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Simpatía por el diablo
Mi alejamiento del Ejército Revolucionario del Pueblo coincidió con el acercamiento de esa organización al régimen cubano, mismo al que el ERP había definido antes como “totalitario y represivo”. Joaquín Villalobos y Fidel Castro no se tenían confianza en realidad, pero Villalobos, en guerra, urgía de las armas que sólo Castro podía administrarle, y Castro requería que un líder eficiente como Villalobos se convirtiera en su operador político y militar en la región.
Lunes 23 de julio,
2007
Geovani Galeas
geovanigaleas@hotmail.com
Para irritación de mis ex compañeros, yo seguí sosteniendo que Fidel Castro era un tirano y Cuba una dictadura. Ninguna simpatía me producía un régimen de partido único que niega las libertades civiles más elementales: de prensa, de reunión, de movilización y que, en suma, coloca en la categoría de delincuentes a los disidente políticos, entre los cuales se cuentan muchos de los artistas e intelectuales más importantes que esa isla a dado al mundo.
Pero en los años ochenta la crítica a Cuba equivalía a la blasfemia religiosa, y el crítico, más que un hereje, pasaba a convertirse en “despreciable carroña reaccionaria y proimperialista”. De lado de Cuba estaba el coro de los llamados intelectuales progresistas: José Saramago y Eduardo Galeano entre los más notorios y entusiastas. No comparto la idea de que sólo la imbecilidad produce la admiración por el tirano. Martin Heidegguer, considerado por muchos como la mente filosófica más lúcida del siglo veinte, admiraba a Hitler hasta el punto de haberse sumado a las hordas nazis.
El 14 de abril del año 2003, sin embargo, luego del fusilamiento de tres disidentes cubanos, José Saramago conmocionó al mundillo intelectual progresista con una carta abierta a Fidel Castro: “Cuba no ha ganado ninguna heroica batalla fusilando a esos tres hombres, pero sí ha perdido mi confianza, ha dañado mis esperanzas, ha defraudado mis ilusiones. Hasta aquí he llegado” .
Cuatro días después le seguía Eduardo Galeano en un artículo publicado en la revista Marcha, en el que señalaba como una traición al socialismo “el desastre de los países comunistas convertidos en estados policiales”. y precisaba: “Son visibles, en Cuba, los signos de decadencia de un modelo de poder centralizado, que convierte en mérito revolucionario la obediencia a las órdenes que bajan desde las cumbres”.
Pero esos fusilamientos no fueron los primeros ni los más brutales actos represivos perpetrados a lo largo de la dictadura castrista. Eran el efecto reiterado de una causa de fondo, tardíamente reconocida por esos dos intelectuales emblemáticos del aplauso al tirano: ausencia de libertad, represión del derecho a la disidencia, que precisamente Saramago expresa de manera inmejorable en su manifiesto: “Disentir es un acto irrenunciable de conciencia”.
No es una carroña reaccionaria y proimperilista quien escribió lo siguiente: "La libertad sólo para los partidarios del gobierno, sólo para los miembros de un partido, por numerosos que ellos sean, no es libertad. La libertad es siempre libertad para el que piensa diferente (…) Sin elecciones generales, sin una libertad de prensa y una libertad de reunión ilimitadas, sin una lucha de opiniones libres, la vida vegeta y se marchita en todas las instituciones públicas, y la burocracia llega a ser el único elemento activo". Fue Rosa Luxemburgo, heroína y mártir de la lucha revolucionaria.
¿Simpatía por Fidel Castro o por su émulo caricatural Hugo Chávez? Por mi parte absolutamente ninguna. No es coherente luchar aquí por la conquista y la consolidación de las libertades democráticas, pero aplaudir al mismo tiempo a un dictador que en su país reprime esas mismas libertades. La izquierda salvadoreña está presa de esa contradicción, y difícilmente será una fuerza política elegible mientras no la resuelva.
Tuve la oportunidad de cenar con don José Saramago, premio Nobel de literatura, junto a otros escritores salvadoreños, algún tiempo después de su distanciamiento de Cuba. Conversamos mucho e intensamente sobre ese punto. Él, para mi desconcierto, había hecho las paces con el régimen cubano, y aunque me pareció y me sigue pareciendo un escritor genial y hombre honesto consigo mismo y con los demás, lo sentí vago y hasta un poco evasivo en sus argumentaciones nuevamente pro cubanas.
“La izquierda”, me dijo, “es la única opción decente para un hombre decente en nuestro tiempo”. La frase era linda y sincera, sin duda, pero había una tristeza inocultable en el tono y en su mirada, un algo que le restaba seguridad y capacidad persuasiva.
Me quedé pensando que don José no creía, pero quería desesperadamente creer en lo que decía. Quizá tuve razón en mi intuición: hace un par de semanas, don José declaró en Colombia, al diario El Tiempo, lo siguiente: “No veo nada más estúpido que la izquierda. Sufre de una especie de tentación maligna. Unos enfrentados a otros, por grupos, por partidos, por opciones… Viven en medio de confusión porque están conscientes de que el poder se les escapó. Hay una tentación autoritaria en muchos. De los ideales no queda nada”.
Me hubiera gustado oir su tono y ver sus ojos en el momento en que decía eso.
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