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Mario Hernández Aguirre en la memoria de Ricardo Lindo
“Come curas, ateo y burlón”

 


Mario fue amigo de Hugo Lindo y después amigo mío. Su edad lo situaba a medio camino entre ambos. Pero, más aun, fue mi padre adoptivo en la década que me tocó vivir en París, de 1968 a 1978.


Lunes 3 de septiembre de 2007
Ricardo Lindo
redaccion@centroamerica21.com

 

“Mario era ministro consejero de la embajada de El Salvador en París cuando, en ausencia del embajador, tuvo que entrevistarse con el ministro de Relaciones Exteriores de Francia.

Debió hacer antesala en uno de los elegantes salones del ministerio, que dan a las aguas majestuosas del río Sena. Lo atendió, mientras tanto, un edecán que le enseñó un enorme y complejo aparato de oro con rueditas dentadas y ángeles con arcos decorados de joyas, y con otra rueda que figuraba las constelaciones.

- ¿Sabe qué es esto?- preguntó el ceremonioso funcionario. Era un reloj que había pertenecido a Luis XIV, el Rey Sol, pero Mario no lo sabía. Lo que tampoco sabía el funcionario era que Mario Hernández Aguirre, estudioso de la literatura, poeta y cuentista, tenía respuestas que inventaba con velocidad.

- No lo sé –dijo Mario- pero me recuerda un aparato que tenemos en la cancillería en San Salvador, sólo que el de nosotros es más grande.

Claro que en El Salvador nunca hubo un instrumento semejante, cuyo precio equivaldría al presupuesto de la nación por varios años. Como sea, el edecán debió tragarse su orgullo.

Un automóvil como hogar

Luis Gallegos Valdés, en su Panorama de la Literatura Salvadoreña (tercera edición, UCA EDITORES, San Salvador, 1981) da los datos y apreciaciones siguientes: “Mario Hernández Aguirre nació en San Salvador el 10 de enero de 1928. Hijo del escritor Félix Antonio Hernández. Hogar pobre y religioso, lo que le infundió miedo que ha reflejado en su manera de ser y escribir. Su educación en colegios religiosos produjéronle escepticismo y predispusieron su ánimo contra cualquier idea religiosa. Estudia Derecho en la Universidad de Chile, Letras y Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, Ciencias Políticas en la Universidad del Litoral, Santa Fe, República Argentina”. En el ejemplar del Panorama que tengo a mano hay una anotación de Hugo Lindo al final de las líneas de Gallegos Valdés. Es una crucecita seguida de una fecha: Santa Ana, 27 Nov/84.

Mujer en París
Casi nunca, conmigo, solitaria, movías la cabeza
Rechazando el crepúsculo. No siempre mirabas
La fiesta del otoño y la pereza gris bajo los puentes
Teniéndome a tu lado. Casi nunca,
Conmigo, en invierno recorrimos los parques
Con estatuas y hojas y fuentes incansables. No siempre
Te tenía mirando con mis ojos las torres solitarias
Que surgen debajo de la niebla. Casi nunca
Íbamos a caminar a los mercados, ni a romper
La quietud de los vinos yacentes. No siempre
Compartías mi noche con tu noche. Sin embargo
De entonces, sí de entonces, hay hermosos recuerdos…

Mario Hernández Aguirre

No sé de donde saca don Luis lo del miedo. Creo que todos lo recordamos como el descarado imaginativo capaz de cualquier cosa por un buen chiste. Pero ese come curas, ateo y burlón, se persignaba subrepticiamente al levantarse, según me contó Carmen, su viuda.

Mario fue amigo de Hugo Lindo y después amigo mío. Su edad lo situaba a medio camino entre ambos. Pero, más aun, fue mi padre adoptivo en la década que me tocó vivir en París, de 1968 a 1978. Cuando llegué, él vivía pobremente de artículos y negocios ocasionales y en su apartamento se comían sólo espaguetis, pero no faltaba el vino, aunque no fuese el de mejor calidad. Contaba haber pasado una época peor, en la que vivía en un automóvil. Para que sus “enemigos” no se dieran cuenta en San Salvador de su mala situación, daba como dirección la de unos baños públicos en una calle parisina. Llegaba justo antes que el cartero, lo esperaba a la entrada, le preguntaba si tenía correspondencia para él, se embolsaba las cartas y entraba a darse una ducha.

Mirá que brutos, han quitado todas las citas en griego

Una noche me llegó a buscar a la Ciudad Universitaria. Estaban a punto de destruir Les Halles, el antiguo mercado de París para erigir en su lugar un extraordinario centro cultural, el Centro Pompidou, y esa noche los comerciantes hacían su fiesta de despedida. El lugar estaba abarrotado por los capitalinos. Bailaban los carniceros con las verduleras sobre los camiones cargados de mercancías, tocaban música los policías y los mendigos, y preparaban las cocineras su última “soupe à l´oignon”, su célebre sopa de cebollas con queso de la cual comimos dos suculentos platos.

Su excelente ensayo sobre Francisco Gavidia fue premiado en el Certamen Nacional de Cultura y publicado por nuestro ministerio de Educación. Mario se incomodó al revisar el volumen.

- Mirá que brutos, han quitado todas las citas en griego.
- Pero Mario ¿y vos sabés griego?
- ¡Claro que no! Pero... ¿y todo el trabajo que me tomé copiando letrita por letrita?
Tenía una particular unidad monetaria. Si le decían “tal edificio costó un millón de dólares”, calculaba:
- ¡Imagínate! ¡Como diez mil cajas de Chivas Regal!

El simpatiquísimo diplomático salvadoreño

Obra editada: Abandonado al Alba, Argentina, 1951; Litoral de Amor, Argentina, 1952; Esto se llama Olvido, Argentina, 1953; Cuentos de Soledad, Argentina, 1952; El Mar sin orillas, Argentina, 1954; La vida es un Cielo Cerrado y otros Cuentos, Barcelona, 1961; Del Infierno y del Cielo, El Salvador, 1971; La Literatura y los Cambios Sociales en Centro América, Argentina, 1951; Minotauro y Esperanza, Argentina, 1952; Medio Siglo de Poesía Salvadoreña, El Salvador, 1957; Gaviria,(Premio Certamen Nacional de Cultura de El Salvador),
El Salvador, 1968; Visión Sintética de la Narrativa Centroamericana, España, 1968.

Más adelante, cuando su situación se tornó de precaria a francamente bonancible, el buen licor escocés no faltó en su casa. Cuando se acercaban las siete de la tarde decía:

-Ya va siendo la hora.

Era hora de ir sacando el hielo y acomodándolo en los vasos. Si era un poco más tarde y el “guaro” escocés reposaba aun, exclamaba:

- ¡Apurate! ¡Nos hemos pasado quince minutos!

Ya era otro apartamento, uno con vista al río y, mejor aun que el mentado ministerio, a la catedral de Nuestro Señora, aquella donde todavía ha de vivir el mítico Cuasimodo. Grandes escritores y artistas llegaban con frecuencia a su hogar, al de Mario, quiero decir.

Él es el “simpatiquísimo diplomático salvadoreño” De la Amigdalitis de Tarzán, novela del autor peruano Alfredo Bryce Echenique, cuyo personaje principal es nuestra compatriota Ana María Dueñas y en casa de Mario (fui testigo) tuvo lugar aquella fiesta que describe Alfredo donde Ana María se pasó toda la noche confundiendo al compositor dodecafónico Raoul de Verneuil con don Miguel Ángel Asturias.

Una vez regresaba Mario de un entierro y encontró un amigo en su ruta. Al verlo de negro, el otro lo interrogó con la mirada.

- Vengo de asegurarme de que entierren al coronel Fulano -respondió.

Una señora de la alta sociedad salvadoreña que llegó de visita a Francia le preguntó:

- Mario ¿a qué hora se acuestan los franceses?
- Depende con quién –se apresuró a contestar.

Cuando, años más tarde, Mario Hernández Aguirre, embajador de El Salvador ante la UNESCO, regresó a Santa Ana a morir, lo fui a ver. Me invitó a un whisky, por supuesto, y contó que el médico le había dicho que bebiera si se le daba la gana, pero ya no se le daba. Pensé echarlo a chiste y decir algo así como “A pues sí es grave esa babosada”, pero opté por callar. Esa babosada era cáncer y Mario se fue poco después, terrible y jodión, a hacer más divertida la vida de los habitantes del más allá.

En este espacio de la sección Cultura, la pluma y la mirada de Ricardo Lindo, ofrece a nuestros lectores retazos de la persona y la personalidad de escritores y artistas que, junto a la lectura de sus obras nos acercan al universo íntimo de cada uno de ellos, y de la época en que vivieron.

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