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Juicio criminal contra el payaso que no hacía reír.
(Tercera parte)

 

El olor a rata, a sudor, a ropas podridas, a humedad consumada, la ausencia de pintura en las paredes, los agujeros abundantes del tejado y la falta de puertas y vidrios en las ventanas, me hizo recordar aquella historia del otro lado del infierno, estaba en la casa cuartel de la pandilla.

Una destroyer es el lugar donde se juntan la vida y la muerte en un ejemplo claro de hermandad; después de estar ahí te das cuenta de que no sabemos nada de las tribus que viven en nuestros márgenes en pleno siglo XXI.

Lunes 27 de agosto 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Mientras esperaba la hora de ir al callejón observé con atención al grupo de muchachos. Consumieron un poco de droga mientras me contaban algunas de sus historias, al menos el flaco y otro de ellos, el resto me miraba con desconfianza a la hora del pipazo.

A eso de las diez de la noche entramos de nuevo al callejón donde supuestamente la víctima había sido conducida por Payaso y los otros dos pandilleros. En efecto la luz del farol despejaba de sombras el centro del camino, en un radio de cuatro metros. Luego de saltar un cerco llegamos a la casa donde la testigo había vivido. No había ningún agujero en la vieja puerta de lámina, ni era posible ver a través de la pared en dirección del callejón.

¿Cómo es que la mujer aseguraba haber visto a los acusados desde un agujero que no existía? Lo descubierto no representaba prueba de nada, sólo la convicción de que los argumentos fiscales estaban sostenidos en un cúmulo de probables alteraciones de la realidad; salvo que en verdad estuviésemos en una democracia que permitiera que el acusado tuviese el poder efectivo de convocar a sus juzgadores para buscar a toda costa las evidencias que obren en su favor.

En las investigaciones policiales salvadoreñas sobre hechos sucedidos en horas nocturnas es común encontrar la descripción precisa de un punto donde se encuentre un enfoque de luz, el subrayado del dato se vuelve sospechoso, inverosímil, por redundante. Desde la casa destroyer hasta donde comenzaba la vereda que conducía al lugar donde el cuerpo de la víctima fue encontrado, sólo había dos faroles, el resto del camino estaba en la completa penumbra.

Resultaba interesante, que a pesar de haber otro callejón adyacente, a no menos de cinco metros y en completa oscuridad, que conducía al mismo sitio del crimen, los acusados hubiesen preferido el de mayor visibilidad, que coincidía con la residencia de la testigo.

En la conducta criminal no existen explicaciones totales y lo ilógico es lógico desde la conducta criminal, pero aún así, el investigador debe poner atención a todo, pues lo que en un caso será irrelevante en otro es todo lo contrario. La huella psicológica del asesino es única en el universo, como la de los dedos.

La contradicción es la siguiente: el criminal puede dejarse ver con intenciones exhibicionistas, pero siempre oculta algo de sí, pues no está buscando ser identificado, salvo que se trate de un suicida o exista otra característica especial (al menos en principio). En nuestro caso hay un homicidio cuya comisión es clandestina, oculta de la comunidad; esa ocultación del hecho en sí no se corresponde con el lujo aparente de dejarse ver en el resto de actos; cuando te dejas ver el crimen también es generalmente consumado a los ojos del testigo, como en el asesinato en vía pública.

A pocos pasos del farol comenzaba la vereda que por unos cien metros conducía hasta el lugar del crimen, donde ningún testigo podría asegurar lo que abajo, en la barranca oscura, podría suceder; el miedo a ver lo que puede llevarnos a la muerte impide que vayamos tras el criminal; sólo la actitud perversa o chismosa lo puede conducir a uno a la escena de un crimen como el descrito, el resto de los hombres comunes preferimos no enterarnos para no ser llamados a declarar como testigos.

El siguiente paso fue entrevistar a otras personas, inclusive un amigo investigador de la policía. Los datos fueron espeluznantes, la cantidad de muertes entre las pandillas enemigas, no sólo se debía a las rivalidades incomprensibles para quienes no somos uno de ellos, sino a la manipulación planeada y deliberada de agentes externos.

En efecto, la víctima era un miembro activo de la clica, y no un muchacho cualquiera, su muerte no podría justificarse por ese dato, pero sí entenderse mejor dentro del caso. Sus movimientos peligrosos como informante de la policía y otros “juegos” con las dos pandillas rivales, lo habían llevado a la muerte, algo inevitable cuando te mueves en un mundo como el descrito, cualquiera lo hubiese matado.

Payaso era un pandillero, pero no residía en el lugar del hecho, ni había estado allí con los otros dos pandilleros. De acuerdo a otras personas ajenas a las pandillas, había estado en otro lugar la noche y hora del crimen. Era mi gran coartada.

Hablé con el fiscal del caso en varias ocasiones, antes y después de la audiencia preliminar, la que nos antecedía al juicio propiamente tal. Le expuse mi tesis, además de otras informaciones sumamente delicadas acerca del actuar policial y de las peligrosas manipulaciones de las pruebas.

En ningún momento el fiscal desmintió mis argumentos, ni negó nada de aquel escenario donde los hechos se trastocan abusivamente para afectar a unos y salvar a otros, para utilizar la ley contra una clase de personas determinadas. Sus palabras fueron fulminantes: “Él quizá no haya hecho nada, pero que pague hoy por lo que hizo antes y no pudimos probarle”, me dijo.

Muchos de los juicios que las personas arrojamos sobre los hechos criminales devienen de nuestra visión del mundo, del sentido común, de la experiencia o de lo primero que se nos ocurra de acuerdo a nuestro estado de ánimo; pero hay otras formas de apreciar la realidad criminal, que tienen que ver con la ciencia y los tiempos. Muchas de las figuras populares, como la justicia de propia mano riñen con la cultura jurídica moderna.

El método de la clasificación de casos, el estudio y la separación de los mismos, la acusación, defensa y juzgamiento independientes, ha permitido que la humanidad no desborde las calles con la cabeza de sus vecinos; sin embargo todo es posible en nuestro mundo, y sucede.

Después de varios meses fuimos a la audiencia preliminar con aquellas dos hipótesis encontradas. Cuando los acusados fueron bajados de la camioneta blindada del traslado de reos, iban a punto de desmayarse debido a la sed y al calor del horno donde viajaron.

Ni el secretario ni el juez, ni nadie más, resolvía un tema en apariencia insignificante: darles un poco de agua. Para dárselas había que pedir una autorización que nadie resolvió. Entramos a la audiencia con aquellos rostros sudados y pálidos de los reos.

Ninguno de ellos tendría la frescura mental para comprender su acusación o poderse defender de aquella jungla de términos forzados del derecho, como lo estipulan los cánones del estado republicano. La indiferencia de los juzgados ante situaciones tan cotidianas es así de demoledora e inevitable.

A pesar de ello, al cierre de los debates los acusados tomaron la palabra para decir algo a su favor, además reclamaron con dignidad por la falta de agua. El señor K de la novela El Proceso de Franz Kafka me habló al oído en un lenguaje misterioso y súbito. El sistema es todo ese embrollo de acontecimientos, uniformes, corbatas y toneladas de papel que en la mayoría de las veces no sirven para nada.

El juez nos envío a juicio, el lugar donde íbamos a poder cuestionar nuestros argumentos, pero sobre todo a la única prueba existente, la testigo clave de la policía.

Payaso no quiso escuchar mis explicaciones, estaba furioso, sin embargo, era lo mejor que nos podría suceder, confrontarnos sin reservas en el corazón de la tormenta.


Juicio criminal contra el payaso que no hacía reír.
Primera parte

Juicio criminal contra el payaso que no hacía reír.
Segunda parte

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