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Ricardo Lindo

Ricardo Lindo, un sabio entre nosotros

 


Encorvado y frágil, ya nevado el cabello y la barba, casi siempre sonriente y de maneras dulces, Ricardo Lindo baja a pie por la empinada calle del Mirador de la colonia Escalón, y toma un bus en el redondel del Luceiro.

Es amigo del motorista y del cobrador, del niño que sube a pedir unas monedas, y animadamente conversa con ellos sobre algún tema sencillo. Al bajar en el centro de la ciudad, un auto de lujo se detiene a su lado y el conductor pugna por llevarlo a su destino. El se disculpa y sigue a pie, contento de perderse entre la multitud.


Lunes 23 de julio de 2007
Geovani Galeas
ggaleas@centroamerica21.com

 

Caballito en Troya de Ricardo Lindo.

En el café o el bar rehuye la mesa importante de los fatuos encumbrados y departe con los parroquianos jóvenes y bullangueros, como uno más entre ellos.

Se le reputa de intelectual. Pero eso es cierto sólo en parte. Si la sabiduría es una categoría que comienza siendo intelectual y termina siendo espiritual y moral, si la erudición y la inteligencia son necesarias pero no suficientes para alcanzarla, si más que un conocimiento es una facultad que se traduce en armonía con la naturaleza y generosidad hacia el prójimo, él es un sabio.

Nunca he sabido que tenga un enemigo. Cierto que algunos funcionarios de cultura lo marginan, quizá porque él no intriga ni tiene ni busca poder, como ellos. El tiene sus poemas, sus cuentos, sus novelas, su obra, en fin, que es luminosa y permanente. Los funcionarios pasan sin pena ni gloria cada vez que cambia el gobierno y son, en suma, irrelevantes.

Este hombre me honra con su amistad desde hace muchos años. Es mi maestro y ha escrito muchas de las más altas páginas que me ha sido dado leer.

Antes de conocerlo, yo había leído sus libros, y dos de sus obras se habían instalado ya para siempre en mi memoria: un cuento brevísimo y genial que aparece en las antologías de la narrativa hispanoamericana: “La ciudad y un fósforo”, y un poema, “¿Y el mar, señor Simón?”, en el que, luego de hablar de todos los mares, pregunta por aquel mar, más verdadero y entrañable, poblado de piratas, bergantines, tesoros, sirenas y endriagos espantables… Ese mar que era apenas una raya de tiza en la pizarra escolar, mediante la cual el maestro, señor Simón, le contaba el mar y sus misterios al niño que fue y que sigue siendo don Ricardo Lindo.

El venía de Europa y ya era un escritor reconocido; yo era un adolescente que venía de un pequeño pueblo del interior del país. Me acerqué, tímido, al poeta y cuentista cuyas páginas me habían deslumbrado, y descubrí ahí mismo a un ser humano generoso y bueno como un vaso de agua.

Cuando la guerra nos dividió a los salvadoreños, él no sucumbió a los llamados del odio de ninguna de las facciones. Y aunque apesadumbrado por la matanza, siguió edificando su canto y prodigando sus muchos y vastos saberes entre los jóvenes.

Sabíamos que conocía varios idiomas y literaturas y que había viajado mucho por el mundo. Nos invitaba a su casa, nos prestaba libros de altísimos poetas desconocidos para nosotros, y nos convidaba amablemente de su vino y de sus vastos conocimientos de la historia del arte.

Varios de nosotros nos perdíamos por las oscuras esquinas de la subversión y por las sórdidas páginas panfletarias de Mario Benedetti; él nos reconvenía con bondad y nos enseñaba a leer la poesía de Saint John-Perse, Vladislas Milosz, Salvador Spriu o Mallarme. Nada nos dijo, para no ufanarse, de su trato personal con Sartre, Neruda, Asturias, o grandes maestros del teatro mundial como Marcel Marceau o Jean Louis Barrault. Eso lo supimos por otros.

Los que se burlaron de su amor por una literatura que no reflejaba una realidad tan concreta como la pared de enfrente, siguen extraviados aún en las neblinas del panfleto o del libelo.

Es difícil reconocer el genio de nuestros contemporáneos. Alvaro Menéndez Leal tuvo que morirse para que los funcionarios supieran quién era y colocaran sobre su cadáver una medallita. Ricardo Lindo está aún entre nosotros. Tenemos ese privilegio.

En días recientes he releído “El Canto aun cantado”, la última novela que don Ricardo Lindo ha publicado: una experiencia impagable.

Una sola ola por el mundo, una sola ola desde Troya: la cadera de Elena, dice el poeta Saint John-Perse, al referirse a la continuidad de la belleza. Al concluir la novela en cuestión, puedo decir que he escuchado la voz misma de Salomón, el rey sabio que era además músico y poeta y compuso para los siglos el Cantar de los Cantares.

Esta novela es ciertamente una estrofa más de ese canto incesante, acaso porque su autor sea un descendiente o una reencarnación de aquel rey que prefería tañer el salterio a empuñar el cetro, y componer himnos a dictar decretos.

El mismo Ricardo Lindo sugiere esa posibilidad en su obra. Y a juzgar por la tesitura impecable, la transparente profundidad de sus páginas y la remota sangre hebrea que en sus venas se mezcla con la sangre ancestral del Mayab prehispánico, ¿qué tendría de extraño?

Hay novelas que reclaman la fijeza de nuestra atención y el armado de su intriga no deja que abandonemos su lectura hasta agotar la aguijoneada curiosidad en la última página. Tal es el caso de las obras de Dumas o de Balzac o, aquí entre nosotros, de las novelas de Waldo Chávez Velazco, Horacio Castellanos Moya y Rafael Menjívar Ochoa.

Pinturas de Ricardo Lindo

Hay otras que se leen con placer moroso y sedimentado regusto. La efectividad de estas últimas no está en las peripecias argumentales sino en la cadencia y la densidad poética del lenguaje, en la hondura de su viaje a las regiones más atroces y más sublimes de la condición humana. Tal es el caso de la obra de Proust o de Lezama Lima, y aquí entre nosotros de Salarrué, Carlos Castro y Ricardo Lindo.

Se dice que en su máxima posibilidad de realización todas las artes propenden a la música. No es una casualidad que haya sido precisamente un gran músico, German Cáceres, el primero y más certero crítico de “El Canto aún cantado”. Esta es, en efecto, la más evidente virtud de la obra: la clara musicalidad de su prosa.

Pero hay mucho más. Esta obra narra las lejanas vicisitudes de un antiguo rey y su entorno, pero al mismo tiempo, en virtud del poder de la metáfora, también nos remite a nuestro aquí y nuestro ahora: altos ideales y realidades precarias, violencia, debilidad de la carne, insensatez y sabiduría entremezcladas, seducción del poder, redención por el arte, traiciones, heroísmos y simple humanidad que, al final de sus afanes, reconoce como en todo tiempo y lugar que todo es vanidad de vanidades.

Lo que vuelve excepcional la mirada artística de Ricardo es su universalidad formal y temática, pero, sobre todo, la comprensión ecuánime de la gesta humana. Salomón mata, guerrea, traiciona, fornica, enloquece, busca a Dios y se encuentra con el diablo, tiene poder pero es, en suma, como usted y como yo, un hombre que apenas puede con su conciencia: la instancia última de todo argumento novelístico o filosófico o, en fin, humano.

Todo eso es don Ricardo Lindo.

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