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Los dos excombatientes junto a Geovani Galeas, uno de los periodistas que fue testigo del amplio diálogo.
 
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QUINCE AÑOS DESPUÉS UN CAPITÁN Y UN GUERRILLERO SE DAN LA MANO

Un apretón de manos sustituyó balas y granadas, ese medio día de marzo.

Martes 10 de abril de 2007
Georgina Vanegas

Herard von Santos, capitán retirado del ejército, viste camiseta estilo polo, pantalones jeans y zapatos cafés, limpios e impecables. Berne Ayala, que combatió en la guerrilla, trae una camisa de manta blanca, pantalones grises un tanto arrugados y sandalias de cuero. Todavía es fiel a sus barbas y al cabello largo y rizado, que amarra en una cola.

El motivo de la reunión es poner en marcha una idea gestada en la sala de redacción de Centroamérica21.com: esclarecer las condiciones en que ocurrió un crimen de guerra adjudicado al sargento “Romell”, del batallón Atlacatl, en el año 1990.

En su libro Al Tope y más allá , publicado en 1996, Berne lo acusa de mutilar y asesinar a una joven guerrillera. “Romell” era el indicativo que por mucho tiempo conservó Herard von Santos, en las filas del batallón Atlacatl, con la salvedad de que una palabra no era exacta en el relato de Ayala: von Santos era teniente en ese tiempo.

El asesinato ocurrió en el campamento El Quemado, de Guazapa. La guerrillera se llamaba Sonia y tenía 16 años.

“El sargento Romell, al mando de la unidad enemiga, un asesino despiadado, ordenó que la colgaran de un árbol, con alambre de púas, y él mismo le cercenó los pechos y el vello púbico, y además fue rociada con ácido muriático”, escribió Ayala.

Tal vez estaría pensando en esa misma cita de su libro cuando al fin tuvo a von Santos en frente, en esa reunión que tenía por moderadores a Lafitte Fernández y Geovani Galeas, director y editor de Centroamerica21.com, respectivamente. Ellos me habían asignado la tarea de escribir la crónica de ese insólito encuentro.

Había sonrisas y quizás un poco de nerviosismo en el ambiente. La sensación duró largo rato. En estas circunstancias, cualquiera habría pensado que todo podía terminar en balas. Sin embargo, me sentía segura. Tal vez porque no estuve en el frente de batalla, tal vez porque pensaba: “ya pasaron 15 años”.

Ayala se acomodó en el asiento, sus manos le rodeaban la nuca y se recostó en el respaldo de la silla. El capitán también estaba sentado, aunque en una pose menos relajada que la de su antiguo enemigo, y parecía estar más a la expectativa: con la espalda erguida, y los codos sobre la mesa del restaurante Metroconchas. De seguro ambos estaban tensos, pero era mejor mantener el fusil con seguro, al menos por el momento.

Tanto Herard como Berne establecieron, en un mapa militar, el lugar de la refriega.

Preparan el terreno

Berne comenzó a rememorar detalles de las batallas en Guazapa. Hablaba de lo difíciles que eran “por la escasez de la vegetación, por la capacidad de observación de los medios aéreos, por las dificultades del desplazamiento de la guerrilla”.

A cada situación que enumeraba, el capitán asentía, y así aprobaba cada palabra, daba fe de su veracidad, con la autoridad que detenta quien ha sido testigo y protagonista de lo que Berne también vivió: doce años de guerra.

A unos centímetros de distancia, solo se lanzaban miradas furtivas, un escaneo general limitado a unos cuantos segundos. Eran instantes que de seguro habrían bastado, tiempo atrás, para que el guerrillero reconociera al oficial del batallón Atlacatl, y se soltara la lluvia de balas.

El entremés al “plato fuerte”, que vendría después del coctel de camarones que ambos habían pedido como entrada, consistió en temas de estrategia militar y campamentos de abastecimiento de municiones y comida.

Cada vez que Berne hablaba, se incorporaba y separaba la espalda del respaldo de la silla. Su mano derecha siempre iba a parar a su cintura, y la izquierda a veces se mantenía sobre la mesa. De vez en cuando hacía un ademán que cortaba el aire: levantaba su dedo índice para enfatizar sus frases.

Su brazo izquierdo estaba tatuado con un eterno recordatorio de la guerra: una enorme cicatriz que comenzaba en la muñeca y terminaba casi en el codo. Una enorme arruga que Berne no escondía, quizá orgulloso de este testimonio de sus años de combate.

Herard von Santos dice no arrepentirse de su participación en el ejército salvadoreño.

Durante la conversación hubo confesiones de momentos de temor, reconocimientos mutuos de valentía y nombres de los lugares donde las balas les rozaron la cara y, alguna vez, atravesaron sus carnes. De pronto, el capitán sacó un mapa militar detallado con muchas de las poblaciones donde ambos habían combatido.

Ahí ubicaron el caserío La Loma, al sur de Guazapa. Ante mí, tenía una escena que para muchos habría sido impensable años atrás: guerrillero y militar se unían por un objetivo común: buscar un lugar en ese mapa.

Lo recorrían con la vista y con la ayuda del dedo índice, como si planearan, entre los dos, el lugar donde Ayala lanzaría su “operativo” y von Santos, su “operación”. Términos que logré identificar como sinónimos a medida que los escuchaba hablar sobre combates a campo abierto, en los que muchos de sus compañeros murieron.

Berne miraba la carta y se quejaba del paso de los años, que no es en vano, porque ya no veía bien sin anteojos. “Ah, vos ya no ves tampoco”, le dijo en son de broma al capitán. Y él lo admitió, dejó salir una carcajada y le ofreció escanear la carta, para que su antiguo rival tuviera una copia también.

Las risas hicieron que la tensión del ambiente se dispersara un poco. Preparó el terreno para llegar al esperado momento: el porqué del encuentro.

¿Verdad o mentira?

El diálogo transcurrió en un excelente ambiente y sin recriminaciones.

Pronto llegó ese punto a la mesa. Ambos habían adoptado una actitud más ceremoniosa, como quien sabe que el tema a tratar será serio: se recompusieron en los asientos y cada uno esperaba a que el otro comenzara. Estaban nerviosos, al pendiente de las palabras, gestos y reacciones.

Comenzaron a hablar de una guerrillera asesinada. Pero no Sonia, sino Mari. El capitán contaba cómo la ráfaga de uno de sus soldados la había traspasado durante el asalto al campamento insurgente. “Me impactó demasiado, no por las heridas, ya estaba acostumbrado a las heridas, sino porque era bien bonita: blanca, rubia, ojos celestes”, decía von Santos, y no miraba a ninguno de nosotros; me pareció que aún veía a Mari.

El ex combatiente de la guerrilla tenía los brazos cruzados y de cuando en cuando los descruzaba para darle un sorbo a su cerveza. Escuchaba con atención la versión del supuesto “asesino”, sentado en el banquillo, mientras esperaba su turno, al que tenía derecho porque sus ojos también estuvieron ahí, ese medio día, en Guazapa.

Sobre Sonia, la otra guerrillera muerta, von Santos decía no saber nada. La posibilidad de que en ese mismo día, pero en puntos y momentos diferentes hubiesen dos muertas y dos “Romell”, comenzó a perfilarse.

El capitán explicó que era posible la existencia de más de un “Romell”, porque los indicativos se repetían con frecuencia dentro de la milicia. Admitió ser un “Romell”, pero no el único: “A veces nosotros teníamos indicativos que nos gustaban y nos quedamos con ellos”.

Explicó que en las Instrucciones Operativas de Transmisiones (OIT) aparece el indicativo para cada soldado, y que cada día debía ser diferente. Aunque en la práctica esto no siempre sucedía: “es por eso que se escucharon indicativos que solo unas dos o tres veces salían y de ahí no se volvieron a escuchar”.

Ayala, por su parte, admitió que podría haber cierto grado de imprecisión en la copia textual de los diálogos: “Sí, estamos hablando de literatura”. Pero también, aunque ya había quedado claro que ese “Romell” no era el capitán von Santos, Berne insistía en que había una verdad en su relato: la muerte y mutilación de una guerrillera. Pero esa combatiente era otra. La detallada explicación del capitán (que se puede leer aquí) no deja dudas al respecto.

La otra firma de la paz en Metroconchas

A estas alturas de la conversación no había humores exaltados ni “hígado” en las palabras, como el que Berne admite que había en su libro, y el que von Santos comprende que es difícil de abandonar.

Ambos reconocían que la lejanía de la guerra hacía que vieran las cosas ya no como ex combatientes, recién venidos de la batalla, sino con el entendimiento que dan los años. Ya no eran una bandera roja que desgarrar y hacer sangrar, ni un par de botas que deberían volar por los aires después de una explosión. Eran dos seres humanos.

Berne Ayala trató de explicarlo: “Cuando el historiador, el investigador o el cronista ve a los dos bandos sentados, comprende que en el fondo, en ambos hay una verdad, y en ambos hay una mentira”.

A este punto de la conversación, el ambiente era más relajado, las risas se multiplicaban. Berne se dirigía con más frecuencia a von Santos, y ya no solo a los entrevistadores. Se miraban a la cara.

Me pareció que ya no había peligros de repentinos duelos a mano armada. Pero entonces, Berne vio cómo las manos del oficial del batallón Atlacatl se acercaban, iban hacia su pecho. Y Ayala estaba sin su fusil, sin al menos una daguita de la que echar mano.

Menos mal que era solo un ademán que acompañaba el relato del capitán. Contaba sobre el proceso de interrogatorio para al enemigo, que, según las normas en combate, solo debía consistir en algunas preguntas y en verificar si llevaba armas o información que revelara el santo y seña de ese día, los indicativos, o la ubicación del campamento.

Habían pasado dos horas, pero ninguno se miraba cansado. Sin duda tenían más batallas que reconstruir y visiones de mundo que develar, ya sin el temor de que les costara nuevas noches en vela, aferrados al fusil, con la incertidumbre de no saber si sobrevivirán hasta mañana.

El encuentro finalizó como empezó: con un apretón de manos, pero más cálido, más en confianza. La entrevista terminó, pero las conversaciones siguieron y hoy apuntan de nuevo dentro de un mismo mapa: reconstruir entre los dos, hombro guerrillero con hombro militar, la batalla de 1990 que hizo temblar, como muchas otras, el suelo del campamento El Quemado, en Guazapa.

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