Suscríbete al Newsletter

Boletín semanal gratis

 
Google
 
 
 

El crimen: ser o dejar de ser

 

Los órganos del estado tienen como misión fundamental dar coherencia a la sociedad, y son –o deben ser– neutrales con respecto al complejo tejido de clases, grupos e individuos que la integran. Por eso las instituciones se mueven en márgenes estrechos, y por eso existen –o deben existir– puertas y candados legales que garanticen su funcionamiento más allá de preferencias o ideologías.


Lunes 3 de septiembre de 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

En una democracia representativa, los gobiernos son administradores incidentales del aparato de estado. Siempre se supone que existe una alternancia en el poder, o los mecanismos para que exista, y dependerá de los electores ejercerla o no.

Lo importante es que los aparatos de estado están diseñados para administrar los asuntos de toda la sociedad, de cada uno de sus grupos e individuos, según leyes y regulaciones generales y particulares que se suponen bien codificadas y encuentran su base en la Constitución Política. Ése es uno de los candados más importantes para la preservación de la coherencia del estado: la Constitución. Ninguna ley secundaria puede pasar por encima de ella, ignorarla o interpretarla si no es en términos estrictos y también preestablecidos.

El gobierno en turno no sólo trabaja –o no debería– para ciertos sectores sociales, ideológicos, gremiales, etcétera. Gobierna para todos los que vivan en el territorio en el que tiene jurisdicción. Esto incluye a patrones, desempleados, trabajadores públicos y privados, vendedores ambulantes, etcétera, pero también a sectores marginales, disidentes y alternativos. También debe gobernar para quienes se mueven en los márgenes de la legalidad, como delincuentes y criminales.

Aunque suene contradictorio, no se trata de que gobierne “contra” ellos, sino “para” ellos, por el simple hecho de que forman parte humana y activa de la sociedad, y porque, del modo que se quiera, son producto de ella. La prueba la constituyen las propias leyes e instituciones: códigos penales y civiles, juzgados especializados, instituciones penitenciarias, una policía con divisiones y atribuciones, abogados defensores y fiscales, órganos de regulación de la función pública...

La criminalidad no es algo excepcional; está prevista, así como los mecanismos para evitarla y combatirla. No es una excepción, sino parte del entramado social, y hay márgenes “tolerables” contra los que el aparato de estado se encuentra listo –o debería– para actuar. No es algo deseable; simplemente es.

El cada vez más grave problema de la criminalidad en El Salvador podría atribuirse a la ineficacia de los últimos gobiernos y a la falta de un plan estratégico efectivo. Algo habrá de cierto, pero el asunto parece más profundo.

La premisa básica sobre la que funcionaron –o más bien no han funcionado– los planes Mano Dura y Súper Mano Dura, y últimamente la Ley Antiterrorista, es que la criminalidad es ajena a la sociedad: elementos externos tratan de romper un orden que básicamente funciona bien. Peor aún: los problemas sociales y las disidencias políticas, a partir de cierto punto –un punto bastante pantanoso– son parte de esa criminalidad.

La concepción es una extensión de la que manejaban los gobiernos de la guerra: grupos manejados y financiados desde el exterior amenazan la integridad nacional. Y la guerrilla podía tener todo el apoyo exterior que se quisiera –como lo tuvo el sistema–, pero sus raíces y su combustible estaban dentro del país.

El problema es que el combate a la criminalidad se da desde la represión, no desde la búsqueda y corrección de los factores que la provocan, y que la simple represión no logrará encarar. El endurecimiento de penas, las leyes de excepción, la violencia excesiva, generan irritación social, que derivará en índices más altos de criminalidad, pero también de disidencia social y política.

Esta concepción punitiva, que ve el crimen y la disidencia –identificada con el delito– como algo externo, explica en cierta medida la ineficacia de ciertos tramos del sistema legal, como la actuación de la Policía Nacional Civil y la Fiscalía: lo que buscan no está allí, y lo que encuentran no tiene que ver con lo que buscan.

Lo que hay, en ocasiones, es un estado de guerra de una sociedad contra sí misma, no una sociedad que busca el equilibrio, como cualquier sociedad.

Por un motivo u otro, el tema ofrece réditos políticos a los partidos, se coloquen éstos del lado en que se coloquen; en semanas anteriores hubo escaramuzas preelectorales que dejaron cartas al descubierto. El riesgo, entonces, es tener a una sociedad rehén del sistema de justicia que debería protegerlo, y que el crimen –o lo que se coloque en su lugar– pase a formar parte de las costumbres del estado y sea un arma política, no ese lado oscuro previsible, pero no necesario.

SUBIR
 
 

  


 

 

© Derechos Reservados 2007