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Julio Rodas, guitarrista de Symbolic y Dreamlore

Un encuentro con los metaleros salvadoreños:
“Uno no escoge el metal, el metal lo escoge a uno”.

 

“Our hearts are filled with metal, masters we have none
and we will die for metal, metal heals, my son”
Brothers of Metal (Manowar)

“¿Darketos?” exclamó David, el bar tender y dueño del bar Buhoos, al tiempo que golpeaba el tablón de madera que le sirve como barra con botellas oscuras ávidas de agotar hasta su última gota. El término “Darketo” le sonó extraño y hasta creo que no le significó mucho. Fue hasta que dije “metal” que sentí darme a entender. Lo que hablábamos cobró sentido, la música sonó más fuerte en mis oídos y la barra casi se ensanchó para que yo tomara asiento. “Avísame. En lo que pueda, yo te ayudo”, me aseguró.

En la multitud de estilos urbanos que vemos a diario en las calles, en los buses, en las esquinas y en cualquier rumbo de la ciudad sobresalen esos muchachos de jeans y pelo largo, camisetas negras con estampados poco comunes, accesorios metálicos y una que otra extravagancia adicional. Estos grupos de jóvenes de negro, no dejan de despertar las suspicacias de los transeúntes: satánicos, darketos, marginales, desadaptados. Todo depende la rigidez de los patrones mentales con que se les mire.

Centroamérica 21 se puso en contacto con algunos de los exponentes del Metal Rock de mayor renombre en el país para relatar un poco sobre la cultura y vivencias de los seguidores de este género musical. Este relato puede considerarse como el acercamiento a un estilo de vida que, como es usual, no puede explicarse a cabalidad en palabras, pero puede acercarse para captar un poco de su espíritu.


Lunes 9 de julio de 2007
Alejandro José Labrador Aragón
labrador@centroamerica21.com

 

Erendil, en la Feria Internacional

Buhoos es un bar que ha abierto hace poco, menos de un año, pero ya tiene clientes asiduos y una cultura definida: No ceder a la quietud y no darle tregua a los oídos, ni al apetito de brutal estridencia.

Llegué al bar porque Javier, un amigo que siempre tuvo cassettes y discos más estridentes que los del resto del grupo de amigos, me presentaría gente que pudiera ser mi principal referencia y mi punto de partida para embarcarme en el viaje hacia “la brutalidad” hecha compases y notas musicales del metal.

Me quedé esperando a Javier afuera del bar. “Voy a ver a quién me encuentro”, me dijo. Me preocupé porque era miércoles, media semana ¿habría alguien dispuesto a hablar?

Había ido un par de veces, a la hora en que oficialmente la noche se clausura en San Salvador. Tuve la impresión de que a esa hora, igual que las aves de rapiña que ululan, el lugar no duerme y se mantiene alerta esperando presas. El Buhoos parece guarida para la vigilia. Yo parezco la presa de un espíritu y solo recuerdo aquella melodía del metal: “You don’t choose Metal, Metal chooses you”: “Uno no escoge el Metal, el Metal lo escoge a uno”.

“El peluca”, como es conocido David, abrió Buhoos sin saber bien su augurio, sin tener ni una efímera noción de éxito para su idea. Si en el mundo de los negocios, cuando se tiene solo una probabilidad favorable de éxito entre miles que sean desfavorables se está frente a un fracaso inminente, al Peluca le bastó esa única certeza a su favor para desafiar toda buena suerte.

Desde ahí se entiende por qué se tiró al agua tan solo con un flotador. No era un negocio. Abrir ese bar era una exigencia, orden y mandato del espíritu del metal. La necesidad de abrir una guarida para los hermanos de negro, para escapar a la razón como bien diría una canción de la agrupación inglesa legendaria Iron Maiden.

Conocer un poco de Cannibal Corpse, Pantera, Sepultura, Iron Maiden, Angra, Gamma Ray, todas bandas de metal, era un pedestal que aún me quedaba muy alto para ver a través de la ventana del universo metalero. Se trata de más de 40 años de evolución musical, que a partir del Rock han llegado a construir una lista interminable de bandas dentro del género. Inició con el surgimiento del Heavy Metal a mediados de los años 60 y sigue hasta nuestros días sin freno alguno.

“Encyclaopedia Metallum” es una página en internet que tiene registradas más de 45 mil bandas metaleras alrededor del mundo y 114,939 miembros. Cada día se registran 50 o 60 bandas nuevas de metal y así la lista sigue su curso infinito.

“¿Qué querés saber?” me pregunta Rolando cuando se entera de mis intenciones en el local. Se ha acercado a la mesa en la que espero a Javier. Es un fiel seguidor de una banda nacional de Trash metal: Mare Tenerbrarum (mar de sombras) y tienen una mancuerna de años en el circuito metalero del país.

Ante mi primera pregunta respira profundo, recoge las mangas de su camisa negra y cruza los brazos. Guarda silencio por unos segundos mientras sus ojos orbitan como buscando una primera nota para comenzar la sinfonía, una primera palabra para escribir el libro.

Su respuesta, sin embargo, viene después de un relato de bandas, géneros, nombres dentro del rock y luego del metal. Me habla de los años en que nació el metal en países como Noruega y Alemania, del génesis del movimiento metalero.

-“El Black Metal, por ejemplo –y solo como un punto mínimo del gran espectro musical metalero, fue la negación a la predominancia católica”, me dice.

-¿Una negación de Dios?, pregunto.

-“Del Dios Católico al menos. En Noruega, una parte del Black prefirió volver a los dioses folclóricos. Las canciones del Black Metal hablan de Thor, Odin y otros dioses de la idiosincracia noruega y son el intento de volver a una identidad propia para dejar atrás la dominación de la Iglesia Católica. Después aparecieron movimientos más radicales, negando a cualquier Dios. Para ellos ni Dios ni el diablo pueden decir qué hacer. Vos sos tu propio dios. Según lo que entiendo eso es el verdadero satanismo”.

Para este momento ya ha pasado casi una hora y hay más integrantes de la banda en torno a nuestra mesa. Escuchan entre pláticas y tragos, la conversación. Opinan de vez en cuando para recordar a Rolando que se le ha escapado mencionar un nombre, una ciudad, una banda.

Nuestra plática se ha vuelto un pequeño círculo de discusión. Yo, sin embargo, estoy más preocupado por no perderme en lo que de primas a primeras me parece un limbo del que no voy a poder escribir nada. Intento poner orden al pequeño concilio que se ha formado y pregunto:

-“Entonces ¿La relación que hace la gente entre el metal y el satanismo no es muy irreal o absurda después de todo?”

-“Eso es arcáico”, responde Roberto. “Ahora es una realidad completamente distinta. A mi me gustan bandas de Black y no por eso yo voy a negar al Dios en quien yo creo. Decir que todo el que escuche esta música es satánico, es pensar igual que como pensábamos hace 30 años. Ya no puede ser así.”
Rolando me ha repetido varias veces sobre lo que quiero saber del metal. Me recomienda que hable con gente que pueda tener diferentes visiones sobre el mismo fenómeno.

-“Vos tendrías que hablar con la mara que tripea el metal pero no viene a Bares como estos. Sanctuary es otro que está sobre la Juan Pablo, en medio de clubes gay y ahí van los metaleros que no pueden subir hasta acá o que sencillamente tienen ahí su guarida. Tenés que hablar con la gente que va a los conciertos también. Nosotros te podemos decir algo, pero el metal no puede encasillarse en nada de ese ‘algo’.”

Mi primera pregunta parece que tiene cerca su respuesta. Pero para ese momento, ya hay más interrogantes que abogan su turno para echarse al laberinto.

-“El metal es una forma de vida, no es una moda o un simple gusto. Tiene que ver con lo que sos y has sido a lo largo de tu vida. Igual hay gente que está en esto por simple placer de escuchar música que vale la pena”

-“Yo, por el musicón es que ando en el metal, dijo Juan, guitarrista de Mare Tenerbrarum, por eso son contadas las bandas Black que me gustan. No me gusta ese rollo del satanismo y el oscurantismo pero si una banda es buena, hay que escucharla”

Abajo los prejuicios

Días después, entrevisté a Roberto Burgos, un músico conocido en la escena metalera salvadoreña, y que en esos días andaba preparando todos los contactos y patrocinadores para el lanzamiento de un programa radial en La Femenina.

Roberto ha trabajado en radio, también ha estado en varias bandas y actualmente está con Contact Productions, una firma organizadora de conciertos de metal que ha traido al país a grandes íconos de ese género musical. Helloween, Angra, Dismember, por mencionar algunos de ellos.

Fue una plática extensa, con pausas que me permitieron repreguntar y obtener un perfil más específico del metalero en El Salvador.

Descubrí que la apariencia, en las tarimas del metal, no puede ser el parámetro para conocer el tipo de persona con la que se está tratando. La fijación con el color negro, el pelo negro, la ropa ajustada y los tatuajes, además del gusto por la estridencia sonora, no son el reflejo de la persona que se deleita con el metal. No estríctamente.

“Palillo”, como apodan a Roberto, me habló de lo que sucede en el metal y que no sucede en otros géneros musicales:

-“El ser metalero no es pretender estar dentro de una clase social determinada, como sucede con otro tipo de música como el Rap, por ejemplo. Conozco metaleros que cambian monedas en una sala de maquinitas de juegos en el centro, así como mi médico es metalero, mi jefe es metalero y él es todo un ingeniero y representante para América Latina de una transnacional importante en todo el mundo”.

-¿Hay muchos estigmas entonces que ya están desfasados? ¿Hay estigmas arcaicos de los metaleros?

- “A mi médico, vos lo ves en los conciertos con camisa negra de Creator, Sodom o sin camisa y su tatuaje de Slayer, (bandas de Thrash Metal), pero en el hospital anda bien ‘trajeado’ con su gabacha y pantalón formal...Hay un tipo de pensamiento sobre los metaleros que sí es arcáico y completamente desfasado a nuestra realidad. Si estas personas que te digo fueran vagos y perdidos, drogadictos jamás hubieran llegado a ser lo que son, y son de los que comenzaron a escuchar metal a los 14 ó 15 años”.

-Pero hay quienes sí están en problemas, vos los podés ver en los conciertos. Es decir, también es verdad que hay gente “perdida” dentro del metal.

-“Pero es que eso no tiene que ver estrictamente con que seas metalero. Hay gente que escucha otros géneros y están perdidos, hay gente que no escucha nada de esto y están perdidos. ¿Dónde queda el White metal? Stripper es la banda más famosa de White metal y son metaleros, vos los ves de pelo largo y rockeando con todo”.

-White Metal es lo opuesto al Black metal ¿Es un metal cristiano?

-Sí, justamente, el White metal es otra derivación del metal que tiene otras influencias. Aunque tenes que saber que no todo el Black metal es sobre satanismo y esoterismo y cosas así. Hay Black metal sinfónico, melódico...son otros géneros también.”

Después de un par de horas me invitó al estudio de grabación donde ensayan con su banda “Dreamlore”. Se llama Soundtrack Studio y hasta la fecha han grabado a más de una quincena de bandas de metal salvadoreñas.

Aunque graban cualquier tipo de cosas, lo que diferencia a Soundtrack de otros estudios es el oído metalero de los productores. “Si vos querés que la guitarra suene ‘galletona’, hay lugares donde te dicen ‘¿Y cómo es eso?’, explica Julio Rodas, guitarrista de grupos como Dreamlore y Symbolic, para referirse a un tipo de estruendo característico de la guitarra metalera.

Estando ahí, decidí volver a la carga y preguntar a Julio y Roberto por sus percepciones sobre los prejuicios que hay sobre ellos:

-¿Cómo podría una persona que ha vivido bajo esquemas conservadores toda su vida entender a los metaleros y verlos como personas normales tal como lo dicen ustedes?

-Julio toma la palabra, “es normal que crean que los metaleros son bélicos si basta con salir a la calle y subirte a un carro para darte cuenta que los salvadoreños son bélicos. Le tenemos miedo a todo y quizás no es por gusto, pero no por la música que alguien escuche”.

-¿El miedo que se le pueda tener a los metaleros es el mismo que se le puede tener a otros grupos de la sociedad?

-Sí, afirma Julio, de hecho, yo le tengo más miedo a la Ultra Blanca (una de las dos barras oficiales del equipo capitalino Alianza F.C).

-A lo que Palillo añade, “o a alguien que anda en un carrazo y anda armado y está acostumbrado a hacer lo que le dé la gana.”

-Julio: Es que a la sociedad le resulta más fácil culpar a un metalero porque lo ves diferente, o porque tiene ciertas carácterísticas que no son normales, que decir que toda la sociedad está mal.

Un metalero está dispuesto a negar la cuna en que nació antes que negarse a sí mismo


Metaleros

Con estas palabras se me ocurrió que la negación de la sociedad de la que me había hablado Rolando días antes se refería a eso. Un metalero parece que está dispuesto a negar la cuna en la que ha crecido antes que negarse a si mismo. Pensé en las expresiones de esta actitud e irremediablemente recordé lo que había hablado con Juan, en el bar. Los metaleros parecen aborrecer las modas. Y nótese que no es un simple disgusto, es la intolerancia aumentada diez veces ¿Es posible que un metalero tenga buenos comentarios para el reguetón, por ejemplo? ¿Para la moda color rosa de ropa de marca y olores dulzones? ¿Puede? ¿Puede hacer un buen comentario para lo que no sea Metal?

Julio me contesta que no es un odio a muerte pero acepta que es algo que no se puede desmentir. La música metal “puede ser bien alienante”, se sincera. “El metal debería ser para gente que es madura mentalmente, en el sentido que vos oís una infinidad de grupos que van desde lo cristiano hata lo totalmente opuesto y ahí es donde la gente agarra los clichés y los estereotipos de lo que aparecen haciendo en la portada de los discos, o lo que dicen las letras. El metal tiene mensajes súper fuertes y una mente que no esté lista termina siendo una mente como la de los metaleros que vos decís: poco tolerantes, fríos, bélicos, etc.”.

Recurro a una anecdota para ilustrarles el caso. En la Arena El Salvador del barrio San Jacinto, donde es común que hayan conciertos de metal, a un pandillero se le olvidó leer en la cartelera de lo conveniente y no conveniente que cada quien tiene puesta en su propia sensatez, que no era lo más prudente del mundo entrar con tatuajes de la Mara 18 sobre la frente o en sus hombros. Sobre todo porque hace un par de años, cuando recién estuvo instaurado el Plan Mano Dura en el país, la Policía Nacional Civil hizo capturas a varios jóvenes y adolescentes por portar tatuajes y muchos tuvieron que pasar 72 horas en bartolinas porque el mandato judicial no hacía distinción entre tatuajes relativos a pandillas y tatuajes hechos por ocio.

Seguramente habrá personas sin la sutileza de diferenciar entre un gusto artístico y una obligación de identificación o de ritual urbano, como es el caso de las maras, pero lo cierto es que ese día el pandillero pagó el precio y no tuvo nada que hacer más que salir del lugar. “Incluso los mareros nos respetan”, comenta Palillo, y añade “En los buses ya me ha pasado, y a varios cheros también, que cuando nos ven de negro y peludos, no nos hacen nada. Somo de los pocos que todavía `respetan`” (hace el gesto de comillas con las manos).

Palillo habla de algo que me sorprende y le pone un fin a este punto de los estigmas. “Por ejemplo ellos dos (se refiere a Julio y Boris, son hermanos y mantienen el estudio entre los dos) no fuman, no toman y si te fijás, no dicen ni malas palabras. Y ellos no dejan de ser metaleros por eso. No tiene nada que ver una cosa con la otra. El metal no es sinónimo de nada.”

De hecho, en este tipo de música hay una libertad irrestricta en lo que se quiera producir. Cualquier tipo de subgénero musical tiene cabida en el metal y no hay límites de creación de música. Metal Flamenco, Metal Sinfónico, Metal Pornográfico, son variables interminables para una extensa creación.

-¿Cuántos metaleros hay en El Salvador?, pregunto ya casi como colofón de la plática.

-No tengo idea. Pero te podes hacer una idea con saber que para cuando vino Angra (banda brasileña de Power Progressive Metal de renombre) a la Feria Internacional había cinco mil personas. Igual fue para Helloween (banda alemana de Heavy Metal con casi 30 años de trayectoria).

-Igual hay gente que no va a los toques. Prefieren solo escuchar la música o que solo van a los conciertos más pesados. No van tanto a ver a los clásicos del metal. Es difícil decir la cantidad exacta.

Sin lugar a dudas, hablar del metal es una experiencia que no puede reflejarse a ciencia cierta en las palabras de un inexperto. Queda claro que es un movimiento que no puede encasillarse bajo ningún término, pero que el osado que quiera ensayar una definición debe contemplar esa infinidad de posibilidades.

No me atrevería a pensar que se trata de jóvenes revoltosos que quieren probar el lado oscuro de la vida y que no tienen ocupación para esquivar las horas. Se trata de una necesidad de escudriñar emociones y mensajes que no vienen normalmente en lo que hacemos o decimos. La cultura del metal ha hecho que bandas que nunca han aparecido en la radio o en la televisión vendan al rededor del mundo millones de copias y sean reconocidos únicamente en los barrios, de mano en mano.

El metal salvadoreño seguirá su curso. Y muestra de ello es la capacidad de organización que ha tenido la escena metalera nacional. Festivales como El Salvador Metal Fest es organizado por Rockers Club, una asociación de amantes del Metal con gran trayectoria. La gran relevancia de este evento radica, por ejemplo, en que para escoger las bandas que se presentarán cada año existe una votación a nivel nacional que se lleva a cabo a través de diferentes sedes de la entidad. Eso, a parte de la cantidad de bandas nuevas que aunque no es estratosférica, se mantiene año con año. Dos o tres bandas que se han dado a conocer a lo largo de un año en diferentes espacios y que han sido capaces de llegar a los oidos y súplicas de un público exigente, es un paso seguro para el espíritu metal.

El hecho que Rolando me diga que el metal es “difícil” o que Julio diga que “es alienante”. Es una muestra clara de lo complejo que puede ser el fenómeno. El metal es un espacio que sacia corazones, como dice la canción de Manowar. Es un lugar donde no hay señores ni jefes y donde se está dispuesto a morir. ¿Cuál es el vacío que viene a llenar el metal? ¿O es que estamos ante la gesta de un nuevo territorio o una nuevo tipo de soberanía?.

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