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Nota para un muchacho rebelde y violento

 

Era 1992, y mientras el entonces Presidente de la República Alfredo Cristiani estampaba su firma en lo que se convertiría en el documento más importante de la historia moderna en El Salvador, en mi casa se celebraba con toda la familia la firma de los acuerdos de paz. Yo tenía apenas 8 años y lo poco que alcanzaba a comprender es que por fin íbamos a vivir sin guerra.


Lunes 27 de agosto, 2007
Fernando Bautista
redaccion@centroamerica21.com


Fernando Bautista

Crecí, pues, como tantos otros jóvenes de mi edad, con esa esperanza que sembró la llegada de la paz, y con la noción de responsabilidad de no permitir que la guerra se repitiera.

El fin del conflicto armado fue sin lugar a duda un logro de valientes hombres y mujeres en ambos lados de la opinión, pero la cosecha de esos esfuerzos cae hoy en los hombros de todos los jóvenes que en este capítulo de la historia tenemos la oportunidad de contribuir a fortalecer tanto la paz como la democracia.

Esta oportunidad no es exclusiva del FMLN o de ARENA ni de ningún otro partido político. Más bien depende de la voluntad que cada uno pueda tener independientemente de su afinidad ideológica: nadie más te da la fuerza, el liderazgo y el amor a tu patria que tu propia convicción y dedicación a la misma. Al final, lo que todos queremos es vivir en un país con libertades.

Pero hace pocas semanas leí en este mismo periódico que otro joven, que evidentemente no comparte las mismas ideas que yo, justificaba desde la izquierda su lucha y su rebeldía (e inclusive la muerte de otros) con este mismo ideal que es la libertad.

¿Será que todos estamos luchando por el mismo ideal y que la única diferencia es la forma en cómo lo hacemos? Algunos creen que lo que hay que hacer es obstaculizar calles, quemar llantas y banderas y crear las condiciones para un nuevo conflicto. Otros ponemos el esfuerzo en abrirnos espacios por medio del trabajo digno y del deseo de superarnos mediante la educación, pero con el afán de consolidar en paz nuestra democracia.

Esa es la diferencia.

Yo no dudo que hay personas en ambos lados del espectro político que quieren lo mejor para nuestro país, y que están cien por ciento convencidas que su propia ideología es la correcta, y muy probablemente la única, para lograr estos mismos objetivos.

Lo que no puedo compartir es que se haga a costa de los grandes logros que trajo la firma de los acuerdos de paz. Todos tenemos nuestra ideología, algunos somos más apasionados al respecto y probablemente no la tengamos enteramente definida todavía. Pero es importante conocer las diferentes propuestas ideológicas y saber respetarlas y convivir con ellas.

Eso es lo verdaderamente valioso de la democracia, pues nos da la opción de obtener con el voto, y no con las armas, lo que queremos para nuestro país.

Lo que en mi casa se celebró en 1992 no fue un logro de alguna fuerza política en particular, sino un enorme avance del país entero. Defender y profundizar ese avance, honrar ese esfuerzo de la generación anterior, es nuestro mayor reto como jóvenes.

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