Mario Hernández Aguirre en la memoria
de Ricardo Lindo
“Come curas, ateo y burlón”
Mario fue amigo de Hugo Lindo y después amigo mío.
Su edad lo situaba a medio camino entre ambos. Pero, más
aun, fue mi padre adoptivo en la década que me tocó
vivir en París, de 1968 a 1978.
“Mario era ministro consejero
de la embajada de El Salvador en París cuando, en ausencia
del embajador, tuvo que entrevistarse con el ministro de Relaciones
Exteriores de Francia.
Debió hacer antesala en uno de los elegantes salones del
ministerio, que dan a las aguas majestuosas del río Sena.
Lo atendió, mientras tanto, un edecán que le enseñó
un enorme y complejo aparato de oro con rueditas dentadas y ángeles
con arcos decorados de joyas, y con otra rueda que figuraba las
constelaciones.
- ¿Sabe qué es esto?- preguntó el ceremonioso
funcionario. Era un reloj que había pertenecido a Luis
XIV, el Rey Sol, pero Mario no lo sabía. Lo que tampoco
sabía el funcionario era que Mario Hernández Aguirre,
estudioso de la literatura, poeta y cuentista, tenía respuestas
que inventaba con velocidad.
- No lo sé –dijo Mario- pero me recuerda un aparato
que tenemos en la cancillería en San Salvador, sólo
que el de nosotros es más grande.
Claro que en El Salvador nunca hubo un instrumento semejante,
cuyo precio equivaldría al presupuesto de la nación
por varios años. Como sea, el edecán debió
tragarse su orgullo.
Un automóvil como hogar
Luis Gallegos Valdés, en su Panorama de la Literatura Salvadoreña
(tercera edición, UCA EDITORES, San Salvador, 1981) da
los datos y apreciaciones siguientes: “Mario Hernández
Aguirre nació en San Salvador el 10 de enero de 1928. Hijo
del escritor Félix Antonio Hernández. Hogar pobre
y religioso, lo que le infundió miedo que ha reflejado
en su manera de ser y escribir. Su educación en colegios
religiosos produjéronle escepticismo y predispusieron su
ánimo contra cualquier idea religiosa. Estudia Derecho
en la Universidad de Chile, Letras y Filosofía en la Universidad
de Buenos Aires, Ciencias Políticas en la Universidad del
Litoral, Santa Fe, República Argentina”. En el ejemplar
del Panorama que tengo a mano hay una anotación de Hugo
Lindo al final de las líneas de Gallegos Valdés.
Es una crucecita seguida de una fecha: Santa Ana, 27 Nov/84.
Mujer en París
Casi nunca, conmigo, solitaria, movías la cabeza
Rechazando el crepúsculo. No siempre mirabas
La fiesta del otoño y la pereza gris bajo los puentes
Teniéndome a tu lado. Casi nunca,
Conmigo, en invierno recorrimos los parques
Con estatuas y hojas y fuentes incansables. No siempre
Te tenía mirando con mis ojos las torres solitarias
Que surgen debajo de la niebla. Casi nunca
Íbamos a caminar a los mercados, ni a romper
La quietud de los vinos yacentes. No siempre
Compartías mi noche con tu noche. Sin embargo
De entonces, sí de entonces, hay hermosos recuerdos…
Mario Hernández Aguirre
No sé de donde saca don Luis
lo del miedo. Creo que todos lo recordamos como el descarado imaginativo
capaz de cualquier cosa por un buen chiste. Pero ese come curas,
ateo y burlón, se persignaba subrepticiamente al levantarse,
según me contó Carmen, su viuda.
Mario fue amigo de Hugo Lindo y después amigo mío.
Su edad lo situaba a medio camino entre ambos. Pero, más
aun, fue mi padre adoptivo en la década que me tocó
vivir en París, de 1968 a 1978. Cuando llegué, él
vivía pobremente de artículos y negocios ocasionales
y en su apartamento se comían sólo espaguetis, pero
no faltaba el vino, aunque no fuese el de mejor calidad. Contaba
haber pasado una época peor, en la que vivía en
un automóvil. Para que sus “enemigos” no se
dieran cuenta en San Salvador de su mala situación, daba
como dirección la de unos baños públicos
en una calle parisina. Llegaba justo antes que el cartero, lo
esperaba a la entrada, le preguntaba si tenía correspondencia
para él, se embolsaba las cartas y entraba a darse una
ducha.
Mirá que brutos, han quitado todas las citas en
griego
Una noche me llegó a buscar a la Ciudad Universitaria.
Estaban a punto de destruir Les Halles, el antiguo mercado de
París para erigir en su lugar un extraordinario centro
cultural, el Centro Pompidou, y esa noche los comerciantes hacían
su fiesta de despedida. El lugar estaba abarrotado por los capitalinos.
Bailaban los carniceros con las verduleras sobre los camiones
cargados de mercancías, tocaban música los policías
y los mendigos, y preparaban las cocineras su última “soupe
à l´oignon”, su célebre sopa de cebollas
con queso de la cual comimos dos suculentos platos.
Su excelente ensayo sobre Francisco Gavidia fue premiado en el
Certamen Nacional de Cultura y publicado por nuestro ministerio
de Educación. Mario se incomodó al revisar el volumen.
- Mirá que brutos, han quitado todas las citas en griego.
- Pero Mario ¿y vos sabés griego?
- ¡Claro que no! Pero... ¿y todo el trabajo que me
tomé copiando letrita por letrita?
Tenía una particular unidad monetaria. Si le decían
“tal edificio costó un millón de dólares”,
calculaba:
- ¡Imagínate! ¡Como diez mil cajas de Chivas
Regal!
El simpatiquísimo diplomático salvadoreño
Obra editada: Abandonado al Alba, Argentina,
1951; Litoral de Amor, Argentina, 1952; Esto se llama
Olvido, Argentina, 1953; Cuentos de Soledad, Argentina,
1952; El Mar sin orillas, Argentina, 1954; La vida es
un Cielo Cerrado y otros Cuentos, Barcelona, 1961; Del
Infierno y del Cielo, El Salvador, 1971; La Literatura
y los Cambios Sociales en Centro América, Argentina,
1951; Minotauro y Esperanza, Argentina, 1952; Medio Siglo
de Poesía Salvadoreña, El Salvador, 1957;
Gaviria,(Premio Certamen Nacional de Cultura de El Salvador),
El Salvador, 1968; Visión Sintética de la
Narrativa Centroamericana, España, 1968.
Más adelante, cuando su situación
se tornó de precaria a francamente bonancible, el buen
licor escocés no faltó en su casa. Cuando se acercaban
las siete de la tarde decía:
-Ya va siendo la hora.
Era hora de ir sacando el hielo y acomodándolo en los vasos.
Si era un poco más tarde y el “guaro” escocés
reposaba aun, exclamaba:
- ¡Apurate! ¡Nos hemos pasado quince minutos!
Ya era otro apartamento, uno con vista al río y, mejor
aun que el mentado ministerio, a la catedral de Nuestro Señora,
aquella donde todavía ha de vivir el mítico Cuasimodo.
Grandes escritores y artistas llegaban con frecuencia a su hogar,
al de Mario, quiero decir.
Él es el “simpatiquísimo diplomático
salvadoreño” De la Amigdalitis de Tarzán,
novela del autor peruano Alfredo Bryce Echenique, cuyo personaje
principal es nuestra compatriota Ana María Dueñas
y en casa de Mario (fui testigo) tuvo lugar aquella fiesta que
describe Alfredo donde Ana María se pasó toda la
noche confundiendo al compositor dodecafónico Raoul de
Verneuil con don Miguel Ángel Asturias.
Una vez regresaba Mario de un entierro y encontró un amigo
en su ruta. Al verlo de negro, el otro lo interrogó con
la mirada.
- Vengo de asegurarme de que entierren al coronel Fulano -respondió.
Una señora de la alta sociedad salvadoreña que llegó
de visita a Francia le preguntó:
- Mario ¿a qué hora se acuestan los franceses?
- Depende con quién –se apresuró a contestar.
Cuando, años más tarde, Mario Hernández Aguirre,
embajador de El Salvador ante la UNESCO, regresó a Santa
Ana a morir, lo fui a ver. Me invitó a un whisky, por supuesto,
y contó que el médico le había dicho que
bebiera si se le daba la gana, pero ya no se le daba. Pensé
echarlo a chiste y decir algo así como “A pues sí
es grave esa babosada”, pero opté por callar. Esa
babosada era cáncer y Mario se fue poco después,
terrible y jodión, a hacer más divertida la vida
de los habitantes del más allá.
En este espacio de la sección Cultura, la pluma
y la mirada de Ricardo
Lindo, ofrece a nuestros lectores retazos de la persona
y la personalidad de escritores y artistas que, junto
a la lectura de sus obras nos acercan al universo íntimo
de cada uno de ellos, y de la época en que vivieron.