Encorvado y frágil, ya nevado el
cabello y la barba, casi siempre sonriente y de maneras dulces,
Ricardo Lindo baja a pie por la empinada calle del Mirador de
la colonia Escalón, y toma un bus en el redondel del Luceiro.
Es amigo del motorista y del cobrador, del niño que sube
a pedir unas monedas, y animadamente conversa con ellos sobre
algún tema sencillo. Al bajar en el centro de la ciudad,
un auto de lujo se detiene a su lado y el conductor pugna por
llevarlo a su destino. El se disculpa y sigue a pie, contento
de perderse entre la multitud.
En el café o el bar rehuye
la mesa importante de los fatuos encumbrados y departe con los
parroquianos jóvenes y bullangueros, como uno más
entre ellos.
Se le reputa de intelectual. Pero eso es cierto sólo en
parte. Si la sabiduría es una categoría que comienza
siendo intelectual y termina siendo espiritual y moral, si la
erudición y la inteligencia son necesarias pero no suficientes
para alcanzarla, si más que un conocimiento es una facultad
que se traduce en armonía con la naturaleza y generosidad
hacia el prójimo, él es un sabio.
Nunca he sabido que tenga un enemigo. Cierto que algunos funcionarios
de cultura lo marginan, quizá porque él no intriga
ni tiene ni busca poder, como ellos. El tiene sus poemas, sus
cuentos, sus novelas, su obra, en fin, que es luminosa y permanente.
Los funcionarios pasan sin pena ni gloria cada vez que cambia
el gobierno y son, en suma, irrelevantes.
Este hombre me honra con su amistad desde hace muchos años.
Es mi maestro y ha escrito muchas de las más altas páginas
que me ha sido dado leer.
Antes de conocerlo, yo había leído sus libros, y
dos de sus obras se habían instalado ya para siempre en
mi memoria: un cuento brevísimo y genial que aparece en
las antologías de la narrativa hispanoamericana: “La
ciudad y un fósforo”, y un poema, “¿Y
el mar, señor Simón?”, en el que, luego de
hablar de todos los mares, pregunta por aquel mar, más
verdadero y entrañable, poblado de piratas, bergantines,
tesoros, sirenas y endriagos espantables… Ese mar que era
apenas una raya de tiza en la pizarra escolar, mediante la cual
el maestro, señor Simón, le contaba el mar y sus
misterios al niño que fue y que sigue siendo don Ricardo
Lindo.
El venía de Europa y ya era un escritor reconocido; yo
era un adolescente que venía de un pequeño pueblo
del interior del país. Me acerqué, tímido,
al poeta y cuentista cuyas páginas me habían deslumbrado,
y descubrí ahí mismo a un ser humano generoso y
bueno como un vaso de agua.
Cuando la guerra nos dividió a los salvadoreños,
él no sucumbió a los llamados del odio de ninguna
de las facciones. Y aunque apesadumbrado por la matanza, siguió
edificando su canto y prodigando sus muchos y vastos saberes entre
los jóvenes.
Sabíamos que conocía varios idiomas y literaturas
y que había viajado mucho por el mundo. Nos invitaba a
su casa, nos prestaba libros de altísimos poetas desconocidos
para nosotros, y nos convidaba amablemente de su vino y de sus
vastos conocimientos de la historia del arte.
Varios de nosotros nos perdíamos por las oscuras esquinas
de la subversión y por las sórdidas páginas
panfletarias de Mario Benedetti; él nos reconvenía
con bondad y nos enseñaba a leer la poesía de Saint
John-Perse, Vladislas Milosz, Salvador Spriu o Mallarme. Nada
nos dijo, para no ufanarse, de su trato personal con Sartre, Neruda,
Asturias, o grandes maestros del teatro mundial como Marcel Marceau
o Jean Louis Barrault. Eso lo supimos por otros.
Los que se burlaron de su amor por una literatura que no reflejaba
una realidad tan concreta como la pared de enfrente, siguen extraviados
aún en las neblinas del panfleto o del libelo.
Es difícil reconocer el genio de nuestros contemporáneos.
Alvaro Menéndez Leal tuvo que morirse para que los funcionarios
supieran quién era y colocaran sobre su cadáver
una medallita. Ricardo Lindo está aún entre nosotros.
Tenemos ese privilegio.
En días recientes he releído “El Canto aun
cantado”, la última novela que don Ricardo Lindo
ha publicado: una experiencia impagable.
Una sola ola por el mundo, una sola ola desde Troya: la cadera
de Elena, dice el poeta Saint John-Perse, al referirse a la continuidad
de la belleza. Al concluir la novela en cuestión, puedo
decir que he escuchado la voz misma de Salomón, el rey
sabio que era además músico y poeta y compuso para
los siglos el Cantar de los Cantares.
Esta novela es ciertamente una estrofa más de ese canto
incesante, acaso porque su autor sea un descendiente o una reencarnación
de aquel rey que prefería tañer el salterio a empuñar
el cetro, y componer himnos a dictar decretos.
El mismo Ricardo Lindo sugiere esa posibilidad en su obra. Y a
juzgar por la tesitura impecable, la transparente profundidad
de sus páginas y la remota sangre hebrea que en sus venas
se mezcla con la sangre ancestral del Mayab prehispánico,
¿qué tendría de extraño?
Hay novelas que reclaman la fijeza de nuestra atención
y el armado de su intriga no deja que abandonemos su lectura hasta
agotar la aguijoneada curiosidad en la última página.
Tal es el caso de las obras de Dumas o de Balzac o, aquí
entre nosotros, de las novelas de Waldo Chávez Velazco,
Horacio Castellanos Moya y Rafael Menjívar Ochoa.
Pinturas de Ricardo Lindo
Hay otras que se leen con placer moroso y sedimentado regusto.
La efectividad de estas últimas no está en las peripecias
argumentales sino en la cadencia y la densidad poética
del lenguaje, en la hondura de su viaje a las regiones más
atroces y más sublimes de la condición humana. Tal
es el caso de la obra de Proust o de Lezama Lima, y aquí
entre nosotros de Salarrué, Carlos Castro y Ricardo Lindo.
Se dice que en su máxima posibilidad de realización
todas las artes propenden a la música. No es una casualidad
que haya sido precisamente un gran músico, German Cáceres,
el primero y más certero crítico de “El Canto
aún cantado”. Esta es, en efecto, la más evidente
virtud de la obra: la clara musicalidad de su prosa.
Pero hay mucho más. Esta obra narra las lejanas vicisitudes
de un antiguo rey y su entorno, pero al mismo tiempo, en virtud
del poder de la metáfora, también nos remite a nuestro
aquí y nuestro ahora: altos ideales y realidades precarias,
violencia, debilidad de la carne, insensatez y sabiduría
entremezcladas, seducción del poder, redención por
el arte, traiciones, heroísmos y simple humanidad que,
al final de sus afanes, reconoce como en todo tiempo y lugar que
todo es vanidad de vanidades.
Lo que vuelve excepcional la mirada artística de Ricardo
es su universalidad formal y temática, pero, sobre todo,
la comprensión ecuánime de la gesta humana. Salomón
mata, guerrea, traiciona, fornica, enloquece, busca a Dios y se
encuentra con el diablo, tiene poder pero es, en suma, como usted
y como yo, un hombre que apenas puede con su conciencia: la instancia
última de todo argumento novelístico o filosófico
o, en fin, humano.