¿Accidente o asesinato?
La oscura muerte de un comandante insurgente
Pocos recuerdan ahora
a Ernesto Jovel, un obrero industrial que participó en
la fundación de las primeras guerrillas salvadoreñas,
y que llegó a ser uno de sus jefes estratégicos.
Su muerte nunca fue explicada y su nombre ha sido silenciado extrañamente
por la izquierda… ¿Murió en un atentado fraguado
por sandinistas y cubanos en combinación con algunos de
sus propios compañeros? Son muchos los indicios que apuntan
en esa dirección. Este es el recuento de los hechos.
Lunes 27
de agosto de 2007
Geovani Galeas
(Primera entrega)
ggaleas@centroamerica21.com
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El avión privado en el que viajaba Ernesto
Jovel se precipitó al mar el 17 de septiembre de 1980. Él
era el fundador y máximo jefe político y militar de
la Resistencia Nacional, una de las guerrillas que conformarían
el FMLN.
Nunca se supo a ciencia cierta si aquello fue un accidente o un
asesinato, pero yo conocí al encargado de preparar ese vuelo
y de garantizar la seguridad del comandante, el último que
lo vio con vida y que luego fuera acusado, por sus propios compañeros,
de haber sido cómplice del atentado.
Ese hombre que se hacía llamar Pancho, y cuyo nombre real
era Carlos Eduardo Rico Mira, era el jefe de inteligencia y contrainteligencia
de la Resistencia Nacional, y sabía exactamente la verdad
de lo ocurrido, pero se llevó el secreto a la tumba. Nada
extraordinario si se considera que para un oficial de inteligencia,
graduado formalmente como tal en la escuela cubana a principios
de los años setentas, su profesión es el silencio
y su garantía de vida es precisamente el secreto.
La leyenda cuenta que el cisne canta solo una vez en toda su vida,
y lo hace precisamente el día de su muerte. Se dice que lo
mismo le sucede a un conspirador profesional. En efecto, a mediados
de diciembre de 2003, ya amenazado por una grave enfermedad que
presagiaba el fin, Pancho terminó de redactar sus memorias
de guerra, a las que tituló “En silencio tenía
que ser”, y me pidió que le ayudara a corregir el manuscrito.
Ahí relataba un sinnúmero de aventuras que le había
tocado vivir en más de veinte años de conspiración
subversiva clandestina, y por fin hablaba de la muerte del comandante
Ernesto Jovel.
Como la publicación de su libro ya era inminente, le propuse
que para crear expectativa en torno al mismo, me concediera una
entrevista que fuera la base de un reportaje especial para la Prensa
Gráfica, mismo que se publicó en cuatro planas completas
el 29 de febrero de 2004.
El secreto como profesión
En 1972, luego de haber participado en la primera acción
militar reconocida de la guerrilla salvadoreña (la ejecución
de dos guardias nacionales frente al Hospital Bloom), Pancho fue
enviado a Cuba, donde junto a Roque Dalton cursó un entrenamiento
que lo convirtió en un oficial de inteligencia, experto en
armas pero sobre todo en cifrar, chequear, embutir, camuflar, microfilmar,
infiltrar, en fin: simular.
Con esos conocimientos participó en San Salvador en algunas
de las operaciones más espectaculares realizadas por la Resistencia
Nacional. A finales de 1976 puso su base operativa en Costa Rica.
Desde ahí salía a reunirse con Fidel Castro, Omar
Torrijos, Yasser Arafat y los máximos dirigentes chinos y
vietnamitas. Desde ahí abría rutas por tierra, mar
y aire para el flujo clandestino de armas, personal, dinero y comunicaciones
de la guerrilla. No era infrecuente que, desplazándose en
vuelos privados desayunara en Guatemala, almorzara en México
y cenara en Panamá o San Salvador.
Hacia 1979, Pancho guardaba en su departamento de San José,
en una caja fuerte y como si tal cosa, veinte millones de dólares
en efectivo. Ese dinero era parte de los sesenta millones de dólares
que la Resistencia Nacional había obtenido, en 1978, como
botín de una serie de secuestros de varios empresarios nacionales
y extranjeros.
Camuflado como un adinerado hombre de negocios, Pancho compraba
en todo Centroamérica casas, avionetas, furgones y lanchas
rápidas… además de armas en el mercado negro
internacional. Usaba trajes de casimir y se movía en autos
de lujo. Su manejo de ese dinero era totalmente discrecional.
Cuando nos encontramos, ya pasada la guerra, para la revisión
de su libro y la elaboración del reportaje sobre el mismo,
le dije que me sorprendía que un hombre que había
manejado tantísimo dinero viviera tan modestamente. “Dígalo
con toda claridad, más bien vivo en la línea de la
pobreza: no tengo ni casa propia ni auto. Cuando se firmó
la paz y nos desmovilizamos yo me puse a disposición de mis
jefes y esperé a que me llamaran. Eso no ocurrió y
ni modo, busqué un trabajo normal y aquí estoy jodido
pero contento”.
Y entonces, en un simpático barcito de medio pelo que estaba
ubicado a unos cuantos metros de su casa en el barrio de Santa Anita,
hablamos del asunto en cuestión durante varias horas, durante
varias jornadas, siempre con música de fondo de la Sonora
Matancera.
"Ha llegado la hora de contar la verdad"
-Es difícil creer que esa muerte fuera el resultado de un
accidente, Pancho, ¿quién mató a Ernesto Jovel?
-le pregunté.
-En su momento hubo muchas especulaciones dentro de nuestras propias
filas: se dijo que pudo haber sido la CIA, o el general Torrijos,
o los cubanos o los sandinistas…
-O que pudo haber sido usted mismo el asesino al servicio de cubanos
y sandinistas, Pancho…
-Sí, algunos de mis propios compañeros me acusaron
y hasta llegaron a pedir la pena de muerte para mí. Eso no
se concretó pero sí fui sancionado y degradado, aunque
luego de nuevo fui ascendido a mis cargos en la jefatura de la Resistencia
Nacional. Pero no fui yo.
-En su libro tampoco dice quién fue.
Pancho guardó silencio. Yo insistí:
-Cuesta creerle a un conspirador como usted.
-Y tiene usted razón, claro. Para un conspirador profesional,
en el fondo, todo es siempre una operación política.
Pero usted es periodista y el riesgo es suyo. Solo tome en cuenta
que yo fui un conspirador que se llamó Pancho durante la
guerra. El conflicto terminó y Pancho pasó a retiro
o murió. Usted está hablando ahora con Carlos Eduardo
Rico Mira, otra persona.
-¿Y por qué quiere ahora contar Carlos Eduardo Rico
Mira lo que para Pancho fueron secretos?
-Durante la guerra el silencio y el secreto eran un imperativo de
vida o muerte. Ahora en la paz, el silencio y el secreto pueden
ser una cobardía. Ha llegado la hora de contar la verdad.
El riesgo de que la historia se adultere es muy grande. Contar lo
que en realidad sucedió es un deber para quienes participamos
en uno u otro bando. La mentira solo beneficia a los oportunistas
y da pie a las elucubraciones más peregrinas.
-¿Por qué el FMLN no reinvindicó nunca a Ernesto
Jovel como uno de sus dirigentes históricos, y más
bien dejó que el olvido sepultara su nombre?
-Eso pregúnteselo a los dirigentes estratégicos del
FMLN. Ellos tienen la última palabra al respecto. No sé
quién mató físicamente al comandante Jovel,
pero su muerte política sí es responsabilidad de esos
dirigentes, incluyendo a los cubanos y a los sandinistas, a la izquierda
en su conjunto. Esa misma izquierda que tanto clama por la memoria
histórica, pero suele olvidarse de detallitos como Cayetano
Carpio, Roque Dalton y Ernesto Jovel nada menos.
Le dije francamente que yo creía que él sabía
toda la verdad y que, por alguna razón, no quería
o no podía decirla. Su respuesta fue evasiva:
-El comandante Jovel salió de San Salvador para sostener
una serie de reuniones de máximo nivel con las dirigencias
sandinistas y cubanas tanto en Managua como en la Habana, la gira
la cerraría un encuentro con el general Torrijos en Panamá.
Usted comprenderá que todos los movimientos del comandante
eran rigurosamente clandestinos, y que la gira en su conjunto constituía
una operación secreta. Y aquí está el punto:
en lo tocante a operaciones de ese tipo nunca nadie sabe “toda
la verdad”, puesto que en las distintas fases de su planificación,
coordinación y realización concurren, de manera compartimentada,
varias personas que solo conocen la información estrictamente
necesaria para el cumplimiento de su misión específica
dentro del plan.
-Pero, Pancho -le dije-, tanto los motivos como las circunstancias
de esa gira eran excepcionales, y por eso mismo, excepcionalmente,
como usted mismo lo reconoce en su libro, tuvo usted el estricto
control personal de toda la operación, precisamente para
garantizar la seguridad del comandante Jovel en un momento sumamente
crítico. Fue precisamente por ese detalle que sus mismos
compañeros desconfiaron de usted y lo acusaron.
-Es cierto. Lo que sucedió es que, debido a una serie de
circunstancias imprevistas, yo cometí un grave error de último
momento al dejar que los sandinistas, bajo inspección de
los cubanos, sustituyeran tanto al avión como al piloto que
yo tenía preparados para ese viaje. Mi error fue confiar
en ellos.
-¿Eso quiere decir que usted cree que si hubo un complot
y que fueron ellos los responsables?
-No he dicho exactamente eso.
-Pero es eso justamente lo que da a entender.
Entonces Pancho hizo un comentario en el que puso en juego todos
sus conocimientos y su experiencia en el campo del análisis
de inteligencia, y que de algún modo me lanzaba un desafío
personal:
-Mire, si usted realmente quiere saber qué sucedió
con el comandante Jovel, no se centre en el cómo y el quién.
Estudie cuidadosamente los hechos y su contexto y busque el por
qué. Si logra establecer ese por qué, todo lo demás
se le dará por añadidura.
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