A comienzos de los años sesenta
él y José María Méndez llegaban a
casa de Hugo Lindo, en Santa Tecla, a leer los libros de cuentos
que estaban escribiendo para participar en el Premio Nacional
de Cultura.
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Soy hijo de Hugo Lindo, de modo que
esa casa era también la mía, y con mi madre y mis
hermanos asistíamos a esas lecturas. A nosotros nos tocaba
actuar de “secretarios alcohólicos” como decía
mi padre, pues esas sesiones solían acompañarse
de un bondadoso líquido escocés.
Los tres escritores eran muy ingeniosos, de modo que ahí
la risa era continua.
El tono de Chema era el de un autor costumbrista, de elegante
castellano, con un humor a ratos un tanto grueso. El de Álvaro
era un humor poético, refinado y ligero, pues también
era humor, vertido en cuentos muy breves en los cuales era sensible
la huella de Franz Kafka y Jorge Luis Borges. Su ejemplo me indujo
a mi vez a expresarme en cuentos breves.
Álvaro y Chema ganaron un segundo premio compartido en
el año 1962.
La decepción de Álvaro fue grande. Estaba seguro
de obtener el primer premio para él solo y creo que realmente
lo merecía. Y el dinero que pensaba ganar ya se lo había
gastado...
Un controversial prólogo de Borges
Su libro era Cuentos Breves y Maravillosos y tiene un falso prólogo
de Borges, muy elogioso. Lo había hecho recortando frases
del escritor argentino y arreglándolas como comentarios
a sus cuentos.
Salarrué, quien fue uno de los jurados, me dijo después:
“Creyó que el prólogo de Borges nos iba a
impresionar, pero no fue así”. Sólo entonces
entendí que lo que había hecho Álvaro no
era muy ético.
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No hice partícipe a Salarrué
de lo que sabía. Más tarde defendió Álvaro
su prólogo diciendo que era el primero de los cuentos del
volumen.
El asunto llegó más lejos. Trabajaba en la Dirección
de Publicaciones (hoy DPI.) el crítico guatemalteco Alfonso
Orantes, quien acusó de plagio a nuestro autor. De hecho
había tomado de la antología cuasi homónima
de Borges, Cuentos Breves y Extraordinarios, dos cuentos chinos
y los había maquillado presentándolos como propios.
Jorge Luis Borges era aun un autor de minorías, no llegaba
al gran público e incluso entre los intelectuales era poco
conocido en nuestro medio. Creo que eso sirvió para darlo
a conocer.
Se armó polémica en los periódicos. Álvaro
defendió airadamente su derecho a plagiar en diversos artículos.
Recordó que el concepto de originalidad que manejamos es
reciente, que no tenía obstáculos Shakespeare en
servirse de fábulas que le precedieron. Recordó
al poeta romano Virgilio, cuando, acusado de haber plagiado a
un poeta poco conocido, llamado Ennio, dijo: “Yo he tomado
perlas de la mierda de Ennio”.
Creo que esas páginas de Álvaro debieran rescatarse,
que figuran entre lo mejor de su literatura.
Quisieron que Borges se pronunciara. No lo hizo. Salarrué
hizo un artículo justificando al joven cuentista. A fin
de cuentas se había contado entre quienes lo premiaron.
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Varias veces después fue acusado
de tomar páginas ajenas. Alguien le mostraba ingenuamente
un trabajo y después lo encontraba publicado con mejor
estilo, pero firmado por él. Pero, realmente, lo que tomaba
entraba con naturalidad en la cristalina esfera de su expresión.
Un round de boxeo y una petición de mano
Creo que él se creía con derecho a hacer lo que
hacía. Estimaba ser un genio, como dije, y abundaba en
desplantes a lo Salvador Dalí. Un genio tiene, pensaba,
tiene derecho a hacer lo que se le de la gana.
Una vez retó a un “match” de boxeo al presidente
de la república, que era Molina, si mal no recuerdo. Instaló
un cuadrilátero en público donde él estuvo
solo dando puñetazos al aire. El presidente “no se
atrevió” a aceptar su reto.
Se casó un número relativamente considerable veces.
Una de sus novias fue la entonces adolescente Claudia Herodier,
poeta, hija de la actriz Julia Herodier que era esposa del director
de teatro Edmundo Barbero. Menéndez Leal se acercaba a
los cuarenta y llegó muy elegante a pedir la mano de la
joven. Julita lloraba incesantemente y Claudia espiaba tras la
puerta mientras su padre adoptivo, don Edmundo, recibía
al novio con la cara larga. El rechazo fue terminante. El resto
de la tarde, animadamente, don Edmundo y Álvaro se quedaron
hablando de teatro.
Una vez envió una carta a
mi padre donde terminaba enviándole “una afectuosa
pedrada”.
Un teatro que nunca se llamará Alvaro
Cuentista, poeta y dramaturgo, Álvaro dejó a pesar
de todo una obra verdaderamente apreciable. Nació en Santa
Ana el 13 de marzo de 1932 y falleció en San Salvador el
6 de abril de 2000.
En la exposición póstuma de Borges que circuló
por Europa, figuraron los Cuentos Breves y Maravillosos de nuestro
autor. Tardíamente leyó el libro Borges y sintió
que hubiera merecido que el prólogo fuera verdadero.
Perteneció Álvaro a
la llamada Generación Comprometida junto con Manlio Argueta,
Roque Dalton, Roberto Armijo y otros.
Viajó por muchas tierras. Fue profesor de literatura latinoamericana
en Francia y director de los teatros nacionales de El Salvador.
Publicada por vez primera en 1964, su obra teatral LUZ NEGRA se
ha montado en muchos países y en variados idioma
Próximo a presentarse ante el Juez supremo en el cual no
creía, exigió que pusieran su nombre al teatro nacional
de su nativa Santa Ana. Como no le hicieron caso, prohibió
que se lo pusieran tras su deceso.
Fue un gran conversador. Si Dante escribiera su Comedia ahora,
le dedicaría una página a una buena conversación
con él en alguna negra mansión del Purgatorio.
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Álvaro Menén Desleal,
en la memoria de Ricardo Lindo es el segundo relato de
una serie, que Centroamérica 21 empezó a
publicar desde la edición anterior.
En este espacio de la sección Cultura, la pluma
y la mirada de Ricardo Lindo, ofrece a nuestros
lectores retazos de la persona y la personalidad de escritores
y artistas que, junto a la lectura de sus obras nos acercan
al universo íntimo de cada uno de ellos, y de la
época en que vivieron.
Claudia Lars
“Esto fue de cuando estuve enamorada de…”
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