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Publicaciones de periódicos que destacan la trayectoria de Ramón Barahona.
 
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José Ramón Barahona:
Un salvadoreño admirable

Siendo apenas un niño, partió de su tierra natal descalzo y sin nada en los bolsillos. Ahora es uno de los referentes del éxito empresarial en Washington. Marvin Galeas escribió su biografía. El libro, publicado recientemente en español, ya está en prensas para su edición en inglés. Aquí una síntesis de la admirable aventura de un humilde campesino salvadoreño que realizó sus sueños.

Martes 10 de abril de 2007
Redacción

Su madre vio con impotencia cómo José Ramón, de diez años de edad, enfrentó la responsabilidad de sostener a la familia. Trabajaba de sol a sol en la milpa y regresaba cansado a casa, pero la milpita no daba lo suficiente. Los Barahona se fueron entonces a las cortas de café. En la finca Carabobo, en Zacatecoluca, mientras la madre y los otros hermanos cortaban el grano, José Ramón fue elegido como ayudante personal de los dueños de la hacienda: la familia Rengifo.

A los patrones les cayó simpático aquel niño diligente y responsable. Cuando terminó la temporada de cortas decidieron llevárselo a San Salvador. José Ramón tuvo que desprenderse de su madre, de sus hermanos y del único mundo que hasta entonces conocía: Santa Teresa, Potonico, Suchitoto, Ilobasco y Chalatenango. Dejó el despertar con el canto del gallo, las cortas de café, la pesca con atarraya en el río Lempa y las coloridas ferias de su aldea.

San Salvador se convirtió en su nuevo hogar, con sus luces y su tráfico. José Ramón repartió su tiempo haciendo mandados, lavando platos y automóviles, cuidando el jardín y ayudando a elaborar planillas. Pero también estudiaba de noche en una escuela cercana. Fue entonces cuando, por primera vez, se puso un par de zapatos.

Su sed de superación, laboriosidad, disciplina y lealtad, permitieron que apenas superada la adolescencia, José Ramón llegara a ser administrador de las haciendas de los Rengifo. Poco después, con el dinero ahorrado en años de trabajo y un poco de ayuda económica de sus patrones, logró comprarle una casa a su madre, una más grande y más bonita que aquella donde había nacido. Pero no se conformó. A sus 26 años, decidió buscar mejores oportunidades en los Estados Unidos.

Los Rengifo avalaron su decisión, le reiteraron que siempre contaría con el cariño y el apoyo de la familia, y lo despidieron con abrazos y lágrimas.

Allá en el norte le tocó duro. Comenzó lavando platos y haciendo toda clase de oficios modestos. Lo deportaron en dos ocasiones y en dos ocasiones regresó como “tres veces mojado”. La necesidad lo hizo fontanero, pintor de brocha gorda, reparador y vendedor de aparatos electrodomésticos, jardinero y cargador de bultos en los muelles de San Francisco.

Ramón Barahona y su madre en una casa que compró en Aguilares.

Pero nunca dejó de ahorrar, estudiar de noche y enviar dolaritos a su madre. A inicios de los setenta obtuvo la tan anhelada “greencard” y se mudó a Washington D.C. donde consiguió trabajo como asistente de camillero de hospitales. Y de nuevo la sed de superación, laboriosidad, disciplina y lealtad, más una madurada claridad de propósitos, le hizo alcanzar una meta más.

Conoció a Brian Arnold, supervisor general de la Tristate Maintenance , compañía dedicada a la limpieza y mantenimiento de hospitales y otros edificios públicos y privados. Una plática le sirvió a Arnold para darse de cuenta de que ese asistente de camillero podría hacer mucho más. Así que lo convirtió en su asistente personal, y así Ramón duplicó su sueldo.

Pero no todo fue tan fácil, no fue cuestión de mera simpatía. Ramón tuvo que dar una prueba más de su temple: perfeccionar hasta la fluidez absoluta su trompicado y pobre inglés, pero en un período muy corto.

A estas alturas, José Ramón ya era residente estadounidense. Al fin adquirió mayor independencia y seguridad dentro de esas tierras foráneas. Entonces, con un fuerte piso como base, se lanzó a una nueva aventura: montar su propia empresa.

Ramón Barahona y el desaparecido empresario salvadoreño Luis Poma.

El nombre fue Able Services y José Ramón la fundó en 1978, junto con su socio estadounidense Buddy Erdman. Contaba solo con cuatro empleados salvadoreños, pero fue lo suficientemente fuerte como para sostenerse en pie y sembrar buen servicio, tino administrativo y creciente prestigio. Esa siembra cosechó, once años después, un promedio de cuarenta millones de dólares anuales.

El nombre de José Ramón Barahona se convirtió en un referente para la comunidad hispanoamericana en los Estados Unidos. No solo es conocido como un empresario exitoso sino que ha ayudado a otros a conseguir su sueño, dándoles empleo, depositando en ellos su confianza, como una vez lo hicieron con él.

Sabe que hay otros que también pueden ser capaces de emplear la fórmula que él ha usado por mucho tiempo para conseguir sus objetivos: trabajo duro, lealtad, tenacidad y disciplina.

Esta es la inspiradora historia que el escritor Marvin Galeas narra en el libro El sueño posible. No es un texto ficticio, ni una novela, es la vida real de un salvadoreño, como muchos de nosotros, pero que se distingue por su empeño y visión clara de objetivos en la vida. El libro fue publicado el año pasado en español y su edición en inglés ya está en preparación. Las ganancias obtenidas por su venta se han destinado una fundación filantrópica.

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