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Belloso, el fruto del árbol prohibido

 

Belloso es, a mi juicio, un arlequín, que pudo haber apreciado la realidad con cabeza torcida y meterse en una aventura o que puede estar trabajando para alguien; cualquiera de las hipótesis es válida. Los mejores infiltrados en el trabajo sucio vienen del bajo mundo.

No vamos a dejar de escuchar de escuadrones de la muerte ni de guerrilleros en los procesos electorales, hasta que toda nuestra generación haya muerto.

Belloso, su rostro, su esquema, su disfraz, su locuacidad y toda su historia, son los elementos tangibles del fruto del árbol prohibido, es decir, la prueba contaminada, espuria, que no merece admisión ni respeto en un juicio constitucional.


Lunes 9 de julio 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Cuando en el año 1972 un comando urbano se adjudicó la operación militar en la que resultaron muertos dos elementos de la Guardia Nacional y la requisa de su armamento, no sólo nació la guerrilla más extraordinaria de la historia de América Latina; nació también una consigna.

Después de la operación, el comando guerrillero anunció que comenzaba una guerra, la de los pobres, y bajo sus propia visión argumentó la justeza de su lucha.

La reivindicación política de las acciones es la característica de las organizaciones revolucionarias. En aquella época, de dictadura militar, de tortura y asesinato, su acción se justificó.

Más allá de la adolescencia que pueda verse en aquellos jóvenes, que durante veinte años después expusieron sus vidas por las ideas en las que creían, y que llegaron a ser maestros del arte militar, es indudable que su madurez política de aquel año 1972, se encuentra a años luz de las bufonerías de Mario Belloso.

Cuando militantes o dirigentes de organizaciones de izquierda eran capturados y acusados de ser “subversivos” se defendían con la mayor de las convicciones: admitiendo su condición de revolucionarios.

Miles de militantes de aquellas organizaciones de izquierda de los años setentas, fueron encarcelados y torturados con choques eléctricos, capuchas, sometidos a interrogatorios en cárceles clandestinas por semanas y meses, cientos de ellos terminaron en basureros devorados por aves de rapiña; su silencio fue la mejor prueba de que estaban dispuestos a todo por lo que creían.

Si la Guardia Nacional hubiera capturado a Mario Belloso tendrían que haberlo torturado, no para que hablara, sino para que guardara silencio. El filme “Belloso, duro de callar” tiene mal guión, mala dirección, terrible actuación, pésima fotografía. Sólo una es su ventaja: la taquilla.

Con el pequeño arsenal que en apariencia tenía Belloso en su casa, cualquier comando guerrillero, de los “de a de veras”, hubiera armado una guerrita un par de horas y hubiera muerto ahí. Pero es obvio que él ni es guerrillero ni es revolucionario, su tiempo es otro y otras sus acciones.

Es difícil creer en la historia de Belloso: un examen de su lenguaje corporal, observado en el filme, muestra los rasgos típicos del que miente, ese rictus momentáneo que aparece al final de una palabra, no es de nerviosismo; la facilidad con la que se muestra su relato no es un rasgo de un abatido hombre, sino de un mal actor, de un timador que no puede evitar las ironías.

La ligereza con la que el director del filme se apresta a mostrarlo en los medios de comunicación indica que hay en ello una finalidad manifiesta: el juicio de la opinión pública, no el de los tribunales.

La manipulación indebida de las evidencias y del mismo acusado Belloso, pone en grave peligro la constitucionalidad del proceso penal que pesa en su contra; pero es obvio que no es eso lo que interesa al director del filme.

Esto no es más que un juicio político encausado en un torrente electoral en el que la derecha puede agenciarse una goleada sobre sus adversarios de la izquierda, de tal suerte que no es importante el resultado del juicio legal, ni Belloso, y menos los dos policías asesinados, este es un dolor exclusivo de sus familiares.

La política es el arte de comer sapos sin hacer gestos, eso se dice en el verso popular, creo en ello hasta el hartazgo.

Cuando la Democracia Cristiana se disputaba la “Copa Presidente” con el partido ARENA, en los años ochentas, el mayor Roberto d´Aubuisson era acusado de haber asesinado a Monseñor Romero. En el centro del debate un hombre que dijo ser comandante guerrillero y llamarse Pedro Lobo, apareció ante los medios de comunicación diciendo que era el asesino del arzobispo.

La Democracia Cristiana, ni corta ni perezosa, demostró que el tal Pedro Lobo, ni era comandante guerrillero ni había asesinado a Monseñor Romero, el tipo era un reo común que para el 24 de marzo de 1980, cuando el arzobispo murió, había estado preso.

Una vez el circo se destapó, Pedro Lobo corrió a decir que le habían ofrecido varios miles de dólares por hacerse cargo de algo que nunca hizo.

Cuando los sacerdotes jesuitas y sus dos colaboradoras fueron asesinados en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, la acusación oficial indicaba que la guerrilla había cometido el crimen, hasta el mismo embajador William Walker endosó la acusación. El funcionario norteamericano argumentó meses después que la CIA lo había mal informado. Todos sabemos hoy que comandos del Batallón Atlacatl cometieron el asesinato.

Basta escuchar el discurso de Belloso para darse cuenta que el tipo es una persona con la que nadie que se precie de ser inteligente soportaría ni medio minuto a su lado. Su lenguaje es torpe, vacío, garrulo.

Es difícil creer que dirigentes que conspiraron durante años en contra de la dictadura militar puedan haber cometido la torpeza de darle “directrices” a un delincuente tan insignificante y peligroso como Belloso; creo que los señores del FMLN mencionados en estos hechos tan graves, tienen el poder suficiente para defenderse y además deberían de ser audaces para postular sus argumentos.

Es evidente que el FMLN ha cometido un gran error: el haber dejado ir de sus filas a militantes de izquierda con ideas brillantes para en su lugar dar cabida a maleantes como Mario Belloso.

Lo más preocupante es la escalada de violencia política que pueda desprenderse con todo esto. Estoy seguro de que así será y el miedo se va a apoderar de los salvadoreños, aunque no sean militantes de ningún partido.

Hay algo muy delicado en este menudo asunto: que instituciones del Estado, como la Policía Nacional Civil, sean utilizadas para fines políticos electorales. El retroceso que puede representar para una institución que tiene tan poca credibilidad ante la comunidad es evidente, ya no digamos para la estabilidad del país.

Nadie que se precie de ser sensible puede hacer a un lado la muerte de esos dos jóvenes policías, que hasta se ha dicho eran simpatizantes del partido FMLN; o el recuerdo de aquel cuadro de los dos niños abrazados en el momento de la muerte cuando fueron ametrallados en Antiguo Cuscatlán, o como el de los dos esposos Manzanares, señores de la tercera edad, padres de una ex guerrillera, que fueron asesinados salvajemente en su casa de habitación. Los tres hechos son terroríficos y dolorosos; pero sólo uno parece importarle al director del filme.

Belloso estuvo ahí, esgrimiendo y disparando un fusil M-16, quién puede atreverse a negarlo. La interrogante apunta hacia otro lado: habrá llegado por su cuenta aturdido por el fanatismo o alguien lo envió desde la trinchera de la perversidad.

Sobre Belloso pesa una presunción objetiva de parcialidad, es decir que por el hecho de ser un acusado, todo lo que diga, y más aún en las condiciones de extrajudicialidad, sin presencia de defensor, y tiradas a la prensa como confeti, no merecen aprecio desde la óptica de la ciencia forense.

Belloso es, a mi juicio, un arlequín, que pudo haber apreciado la realidad con cabeza torcida y meterse en una aventura o que puede estar trabajando para alguien; cualquiera de las hipótesis es válida. Los mejores infiltrados en el trabajo sucio vienen del bajo mundo.

No vamos a dejar de escuchar de escuadrones de la muerte ni de guerrilleros en los procesos electorales, hasta que toda nuestra generación haya muerto.

Belloso, su rostro, su esquema, su disfraz, su locuacidad y toda su historia, son los elementos tangibles del fruto del árbol prohibido, es decir, la prueba contaminada, espuria, que no merece admisión ni respeto en un juicio constitucional.

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