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La izquierda ante el espejo
Los
republicanos se sentaban al lado izquierdo de la Asamblea francesa;
los monárquicos, a la derecha. Así comenzó
la utilización de los términos “izquierda”
y “derecha” para definir a progresistas y conservadores.
En la Francia revolucionaria, del centro hacia los extremos, y
en especial hacia la izquierda, la política hizo extraños
compañeros de guillotina.
Lunes 23 de julio, 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Con la ejecución de los reyes y el casi irrestricto
apoyo popular; habiendo eliminado incluso a los enemigos menos peligrosos
durante el Terror, con Danton como fiscal, juez y voz de un pueblo
exacerbado; con el triunfo, en fin, en las manos, la izquierda vio
hacia sí misma y encontró diferencias a veces sutiles
que le parecieron insoportables, y del razonamiento pasó
a la cuchilla.
Comenzó con los que especulaban con las necesidades del pueblo,
y se siguió con el pueblo. Había hambre, como era
de esperarse en un proceso tan convulsivo. El hambre provocó
peticiones, que fueron convirtiéndose en protestas. Muchos
sans–culottes fueron sumariamente declarados enemigos de la
Revolución –es decir del pueblo al que pertenecían–
y guillotinados.
Después de que Charlotte Corday asesinara a Marat, el vínculo
más fuerte de los revolucionarios con el pueblo, las cosas
se pusieron aún peores entre jacobinos y girondinos. Las
ejecuciones se multiplicaron, y las cabezas que rodaban eran las
de los antiguos compañeros de lucha.
Robespierre “El Incorruptible”, eje de la burocracia
revolucionaria, autor –entre otros– de la Declaración
de los Derechos del Hombre, se anotó un dudoso tanto con
la ejecución de Danton, otro gran líder popular –a
pesar de su origen burgués–, el 5 de abril de 1794.
No duró la victoria: el 28 de julio Robespierre fue a su
vez ejecutado por los reaccionarios con 21 de sus compañeros,
como Saint Just y Georges Couthon. Sus cabezas fueron colocadas
en plaza pública.
Lo interesante es que Saint Just, ante los ataques reaccionarios,
se negó ¬a organizar a las fuerzas populares para presentar
resistencia, y Couthon fue el creador de una ley según la
cual un acusado por un tribunal revolucionario no tenía derecho
a defensa ni a testigos.
El fin del “sueño revolucionario” fue el golpe
de Barras de 1797 contra el Directorio, luego el golpe del 18 brumario
(9 de noviembre) en 1799 y, al terminar la campaña de Napoleón
Bonaparte en Egipto, la proclamación, en 1804, ya no de un
reinado, sino de todo un imperio.
Las revoluciones triunfantes desde entonces han establecido fechas
clave a partir de las cuales las cosas serán diferentes para
siempre y para todos: 25 de octubre de 1917 (7 de noviembre según
el calendario juliano) para la soviética, 1 de enero de 1959
para la cubana, 19 de julio de 1979 para la desaparecida sandinista.
Los franceses fueron tan radicales que nadie siguió su ejemplo:
cambiaron los nombres de los días y los meses, y empezaron
a contar desde el 22 de septiembre de 1792 (1 Vendimia del año
I). El mundo, la vida, la comprensión de las cosas, recomenzaban,
y aprender la nueva nomenclatura significaba aprender que la libertad,
la igualdad y la fraternidad tenían un lugar en el mundo.
¿La moraleja es que cualquier revolución está
destinada al fracaso, y que sólo triunfan los regímenes
conservadores? No necesariamente. Además del “factor
humano”, que hace que la gente en el poder se comporte de
manera particular –el poder tiene una lógica que no
se puede obviar–, hay varias ideas que deberían tomarse
en cuenta.
Por ejemplo, que la revolución, como un movimiento transformador,
es sólo un medio para cambiar cierto estado de cosas; con
su institucionalización (y, así suene contradictorio,
una revolución siempre se institucionaliza), los objetivos
cambian hacia la búsqueda del bienestar común. Muchos
países con regímenes de izquierda dedicaron parte
de sus esfuerzos a este fin, pero no fue su prioridad: continuaron
peleando contra enemigos reales, luego contra imaginarios, luego
contra sí mismos, en busca de una pureza de ideas que sustentara
el nuevo orden.
El simple pensamiento sutil fue considerado casi una traición,
y tratado en consecuencia, innecesaria e inútilmente. Porque
institucionalizar una revolución significa generar una nueva
forma de poder, y tarde o temprano hará falta un nuevo movimiento
antagónico para que la historia siga su marcha.
Quizá el punto está en saber cómo, dónde
y cuándo detenerse y afrontar nuevas etapas, y son estas
etapas las que la izquierda más cercana en el tiempo –aun
teniendo a Lenin, el mago de los virajes políticos, como
maestro– no ha sido capaz de detectar.
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