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La angustia de Marta,
en espera de una llamada

 

Marta es una mujer de 65 años, vive en Oratorio de Concepción, en el departamento de Cuscatlán y desde hace dos meses, no puede borrar de su mente el recuerdo de la madrugada del 20 de abril. Ese día, su hijo Pedro Angel, junto a cuatro amigos de infancia, partieron rumbo a Estados Unidos.

 

Cuando nos habló, nos dijo no se preocupen que aquí estoy bien, uno de madre siempre tiene la duda.

Lunes 2 de julio de 2007
Redacción con reportes de Carla Melgar

redaccion@centroamerica21.com

 

Cajetilla, el coyote del pueblo, los conduciría hasta la frontera entre México y Estados Unidos, allí buscarían a alguien más para que los llevara hasta Los Angeles. El viaje de Pedro Angel no terminaba allí, su destino final era Ohio, donde se reuniría con Rina, su esposa y madre de sus 3 hijos.

Pero la suerte no estaba de su lado. Pedro Angel, junto a otros viajeros ilegales y el coyote fueron detenidos por agentes de inmigración en Tennessee.

Derechos de las personas que enfrentan una deportación:

- Tener una audiencia ante un juez de inmigración y de recurso de apelación en la mayoría de los casos por un juez federal;

- Ser representado por un abogado (pero no a costas del gobierno);

- Recibir notificación razonable de las acusaciones, como del tiempo y lugar de la audiencia;

- Tener una oportunidad razonable para examinar la evidencia y los testigos del gobierno;

- R ecibir interpretación competente para los inmigrantes no anglo-parlantes

- Que las pruebas que el gobierno presenta como base de la deportacion sean válidas.

Fuente: Servicio de Inmigración y Naturalización (INS)

“No se preocupen, aquí nos tratan bien, nos dan comida y hasta televisión vemos” dijo Pedro Angel en los 5 minutos exactos que pudo hablar con Marta, para avisarle que estaba preso. Era el 9 de mayo, y desde ese día no ha vuelto a saber nada de su hijo.

En un pueblo como Oratorio de Concepción, donde el 23% de la población, según datos del PNUD, es receptora de remesas, intentar “el sueño americano”, es una especie de ritual de iniciación para los veinteañeros. Abundan las historias salpicadas con la imaginería popular: que si el hijo de la fulana ya llegó, al primo de aquélla lo van a deportar, que el hermano de la zutana se perdió en el camino, aunque el esposo de la prima de mengana dice que lo vio en Los Ángeles. Los rumores y comentarios de los vecinos –infaltables en un pueblo pequeño, donde todos saben todo de todos-, no tardaron en llegar a los oídos de Marta.

Los innumerables peligros del viaje, y ahora la cárcel y la incertidumbre de no tener noticias de Pedro Angel, tienen a Marta sumida en un estado de depresión. La angustia es su fiel compañera; las oraciones constantes no son suficientes para alejar los malos pensamientos. A veces se consuela con la idea de que, aunque ella no estaba de acuerdo, era la decisión de su hijo, y no podía hacer otra cosa más que apoyarlo; otras veces la invade la culpa por no haber insistido más, talvez lograba hacerlo desistir.

Cada vez que suena el teléfono a Marta se le hace un nudo en la garganta; sobretodo desde que los llamó un abogado, que les ofreció sacar a Pedro a cambio de $4,500 dólares. Marta estaba dispuesta a conseguir el dinero, pero afortunadamente se dieron cuenta a tiempo de que era un estafador. El supuesto abogado también contactó a la vecina de Marta, madre de uno de los jóvenes que salieron junto a Pedro Angel. Les ofreció el mismo trato, pero el joven ya tiene casi un mes de estar trabajando en Los Ángeles.

Marta espera noticias de su hijo Pedro Angel, preso en una cárcel de Estados Unidos y en espera de ser deportado.

A Marta le han dicho que tiene que conseguir como $13,500 dólares para la fianza y el abogado. Pero además de ser un dato incierto, es demasiado dinero para la economía de esta mujer. El viaje de Pedro Ángel ha significado una fuerte inversión para toda la familia, ya han recurrido a un prestamista y a los ahorros que Rina, la esposa de Pedro Angel había logrado hacer en Estados Unidos y a lo que el mismo Pedro logró acumular antes de irse como motorista eventual y vendedor de ropa en Soyapango.

“Cuando nos habló, nos dijo no se preocupen que aquí estoy bien, uno de madre siempre tiene la duda. Como puede decir la verdad, o lo dice para que no nos preocupemos. Puede ser que esté sufriendo. Yo no me siento bien, platico con la gente pero solo yo se como me siento de mal”, después de estas palabras Marta prefiere buscar algo que hacer para entretener los malos pensamientos.

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