“En XEW, la voz de la América
Latina desde México, en nuestros cronómetros electrosincrónicos,
son las 11 de la noche, 59 minutos, 40 segundos”, decía
Leonado Heredia. Contaba solo con 17 años de edad y locutaba
en la principal radio mexicana de los años cuarenta.
Leonardo no formaba parte de la planilla de XEW, pero le permitían
leer el mensaje conque la emisora se despedía de su audiencia.
En ese tiempo cada palabra era dicha en vivo, no podía
grabarse y reproducirse las veces que fuera necesario. “Uno
podía estar con Marilyn Monroe en la cama, pero cuando
daban las 12 de la noche había que decirle: lo siento mucho,
mamaíta, tengo que ir a la radio a dar el saludo”,
cuenta hoy, entre risas, Leonardo Heredia, a sus 76 años
de edad.
Para el año 1947, fecha en que locutaba en XEW, “la
catedral de la radiodifusión en América Latina”,
Heredia ya contaba con un poco de experiencia, adquirida en El
Salvador. Tuvo sus primeras incursiones en YSI radio Intercontinental,
dos años atrás.
“No tenés mala voz,
pero sos muy seco; ponele más vida”, le decía
Ricardo Ramos, propietario de la emisora en aquel entonces. Así,
Heredia aprendió a modular su voz, a imitar a los demás
locutores y a crear su propia técnica. La desarrolló
en México, en la XEW, donde conoció a figuras prominentes
de los cuarenta, como María Félix y Agustín
Lara.
Con esta experiencia regresó a El Salvador, trabajó
en casi todas las emisoras importantes del país y formó
parte del equipo fundador de varias, como Radio Femenina. Estando
lejos, mantenía una conexión con México a
través de la radio, porque ahí se encontraba su
novia.
“Tenía la vaga idea de que mi novia en México
me iba a oír. Y yo hablaba muy romántico, siempre
le estaba hablando a ella por la radio. Significaba un canal de
comunicación con mi gran amor, que era Amada. Y nunca me
oyó la condenada”, dice Heredia, y vuelve a reír.
Madera para la televisión
Después de trabajar en radio, Leonardo incursionó
en la televisión. Fue la primera imagen en movimiento que
apareció en la pantalla de un televisor salvadoreño,
a inicios de los cincuenta. Pero no apareció como ícono
de un anuncio publicitario, ni como presentador de un noticiero.
Fue una suerte de carpintero, que serruchaba un pedazo de madera
a las afueras del Café Izalco, ubicando, en ese entonces,
frente al colegio Guadalupano.
Era alrededor de las tres de la tarde, la hora en que las personas
se juntaban a tomar café. Eso hacía el equipo de
YSEB Canal 6, que también había llevado un televisor
al lugar. Descargaron el equipo y necesitaban probar cómo
se vería una imagen en movimiento. Entonces le dijeron:
“Ponete ahí”, justo frente a la cámara.
No dijo una palabra, le dieron un serrucho, un pedazo de madera,
y él hizo el resto.
Más adelante incursionaría en las televisoras salvadoreñas,
en noticieros televisivos, y también dedicaría parte
de su vida a la publicidad.
Trabajó en Publicidad Centroamericana S.A. (PUCASA), la
que denomina “la primera agencia de publicidad de verdad,
en el país”. Sin embargo, confiesa su preferencia
por la radio y comenta que en esa época en verdad “había
que querer hacer radio (ya que) por la carencia de instrumentos
y de herramientas, había que trabajar el doble, el triple,
el cuádruple”.
“En una época en que no existían los efectos
de audio como reverberación o eco, para grabar un anuncio
me trasladé al aeropuerto de Ilopango. Me pasé semanas
enteras grabando solo una frase, en una cúpula que había
ahí, donde se podía lograr el efecto de reverberación.
Ahora solo le das vuelta a una perilla y ya lo tenés”,
dice.
Dentro del plasma
Además, trabajando en radio, en Costa Rica, donde desempeñó
gran parte de su carrera, fue testigo de un fenómeno del
que pocos pueden dar fe: “Ya me puedo morir tranquilo después
de haber visto cómo se forma el plasma”, confiesa.
Eran los años setenta. Heredia locutaba en la Radio Omega
cuando se le dio por misión echar a andar un transmisor
de un millón de Wats de potencia. Hubo un corto circuito
de grandes magnitudes y, según cuenta este veterano de
la radiodifusión, dejaron sin energía eléctrica
al país entero por unos instantes.
Sin embargo, lo más impresionante para Heredia vino luego
del cortocircuito: “En la base de la antena se formó
una pelota de plasma, y empezó a rodar hacia nosotros”,
cuenta emocionado.
“Estábamos en la caseta, como a 50 metros de la antena,
y aquello parecía salido de una película de ciencia
ficción. Nos envolvió totalmente y luego siguió
su camino. Estuve metido dentro del plasma. Sentí un fuerte
olor a ozono. Uno conoce ese olor trabajando con altos voltajes.
Cuando uno lo siente, baja el switch, porque es que ya va a estallar
la cosa.
“Fue estar metido en un cuarto lleno de ozono en lugar de
aire. Fueron segundos. Era como esas pelotas de nieve que pasan
rodando y siguen”, relata mientras juega con los lapiceros
y el encendedor que están sobre la mesa donde, de cuando
en cuando, deja descansar las manos. No lo hace por mucho tiempo,
porque parece que se inquieta, que le gusta moverlas, tocar los
objetos, examinarlos con las manos.
Las charadas
Pero no solo le gusta jugar con las cosas, sino con las palabras.
Así surgió la idea de Las Charadas, colección
de cuentos que también recopiló en un disco compacto
que él mismo grabó, y publicó en 2002.
La idea surgió en Panamá, al lado de un argentino
con quien compartía los gastos del departamento donde se
hospedaba. Leonardo y su hija Daniela solían “hablar
en guanaco” para la consternación de su compañero,
quien confesaba no entender nada.
Padre e hija trataron de convencerlo de que era posible contar
toda una historia usando palabras de origen indígena. Así,
comenzó a escribir: “Pues si es que el janiche del
Chema ‘taba todo amelarchado, bién achorcholado.
Por que su china -la Chave- se había marchado de puro capricho
pa´Chalate con el chele Chente”. Se trata de la Charada
en Ché, parte de la colección de esos cuentos entrañables
que publicó hace cinco años.
Falsa muerte en Chalatenango
Luego de una corta estadía en Panamá, regresó
a Costa Rica, donde se quedó por 10 años, y fundó
varias de las emisoras de la época. Sin embargo, viajaba
con regularidad a El Salvador, que enfrentaba el conflicto armado
que duró 12 años. Heredia no estuvo exento de la
violencia en el país, tanto así, que en una ocasión
toda Costa Rica lo dio por muerto.
“Fui detenido por un retén de la guerrilla en Chalatenango,
pero logré llegar a Honduras. Ahí pasé la
noche donde una amigo radioaficionado y le conté la aventura
con que me había topado en el retén de la guerrilla,
que había habido balazos y todo... El tipo estaba en comunicación
con otros radioaficionados y se lo comentó a uno de ellos,
de Costa Rica. Ese lo entendió mal y me dio por muerto.
¿Vas a creer que varias radios de Costa Rica hicieron un
día de duelo y cerraron sus transmisiones porque la guerrilla
había matado a Leonardo Heredia?”, cuenta y se carcajea.
Cambalache: la radio y el país
Después de varias satisfacciones, Leonardo Heredia dejó
la radio en 1991. Su última intervención fue en
Costa Rica, en la Radio Titania, de su fundación. Tomó
la decisión cuando comenzó a perder la vista, porque
ya no podía leer los guiones de radio: “Me hice en
un tiempo en que los locutores no improvisábamos, leíamos.
Todo el problema del locutor es ser un buen lector. Lo que hay
que hacer es enseñarles a leer, nada más”.
Con respecto al estado actual de la radio, Heredia guarda fuertes
críticas: “Me alegra verla tan pésimamente
mal porque así no siento haberme retirado”, confiesa.
“ Ahora la radio es absolutamente inmoral, irrespetuosa,
y todo eso puede resumirse en una palabra: mercantilista. En función
de hacer plata no importa irrespetar al público y botar
los valores”, agrega.
Pero este sentimiento no lo relega solo para la radiodifusión
actual, lo extiende hacia país entero. Dedica Cambalache
a El Salvador, tango que denomina “la primera canción
de protesta que surgió”.
Escrito por Enrique Santos Discépolo en 1934 y cantado
por Carlos Gardel, Cambalache dio una visión profética,
según Leonardo, del tipo de nación que sería
El Salvador: “Que el siglo veinte sea un despliegue de maldad,
insolente, ya no hay quien lo niegue. Vivimos revolcaos en un
merengue y en un mismo lodo todos manoseaos”, reza este
tango argentino.
Profeta de su propia muerte
“La cosa se pinta peor para el siglo veintiuno”, asegura
mientras enciende un cigarrillo, que para él simboliza
“la vida, el oxígeno y una causa de muerte segura…
Yo sé de qué voy a morir. Hay mucha gente que no
sabe ni como nació ni cómo va a morir. Yo no recuerdo
cómo nací, pero sí sé cómo
voy a morir. Dicen que es muy feo morirse de un enfisema, pero
yo sé que no. Es mas, sé que no es feo morirse”,
agrega.
Hace referencia a la vez que estuvo clínicamente muerto
por unos segundos, en un hospital de Costa Rica, a causa de una
trombosis que le dejó paralizada la mitad del rostro.
“No es feo. Más bien, es delicioso”, insiste.
“Es como caer en un sueño hasta que llegás
a una paz y tranquilidad absoluta, y ahí te quedás
como en un congelamiento de cine. Por eso me preocupa estar en
paz conmigo mismo, para que esa imagen que se congela sea una
imagen de paz”, dice, y luego fuma del cigarrillo que acaba
de encender.
“No le debo nada a nadie, no pretendo nada de nadie, me
puedo morir tranquilo. Estoy en paz conmigo mismo. Hay mucha gente
que no me quiere, pero me vale sombrilla. Porque la única
persona que me interesa que me quiera soy yo, y me quiero. Estoy
como enculado de mí mismo”, dice antes de hacer “el
golpe” y reírse nuevamente.