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Alvaro Menén Desleal
En la memoria de Ricardo Lindo:
Extravagante, divertido y perverso

 


Álvaro Menéndez Leal (o Menén Desleal como el dio más tarde en firmar) es uno de los seres más extravagantes, divertidos y perversos que me haya sido dado conocer. Se llamaba genio a sí mismo, y creo que no estaba muy lejos de la verdad.


Lunes 13 de agosto de 2007
Ricardo Lindo
redaccion@centroamerica21.com

 

A comienzos de los años sesenta él y José María Méndez llegaban a casa de Hugo Lindo, en Santa Tecla, a leer los libros de cuentos que estaban escribiendo para participar en el Premio Nacional de Cultura.

Soy hijo de Hugo Lindo, de modo que esa casa era también la mía, y con mi madre y mis hermanos asistíamos a esas lecturas. A nosotros nos tocaba actuar de “secretarios alcohólicos” como decía mi padre, pues esas sesiones solían acompañarse de un bondadoso líquido escocés.

Los tres escritores eran muy ingeniosos, de modo que ahí la risa era continua.

El tono de Chema era el de un autor costumbrista, de elegante castellano, con un humor a ratos un tanto grueso. El de Álvaro era un humor poético, refinado y ligero, pues también era humor, vertido en cuentos muy breves en los cuales era sensible la huella de Franz Kafka y Jorge Luis Borges. Su ejemplo me indujo a mi vez a expresarme en cuentos breves.

Álvaro y Chema ganaron un segundo premio compartido en el año 1962.
La decepción de Álvaro fue grande. Estaba seguro de obtener el primer premio para él solo y creo que realmente lo merecía. Y el dinero que pensaba ganar ya se lo había gastado...

Un controversial prólogo de Borges

Su libro era Cuentos Breves y Maravillosos y tiene un falso prólogo de Borges, muy elogioso. Lo había hecho recortando frases del escritor argentino y arreglándolas como comentarios a sus cuentos.
Salarrué, quien fue uno de los jurados, me dijo después: “Creyó que el prólogo de Borges nos iba a impresionar, pero no fue así”. Sólo entonces entendí que lo que había hecho Álvaro no era muy ético.

No hice partícipe a Salarrué de lo que sabía. Más tarde defendió Álvaro su prólogo diciendo que era el primero de los cuentos del volumen.

El asunto llegó más lejos. Trabajaba en la Dirección de Publicaciones (hoy DPI.) el crítico guatemalteco Alfonso Orantes, quien acusó de plagio a nuestro autor. De hecho había tomado de la antología cuasi homónima de Borges, Cuentos Breves y Extraordinarios, dos cuentos chinos y los había maquillado presentándolos como propios.

Jorge Luis Borges era aun un autor de minorías, no llegaba al gran público e incluso entre los intelectuales era poco conocido en nuestro medio. Creo que eso sirvió para darlo a conocer.
Se armó polémica en los periódicos. Álvaro defendió airadamente su derecho a plagiar en diversos artículos. Recordó que el concepto de originalidad que manejamos es reciente, que no tenía obstáculos Shakespeare en servirse de fábulas que le precedieron. Recordó al poeta romano Virgilio, cuando, acusado de haber plagiado a un poeta poco conocido, llamado Ennio, dijo: “Yo he tomado perlas de la mierda de Ennio”.

Creo que esas páginas de Álvaro debieran rescatarse, que figuran entre lo mejor de su literatura.
Quisieron que Borges se pronunciara. No lo hizo. Salarrué hizo un artículo justificando al joven cuentista. A fin de cuentas se había contado entre quienes lo premiaron.

Varias veces después fue acusado de tomar páginas ajenas. Alguien le mostraba ingenuamente un trabajo y después lo encontraba publicado con mejor estilo, pero firmado por él. Pero, realmente, lo que tomaba entraba con naturalidad en la cristalina esfera de su expresión.

Un round de boxeo y una petición de mano

Creo que él se creía con derecho a hacer lo que hacía. Estimaba ser un genio, como dije, y abundaba en desplantes a lo Salvador Dalí. Un genio tiene, pensaba, tiene derecho a hacer lo que se le de la gana.

Una vez retó a un “match” de boxeo al presidente de la república, que era Molina, si mal no recuerdo. Instaló un cuadrilátero en público donde él estuvo solo dando puñetazos al aire. El presidente “no se atrevió” a aceptar su reto.

Se casó un número relativamente considerable veces. Una de sus novias fue la entonces adolescente Claudia Herodier, poeta, hija de la actriz Julia Herodier que era esposa del director de teatro Edmundo Barbero. Menéndez Leal se acercaba a los cuarenta y llegó muy elegante a pedir la mano de la joven. Julita lloraba incesantemente y Claudia espiaba tras la puerta mientras su padre adoptivo, don Edmundo, recibía al novio con la cara larga. El rechazo fue terminante. El resto de la tarde, animadamente, don Edmundo y Álvaro se quedaron hablando de teatro.

Citemos entre sus obras La llave (San Salvador, 1960), Cuentos breves y maravillosos (Premio Nacional de Cultura 1962, publicado por la Dirección General de Publicaciones en 1963), Una cuerda de nylon y oro (Dirección General de Publicaciones, 1964), y La ilustre familia androide (Argentina, 1968).
Fotos: cortesía de Rafael Menjivar Ochoa

Una vez envió una carta a mi padre donde terminaba enviándole “una afectuosa pedrada”.
Un teatro que nunca se llamará Alvaro

Cuentista, poeta y dramaturgo, Álvaro dejó a pesar de todo una obra verdaderamente apreciable. Nació en Santa Ana el 13 de marzo de 1932 y falleció en San Salvador el 6 de abril de 2000.
En la exposición póstuma de Borges que circuló por Europa, figuraron los Cuentos Breves y Maravillosos de nuestro autor. Tardíamente leyó el libro Borges y sintió que hubiera merecido que el prólogo fuera verdadero.

Perteneció Álvaro a la llamada Generación Comprometida junto con Manlio Argueta, Roque Dalton, Roberto Armijo y otros.

Viajó por muchas tierras. Fue profesor de literatura latinoamericana en Francia y director de los teatros nacionales de El Salvador.

Publicada por vez primera en 1964, su obra teatral LUZ NEGRA se ha montado en muchos países y en variados idioma

Próximo a presentarse ante el Juez supremo en el cual no creía, exigió que pusieran su nombre al teatro nacional de su nativa Santa Ana. Como no le hicieron caso, prohibió que se lo pusieran tras su deceso.

Fue un gran conversador. Si Dante escribiera su Comedia ahora, le dedicaría una página a una buena conversación con él en alguna negra mansión del Purgatorio.

Álvaro Menén Desleal, en la memoria de Ricardo Lindo es el segundo relato de una serie, que Centroamérica 21 empezó a publicar desde la edición anterior.

En este espacio de la sección Cultura, la pluma y la mirada de Ricardo Lindo, ofrece a nuestros lectores retazos de la persona y la personalidad de escritores y artistas que, junto a la lectura de sus obras nos acercan al universo íntimo de cada uno de ellos, y de la época en que vivieron.

Claudia Lars
“Esto fue de cuando estuve enamorada de…”

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