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Pequeño socialismo del Siglo XXI
En algún momento de los tiempos
inmemorables el primer hombre habrá tenido que pensársela
dos veces, si dar o no el paso hacia delante, viendo la manzana
madura a pocos metros; una manada de fieras se interponía
entre él y el fruto jugoso. Al llegar al fruto, luego de
sortear el peligro de muerte, se dio cuenta de que había
otros que al igual que él habían hecho lo mismo
para llegar a aquella manzana; entonces había que matar
a alguien o morir de hambre.
Lunes 23 de julio 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Abandonar la caverna y surcar los montes repletos
de peligros es lo que llevó al hombre hasta la rueda, los
cristales, la levita, a esa pequeña pieza donde se mueven
nuestras pasiones: el chip.
En ese peregrinar incesante la humanidad ha peleado entre sus sueños
y los hechos concretos. Aquel incipiente cristianismo que derrumbó
una forma de esclavitud se convirtió en la religión
más poderosa de todos los tiempos.
La revolución francesa derrumbó las formas absolutistas
del poder y aniquiló de tajo la presencia de la monarquía
en las decisiones de gobierno; ahí nació la república
y sus libertades; en su seno los excesos y el crimen se justificaron.
En el corazón palpitante de Inglaterra se gestó la
revolución industrial y de ahí nació el sistema
político y económico más dinámico y
contradictorio de todos los tiempos. Ahí, donde los niños
trabajan más de catorce horas y mueren de hambre y frío,
toma vida la teoría del socialismo, una de las visiones del
hombre más difusas y enervantes; más exquisitas para
el debate intelectual.
Hoy día se plantea, en algunas corrientes de pensamiento,
que los fallos suscitados en el modelo del llamado Socialismo Real
implementado por la desaparecida Unión Soviética,
se deben a la presencia de las personas inadecuadas en la aplicación
de una buena teoría.
Sus más recalcitrantes detractores acusan al socialismo de
ser la peor de las plagas y la idea más absurda e ineficaz
para sacar al ser humano de sus pobrezas; es el mismo cúmulo
de acusaciones para el capitalismo, que es idóneo para generar
riqueza e incapaz para terminar con la extrema pobreza.
El mundo está lleno de pobres y marginados, como de pecadores;
unos tendrán la promesa de un mundo mejor y los otros la
del paraíso. Arriba de ellos se pavonearán los obispos
de gruesos dedos y anillos costosos.
El fabuloso poder de las ideas socialistas radica
en que su proyección induce a una presencia futura. La mayor
defensa que se puede hacer del socialismo es que aún no le
hemos conocido en su esencia; la mayor acusación es decir
que no hay más socialismo que aquél que fracasó
y demostró ser ineficaz.
Algunas reflexiones plantean que el socialismo como teoría
es extraordinario; sus categorías, su apreciación
del orden, su amplio espectro de la vida colectiva, su visión
humanista; ¿pero entonces por qué falló?: porque
hay algo que las teorías políticas todavía
no resuelven, la comprensión de la condición humana,
la única criatura que puede llevar a cabo semejantes planes.
Los creyentes, los feligreses, los idealistas, están en todas
partes, en la religión y en la política; muchos de
ellos ambicionan con honestidad su paraíso; al mismo tiempo
otros, que suelen ser las elites, saben bien que el paraíso
puede ser sólo un instrumento de sus perversas ambiciones.
En todo caso es una relación sumamente dialéctica,
por tanto necesaria.
Las contradicciones del paraíso y el socialismo, son precisamente
las mismas que se observan en las libertades republicanas: la desigualdad
inherente a la vida humana es el cauce dentro del cual se mueven
los gustos y disgustos; todo depende de lo que tengas en tus manos
y en tu estómago.
Es imposible no soñar, es lo único que al hombre no
se le puede quitar, aunque algunos prefieran términos como
la evasión y otros consideren a ambos como arcaicos.
En ese mar, la revolución sandinista fue un acontecimiento
único en su especie. En ese barco rodeado de tempestades
cayó una de las dictaduras más criminales y marginadoras
de un continente; los jóvenes lloraron cantando su himno,
la flor de la juventud tuvo una luna de miel, inevitablemente pasajera.
Las promesas de la revolución comenzaron a tropezar con las
piedras propias y las de los que lucharon por destruir su propuesta.
La mayor bofetada no ha sido el ataque norteamericano, ha venido
de sus propios hijos, la que duele condenar.
Las letras, la música, la educación en general, fueron
las ganadoras de ese proceso.
La Nicaragua de hoy es mucho más pobre que El Salvador, pero
no vive los niveles de nuestra criminalidad y violencia; es muy
difícil decir por qué; pero puedo al menos contar
que me he maravillado al conversar con un vendedor de repollos del
mercado de Masaya que ha leído a Rubén Darío,
Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez y a otros escritores de
su tierra y que sabe quién fue Augusto Cesar Sandino.
Aquella revolución no fue socialista, pero derrumbó
una dictadura; no fue una dictadura del proletariado, pero sí
un poder; no destruyó a los burgueses, pero afectó
drásticamente las formas de administrar el gobierno y el
poder económico.
Creo que la postura que hoy se toma, a favor o en contra, del llamado
“Socialismo del siglo XXI”, debe ir más allá
de la corta vista de quienes se empeñan en colocar el debate
en el río de los gobiernos de izquierda que hoy pululan en
gran parte de América Latina.
El “Socialismo del siglo XXI”, por su condición
sustancialmente política, es tan pequeño en el tiempo
como su nombre mismo, se irá cuando caigan los gobiernos
que lo enarbolan, en todo caso con el siglo al que alude; en cambio,
el socialismo como sistema filosófico y como expresión
de la economía política, tiene un horizonte mayor
por explorar; seguirá dando punzadas en el corazón
y la mente de los hombres inquietos de hoy y de los siglos venideros,
de la misma manera que su antípoda, el capitalismo.
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