Con demasiada frecuencia escucho a la gente decirme
que San José es “un pueblón”. Me lo dicen
sobre todo salvadoreños, pero también otros centroamericanos.
En el tono va implícito mucho de desprecio por lo que consideran
una ciudad “poco moderna”. San José no es perfecta,
claro está. Pero ¿qué ciudad lo es?
Esos comentarios me hacen preguntarme sobre la concepción
de “lo moderno” que tienen algunas personas y sobre
lo que un enfermizo frenesí urbanístico, de espaldas
al centro de San Salvador que está abandonado a su suerte,
como un perro enfermo, obra sobre sus habitantes. Parece que se
nos olvida que las ciudades no son solamente edificios y carreteras,
sino sobre todo su gente.
Pienso en esas frases cuando camino en San José. Veo con
detenimiento a mi alrededor y creo comprender por qué lo
acusan de pueblón. No hay edificios demasiado altos, pese
a la gran expansión de la ciudad, una expansión tan
vasta que me temo jamás conoceré todos los rincones
que la conforman. San José no destaca por sus centros comerciales
diseñados por arquitectos famosos ni por torres con apartamentos
que valen miles de dólares ni por pulmones verdes sacrificados
para que unos cuantos privilegiados jueguen al golf o puedan manejar
más rápido sus carros en autopistas y carreteras.
Sin embargo, el viajero (llámese exiliado,
migrante o turista) sufre de una enfermedad corrosiva: la nostalgia.
Al perseguir el espejismo del regreso a San Salvador, una obsesión
que alimenté durante 20 años de ausencia en los que
estuve viviendo entre Europa y Nicaragua, soñaba con una
cosa en particular: volver a la ciudad donde yo imaginé vivir
mi vida de adulto independiente.
Volví. Pero se me olvidó que el tiempo no pasa en
vano ni para la gente ni para las ciudades y tampoco para mí
misma. Mi padre había muerto. Y aquel San Salvador que él
me hizo conocer y amar, tomada de su mano, también. Menos
de 6 meses después de mi regreso, comprendí que había
cometido un error al intentar vivir de nuevo allí, pero por
lo menos me curé de nostalgias. El lugar al que soñé
volver ya no existía ni existirá más.
A solas caminé las calles de San Salvador descubriendo los
más dramáticos cuadros de la miseria humana, escuchando
historias pavorosas de violencia, asaltos, violaciones, secuestros
y siendo asaltada yo misma 4 veces (en la última, sobreviviendo
Dios sabe por qué, después de que un huelepega de
unos 14 años, al que me negué a darle “un peso”,
me quiso ahorcar a las 3:30 de la tarde, frente al Parque Barrios
y donde absolutamente NADIE se acercó a ayudarme. Y conste,
no era un marero).
No comprendí ni a la ciudad ni a sus gentes y pensé
mejor largarme antes de que me mataran, decisión que tomé
después de la segunda vez que se metieron a robar a mi casa.
“Una tercera vez no me encuentran”, me dije.
Hace poco, releyendo algunos diarios personales, me di cuenta de
algo que no recordaba y es que la idea de venirme a Costa Rica tenía
varios años de rondarme la mente. Lo pensé incluso
mucho antes de conocer este país. El destino o la fuerza
de mi deseo, puso en mi camino personas y circunstancias que hicieron
posible dicho traslado.
Lo más curioso es que, a medida que he ido conociendo San
José, sobre todo el centro, he tenido una suerte de déjà
vu, una intensa sensación de recuerdo, porque San José
me recuerda mucho al San Salvador de los años 60 y 70, mi
San Salvador perdido.
Las edificaciones del centro y de algunos vecindarios, como Los
Yoses, que comparten una arquitectura común con el resto
de ciudades centroamericanas y que todavía se conservan en
bastante buen estado; las calles estrechas, con ruidoso comercio,
vitrinas y edificios que refrescan la retina como el Correo o la
escuela metálica frente al Parque España (hecha con
el mismo sistema con el que se construyó el Hospital Rosales);
los parques, pulmoncitos verdes, bien cuidados con bancas de cemento
donde la gente se sientan a hablar sus cosas o a leer, como el Parque
Morazán con su Templo de la Música, todo me remite
a una ciudad ahora imaginada, añorada en la angustia de lo
perdido para siempre.
Y muchas, tantas veces, caminando en San Pedro Montes de Oca, una
de las zonas más populares de la ciudad donde ahora vivo,
sintiendo la brisa fresca del atardecer, viendo el cielo azul intenso
en esa hora particular en que el día se convierte en noche,
durante algunos segundos me siento transportada en el tiempo y en
el espacio. Y siento recuperar mi San Salvador perdido, aunque sea
por breves, ilusos instantes.