Fidel Torres dedicando su libro de memorias a Centroamérica 21
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Fidel Torres: el general que hizo la guerra “Presidente Sánchez, o hacemos algo contra Honduras o no amanecemos como gobierno” Fidel Torres, un general retirado que pronto cumplirá 90 años, se reunió, en 1969, con 500 oficiales del ejército que querían invadir Honduras. Todos ellos estimaron que ya no se podían aguantar más los atropellos de los hondureños contra los salvadoreños que vivían en ese país. Torres era el Ministro de Defensa del ex presidente Fidel Sánchez. Los oficiales le dijeron: “con todo respeto, señor, creemos que debemos hacer algo”. Torres les respondió: “vayan a sus puestos. Esperen mis órdenes”. Entonces, los oficiales salvadoreños lanzaron sus gorras al aire, se abrazaron y gritaron consignas patrióticas. Poco después, estalló la guerra.
Fragmento del libro: Los militares en el poder, publicado recientemente por el general Fidel Torres
El general Fidel Sánchez Hernández
A las 15 horas recibí una delegación de los golpistas, presidida por el teniente René Glower, portadores de un escueto mensaje del coronel Mejía: "Si a las 16 horas no ha cesado toda resistencia, le enviaremos el cadáver del ex presidente Sánchez". Mi respuesta también fue escueta: " Si a esa misma hora no han abandonado el Zapote y liberado al presidente, los haré m… con la Fuerza Aérea. A esa hora estaban pidiendo asilo en la nunciatura y el presidente quedaba liberado. Fecha de publicacación:
Lunes 30 de abril de 2007 redaccion@centroamerica21.com
(Fidel Sánchez Hernández) Asumió la presidencia con el grado de coronel y al hacerle saber el Estado Mayor que si cumplía 8 años de coronel (el tiempo señalado para ese grado por la Ley de Ascensos Militares es de 4 años), pasaría a la reserva, firmó su ascenso al grado de general.
Inició su período con estos heredados y espinosos problemas: el prisionero hondureño Antonio Martínez Argueta, que declaró ser coronel del ejército hondureño, y las tropas salvadoreñas detenidas en Santa Rosa de Copán.
La consabida luna de miel que los gobernados conceden al gobernante al inicio de su gestión no existió. La prensa recibió al nuevo mandatario con exigencias de una pronto y digna solución. Las asociaciones apremiaban, los columnistas se dirigían al ejército con cuchufletas como "los bellos durmientes de Ocotepeque". Los abogados oficialistas y particulares llegaron a la conclusión de que solo había una salida: la amnistía para el reo hondureño. Ese era un acto de soberanía.
Con Fidel Sánchez en las paradas
Con Fidel Sánchez nos ha unido una sincera amistad, desde que viajábamos en el tren para pasar revista a las paradas, él en el Paisnal y yo en Aguilares.
Era teniente y yo subteniente. Conversábamos todo el trayecto de ida y vuelta, almorzábamos con el comandante local de una u otra población, y comentábamos la situación del país y del ejército. Es el tiempo en que se conoce a los compañeros, cuando se expresan las ideas con toda sinceridad, cuando se vuelca la personalidad.
Cuando Sánchez ascendió a capitán dejamos de vernos por un largo tiempo. Sánchez y el capitán Aníbal Portillo fueron becados a la Escuela de Estado Mayor en Madrid, donde se forman los oficiales del Estado Mayor de España. No pudieron ingresar por su deficiente preparación en matemáticas y tuvieron que hacer un curso que duró un año. Así mismo fueron becados otros oficiales a estudiar diversas especialidades. Todos se encontraron con el valladar de su deficiente preparación en matemáticas.
En ese tiempo de principios de la década del 50 también salieron para la Madre Patria, becados o por sus medios, profesionales de varias facultades universitarias, bachilleres, profesores, artistas, militares, etc.
Cuando Sánchez regresó al país, reanudamos nuestra amistad, pero no permaneció por mucho tiempo. Fue destinado al exterior como miembro de un grupo internacional de oficiales de observación de Corea, y fue nombrado posteriormente como agregado militar en Francia. Permaneció cerca de cuatro años en Corea del Sur. Después fue destinado a Washington y cuando regresó ya era coronel. Tuvo el mando del 13 Regimiento de San Miguel y seguimos con nuestra relación amistosa.
Cuando (Julio) Rivera asumió la presidencia lo nombró Ministro del Interior y lo fue hasta que tuvo el cargo para lanzarse a la arena política como precandidato para suceder a Rivera.
Los churumbeles de España
Churumbel significa muchacho. Era un conjunto de música española que triunfó estrepitosamente en México, desde donde su fama se extendió por estos lares. Iniciando una gira por América Latina, llegó a San Salvador en 1950. Su éxito en nuestra capital corrió parejas con su fama. Quizá por coincidir el envío de connacionales becados a varios países de Europa y a Estados Unidos (política seguida por el recién iniciado gobierno osorista) con el éxito de los Churumbeles, a los enviados a la Madre Patria, fueran becados o por sus medios, la fantasía popular comenzó a llamarles churumbeles.
Al regreso de los profesionales, bachilleres, profesores, artistas, etc, de España, continuaron siendo churumbeles. Los que han obtenido maestrías, títulos profesionales, perfeccionado su arte o técnicas en determinado país, se ven con natural simpatía y eso pasó con los venidos de España, aunque nunca formaron agrupaciones ni logias, pero se reconocieron y se ayudaron.
Durante el período sanchista, los churumbeles fueron influyentes. Diré adelante a qué viene esa mención.
Sánchez, ya presidente electo, me daba comisiones que solo se podrían dar a quien iba a tener importante participación en su gobierno. Hacía hincapié en el mantenimiento de la unidad de la Fuerza Armada y quería saber cómo se había atendido las dotaciones de la institución.
Yo veía que se le acercaban compañeros de promoción y amigos militares que habían estado con él en Washington. Estuve seguro que sería el ministro de defensa del Nuevo gobierno hasta que el presidente antes de su discurso de asunción al poder, dio a conocer la nómina de su gabinete. Al felicitarme mi hermano Abelardo Torres, abogado de nota y ministro de economía y presidente del Banco Central en gobiernos anteriores, me dijo: "Ya verás la diferencia entre un puesto técnico y un puesto político".
Yo acababa de ser jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Armada, llamado en la actualidad Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, en virtud de que cada institución que le integra tiene su estado Mayor y su escuela.
El Ministerio de Defensa
Al asumir el Ministerio me di cuenta del gran poder que tenía en mis manos. No era solamente el mando militar y administrativo de la Fuerza Armada. Era el árbitro en ramos de la administración pública ajenos a lo militar. Debía proponer (y tales propuestas equivalían a nombramientos), a directores generales en que por inercia se nombraban militares, como migración, correos, estadísticas, etc.
ANDES, la asociación que reúne a los educadores salvadoreños, reclamaban mejoras salariales y una mayor atención al gremio, y realizaron una gran manifestación en las calles céntricas de San Salvador. Previendo desórdenes, por la posibilidad de la infiltración de elementos que podrían causar desórdenes, el Ministerio de Defensa ordenó el acuartelamiento de los cuerpos de seguridad. Los desórdenes que se realizaron estaban previstos. Pasaron por el Palacio Nacional destruyendo las ventanas del primero y segundo piso a pedradas, pero no hubo ningún muerto y ningún capturado. La manifestación se disolvió, y he leído que un columnista de un periódico salvadoreño escribió que fue su primera acción política el defender de la Policía Nacional a las multitudes desarmadas.
La sucesión de Sánchez Hernández
En los primeros años de su gobierno mantuvimos magníficas relaciones, decía que era el mejor de sus ministros, pero mediando su período comencé a observar un cambio.
Criticaba mi vida privada y mis exabruptos, decía. Una vez que vino de Washington, el coronel Julio A. Rivera, donde era embajador de El Salvador, me dijo: "Que te pasa con Sánchez, me dicen que te han oído discutiendo con él". Le contesté: "No pasa nada, algunas veces no he estado de acuerdo con él en asuntos de política, porque pedía mis opiniones”. Pero fui sincero al decirle no soy el hombre de Sánchez para su sucesión, pero que eso ya lo habíamos hablado con Sánchez. Le dije que hoy era el presidente y busca quien le haga sentir la lealtad a sus ideas y la posible influencia que pudiera tener en un futuro gobierno.
En una audiencia para tratar el traslado de algunos jefes militares mencionó tres compañeros en los que pensaba, eran los coroneles Carlos H. Romero, Juan Antonio Martínez Varela y Arturo Armando Molina; yo hice la disección de cada uno de ellos sin favorecer a ninguno. Sánchez no conocía bien a la oficialidad por haber estado mucho tiempo fuera del país.
Sabiendo que no estaba yo en sus intenciones sucesorales me atreví a decirle: "Pasa a la historia Fidel, deja un presidente civil"; a lo que me contestó: "¿Quién?". Le dije: "Tú como presidente tienes más elementos de juicio que yo. Pero los encuentras entre los profesionales de prestigio que son tus amigos". Me repitió: “Quién?”. “Para contestarte nombraré a uno solo, el doctor René Fortín Magaña, sin que eso signifique una propuesta, es simplemente un ejemplo. Aún mejor, deja las elecciones libres". Entonces dijo:"pueden ganar los pescados". Yo intervine: "Que ganen, en un período se acaban". Fue acaso la última plática que tuvimos sobre la Sucesión. No me volvió a mencionar nada.
Las más importantes oficinas de Casa Presidencial estaban ocupadas por profesionales graduados o con posgrado en España (churumbeles). Años después del golpe de 1972, uno de sus líderes, el teniente e ingeniero René Glower Valdivieso, que siempre fue mi amigo, me dijo: "El golpe era más contra el coronel Molina y contra la descarada imposición. Tanto Sánchez como Molina eran churumbeles, y Sánchez oyó más a los churumbeles que a los militares". Qué dramática situación el provenir del país dependiendo de la determinación de una sola persona.
El golpe militar del 25 de marzo de 1972
El 25 de marzo de 1972 me encontraba con mi esposa en el bajo Lempa, en la hacienda El Naranjo. Desperté a media noche ante la insistente llamada de un grupo de guardias nacionales, que me daban parte de un golpe de Estado en San Salvador. Eran del puesto del puente de Oro que iban de orden del director de la guardia. Me comuniqué con el comandante del Centro de Ingenieros en Zacatecoluca, quien me confirmó lo dicho por la guardia y me dijo que esperaba órdenes. Enterado de la posición de la guarnición en Zacatecoluca, salí a toda velocidad. Al llegar me enteré que las comunicaciones estaban libres, pues él ya se había comunicado con las guarniciones de oriente, que también esperaban ordenes.
Los golpistas habían cometido el error capital de no controlar las comunicaciones. Hablé con todos los comandantes del interior, dando mis órdenes. El coronel Ramírez Peña, de Zacatecoluca, ya tenía su tropa lista para efectuar una marcha de guerra. La vanguardia iba a la orden del teniente Jaime Guzmán Morales, que fue ministro de defensa durante el gobierno del doctor Calderón Sol. Pasamos por San Vicente, cuya guarnición también estaba a mis órdenes. El coronel J. Guillermo García sabía que la Fuerza Aérea estaba leal y dirigí la marcha hacia esa unidad.
Llegué a las seis horas y pedí una llamada con el Zapote, cuartel general del golpe; no se puso Benjamín Mejía, me contestó el teniente e ingeniero René Glower Valdivieso diciéndome que ya sabría yo que tenían prisionero al ex presidente Sánchez, cuya seguridad dependía de la oposición que se hiciera al golpe.
A las 8.00 horas ordené al jefe del Estado Mayor general, Antonio Enrique Aguirre, que se comunicara con el vice de la República, para que asumiera la presidencia. La respuesta fue que él era un hombre leal y que no podía asumir el cargo en las condiciones que prevalecían. La presidencia estaba acéfala por estar el titular prisionero de los golpistas, y había que ocupar la vacante siquiera fuese por horas.
A las 10.30 horas recibí una llamada telefónica del presidente Somoza de Nicaragua, que me dijo éstas o parecidas palabras: "Fidel, estoy siguiendo con preocupación lo que sucede en El Salvador. No te vayas a dejar j…. que nos j…. a todos. No faltará quien te sugiera que asumas la presidencia. Pero eso no te conviene. Llama al vicepresidente que se haga cargo de la presidencia, por ausencia del titular. Posteriormente a esto quiero hablar contigo".
A esa hora la radio difundía mensajes de los golpistas y de quienes los acuerpaban llamando a la población a apoyar el golpe. A las 13 horas recibí la vista del arzobispo de San Salvador, monseñor Chávez y González, a quien acompañaba el nuncio apostólico monseñor Priggione, en misión de de paz. A las 15 horas recibí una delegación de los golpistas, presidida por el teniente René Glower, portadores de un escueto mensaje del coronel Mejía: "Si a las 16 horas no ha cesado toda resistencia, le enviaremos el cadáver del ex presidente Sánchez".
Mi respuesta también fue escueta: " Si a esa misma hora no han abandonado el Zapote y liberado al presidente, los haré m… con la Fuerza Aérea. A esa hora estaban pidiendo asilo en la nunciatura y el presidente quedaba liberado y en comunicación telefónica conmigo. A las 11 horas ya estaban entrando las primeras fuerzas procedentes de oriente.
El coronel Luis Márquez llegó sofocado a decirme: "su esposa doña Toñita está en una camioneta estacionada frente a la Fuerza Aérea, en cualquier momento podemos recibir fuego de artillería y yo he dado órdenes al motorista de salir inmediatamente para su casa, pero ella no se va si usted no se lo dice". Salí corriendo a decirle a mi esposa que se fuera. Ella me había acompañado en toda la marcha; como a los diez minutos caían granadas de artillería en el edificio de la Fuerza Aérea. Pero yo había trasladado el puesto de mando al aeropuerto internacional en la torre de control exactamente.
Yo conocía muy bien a Mejía. Había propuesto su remoción del comando de artillería, porque sabía del asedio a lo que tenia sometido a un grupo de miembros de asociaciones culturales que lo halagaban por sus inclinaciones intelectuales. Era un fanático vitalista, siguiendo la doctrina de don Alberto Masferrer, su paisano de Alegría, Usulután. Era bolivariano y pertenecía a otros grupos culturales. Pero era un hombre de sentimientos humanitarios, incapaz de hacer daño a nadie. Si hubiese hecho fuego de artillería continuo contra las instalaciones del aeropuerto internacional, muchos no estaríamos contando el cuento y la vida política del país tal vez hubiera tomado otro rumbo.