrario a lo que podía pensarse, no le trajo la condena, sino el apoyo popular; la “mano dura” era lo menos que “la gente” esperaba. Las capas medias y dominantes lo convirtieron en poco menos que un demonio.

En un par de años, Sendero Luminoso era un mal recuerdo. Un reajuste severo cambió las reglas del juego, se apeló a tribunales de excepción y, decreto tras decreto, la presión bajó en Perú. Ayudó la toma de medidas a favor de la economía de los pobres, aunque el gobierno se había instalado con consignas neoliberales. Una nueva Constitución institucionalizó el viraje y puso a Fujimori en posibilidad de reelegirse casi indefinidamente, algo que quizá hubiera ocurrido si no hubiera saltado el caso Montesinos, que terminó con el gobierno desmantelado y Fujimori en Japón. De volver a su país, dicen todos, volvería a ganar la presidencia, pero antes terminaría en la cárcel.

Con otro carácter, y en circunstancias diferentes, la elección de Hugo Chávez en Venezuela tiene paralelismos con la de Fujimori. Lo que le dio el impulso necesario para conquistar el poder, ante la población, fue el intento de golpe de estado contra el alguna vez popular presidente Carlos Andrés Pérez, quien terminó en la cárcel por corrupción. Pérez era parte de un sistema de partidos y de estado que estaba, más que sucio, descompuesto. Chávez ha ido cambiando las reglas, con fuerte apoyo mayoritario y, al igual que Fujimori, con el rechazo claro y militante de los partidos y las capas medias y altas.

Quizá en El Salvador no se haya llegado a los extremos de insensibilidad política y social a los que se llegó en Perú y Venezuela, pero eso no puede medirse de manera objetiva; es la percepción de la población la que cuenta.

Lo que se observa es el desgaste natural de ARENA, en el gobierno desde 1989, y un proyecto de país en el cual las mejoras sociales para los pobres son paliativas. Por otro lado, una izquierda empantanada, reactiva y sin programa, que confía en el “candidato ideal” más que en establecer un proyecto propio. En el centro hay propuestas y proyectos, pero no la posibilidad de llevarlos a cabo.

Es poco probable, pero quizá, ante la falta de opciones, pudiera surgir una especie de “Cambio 2009” que dé una sorpresa similar a las de Fujimori y Chávez. Ya se han visto intentos de crear “algo nuevo”, como la coalición de alcaldes, o de moverse alrededor de figuras aparentemente capaces de hacer lo que Fujimori y Chávez hicieron: romper todo –con razón o no, con justicia o no–, al costo que sea, y empezar de nuevo.

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