La batalla de Zacamil, durante la ofensiva de 1989, narrada
por un capitán del batallón Atlacatl
Herard Von Santos
Nosotros al avanzar entre las barricadas fuimos sometidos a intenso fuego de fusilería y ametralladoras. Por unos instantes lograba ver a mi comandante de compañía gritando que no nos detuviéramos, que siguiéramos con el asalto. Pero al ver que las tanquetas daban la vuelta y nos abandonaban en la zona de muerte de la emboscada, la moral se vino abajo y nadie siguió avanzando.
Lunes 2 de
julio de 2007
Centroamérica 21.com (Tercera y última entrega)
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El viernes 17 de noviembre se nos llamó a una reunión al puesto de mando del Atlacatl, donde se discutía la mejor manera de ejecutar un nuevo asalto a las barricadas enemigas. Le pregunte a mi coronel León Linares, si me iba a dar la oportunidad de hacer el asalto con los blindados bajo mi mando.
Mi coronel primero nos felicitó por los dos asaltos anteriores, pero me dijo que si yo fuera el comandante de la unidad blindada, no me gustaría que otro oficial que no fuera de la misma arma recibiera el mando de la unidad, y que tratáramos de coordinar con ellos una acción conjunta.
La misión consistiría en romper las barricadas enemigas y asaltar el puesto de mando de la guerrilla, que nuestra inteligencia ubicaba en una pequeña finca a la par de la fábrica YKK. Se suponía que el mando de la zona por parte del FMLN lo ejercía el comandante Facundo Guardado, de las FPL, y contaba con un considerable número de combatientes. En esos momentos llegó la caballería, y para mi sorpresa un compañero de mi promoción, el subteniente Arias Valdez, se encontraba con dicha unidad.
Mientras se acomodaban los blindados hice un ligero reconocimiento sobre las posiciones enemigas. Pude observar que frente a la barricada estaba un montón de ramas, las que no estaban el día anterior. Pensé que estaban ahí para encubrir las minas. Además se encontraban más miguelitos para que las llantas de los blindados se desinflaran.
Le informé a Turbo y él no creía, por lo que lo llevé a un puesto de observación y le enseñé los dispositivos. Sin embargo las órdenes eran romper las líneas enemigas. No se contaría con el apoyo aéreo, ya que la unidad en movimiento podría tener dificultades para señalar sus blancos a la aviación, pero nos habían llegado los FSR de 90mm.
El plan de ataque fue establecido por el oficial que comandaba la unidad de caballería: “Primero entraremos con los AML y romperemos fuego de los cañones contra toda la barricada para ablandar las posiciones guerrilleras, luego nos retiraremos para dejar campo a que la infantería comience el ataque…”
Le dije a mi compañero que aquello era un absurdo, que lo que se necesitaba era un avance conjunto para procurar el apoyo mutuo de ambas fuerzas. Se había establecido que la compañía de comandos del batallón que había llegado a reforzarnos iba a conducir el asalto, pero con la experiencia que había alcanzado la 3ra Compañía, se decidió que la misma encabezara el asalto y que los comandos avanzaran atrás de nosotros.
El último esfuerzo
Entonces, sin que todavía hubiésemos llegado a nuestra área de salida, fuimos sorprendidos por el retumbar de los motores de los seis vehículos blindados (dos Cashuat, dos AML y dos UR-416) que comenzaron a avanzar rápidamente por la calle principal. Un AML rompió fuego sobre las barricadas mientras los demás vehículos continuaban el avance. El enemigo abrió fuego sobre los vehículos blindados mientras estos avanzaban hacia las barricadas.
En la primera tanqueta que iba a la cabeza se conducía el subteniente Arias Valdez. Era un Cashuat que a duras penas logró sortear las primeras barricadas enemigas bajo intenso fuego de fusilería. Al llegar al frente de la fábrica YKK, una granada propulsada de RPG-7 y varios bloques de TNT lo detuvieron en seco, le habían destrozado los neumáticos y el eje de tracción, dejándolo en los puros rines.
Al motorista del Cashuat lo atravesaron de un balazo en el pecho y al artillero que manejaba la ametralladora 0.50 le destrozaron el cuello. Al otro Cashuat también le acertaron al artillero de la torreta superior, atravesándolo de un balazo en el brazo.
Al parecer, esta vez los guerrilleros dejaron pasar a las unidades blindadas entre las primeras barricadas conduciéndolas a una zona previamente señalada para una emboscada (ahora nos cobrarían caro nuestros dos errores anteriores). Al caer en ella, los AML y los demás vehículos blindados decidieron retirarse dejando atrás el primer Cashuat averiado y a la tripulación herida.
Nosotros al avanzar entre las barricadas fuimos sometidos a intenso fuego de fusilería y ametralladoras. Por unos instantes lograba ver a mi comandante de compañía gritando que no nos detuviéramos, que siguiéramos con el asalto. Pero al ver que las tanquetas daban la vuelta y nos abandonaban en la zona de muerte de la emboscada, la moral se vino abajo y nadie siguió avanzando.
Entonces, cuando venían los blindados dando media vuelta hacia atrás me exalté mucho y no pude contener mi furia, pues nos dejaban a la mitad de la emboscada y abandonaban también a mi compañero herido con su tripulación.
De repente se me olvidó toda disciplina, le di mi equipo y mi mochila a mi radio operador y me fui a la mitad de la calle fusil en mano. Paré al último blindado que venía, una UR-416, y le dije al motorista: “si te querés ir para atrás tenés que pasar sobre mi cadáver y si no querés que te dispare dale vuelta ya hijueputa”. Y me hizo caso con el rostro desencajado.
Me subí y mandé a traer el 90, lo cargué con una granada y lo ubiqué arriba del vehículo. Además me atravesé en la espalda un LAW antitanque, todo esto bajo un intenso fuego enemigo y por milagro de Dios no me alcanzó ninguna bala. Ahora sí, le grité a mi compañía, síganme y abran fuego con todas las armas, debemos lanzar una bola de fuego para acobardar al enemigo.
Atrás del blindado se pegó “Fantasma”, el jefe de la 3ra Sección, el cual empezó a disparar a todos lados con varios LAW. Enseguida comencé a disparar con el 90 a cada posición guerrillera que era visible y contra las barricadas que aún no destruíamos.
Varias cargas de TNT y bloques de explosivos nos fueron detonadas en el camino. Por momentos la tanqueta se balanceaba amenazadoramente, pero continuaba avanzando. Por momentos me hacía falta el aire, pero seguía disparando el 90. Luego nos lanzaron unos bloques de TNT.
Los bloques pegaban en la tanqueta y rebotaban, pero cuando explotaban casi me hacían caer. Hubo una granada que explotó y me botó, pero como yo tenía la costumbre de tener una pierna dentro del vehículo, quedé colgado del mismo y como pude me incorporé y volví a agarrar la ametralladora.
Comprendí que lo único que quedaba era aprovechar la inercia del ataque para romper las defensas enemigas, al final logramos pasar la zona de muerte de la emboscada. Por fin logramos llegar hasta donde se encontraba herido el subteniente Arias, entonces le ordené al motorista de la tanqueta que tomara la derecha, Cuando él giró se encontró con otra barricada y lo primero que vi fue a un guerrillero con un RPG-18 apuntándome. Yo disparé la ametralladora. Él disparó al mismo tiempo, pero el cohete salió errado hacía arriba. Quizás el fuego de la ametralladora me puso nervioso, me incorporé y quise volver a disparar pero el cerrojo se atascó, momento que aprovechó el rebelde para esfumarse sin que pudiésemos alcanzarlo. Así que me bajé del vehículo, tomé el 90 junto con algunas granadas y comencé a dispararlas: le acerté 4 granadas a la YKK y 4 más a la barricada.
Al rato apareció “Turbo”, el comandante de mi compañía, y gritaba: “Puta no me di cuenta cómo te fuiste a meter aquí, nos van a matar “Rommel”, nos van a agarrar vivos, estos terengos ya nos agarraron la frecuencia”. Por la radio del comandante de compañía se escuchaba la voz de un comandante guerrillero que nos pedía que nos sentáramos a dialogar, que no nos dejáramos dar paja, que los combates los estábamos perdiendo, y que nos habían mandado al fracaso. Que por qué teníamos que perder la vida, que mejor nos rindiéramos.
“Turbo” hablaba por radio tratando de engañar al guerrillero, pedía informes de la 1ra, 2da. Y 3ra. Compañía (que en realidad eran las secciones de la compañía). Entonces el guerrillero le volvía a salir por la radio: “Mirá Turbito esa es la paja que te han dado “Rommel” y “Jaguar”, y solo tienen 15 gatos cada uno”.
En este momento “Turbo” apagó el radio y nos vimos a la cara. En efecto, yo sólo tenía 15 hombres y “Jaguar” llevaba 18. “Charlie”, le dije, “no le haga caso a esas pendejadas, los que se están retirando son ellos, no nosotros”. Todos estábamos asustados pero en nuestro interior sabíamos que ya no habría retiradas, el momento de la decisión había llegado.
Con todo
Mientras tanto, “Jaguar” con su unidad avanzaba lentamente, hasta que el enemigo lo obligó a tomar otra ruta. Tomó una calle y se metió a otra colonia. La Tercera Sección se encontraba a lo largo de la ruta de avance, desperdigada, pero sus elementos individuales seguían avanzando con “Fantasma” al frente.
Al hacer el recuento, frente a la YKK, me di cuenta que sólo ocho de mis hombres venían conmigo. Por suerte la tripulación de la UR-416 que eran otros diez soldados estaban conmigo. Dirigí un asalto a la nueva barricada y a las casas que estaban a la orilla de la calle y que estaban ocupadas por los guerrilleros.
Primero disparábamos contra las ventanas, luego arrojábamos granadas fragmentarias al interior, después de la explosión irrumpíamos en la casa y despejábamos cada cuarto, y así hasta que despejamos toda el área. En ese momento llegó el resto de mi pelotón y la Tercera Sección con “Fantasma”.
Rápidamente se organizó otro asalto para completar la conquista de la YKK. Hasta este momento dicha fábrica estaba destruida pero no la habíamos tomado físicamente. La Tercera Sección inició la embestida mientras les apoyaba con el fuego del 90, pero no pudieron pasar la barricada debido al intenso fuego del enemigo.
Decidí solicitar apoyo aéreo. Pronto sobrevoló nuestra posición una pareja de Cessnas 02, conocido popularmente como “carretas” por el característico chillido de sus motores. Me paré en medio de la calle que corre de sur a norte y que pasa a un lado de la YKK, lancé una granada de humo para que me identificaran los pilotos y luego ordené el bombardeo de las posiciones rebeldes.
Los aviones se lanzaron en picado, uno después del otro, arrojando sus cohetes. Sin embargo, el ataque se ejecutó tan mal por los pilotos que los únicos alcanzados fuimos nosotros mismos. Un cohete cayó justo a mi lado, tumbándome con mi radio operador. Otros cohetes cayeron cerca de los hombres de la Tercera Sección. Les grité por radio a los pilotos que cesaran el fuego, que nos estaban dando a nosotros.
El enemigo temeroso de ser blanco de los aviones procedió a retirarse de la YKK, ocupando esa posición la Unidad de “Fantasma”, que además ocupó una finca contigua que había servido de puesto de mando rebelde y centro de abastecimientos. Encontramos grandes cantidades de material bélico en dicho lugar, un depósito rebelde ubicado en la esquina contraria ardía, había sido la única posición rebelde alcanzada por el fuego de los aviones 02.
Para mi sorpresa, el comandante de la unidad blindada me había reportado como un desertor que se robaba un vehículo blindado para entregarlo a la guerrilla. Por suerte los oficiales de la Plana Mayor del Batallón no dieron crédito a tal información. Las dudas se esfumaron cuando hablé por radio informando que habíamos tomado las barricadas rebeldes y que necesitaba con urgencia más municiones y granadas de 90mm. El oficial de caballería avergonzado de su cobardía se retiro al puesto de mando.
Inspeccioné todas las posiciones, redistribuimos la munición mientras esperábamos el reaprovisionamiento. El comandante de la Agrupación le habló a “Turbo” y le ordenó que me enviara a recogerlo porque ya había oscurecido y no quería caer en una emboscada rebelde. Como siempre, él se encontraba en la retaguardia.
Me enojó tanto tal actitud que me despojé de todo ni equipo, le di mi fusil a mi asistente y con una lámpara encendida me fui acercando a la retaguardia hasta que escuché el chasquido de los fusiles, sonido característico cuando se cargaban los M-16.
Entonces empecé a gritar que era Rommel. No disparen Charlie, le grité a “Machete” y me iluminé con la lámpara para que me vieran. Entonces descubrí que junto con “Machete” venía el teniente “Toro” (Espinoza Guerra), comandante de la Unidad de Comandos del Batallón, me dio una inmensa alegría volver a verlo.
Se decidió que dicha unidad reforzaría mis posiciones. Ignoré la presencia de “Machete” y fui a encontrarme con “Turbo”, que estaba en compañía del teniente Espinoza, para explicarle cómo estaba la situación y cómo se distribuirían las posiciones. Ya alrededor de las ocho de la noche daba por terminada la ubicación de las posiciones. Por unos momentos hablamos con “Turbo” y “Toro” de todo lo que había acontecido ese día. Nos abrazamos efusivamente y nos deseamos suerte para el siguiente día. Esa noche nadie durmió.
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