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Los documentos de la CIA o el arte de mentir

 

La maldad y la bondad no son palabras de las artes políticas, y la conspiración, su madre excelsa, no tiene más vocación que asegurar la mentira para consolidar su verdad.

Lunes 2 de julio 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

La verdad es que nos gusta que nos mientan: dime que me amas, aunque sea mentira. No me digas que dios es un invento del hombre. Nunca digas que el mar no es azul.
Si mentimos en las cosas comunes, ya se puede imaginar usted el tamaño de las mentiras que gravitan en los documentos del espionaje. Ahí la verdad es una pulga solitaria jugándose la suerte entre una manada de búfalos.

Lo único que puede superar la información de los documentos desclasificados, o reclasificados, de las operaciones de la Central de Inteligencia Americana, es la ficción.

The Hunter o Posada Carriles, bien pudo ser uno de los tiradores que asesinó a Kennedy. Lo que a simple vista pueda parecer trillado, en la escala de la historia puede ser atractivo.

El anciano Posada Carriles conoce demasiadas historias para que se le deje libre. La tesis que niega la conspiración en la muerte del presidente Kennedy es la que se lee en los libros de historia, pero pocos se la tragan.

También el nombre de Félix Rodríguez aparece en muchas de las operaciones de espionaje realizadas en toda América Latina. O este tipo es un OO7 del MI6 o atrás de él hay un gran aparato político.

Félix Rodríguez más parece un Highlander: estuvo en Bolivia, en octubre de 1967, cuando se capturó al Che Guevara; anduvo jugándoselas con Posada Carriles en Venezuela, y quién quita si no tuvo que ver en lo del derribo del avión cubano de pasajeros en octubre de 1976. Ambos juguetearon con la gente sencilla de la operación Cóndor, y solo falta que digan que este Gato Félix también hizo un gol en el mundial de Argentina 78, cuando la dictadura militar. Vaya, ni el capitán Diego Alatriste tuvo tantas batallas.

Lo del “Gato Félix” le cae por partida doble: no sólo es un cómic, al tipo también lo han derribado no sé cuantas veces en pleno vuelo (no menos de cinco), una de ellas por la guerrilla salvadoreña, en el caserío Copapayo, en el norte del cerro de Guazapa, en una operación aerotransportada de la Fuerza Armada de El Salvador… (se salvó por un pelito). Tiene más vidas que un gato, ¿no?

En noviembre de 1989, en los primeros días de la ofensiva guerrillera, Félix, el Gato voló junto al general Juan Rafael Bustillo de Estados Unidos hacia El Salvador. Una vida así de agitada no puede ser sino una aventura. O como dijera Napoleón: “Mi vida, una novela”.

El Gato y The Hunter (o Posada Carriles, como lo prefiera) estuvieron metidos hasta el pescuezo con el asunto de los abastecimientos de la Contra que combatía contra el Ejército Popular Sandinista.

Peter Kombluh, alto funcionario del Archivo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, sabe que la CIA seguirá clasificando el expediente de Posada Carriles por quién sabe cuánto tiempo. Su visión sobre el arte de la documentación es muy técnica: le interesan las evidencias, el principio esgrimido es el derecho a la información del ciudadano.

Su disciplina es una especie de paleontología: apreciar las poderosas garras del Giganotosaurus Carolinii para decir ¡qué barbaro!, y maravillarse de su tamaño y su vocación depredadora.

El hecho y su interpretación

Siguiendo las pistas del viejo Friedrich Nietzsche, uno se da cuenta de que la historia no es otra cosa que la interpretación del hecho acaecido. Todo lo demás es paja. Los documentos por sí solos son meras fichas para los que quieren saber quién fue el artesano que le hizo la nariz a la Virgen Negra.
O sea, si un expediente es irrelevante para qué lo vas a clasificar.

Lo que sigue siendo curioso es cómo alguien se puede mover en el trabajo “sucio” tanto tiempo sin ser pillado. Bueno a Posada Carriles lo atraparon en Venezuela, pero se escapó. Y aquí también, pero lo dejaron que se fuera por la puerta de atrás.

Al único que le fue mal fue a Woody Allen: Robó, huyó y lo pescaron. Aunque se quedó con varios premios Oscar.

Creer que todo queda reducido a los documentos y al mandato legal que obliga a los agentes al secreto, sobre su participación en operaciones encubiertas, es una manera ingenua de ver el mundo. Uno de los negocios más grandes de todos los tiempos ha sido la información.

La historia de la humanidad no es más que el registro de sus crímenes, una expresión con la que muchos estamos de acuerdo.

¿Se puede usted imaginar tratando de dar relevancia a los hechos del poder a partir de la crónica de las pupusas, de la pizza, del pato a la naranja, del pescado con ajonjolí, del pastel de chocolate o del gallo pinto? Tienen relevancia, sí, pero solo cuando el forense anda tras la pista del veneno que fue puesto en la comida del rey.

La maldad y la bondad no son palabras de las artes políticas, y la conspiración, su madre excelsa, no tiene más vocación que asegurar la mentira para consolidar su verdad.

Solo siendo cándidos podemos aspirar a que nos cuenten lo que sucedió. La versión del crimen es una criatura viviente que sufre mutaciones constantes, un filme que no acaba de ser editado.

Los curiosos seguimos preguntándonos qué fue realmente lo que sucedió con la muerte de la comandante Ana María y la de Salvador Cayetano Carpio. Hay quienes afirman que la famosa carta de Cayetano no es del puño y letra del acusado.

Más allá de la especulación, las ochenta y tantas puñaladas recibidas por Ana María, sólo pudieron obedecer a una cosa: la conspiración pendiente de reexaminarse por los paleontólogos del crimen político.

La misma muerte de Roque Dalton, tan aparentemente simple, es un hecho cuya complejidad histórica rebasa las charlatanerías.

La misma visión simplista se ha esgrimido con el asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero: decir que “d´Aubuisson” es el único asesino, sólo responde a la verborrea que anula todo examen profundo.

Sin teoría de la conspiración no hay explicación de los tres crímenes mencionados.

Es como creer que Lee Harvey Oswald, por sus propias pistolas, fue y le quitó la vida al presidente Kennedy. No creemos en la Comisión Warren pero nos tragarnos a punta de copa la Comisión de la Verdad, qué bonito.

Cuando se dieron los juicios de Nuremberg, apenas concluida la Segunda Guerra Mundial, muchas de las respuestas que daban los generales y grandes jefes de la Alemania nazi, procesados por crímenes de guerra, eran sorprendentes: todo lo tenía en sus manos Hitler, ellos nada más obedecían. El arte de mentir es patológico cuando se ejerce el poder (mientras tanto los curas católicos estaban como siempre, en el ejercicio sórdido de la contemplación).

La mentira no debe de sorprender, es necesaria e inevitable. Contrario a lo que se piensa, el hombre común no busca verdades, nada más da vueltas para caer echado en el mismo sitio. Se requiere demasiada frialdad para apuñalar las evidencias y sacar de sus entrañas lo que no quieren develar por sí mismas.

La CIA se enfrenta a la propia Constitución de Estados Unidos, a las leyes relativas al derecho a la información, por ello nada de lo que se anuncia es gratuito. La publicidad es uno de los rasgos de la democracia, de los actos republicanos de gobierno, no por casualidad el patriarca del espionaje político moderno es José Fouche.

Sí, es cierto, ya sabemos que la Agencia ha contratado a toda clase de locos y los ha llevado a asesinar en todo el mundo. La pregunta es: ¿cuáles son los mecanismos de los procesos históricos de la conspiración política?

Las nuevas noticias sobre documentos desclasificados por la CIA y lo que está tomando fuerza en la llamada reclasificación, son sólo juegos del arte de mentir.

Los hombres de curiosidad obsesiva, no podemos más que seguir las huellas del especulador y capturar la evidencia para destruirla, en el afán endemoniado de ser los dioses de mundos creados a nuestro antojo, gracias a la punta calada de la pluma.

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