Solo se muere dos veces
Roberto Armijo, viajero inconstitucional
En su sitio
web, preparado por el poeta André Cruchaga, su esbozo biográfico
señala parcamente:
Roberto Armijo nació en Chalatenango, El Salvador en el
año de 1937 y falleció en París, en el año
de 1997.
Perteneció al Círculo Literario Universitario; residió
en París durante largos años donde ejerció
docencia universitaria. Es un importante pilar de nuestra literatura.
Escribió ensayo, novela, crítica, teatro, cuento
y poesía.
Entre su obra destaca: Francisco Gavidia, la Odisea de su genio,(escrita
junto con José Napoleón Rodríguez Ruiz),
Primer Premio República de El Salvador, Certamen nacional
de Cultura, 1965; Jugando a la gallina ciega,(Primer Premio Centroamericano
de Teatro, 1969); Rubén Darío y su intuición
del mundo, El asma del Leviatán, El pastor de las equivocaciones,
Cuando se enciendan las lámparas, Los parajes de la luna
y la sangre, El libro de los sonetos, Poemas europeos (antología).
Queda al margen de esas breves líneas el extraordinario
personaje que fue Roberto.
Para comenzar, murió dos veces, cuando la mayoría
de la gente, hasta donde se nos alcanza, muere sólo una.
Lunes 9 de julio de 2007 Ricardo Lindo, escritor salvadoreño redaccion@centroamerica21.com
A l regresar de la muerte, como es lógico, hay que escribir un poema. Escribió entonces "La noche ciega al corazó¦n que canta"; su solo título es uno de sus más bellos poemas.
La primera vez era muy joven. Se despertó en
su velorio, rodeado de llantos y candelas encendidas. Con razón
pudo decir Jorge Ávalos que la mayoría de su obra
es póstuma. El poeta padecía de catalepsia, enfermedad
que interrumpe todos los signos orgánicos, y le habían
dado por muerto.
Unos gritaron y salieron corriendo. Otros se quedaron petrificados
en la sala viéndolo resucitar. Su primer gran viaje había
sido, ni más ni menos, al más allá. Nada recordaba
el poeta de ese hoyo negro, sólo su despertar entre caras
que parecieran encogerse y alargarse hasta recuperar la talla standard.
A l regresar de la muerte, como es lógico, hay que escribir
un poema. Escribió entonces “La noche ciega al corazón
que canta”; su solo título es uno de sus más
bellos poemas.
La noche ciega al corazón que canta
(fragmento)
Roberto Armijo
Tríptico doloroso
A José Francisco Valiente
I
Son cuatro inviernos de agonía hermana.
De amanecer el corazón abierto.
Quisiera ser, pero el futuro incierto
Me ensombrece la senda del mañana.
Cuatro años de penumbra cotidiana.
De presentir vivir, viviendo muerto.
De abrir el corazón, sentirlo yerto,
Sin escuchar su musical campana.
El dolor es espina en mi sonrisa.
Aunque nací para cantar, presiento
Ser un gorrión fugaz hacia la brisa.
Esta acerba dolencia me acongoja.
Soy un árbol que lento se deshoja
Y voy de paso con mi hermano el viento.
II
Sólo las sombras en que estoy hundido.
Sin restañar, sin restañar la herida.
Y presentir que en mi vital huída
Me apagaré, lo intuyo, estoy vencido.
Andar bajo la niebla adolorido
Sin atisbar el alba prometida.
Yo bien lo siento se me va la vida
Y soy raíz de un desgarrado aullido.
Le he dicho a Dios, yo soy enfermo y triste.
A mi garganta una resaca embiste
Inundándola de algas y de espumas…
Pero él ineluctable como el viento,
Hundió en mi carne el látigo violento
De su furor y me abismó en las brumas.
III
¡Qué me duele esta arcilla dolorosa
Arquitectura de mi sombra incierta!
Una resaca de violencia abierta
En mi bronquial respiración se empoza.
Este turbión de tos vertiginosa
En mi garganta es una espuma muerta.
Esta agua turbia en mi dolor despierta
Con sus ondas de asfixia rumorosa.
¡Ah! Aguaceros en mis bronquios siento.
Quiero cantar y se me escapa el viento
Y se me encharca de aguas la garganta.
Esperar, esperar lo que no llega.
Andar, andar bajo la noche ciega.
¡La noche ciega al corazón que canta!
Cuando lo conocí en San Salvador en los sesenta
Roberto dirigía la biblioteca de la Universidad Nacional,
era uno de los miembros más prominentes de la llamada Generación
Comprometida, y era bastante formal en su atuendo. Cuando lo volví
a ver en París en los setenta crecían montaraces sus
cabellos y su barba, y usaba camisas de indio chapín. Era
grueso y de considerable estatura, de modo que su aspecto era el
del hombre de las nieves, un hombre de las nieves que tuviera ancestros
africanos. Era, además un escándalo. No en París,
por supuesto, porque en París es difícil escandalizar
a alguien, sino en San Salvador, porque llegaba separado de su primera
mujer a vivir su amor con una muchacha de “la burguesía”
salvadoreña, una joven delgada, morena e inteligente, Ana
María Echeverría, hija de un abogado prominente. Es
por demás señalar que su familia la había excomulgado.
La dama y el vagabundo.
El vagabundo en cuestión iba con una beca de la Universidad
Nacional a estudiar teatro. Si su aspecto era un tanto asustante
y su lenguaje el de un comunista terrible, cuantos lo conocieron
supieron que era un ángel. Sus conocimientos literarios eran
inmensos y a su ingenuidad se sumaba su simpatía desbordante.
Poco después de su arribo tuvo lugar un ominoso acontecimiento:
las fuerzas de policía entraron a saco en la Universidad
Nacional y sin siquiera sospecharlo (y de haberlo sabido no les
hubiera importado un cuesco, acaso hubiera lamentado no darle ellos
su muerte segunda) dejaron al poeta abandonado en Francia sin dinero.
Pero al poeta lo salvó su simpatía. Para ser reconocido
por las autoridades francesas como refugiado político, Roberto
Armijo, en su ingenuidad de niño grandioso, acudió
a la Embajada de El Salvador en Francia a solicitar una carta que
indicara que su patria le cerraba las puertas. El Embajador, que
en paz descanse, era su amigo Carlos Matamoros Guirola, quien partiéndose
de risa dictó a la secretaria una carta según la cual
Roberto no podía regresar al país “por sostener
ideas contrarias a la democracia y a la civilización occidental”.
El primer paso estaba dado. Armijo obtuvo la tarjeta de refugiado
político, que le permitía trabajar legalmente. Pero
¿de qué? Ese era otro problema. El poeta carecía
de título universitario y ser escritor no da de comer salvo
que se alcance la categoría de “best seller”.
Acudió entonces el poeta a un gran amigo prestigioso, el
poeta Miguel Ángel Asturias, poeta y novelista de Guatemala
que había ya recibido el Premio Nobel para entonces. Don
Miguel Ángel le dio una carta destinada al rector de la Universidad
de París (Sorbona) recomendándolo como profesor. La
Sorbona había sido dividida en trece universidades desde
hacía poco. El rector del conjunto lo envió donde
uno de los rectores, quien reclamó: “¡¿Y
por qué no me escribió don Miguel Ángel a mí,
si yo también lo conozco!?”
Unas líneas de un Premio Nobel eran una varita mágica
y a Roberto Armijo le valieron de título universitario. Fue
así como permaneció en París las décadas
siguientes desarrollando una extensa labor educativa, literaria
y política. Su casa se convirtió en asilo y hotel
de paso de cuanto salvadoreño o centroamericano pasara por
la ciudad sin un centavo, caso muy frecuente, y si Roberto fue objeto
de generosidad la devolvió con creces al conjunto de los
necesitados.
Su familia política cambió de opinión con respecto
a él, y su suegro, el doctor José Leandro Echeverría,
se sumó al considerable número de sus amigos. Vino
a verlo cuando el doctor agonizaba. No alcanzó a verlo y
juntos bebimos el carísimo coñac que le traía
desde Francia, y que el doctor no pudo disfrutar.
Roberto murió unos años después, de cáncer,
tempranamente pues hubiera podido vivir mucho más. Esta vez
sí era de verdad. Trajeron sus restos a San Salvador y fue
velado en la Universidad Tecnológica. La Unidad de Cultura
de ese centro de estudios lleva ahora su nombre.