Un encuentro con los metaleros salvadoreños:
“Uno no escoge el metal, el metal lo escoge a uno”.
“Our
hearts are filled with metal, masters we have none
and we will die for metal, metal heals, my son”
Brothers of Metal (Manowar)
“¿Darketos?” exclamó David, el bar tender
y dueño del bar Buhoos, al tiempo que golpeaba el tablón
de madera que le sirve como barra con botellas oscuras ávidas
de agotar hasta su última gota. El término “Darketo”
le sonó extraño y hasta creo que no le significó
mucho. Fue hasta que dije “metal” que sentí
darme a entender. Lo que hablábamos cobró sentido,
la música sonó más fuerte en mis oídos
y la barra casi se ensanchó para que yo tomara asiento.
“Avísame. En lo que pueda, yo te ayudo”, me
aseguró.
En la multitud de estilos urbanos que
vemos a diario en las calles, en los buses, en las esquinas y
en cualquier rumbo de la ciudad sobresalen esos muchachos de jeans
y pelo largo, camisetas negras con estampados poco comunes, accesorios
metálicos y una que otra extravagancia adicional. Estos
grupos de jóvenes de negro, no dejan de despertar las suspicacias
de los transeúntes: satánicos, darketos, marginales,
desadaptados. Todo depende la rigidez de los patrones mentales
con que se les mire.
Centroamérica 21 se puso en contacto con algunos de los
exponentes del Metal Rock de mayor renombre en el país
para relatar un poco sobre la cultura y vivencias de los seguidores
de este género musical. Este relato puede considerarse
como el acercamiento a un estilo de vida que, como es usual, no
puede explicarse a cabalidad en palabras, pero puede acercarse
para captar un poco de su espíritu.
Buhoos es un bar que ha abierto hace
poco, menos de un año, pero ya tiene clientes asiduos y
una cultura definida: No ceder a la quietud y no darle tregua
a los oídos, ni al apetito de brutal estridencia.
Llegué al bar porque Javier, un amigo que siempre tuvo
cassettes y discos más estridentes que los del resto del
grupo de amigos, me presentaría gente que pudiera ser mi
principal referencia y mi punto de partida para embarcarme en
el viaje hacia “la brutalidad” hecha compases y notas
musicales del metal.
Me quedé esperando a Javier afuera del bar. “Voy
a ver a quién me encuentro”, me dijo. Me preocupé
porque era miércoles, media semana ¿habría
alguien dispuesto a hablar?
Había ido un par de veces, a la hora en que oficialmente
la noche se clausura en San Salvador. Tuve la impresión
de que a esa hora, igual que las aves de rapiña que ululan,
el lugar no duerme y se mantiene alerta esperando presas. El Buhoos
parece guarida para la vigilia. Yo parezco la presa de un espíritu
y solo recuerdo aquella melodía del metal: “You don’t
choose Metal, Metal chooses you”: “Uno no escoge el
Metal, el Metal lo escoge a uno”.
“El peluca”, como es conocido David, abrió
Buhoos sin saber bien su augurio, sin tener ni una efímera
noción de éxito para su idea. Si en el mundo de
los negocios, cuando se tiene solo una probabilidad favorable
de éxito entre miles que sean desfavorables se está
frente a un fracaso inminente, al Peluca le bastó esa única
certeza a su favor para desafiar toda buena suerte.
Desde ahí se entiende por qué se tiró al
agua tan solo con un flotador. No era un negocio. Abrir ese bar
era una exigencia, orden y mandato del espíritu del metal.
La necesidad de abrir una guarida para los hermanos de negro,
para escapar a la razón como bien diría una canción
de la agrupación inglesa legendaria Iron Maiden.
Conocer un poco de Cannibal Corpse, Pantera, Sepultura, Iron Maiden,
Angra, Gamma Ray, todas bandas de metal, era un pedestal que aún
me quedaba muy alto para ver a través de la ventana del
universo metalero. Se trata de más de 40 años de
evolución musical, que a partir del Rock han llegado a
construir una lista interminable de bandas dentro del género.
Inició con el surgimiento del Heavy Metal a mediados de
los años 60 y sigue hasta nuestros días sin freno
alguno.
“Encyclaopedia Metallum” es una página en internet
que tiene registradas más de 45 mil bandas metaleras alrededor
del mundo y 114,939 miembros. Cada día se registran 50
o 60 bandas nuevas de metal y así la lista sigue su curso
infinito.
“¿Qué querés saber?” me pregunta
Rolando cuando se entera de mis intenciones en el local. Se ha
acercado a la mesa en la que espero a Javier. Es un fiel seguidor
de una banda nacional de Trash metal: Mare Tenerbrarum (mar de
sombras) y tienen una mancuerna de años en el circuito
metalero del país.
Ante mi primera pregunta respira profundo, recoge las mangas de
su camisa negra y cruza los brazos. Guarda silencio por unos segundos
mientras sus ojos orbitan como buscando una primera nota para
comenzar la sinfonía, una primera palabra para escribir
el libro.
Su respuesta, sin embargo, viene después de un relato de
bandas, géneros, nombres dentro del rock y luego del metal.
Me habla de los años en que nació el metal en países
como Noruega y Alemania, del génesis del movimiento metalero.
-“El Black Metal, por ejemplo –y solo como un punto
mínimo del gran espectro musical metalero, fue la negación
a la predominancia católica”, me dice.
-¿Una negación de Dios?, pregunto.
-“Del Dios Católico al menos. En Noruega, una parte
del Black prefirió volver a los dioses folclóricos.
Las canciones del Black Metal hablan de Thor, Odin y otros dioses
de la idiosincracia noruega y son el intento de volver a una identidad
propia para dejar atrás la dominación de la Iglesia
Católica. Después aparecieron movimientos más
radicales, negando a cualquier Dios. Para ellos ni Dios ni el
diablo pueden decir qué hacer. Vos sos tu propio dios.
Según lo que entiendo eso es el verdadero satanismo”.
Para este momento ya ha pasado casi una hora y hay más
integrantes de la banda en torno a nuestra mesa. Escuchan entre
pláticas y tragos, la conversación. Opinan de vez
en cuando para recordar a Rolando que se le ha escapado mencionar
un nombre, una ciudad, una banda.
Nuestra plática se ha vuelto un pequeño círculo
de discusión. Yo, sin embargo, estoy más preocupado
por no perderme en lo que de primas a primeras me parece un limbo
del que no voy a poder escribir nada. Intento poner orden al pequeño
concilio que se ha formado y pregunto:
-“Entonces ¿La relación que hace la gente
entre el metal y el satanismo no es muy irreal o absurda después
de todo?”
-“Eso es arcáico”, responde Roberto. “Ahora
es una realidad completamente distinta. A mi me gustan bandas
de Black y no por eso yo voy a negar al Dios en quien yo creo.
Decir que todo el que escuche esta música es satánico,
es pensar igual que como pensábamos hace 30 años.
Ya no puede ser así.”
Rolando me ha repetido varias veces sobre lo que quiero saber
del metal. Me recomienda que hable con gente que pueda tener diferentes
visiones sobre el mismo fenómeno.
-“Vos tendrías que hablar con la mara que tripea
el metal pero no viene a Bares como estos. Sanctuary es otro que
está sobre la Juan Pablo, en medio de clubes gay y ahí
van los metaleros que no pueden subir hasta acá o que sencillamente
tienen ahí su guarida. Tenés que hablar con la gente
que va a los conciertos también. Nosotros te podemos decir
algo, pero el metal no puede encasillarse en nada de ese ‘algo’.”
Mi primera pregunta parece que tiene cerca su respuesta. Pero
para ese momento, ya hay más interrogantes que abogan su
turno para echarse al laberinto.
-“El metal es una forma de vida, no es una moda o un simple
gusto. Tiene que ver con lo que sos y has sido a lo largo de tu
vida. Igual hay gente que está en esto por simple placer
de escuchar música que vale la pena”
-“Yo, por el musicón es que ando en el metal, dijo
Juan, guitarrista de Mare Tenerbrarum, por eso son contadas las
bandas Black que me gustan. No me gusta ese rollo del satanismo
y el oscurantismo pero si una banda es buena, hay que escucharla”
Abajo los prejuicios
Días después, entrevisté a Roberto Burgos,
un músico conocido en la escena metalera salvadoreña,
y que en esos días andaba preparando todos los contactos
y patrocinadores para el lanzamiento de un programa radial en
La Femenina.
Roberto ha trabajado en radio, también ha estado en varias
bandas y actualmente está con Contact Productions, una
firma organizadora de conciertos de metal que ha traido al país
a grandes íconos de ese género musical. Helloween,
Angra, Dismember, por mencionar algunos de ellos.
Fue una plática extensa, con pausas que me permitieron
repreguntar y obtener un perfil más específico del
metalero en El Salvador.
Descubrí que la apariencia, en las tarimas del metal, no
puede ser el parámetro para conocer el tipo de persona
con la que se está tratando. La fijación con el
color negro, el pelo negro, la ropa ajustada y los tatuajes, además
del gusto por la estridencia sonora, no son el reflejo de la persona
que se deleita con el metal. No estríctamente.
“Palillo”, como apodan a Roberto, me habló
de lo que sucede en el metal y que no sucede en otros géneros
musicales:
-“El ser metalero no es pretender estar dentro de una clase
social determinada, como sucede con otro tipo de música
como el Rap, por ejemplo. Conozco metaleros que cambian monedas
en una sala de maquinitas de juegos en el centro, así como
mi médico es metalero, mi jefe es metalero y él
es todo un ingeniero y representante para América Latina
de una transnacional importante en todo el mundo”.
-¿Hay muchos estigmas entonces que ya están desfasados?
¿Hay estigmas arcaicos de los metaleros?
- “A mi médico, vos lo ves en los conciertos con
camisa negra de Creator, Sodom o sin camisa y su tatuaje de Slayer,
(bandas de Thrash Metal), pero en el hospital anda bien ‘trajeado’
con su gabacha y pantalón formal...Hay un tipo de pensamiento
sobre los metaleros que sí es arcáico y completamente
desfasado a nuestra realidad. Si estas personas que te digo fueran
vagos y perdidos, drogadictos jamás hubieran llegado a
ser lo que son, y son de los que comenzaron a escuchar metal a
los 14 ó 15 años”.
-Pero hay quienes sí están en problemas, vos los
podés ver en los conciertos. Es decir, también es
verdad que hay gente “perdida” dentro del metal.
-“Pero es que eso no tiene que ver estrictamente con que
seas metalero. Hay gente que escucha otros géneros y están
perdidos, hay gente que no escucha nada de esto y están
perdidos. ¿Dónde queda el White metal? Stripper
es la banda más famosa de White metal y son metaleros,
vos los ves de pelo largo y rockeando con todo”.
-White Metal es lo opuesto al Black metal ¿Es un metal
cristiano?
-Sí, justamente, el White metal es otra derivación
del metal que tiene otras influencias. Aunque tenes que saber
que no todo el Black metal es sobre satanismo y esoterismo y cosas
así. Hay Black metal sinfónico, melódico...son
otros géneros también.”
Después de un par de horas me invitó al estudio
de grabación donde ensayan con su banda “Dreamlore”.
Se llama Soundtrack Studio y hasta la fecha han grabado a más
de una quincena de bandas de metal salvadoreñas.
Aunque graban cualquier tipo de cosas, lo que diferencia a Soundtrack
de otros estudios es el oído metalero de los productores.
“Si vos querés que la guitarra suene ‘galletona’,
hay lugares donde te dicen ‘¿Y cómo es eso?’,
explica Julio Rodas, guitarrista de grupos como Dreamlore y Symbolic,
para referirse a un tipo de estruendo característico de
la guitarra metalera.
Estando ahí, decidí volver a la carga y preguntar
a Julio y Roberto por sus percepciones sobre los prejuicios que
hay sobre ellos:
-¿Cómo podría una persona que ha vivido bajo
esquemas conservadores toda su vida entender a los metaleros y
verlos como personas normales tal como lo dicen ustedes?
-Julio toma la palabra, “es normal que crean que los metaleros
son bélicos si basta con salir a la calle y subirte a un
carro para darte cuenta que los salvadoreños son bélicos.
Le tenemos miedo a todo y quizás no es por gusto, pero
no por la música que alguien escuche”.
-¿El miedo que se le pueda tener a los metaleros es el
mismo que se le puede tener a otros grupos de la sociedad?
-Sí, afirma Julio, de hecho, yo le tengo más miedo
a la Ultra Blanca (una de las dos barras oficiales del equipo
capitalino Alianza F.C).
-A lo que Palillo añade, “o a alguien que anda en
un carrazo y anda armado y está acostumbrado a hacer lo
que le dé la gana.”
-Julio: Es que a la sociedad le resulta más fácil
culpar a un metalero porque lo ves diferente, o porque tiene ciertas
carácterísticas que no son normales, que decir que
toda la sociedad está mal.
Un metalero está dispuesto a negar la cuna en que nació
antes que negarse a sí mismo
Metaleros
Con estas palabras se me ocurrió
que la negación de la sociedad de la que me había
hablado Rolando días antes se refería a eso. Un
metalero parece que está dispuesto a negar la cuna en la
que ha crecido antes que negarse a si mismo. Pensé en las
expresiones de esta actitud e irremediablemente recordé
lo que había hablado con Juan, en el bar. Los metaleros
parecen aborrecer las modas. Y nótese que no es un simple
disgusto, es la intolerancia aumentada diez veces ¿Es posible
que un metalero tenga buenos comentarios para el reguetón,
por ejemplo? ¿Para la moda color rosa de ropa de marca
y olores dulzones? ¿Puede? ¿Puede hacer un buen
comentario para lo que no sea Metal?
Julio me contesta que no es un odio a muerte pero acepta que es
algo que no se puede desmentir. La música metal “puede
ser bien alienante”, se sincera. “El metal debería
ser para gente que es madura mentalmente, en el sentido que vos
oís una infinidad de grupos que van desde lo cristiano
hata lo totalmente opuesto y ahí es donde la gente agarra
los clichés y los estereotipos de lo que aparecen haciendo
en la portada de los discos, o lo que dicen las letras. El metal
tiene mensajes súper fuertes y una mente que no esté
lista termina siendo una mente como la de los metaleros que vos
decís: poco tolerantes, fríos, bélicos, etc.”.
Recurro a una anecdota para ilustrarles el caso. En la Arena El
Salvador del barrio San Jacinto, donde es común que hayan
conciertos de metal, a un pandillero se le olvidó leer
en la cartelera de lo conveniente y no conveniente que cada quien
tiene puesta en su propia sensatez, que no era lo más prudente
del mundo entrar con tatuajes de la Mara 18 sobre la frente o
en sus hombros. Sobre todo porque hace un par de años,
cuando recién estuvo instaurado el Plan Mano Dura en el
país, la Policía Nacional Civil hizo capturas a
varios jóvenes y adolescentes por portar tatuajes y muchos
tuvieron que pasar 72 horas en bartolinas porque el mandato judicial
no hacía distinción entre tatuajes relativos a pandillas
y tatuajes hechos por ocio.
Seguramente habrá personas sin la sutileza de diferenciar
entre un gusto artístico y una obligación de identificación
o de ritual urbano, como es el caso de las maras, pero lo cierto
es que ese día el pandillero pagó el precio y no
tuvo nada que hacer más que salir del lugar. “Incluso
los mareros nos respetan”, comenta Palillo, y añade
“En los buses ya me ha pasado, y a varios cheros también,
que cuando nos ven de negro y peludos, no nos hacen nada. Somo
de los pocos que todavía `respetan`” (hace el gesto
de comillas con las manos).
Palillo habla de algo que me sorprende y le pone un fin a este
punto de los estigmas. “Por ejemplo ellos dos (se refiere
a Julio y Boris, son hermanos y mantienen el estudio entre los
dos) no fuman, no toman y si te fijás, no dicen ni malas
palabras. Y ellos no dejan de ser metaleros por eso. No tiene
nada que ver una cosa con la otra. El metal no es sinónimo
de nada.”
De hecho, en este tipo de música hay una libertad irrestricta
en lo que se quiera producir. Cualquier tipo de subgénero
musical tiene cabida en el metal y no hay límites de creación
de música. Metal Flamenco, Metal Sinfónico, Metal
Pornográfico, son variables interminables para una extensa
creación.
-¿Cuántos metaleros hay en El Salvador?, pregunto
ya casi como colofón de la plática.
-No tengo idea. Pero te podes hacer una idea con saber que para
cuando vino Angra (banda brasileña de Power Progressive
Metal de renombre) a la Feria Internacional había cinco
mil personas. Igual fue para Helloween (banda alemana de Heavy
Metal con casi 30 años de trayectoria).
-Igual hay gente que no va a los toques. Prefieren solo escuchar
la música o que solo van a los conciertos más pesados.
No van tanto a ver a los clásicos del metal. Es difícil
decir la cantidad exacta.
Sin lugar a dudas, hablar del metal es una experiencia que no
puede reflejarse a ciencia cierta en las palabras de un inexperto.
Queda claro que es un movimiento que no puede encasillarse bajo
ningún término, pero que el osado que quiera ensayar
una definición debe contemplar esa infinidad de posibilidades.
No me atrevería a pensar que se trata de jóvenes
revoltosos que quieren probar el lado oscuro de la vida y que
no tienen ocupación para esquivar las horas. Se trata de
una necesidad de escudriñar emociones y mensajes que no
vienen normalmente en lo que hacemos o decimos. La cultura del
metal ha hecho que bandas que nunca han aparecido en la radio
o en la televisión vendan al rededor del mundo millones
de copias y sean reconocidos únicamente en los barrios,
de mano en mano.
El metal salvadoreño seguirá su curso. Y muestra
de ello es la capacidad de organización que ha tenido la
escena metalera nacional. Festivales como El Salvador Metal Fest
es organizado por Rockers Club, una asociación de amantes
del Metal con gran trayectoria. La gran relevancia de este evento
radica, por ejemplo, en que para escoger las bandas que se presentarán
cada año existe una votación a nivel nacional que
se lleva a cabo a través de diferentes sedes de la entidad.
Eso, a parte de la cantidad de bandas nuevas que aunque no es
estratosférica, se mantiene año con año.
Dos o tres bandas que se han dado a conocer a lo largo de un año
en diferentes espacios y que han sido capaces de llegar a los
oidos y súplicas de un público exigente, es un paso
seguro para el espíritu metal.
El hecho que Rolando me diga que el metal es “difícil”
o que Julio diga que “es alienante”. Es una muestra
clara de lo complejo que puede ser el fenómeno. El metal
es un espacio que sacia corazones, como dice la canción
de Manowar. Es un lugar donde no hay señores ni jefes y
donde se está dispuesto a morir. ¿Cuál es
el vacío que viene a llenar el metal? ¿O es que
estamos ante la gesta de un nuevo territorio o una nuevo tipo
de soberanía?.