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Norma Shüler, La Chilena como le gusta que la llamen es la protagonista del programa culinario El club de la Chilena, transmitido por Tecnovisión.

Para ti, de La Chilena
El menú para enamorarte


No le gusta que le digan “Norma”, prefiere que la llamen “La Chilena”. La protagonista de El Club de La Chilena dice sentirse salvadoreña. En esta edición de Centroamerica21, Norma Shüler da el “Menú para enamorarte”, se confiesa salvadoreña de corazón, y recuerda los buenos tiempos en el restaurante Hey, además nos da la buena noticia de que pronto abrirá un nuevo espacio para disfrutar de su cocina, su música y su hospitalidad.

Junto Carlos Marroquín, mejor conocido como Caluca, recomendaba en radio 102.9 que El que se casa, casa quiere y ahora se autodenomina admiradora de Ratatouille. Además, nos adelanta el lugar que desea sea su tumba: El Salvador.


Lunes 27 de agosto de 2007
Georgina Vanegas
gvanegas@centroamerica21.com

 

“Por favor, que no me dé más calor”, pensaba Norma Shüler, La Chilena, mientras estaba en la playa el Cuco. Estaba medio borracha y “colorada, colorada, colorada; transpiraba, y veía como caían las gotas de sudor”, recuerda y se ríe. Fue en el año 1993, tenía 30 años y era de las primeras ocasiones en que La Chilena visitaba El Salvador.

La Chilena piensa que la comida, por sí sola, no es un afrodisíaco, pero que podría serlo si hay amor de por medio.

“No estaba muy aclimatada al calor. Con el aire acondicionado del carro no había problema. Pero cuando me bajé, sentí que cuando respiré, me cociné”, cuenta y se vuelve a reír, mientras enciende un cigarrillo, con el que no se le ve en El Club de La Chilena, programa de cocina que dirige en Tecnovisión.

“Los dueños de la casa donde se hospedaría para disfrutar de la playa, vieron cómo La Chilena, acostumbrada al frío de Suramérica, se desmejoraba poco a poco. “En un coco pusieron un licor que se llamaba La Trensuda, le pusieron una pajilla y me lo dieron. Con eso me dormí. No me preguntes de la playa El Cuco porque no sé nada. Solo sé que me senté en una silla de playa, frente al mar y dije: “Por favor, que no me dé más calor”. Me desperté cuando ya todo el mundo se iba”.

El amor por la buena cocina

Al principio le costaba acostumbrase al calor de El Salvador, extrañaba el frío de Chile, que hacía que toda la familia se quedara en casa, donde aprendió a hacer y a amar la buena cocina. Eran los años sesenta, y el lugar era Valdivia. No había Internet y la televisión no era regulada por los padres de familia. Si Norma quería ver una telenovela, debía ser a escondidas: “uno veía las telenovelas a escondidas porque si había muchos besos y esas cosas no se podían ver”.

El punto de reunión era una cocina. Normalmente cocinaban con leña y siempre había un sillón grande, como lo habría en una sala. Durante los veranos Norma cambiaba la cocina de casa, por la de la abuela Etelvina, con quien aprendió mucho de la cocina: “Tenía un cajón donde me paraba para estar más o menos a la altura de ella cuando cocinaba. Cocinábamos juntas, y luego íbamos a encerrar las vacas y los terneros a las seis de la tarde, porque después de esa hora no pueden seguir tomando leche, sino la pobre vaca se muere”.

Así descubrió que en verdad le gustaba la cocina, o más bien crear una especie de “armonía con los alimentos”, como lo denomina. Entonces La Chilena siguió cocinando y estudió Administración hotelera y gastronómica, en la Universidad Austral de Chile. Se encargó de la gerencia de algunos restaurantes, del Club Alemán y del Hotel Villa del Río, en Chile.

Cumplía su horario de trabajo y luego, en su día libre, se colaba en la cocina del Villa del Río: “Me vestía de cocina y me metía a la cocina; entonces aquellos que yo mandaba como que se vengaban de mí porque me ponía a la altura de ellos. Lo que yo quería era aprender. Eran unos chefs espectaculares. Así que cuando me vine acá a manejar el (restaurante) Santa Fe tenía bien claro el procedimiento”.

La guitarra, la voz y la cocina de La Chilena invadirán dentro de poco el Km. 91/2 de los Planes de Renderos: El rincón chileno, es el nombre del restaurante que inaugurará dentro de poco.

Una chilena en El Salvador

La gerencia de este negocio trajo a La Chilena, como le gusta que le digan, a El Salvador, en 1993. Sin embargo, esa no sería la primera vez que Norma visitaba el país. Lo hizo tres años antes, aún cuando El Salvador vivía el conflicto armado.

“La primera vez vine de vacaciones, en el año 1990. Trabajaba en El Club Alemán. Me dieron una fiesta de bienvenida y me acuerdo que se oían las bombas. Y yo estaba debajo de una mesa y todo el mundo seguía bailando. Yo con un gran susto y todo el mundo se quedó, nadie se fue. En un puesto de policía habían puesto una bomba, pero sonó como si huera explotado dentro de la casa, que estaba en la Escalón. Pero la gente solo hablaba por teléfono a su casa y se quedaba y era como decir: aquí no ha pasado nada”, cuenta La Chilena, mientras se ríe, revuelve su cabello, como es su costumbre y deja el cigarrillo sobre el cenicero.

La Chilena vino a administrar el restaurante Santa Fe y tiempo después se encargó de uno de los proyectos a los que le guarda más cariño: el restaurante Hey, que permaneció abierto durante ocho años, desde 1997. “Era muy bonito, elegante. Los primeros clientes dudaban de si era una cervecería. Entonces yo llegaba y les explicaba que era un lugar muy familiar”, recuerda Norma y se ríe.

El Hey, como le llama La Chilena, comenzó a ser un lugar más conocido luego de que el periodista Herman Bruch escribiera una crítica favorable en un rotativo del país, cinco meses después de su apertura: “Él escribió que estaba escuchando a Violeta Parra, hablando con la chica que traía la comida y oyendo a Pablo Neruda recitado por una chilena”. Entonces comenzaron a llegar personalidades de los medios de comunicación, del ámbito artístico y de la política: “En tiempo de elecciones había de todo, todos los colores: rojos, amarillos, azules, verdes (se ríe), blancos azules y rojos, rojos más fuertes… y yo seguía cantando Cambia, todo cambia”.

El restaurante también era punto de encuentro de las familias, los matrimonios y de los enamorados, aunque a veces estos no querían ser reconocidos porque “no estaban con quien deberían de estar”, cuenta La Chilena, y advierte que la historia que está a punto de contar es un poco cómica, pero trágica a la vez.

El menú para enamorarte

“Normalmente cuando vienen a sacar fotografías al restaurante, tienes la obligación de preguntar. Esta vez había bastante gente y llegó alguien, no recuerdo de qué periódico. El hombre llegó, y le dije que me esperara un momento. Me dijo que iba a sacar fotos y le pedí de favor que le preguntara a la gente. Se puso a fotografiar y en la última mesa había una pareja. Al final se veían las dos cabecitas bien juntitas, el problema es que no estaban con quienes deberían de estar. Al día siguiente me estaba llamando por teléfono la señora y el señor que no salían en la foto”. La Chilena se ríe al recordar el escándalo, “cosas que pasan”, dice.

Y es que La Chilena piensa que la comida, por sí sola, no es un afrodisíaco, pero que podría serlo si hay amor de por medio. Sin embargo, no desaprovechó la oportunidad de dar unos consejos y yo de anotar en mi libreta “El Menú para enamorarte”: Como aperitivo, La Chilena recomienda el Pisco Sour con un beso suave. La entrada es un abrazo con cariño. Luego vienen los trozos de lomo de aguja bañados en salsa de almendras. El postre podría ser un tiramisú, pero lo piensa mejor y recomienda un “tiramebesos”.

Se ríe no sin sonrojarse un poco y después aprovecha y anuncia la apertura de un nuevo restaurante bajo su administración: El Rincón Chileno. “Vamos a abrirlo la segunda semana de Octubre. Estará en el km 9 y medio de la carretera a los Planes, donde estaba la Bodeguita italiana. Será muy de casa, de cocina típica completamente, con la guitarra de La Chilena, por supuesto”.

La guitarra siempre acompañaba a la Chilena en “El Hey”. Uno de los grandes amores de Norma es la música, como lo fue de su madre, “La Elena”, como le llama, y a quien confiesa admirar profundamente, por ser una mujer “luchadora, trabajadora, incólume”, ante las adversidades. “Es una señora de 76 años. Ella cantaba y canta todavía. Fui la única de mis seis hermanos que sacó esto de la música. La verdad quería estudiar música, pero las condiciones estaban dadas para que fuera otro tipo de profesional.”

Sin embargo, nunca dejó la música, y en Hey siempre podía escucharse a La Chilena interpretar a Joaquín Sabina, Charlie García, Silvio Rodríguez y su Ojalá, la canción que más cantaba porque para ella significa una canción de esperanza. Estas canciones se recopilaron, en el año 97, en un disco titulado “Para ti, de La Chilena”. El disco nunca se comercializó, quedó para los amigos, la familia y el Hey.

El club de Ratatouille

El restaurante cerró hace dos años, pero para entonces, Norma ya estaba en otro proyecto que inició en canal 12 y ahora continúa en Tecnovisión: El club de La Chilena, que para ella es su forma de ganarse la vida y de “dar un pequeño aporte a tu casa”. “El programa fue creciendo, ya casi tenemos 4 años. Es muy tranquilo, no es un programa que compite. Creo que entre más somos más gente va a aprender. La gente decide que es lo que le gusta. Lo importante es que haya alternativas.”, dice Norma.

“Hubo algo que me pasó con El Salvador desde un principio: siempre me sentí de aquí. No sé por qué”, dice Norma La Chilena.

El Club de La Chilena le da la oportunidad de convertirse en rata. Norma se convierte en roedor, pero al estilo de Ratatouille, película que ya ha visto 5 veces y que la cautiva porque dice sentirse identificada con el personaje central: “Es que los ojos, la forma de pararse, la posición que él toma cuando vibra con los gustos es de un ser que cocina. Definitivamente esa película la hizo alguien que tenía que saber cocinar; y no solo eso, alguien que sabía encontrarle el gusto a la cocina”.

El que se casa, casa quiere


No solo el cine ha cautivado a La Chilena, también lo hizo la radio, en el año 2002. Condujo, en varias ocasiones, el programa El que se casa, casa quiere. El espacio estaba en radio 102.9 y compartía créditos con Carlos Marroquín, mejor conocido como Caluca. “Ese trabajo era muy simpático. Lo hacíamos con Caluca, una voz muy simpática, un narizón; lo pasábamos divino los sábados”, comenta la Chilena.

“Rico” es la palabra que Caluca emplea para describir cómo era trabajar al lado de Norma. “Como conductora, podés tener la confianza de que sabe lo que hace. Es una mujer con la suficiente personalidad como para transmitirla en la radio”. Carlos Marroquín también fue al territorio de La Chilena, el Hey: “Mi primer sueldo me lo fui a gastar comiendo donde La Chilena. Ella tuvo la delicadeza de irse a meter a la cocina a prepara la comida”, recuerda Caluca.

Además de la apertura del restaurante, el mayor proyecto de La Chilena es alcanzar una estabilidad económica, que admite aún no conseguir del todo. También desea nacionalizarse salvadoreña en un par de años.

Me quedo aquí por toda la vida y la muerte


Norma dice que nunca regresará a Chile, al menos no para residir definitivamente, aunque lo extraña: “Cuando estás dentro de tu terruño siempre hay alguien que te ayuda, los que vivimos afuera no lo tenemos. Yo detesto la lluvia porque me recuerda allá. Los días lluviosos me levanto y siento que voy a oír a mi mamá. Entonces la llamo rápido para que me pase la angustia”. Sin embargo a La Chilena no le importa caminar sin sombrilla cuando llovizna y se pone falda los días que auguran tormenta. Dice que le gusta sentir que el agua le cae en las piernas.

“Hubo algo que me pasó con El Salvador desde un principio: siempre me sentí de aquí. No sé por qué”, comenta. Dice que en El Salvador tuvo una de sus más grades satisfacciones: “Trabajar en lo que me gusta: Vibro, sueño, disfruto, lloro, me enojo en son de mi cocina. Mi vida es el trabajo”. Y reitera que no se irá: “Yo me quedo aquí por toda la vida y la muerte. Aquí voy a tener un espacio debajo de un árbol cuando ya me haya ido, para que aquellas personas que llevaban mi sangre me vengan a visitar”.

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