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¡Mátenme porque me muero!

 

Natalia es una bebita, hace unos pocos días, apenas con 23 días de nacida, un verdugo de los que abundan en el sistema de salud pública le cercenó uno de sus deditos cuando utilizó unas tijeras (o quizá un corvo) para despegar de su manita una porción de esparadrapo. ¿De qué tamaño puede ser la manita de una criatura de 23 días?, puede caber en la mitad del dedo meñique de un adulto. Quién podría necesitar un arma para desprender un adhesivo, con un poco de agua y un tanto de humanismo bastaría.

Lunes 25 de junio 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Llegará el día en que muchos no querrán ir a los hospitales, preferirán morir en casa, como en los viejos tiempos o se curarán con infusiones de montes, se quitarán la fiebre con compresas de agua fría y dirán adiós a las lombrices con un licuado de ruibarbo.
Para la gripe beberán medio vaso de jugo de limón indio (al tercer día y en ayuna), una cucharada de miel reposada en cortes de cebolla morada para infecciones menores, yogur natural licuado con perejil para depurar el hígado (también en ayunas), y cualquiera estará dispuesto a beber la mitológica horchata de derivados intestinales contra la picada de la casampulga (aunque se trate del ataque del zancudo portador de la versión MP3 del dengue).

Los hospitales sucios, sus médicos descuartizadores y las enfermeras graduadas en campos de concentración y tortura nos han hecho llegar al terror.

Esas enfermeras que quieren que te pongas de pie cuando has llegado amputado de tus piernas, que quieren que veas cuando acabas de perder la vista, quieren que tú solo te cambies de cama cuando tienes un ziper desde la garganta hasta el sacro, que contestes a su interrogatorio con polígrafo apenas dos horas después de haber salido del quirófano.

Y lo médicos, se olvidan de sacarte del estómago media docena de pinzas, tres bisturís, cuatro torundas y una cora que se salió del bolsillo de la camisa después de un estornudo; te recetan ibuprofeno para dolor de muelas, de cabeza, de ojos, para la tos, la diarrea, el cáncer, la próstata, la depresión que te causa la espera en las barracas hospitalarias y para la prevención de embarazos.
A un hospital público (o matadero, como lo prefieras) puedes llegar con un dolor de muelas y salir con una pierna menos. Pero no importa, el director dirá en rueda de prensa que de todos modos la muela no estaba picada. Te darán una prótesis y podrás aspirar a ser un doble de Jet Lee.

Si esos médicos y enfermeras del Tercer Reich fueran trasladados a las salas de autopsia de Medina Legal dejarían de matar y lesionar, por razones obvias, pero nunca sabríamos la causa de muerte de las víctimas.

A todo ese despelote se le llama comúnmente “mala praxis”, un término demasiado noble y ambivalente para semejantes barbaridades. Los hunos eran más generosos para matar.
Natalia es una bebita, hace unos pocos días, apenas con 23 días de nacida, un verdugo de los que abundan en el sistema de salud pública le cercenó uno de sus deditos cuando utilizó unas tijeras (o quizá un corvo) para despegar de su manita una porción de esparadrapo.

¿De qué tamaño puede ser la manita de una criatura de 23 días?, puede caber en la mitad del dedo meñique de un adulto. Quién podría necesitar un arma para desprender un adhesivo, con un poco de agua y un tanto de humanismo bastaría.

Perdí la fe en la medicina hace muchos años (que es como perderla en el ser humano), y confieso, tengo miedo de enfermar, sólo de pensar que pueda caer en estado febril frente a semejantes matarifes me pone la carne de gallina, ya no digamos que se trate de uno de mis hijos.

Si yo fuera el padre de Natalia no sé que haría, quizá recurriría al Corán para justificar la respuesta de propia mano, por un hijo, cuándo no.

Las víctimas de ese tipo de casos suelen ser gente sencilla, que aunque tengan el dolor a cuestas no pueden expresarse debido a un motivo supremo: la justicia suele tener un lenguaje complejo, absurdo y encubridor.

Los galenos saben muy bien que el único que puede certificar un mal procedimiento hospitalario es uno de su especie. Y ellos son parte de uno de los clanes más unidos, es la razón por la que casi siempre habrá duda sobre las lesiones producidas por sus indebidas actuaciones; y la duda favorece al reo.

Un amigo médico del Seguro Social es cirujano y bebe todos los días unas ocho cervezas cuando no más. Opera casi todas las mañanas. Le he dicho que por ningún poder de los cielos, la tierra y los mares, le confiaría ni uno de mis dedos. Estoy seguro de que sus manos tienen un chime de auto desalineado que lo lleva a pasar al carril contrario.

La experiencia nos dice que en los hospitales, con toda seguridad, ha de morir mucha más gente por descuidos y malos tratos que por causas imposibles de combatir con la medicina moderna.

Los empleados del sistema de salud protestan por la falta de medicinas, condiciones estructurales y salariales, sus razones tendrán y sus derechos también.

Pero esos mismos que te piden el apoyo para sus justas demandas, son los que te tratan como a un enemigo cuando enfermas, los pobres contra los pobres, te tratan a garrotazos como a un perro.

En los hospitales y clínicas deberían tener una sala de video para que los médicos y las enfermeras vieran, en sus momentos de descanso, los filmes Patch Adam’s y Despertares.

El personal de salud pública no necesita de mejores condiciones para asumir su papel de cuidadores de la vida de otros, si no miran hacia adentro de sí; no basta con la farmacia llena de medicamentos, quirófanos de última, camas nuevas, salas amplias, serían las mismas personas regañonas con sus caras de palo.

Esto, aunque lo parezca, no es un libelo, se trata de un desahogo. Me ha conmovido Natalia y su manita de 23 días, y sé que ella sólo es apenas una gota de agua en el mar de los sargazos.

Salvarte en un sistema de salud pública como el nuestro, ser tratado y bien cuidado, sentirte a gusto de poner tu vida en manos de alguien, no obedece a la calidad de las medicinas, a la cama, al aire fresco que circula, al presupuesto general de la nación, sino a un dato tan viejo como la superstición:
La suerte de que te toque alguien especial que vea en tu vida el reflejo de la suya propia. De lo contrario los enfermos siempre diremos: ¡Mátenme porque me muero!.

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