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¿Sos o no sos?

 

Jairo y Nuria, son los mismos a cada segundo de su existencia. No son camaleones indecisos en lo que quieren significarse a sí mismos y significarle a los demás. Se trata de una forma de vida que sí necesitamos en este país y en combate de primera línea a los esquemas mentales de antaño.

Lunes 25 de junio, 2007
Alejandro José Labrador Aragón
labrador@centroamerica21.com

 

Alejandro
Labrador

Jairo viaja en bus sin compañía. Nunca nadie se sienta a su lado aunque el bus acarree treinta almas demás y la nave esté apunto de reventar de pasajeros. Tiene 21 años y un repelente anti humanos impregnado en su pelo largo, cuatro “piercings“ y su irrevocable decisión de renunciar a los colores para vivir de negro. “Black in Black”, la gloria metalera de los ochenta y aquel famoso estribillo de ACDC.

Los asientos dobles, para dos cinturas, que tienen todos los vehículos del transporte colectivo aquí en San Salvador, pierden cualquier funcionalidad cuando Jairo es quien los ocupa.

Ese asiento vacío es la muestra de un sentimiento generalizado. Es la escena perfecta para ser cauteloso, no volver la vista ni a los lados y al mismo tiempo, observar atento con los oídos, la nuca y la punta de los pies, completamente todo lo que pasa a 360 grados.

Nuria tiene 23 años. Entre ella y su jefa, una señorona de 49 años, no ha habido más que alarmantes frases de puros insultos este mes. Su peinado, su maquillaje, sus zapatos, sus accesorios, no son de una señorita decente. Son un mal ejemplo y la ventana de una terrible imagen. “La pobre vieja tiene nublada la perspectiva”, piensa Nuria. Por su parte, tiene lista su renuncia, un tatuaje en espera y el dinero para una perforación en la nariz.

El viernes pasado no pudo entrar a una de las oficinas de gobierno sin quitarse el arete que le engrapaba el labio. La semana anterior la habían obligado a quitarse cualquier accesorio metálico de la cintura, la muñeca y el cuello. Ese día, se convenció que la autenticidad o al menos la extravagancia no tiene cabida en el despacho de marketing donde trabaja. En varios edificios y oficinas, al igual que en la estrategia de imagen de la señorona de los 49, hay algo en las expresiones de los jóvenes que se interpreta como “Ciérreme la puerta en la nariz por favor”.

A dos caras

Es algo que sucede entre miradas, horas pico, sobre ruedas y sobre los ríos negros del metal que humean plomo. Sucede entre el demonio, el buen decoro, las buenas costumbres y el civismo. Se diluye en el abanico cultural que los valores morales no están dispuestos a interpretar, solo a sesgar.
Es una doble moral -espada de doble filo-, me dice Jairo. El chisme no tiene más oficio que sentarse en la cuneta y raspar a cuchilladas a los demás. Una sociedad cuatro ojos, con un par de labios diseñados para lo políticamente correcto y otro que solo son el portal de escupitajos, sapos y culebras.

¿Brecha generacional? En verdad, no sé. Pero estoy seguro que la diferencia de edades no siempre va a justificar el pavor hacia lo desconocido, el pavor a los darketos, punketos, chancludos y rastudos, solo por poner pocos ejemplos.

Ejemplos que sé bien no son un mundo de algodón de azúcar, no son un mundo perfecto. Sé que existe ahí, en los bares, en los toques, en los rituales citadinos de cada grupo, el alcohol y en muchos casos, las drogas. Pero también sé que no es una regla. Al menos no es una vara con la que tenga que medirse a todos los que rehusan creer que la expresión correcta siempre va a ser el saco y la corbata.
¿Por qué el molde de los tatuajes tiene que ser el mismo para todos? ¿Por qué en lugar de ser un molde artístico y un gesto concreto de los años del neo pop, se trata del molde satanizado de un hogar desintegrado, de pandillas, de desadaptación? No tiene porqué ser el molde eterno e irrestricto, la medida exacta, la vara inquisitiva. No puede ser.

La apariencia nunca fue tan decisiva y nuestros mayores deberían tapizar su vida de espejos para recordar que también hubo pelo largo o moños escandalosos sobre sus hombros. Que también hubo pantalones campana y zapatos de plataforma, camisas de manta y un “feeling” psicodélico entre ellos. “Agarrá la onda, mister, que bien sabés de lo que hablo”.

Si alguien defiende que este es el país de concertaciones y que hay espacio para todos los colores, debería evidenciar que su teoría no es necesariamente la más acertada cuando hay escazas muestras de tolerancia a quien viste, opina o grita diferente. ¿Sos o no sos? Hasta en esto nos deja descabezados la colita de la polarización.

“Soy” diría Jairo. “Libre desde que nací y Dark por convicción”. No por conformismo, falta de valores o desubicación. No es un ser diabólico por escuchar a Brujería, Sepultura, Iron Maiden…por ser metalero. Tampoco y, mucho menos, es pandillero por tener tatuajes o el pelo largo.

Es justamente, una de las expresiones más sorprendentes en los jovenes para negar una sociedad que vive a dos caras. Jairo y tantos otros jóvenes son el “No” rotundo a una sociedad que se rige con la doble moral.

Jairo y Nuria, son los mismos a cada segundo de su existencia. No son camaleones indecisos en lo que quieren significarse a sí mismos y significarle a los demás. Se trata de una forma de vida que sí necesitamos en este país y en combate de primera línea a la doble moral.

Ellos dos son muestra de nuevas generaciones que no se vendan al mejor postor, al mejor color, ni entran sin darse cuenta a las fauces de la moda, al menos a la moda de todos. Y están pagando el precio porque nadie está dispuesto a interpretarlos, solo a sentenciarlos. Ese, estoy seguro, no es el camino.

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