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La batalla de Zacamil, durante la ofensiva de 1989, narrada por un capitán del batallón Atlacatl

 

Herard Von Santos
Al anochecer decidí efectuar un reconocimiento de las posiciones enemigas. Partí de la posición de la M-60 donde estaba el “Parachute”; me acompañaban “Sniper” y “Guilligan”. Nos arrastramos unos 50 metros en dirección a la barricada. De pronto escuchamos un murmullo, un rebelde se acercó desprevenido, lo tumbamos y le quité su M-16. Al regresar a nuestras posiciones decidí interrogarlo, en el trayecto de regreso trató de quitarle su G-3 a “Sniper” y tuve que abatirlo de un disparo.


Lunes 25 de junio de 2007
Centroamérica 21.com (Segunda Entrega)
redaccion@centroamerica21.com

Unidades del batallón Atlacatl en la zona de Mejicanos, durante la ofensiva de 1989.
Fotos cortesía de Herard Von Santos

Al otro día

El jueves 16 de noviembre los ánimos se encontraban muy bajos. Nuestro comandante, coronel León Linares, había regresado de una reunión con el Alto Mando en el Estado Mayor Conjunto. Ahí se habían expuesto nuestras preocupaciones por la situación militar. Todos solicitábamos el permiso para bombardear posiciones enemigas, pero el presidente Félix Cristiani se había rehusado por los posibles daños que podría ocasionarse a los civiles.

Así que solo se permitió la utilización de armas de menor calibre, como el M-67 de 90mm y los morteros de 60mm, que esa misma noche nos fueron entregadas para reforzar nuestro poder de fuego.

Para ese momento, las unidades de la 3ra. Compañía del Batallón se encontraban en los edificios de la colonia Zacamil conocidos como el sector magisterial, por la calle que conduce directamente a Mejicanos, exactamente a unas tres cuadras al oeste de la fábrica de zippers YKK.

Me reuní con “Turbo” y realizamos un reconocimiento de las posiciones enemigas. Nos arrastramos hasta nuestra primera posición y divisamos la barricada que otra vez se había construido por los rebeldes. Desde ese punto nos dimos cuenta que la posición enemiga era una enorme barricada construida con buses y vehículos civiles, profusamente minada y llena “miguelitos” (pelotas de clavos puntiagudos para impedir el cruce de los vehículos blindados), además era de suponer que dicha zona se encontraba abatida desde todos los ángulos por el fuego enemigo.

En el ínterin, la 1ra. Sección ocupaba posiciones al noreste del complejo habitacional, el 2do. Pelotón ocupaba el complejo de edificios y al 3ra. Sección una especie de finca al sudeste del complejo. La barricada estaba formada por unos 4 vehículos, en el centro destacaba un bus de la ruta 9.

Era obvio que tendríamos que pasar la barricada y para ello necesitaríamos el fuego del Panhard. Este encabezaría el asalto con una UR-416 y mi pelotón. La Sección de “Tacho” sería la base de apoyo de fuego con las ametralladoras y el mortero de 60mm, mientras que “Jaguar” efectuaría un envolvimiento de la barricada por la izquierda.

Como ya se me estaba haciendo costumbre, tomé el mando de una UR-416 (que por casualidad fue la misma tripulación que llevaba antes), a pesar que el comandante de Caballería me la había negado aduciendo que ellos sabían como utilizar las tanquetas.

Eran cerca de las nueve de la mañana. Agrupé a mi gente alrededor de la tanqueta y nos situamos detrás del Panhard. Hablé con mis hombres y les dije que sólo la velocidad en el ataque nos ayudaría a sortear las defensas enemigas y que, pasara lo que pasara, nadie debía detenerse.

Sin avisarnos el Panhard encendió su motor y paso raudo por al calle principal, se estacionó frente de la barricada y disparó su cañón contra el bus, y ante nuestro asombro el proyectil solo atravesó la carrocería sin explotar.

Era claro que la munición perforante del AML-90 no nos ayudaría mucho, por lo que tomé la delantera con la tanqueta y abrí fuego con la ametralladora M-2 sobre la barricada, haciendo explotar las cargas explosivas. Alguien arrojó una ganada de humo y logramos llegar hasta la barricada, donde tuvimos que hacer un alto.

Llamé a “Café Listo”, uno de mis soldados, y le dije: “Tenemos que seguir avanzando, pero hay que quitar los miguelitos para poder pasar”. Una gran duda se dibujó en su rostro y yo comprendí. “No te preocupes que iré a tu lado”, le dije. Me bajé de la tanqueta para cubrirlo, mientras todo mundo disparaba sobre las posiciones enemigas.

Nos adelantamos a quitar los miguelitos. Mientras “Café Listo” los quitaba, yo armé un LAW y lo disparé. Volví a subir sobre la UR-416 y usándola como tractor arremetí sobre la barricada. Yo tenía la costumbre de que no me metía al interior del blindado sino que me quedaba con una pierna de fuera y la otra arriba, sobre la escotilla del artillero. Entonces, cuando el blindado empezó a apartar el bus, una parte del talón del mismo atrapó y presiono mi pierna derecha contra la plancha blindada de la UR-416.

El conductor no se dio cuenta y continuó con el avance. Me aguante el dolor. La herida solo fue superficial gracias a Dios, y después de todo logramos pasar. Tomamos un cruce por la derecha, después de la barricada. Allí me estacioné y disparé contra las posiciones enemigas.

El enemigo se desmoralizó y comenzó a retirarse, “Jaguar” logró romper la resistencia en su sector y ocupó un puesto de socorro enemigo y un punto de abastecimiento clase 1 (comida). En los combates cayó un comandante de la guerrilla. El rebelde se había hecho el muerto y empezó a arrastrarse hacia sus líneas, pero un soldado lo vio y le lanzó una granada fragmentaria que lo mató.

En sus ropas encontramos un carnet de la Universidad Nacional que lo acreditaba como profesor de Administración de Empresas. Íbamos a arremeter contra la segunda barricada cuando recibimos la orden de regresar. Inexplicablemente volvíamos a malograr el esfuerzo de la unidad.

Airado me dirigí al puesto de mando de “Turbo” y lo encontré con “Machete”, le grité al último que era una basura, que cómo era posible que se jugara con la vida de los soldados. “Turbo” me ordenó que me calmara, pero “Machete” gritó que solicitaría un castigo y mi traslado.

Sin hacerle caso me dirigí a “Turbo” y le expliqué que regresaría con mis soldados y armaría un perímetro alrededor de los edificios. Al regresar pude notar la felicidad de mis hombres: parecía que éramos invencibles y que nada nos detendría.

Reuní a los jefes de equipo y les asigné sus sectores de fuego. Mientras tanto, al noreste de nuestras posiciones, en la Urbanización Dolores, la 4ta Compañía del teniente “Pipil” se había enfrascado en duros combates con el enemigo. La resistencia rebelde nos impidió ejecutar nuestra maniobra de cerco por la izquierda del eje de ataque principal. Había tenido sólo tres heridos leves.

Una pausa en la guerra

Al mediodía se me acercó “el Pollo”, mi asistente, y me dijo que algunos civiles preguntaban si teníamos comida que pudiéramos compartir con ellos. Pregunté a mis soldados si estaban dispuestos a regalar el rancho (comida, en jerga militar) que nos llegaría por la tarde, y todos contestaron afirmativamente. Luego recibí la confirmación radial que el rancho se encontraba en el puesto de mando del batallón.

Alguien de los que vivían en los edificios mencionó que tenían un bus. Tomé tres soldados y algunos civiles, subimos al bus y nos dirigimos al puesto de mando donde encontré a “Griego” quien me preguntó de quién era ese bus y yo le respondí que de la comunidad, entonces me pidió que se lo prestara para evacuar a unos heridos que teníamos en la agrupación Alfa (1ra y 2da compañía), con ellos evacué a los tres heridos de mi pelotón.

Mientras el bus evacuaba a nuestros heridos, nosotros sacamos los sacos con el rancho de la unidad, dos horas después apareció el bus, lo cargamos y nos dirigimos a la base, al llegar nos estacionamos en la parte media de los edificios.

Subí al techo del bus y comencé a llamar a las personas: “somos soldados del Batallón Atlacatl y queremos compartir nuestra comida con ustedes”, inmediatamente comenzaron a congregarse alrededor del bus decenas de personas.

Organicé tres puntos de distribución y coloqué personal civil a repartir el rancho. Era gratificante observar a esas personas junto a nosotros. Tuve la sensación que estábamos haciendo lo correcto. Fue una de las pocas veces en mi vida que vi en la realidad los anhelos que me llevaron a empuñar las armas.

Después del almuerzo efectué un recorrido por el perímetro, revisé las posiciones y el emplazamiento de las armas. Luego recorrí los edificios y conversé con muchas familias. Las cuales me expresaban su alegría por estar con ellos.

En un apartamento encontré a un compañero mío del bachillerato, al que cariñosamente llamábamos “Chocochello”, con él estaba también Delmi Cantarero, una morena pequeña de ojos oscuros. Los tres habíamos estudiado en Santiago de María, se encontraban viviendo allí porque estaban estudiando en la Universidad Nacional, me dio mucho gusto verlos y abrazarlos.

Luego me encontré con una señora que preguntaba como estaban las cosas, me invitó a su casa, un apartamento en los edificios en el cual tomamos café. Mientras estaba hablando con ella llegó su sobrina Aura, una estudiante de medicina de la UES a quien me presentó.

Era una joven de estatura mediana y cabello negro. Me pareció muy triste y preocupada por todo lo que pasaba. Traté de animarlas y darles confianza en que todo terminaría pronto y saldríamos con bien. Les prometí ayudarlas en lo que pudiese y luego me despedí de ellas.

Al anochecer decidí efectuar un reconocimiento de las posiciones enemigas. Partí de la posición de la M-60 donde estaba el “Parachute”; me acompañaban “Sniper” y “Guilligan”. Nos arrastramos unos 50 metros en dirección a la barricada. De pronto escuchamos un murmullo, un rebelde se acercó desprevenido, lo tumbamos y le quite su M-16. Al regresar a nuestras posiciones decidí interrogarlo, en el trayecto de regreso trató de quitarle su G-3 a “Sniper” y tuve que abatirlo de un disparo.

En el puesto de de mando traté de conciliar el sueño pero no pude, levanté al “Pollo” y le pedí que me hiciera café. Mientras tanto saqué mi pequeña radio y me puse a escuchar música, sonaba una balada de Luis Miguel, “La Incondicional”, que recordaba la vida de cadete en la escuela militar.

Más tarde escuché un anuncio de la cadena nacional informando que los guerrilleros habían incendiado la colonia El Molino en San Miguel, precisamente el lugar en que vivía mi familia. Me preocupaba no saber nada de ellos, y saber que yo no podía hacer nada en esos momentos. Luego la hermosa sonrisa de mi novia vino a mi mente, ella también era de San Miguel… Cómo me hacían falta sus besos, sus caricias… Pronto el estruendo de los combates en otros sectores me regresaron a la realidad.

Existía una total confusión sobre las acciones que deberíamos tomar, por un lado estaban los oficiales que querían que la caballería hiciera el trabajo y nosotros solo apoyar su acción; del otro lado me encontraba yo, que al examinar las acciones pasadas creí fervientemente que una acción conjunta era la llave para derrotar al enemigo.

Se había demostrado que, ante una potencia de fuego superior, el enemigo se desmoralizaba con facilidad y que el avance de la infantería junto a los blindados causaba un choque psicológico en sus filas.

 

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