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Juicio criminal contra el payaso que no hacía reír
(Final)

 

La mañana que nos presentamos al juicio me sentí fresco, tranquilo, no sólo por el aire acondicionado y un par de mujeres hermosas que silenciaron las escaleras con el brillo de sus cabellos y un aroma a pesadilla sexual, sino porque cada vez estaba más cerca de salir del mundo de las corbatas y los trajes.

Siempre que fui al estrado de los tribunales estuve nervioso, aunque tuviera claro el panorama; al momento de estudiar mi comportamiento comprendí que era por las ropas, sí, falta de concordancia de la personalidad con el uniforme. Si yo hubiese podido ser yo desde mis vestimentas hasta la cabeza, hubiese sido un imparable abogado defensor; no se puede tener todo en la vida, por eso me dediqué a escribir a tiempo completo.

Lunes 3 de septiembre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Días antes de llegar a juicio fui entrevistado por primera vez en un programa de televisión por mi amigo Geovani Galeas, que ese día llegó con lentes oscuros, jeans azules, camisa verde a cuadros muy chicos y una lata de cocacola; Payaso y su viejo vieron el programa, cada uno desde su trinchera.

El padre del pandillero me dijo que gracias a aquel programa sabía que yo había sido guerrillero y esgrimió su confesión: “Fui jefe de la comandancia de la defensa civil, cerca de Tejutepeque”, me dijo. Las sorpresas son así de calientes. “Yo sabía que usted era un abogado distinto”, añadió con voz amistosa y estrechó su mano de viejo curtido por el azote del combate.

No sé qué coños quiso decir con eso de “distinto”, pero también yo me confesé con él. Estaba desertando de mis oficios de abogado, únicamente saldaba mis cuentas con algunos casos pendientes, como el de su hijo, luego me marcharía. Cada vez que voy a un juzgado me duelen las muelas y la tercera costilla del lado izquierdo, le dije.

La mañana que nos presentamos al juicio me sentí fresco, tranquilo, no sólo por el aire acondicionado y un par de mujeres hermosas que silenciaron las escaleras con el brillo de sus cabellos y un aroma a pesadilla sexual, sino porque cada vez estaba más cerca de salir del mundo de las corbatas y los trajes.

Siempre que fui al estrado de los tribunales estuve nervioso, aunque tuviera claro el panorama; al momento de estudiar mi comportamiento comprendí que era por las ropas, sí, falta de concordancia de la personalidad con el uniforme. Si yo hubiese podido ser yo desde mis vestimentas hasta la cabeza, hubiese sido un imparable abogado defensor; no se puede tener todo en la vida, por eso me dediqué a escribir a tiempo completo.

Payaso estaba tranquilo, el cabello un poco crecido le daba a su cabeza un aire a rabo de nube negra. Los otros dos pandilleros también lucían serenos. Los vi hacer un par de bromas. Payaso río en abundancia. Le dije que esa energía me servía de mucho, fue la primera vez que vi sus dientes.

El debate de apertura se tornó aburrido, en un lenguaje repetitivo, obtuso, desagradable, impreciso, como suelen ser los acontecimientos judiciales. Lo grotesco y miserable de una mañana judicial tiene en sus entrañas el sabor estético de una cuchillada limpia. Disfruto escribiendo sobre las tramas judiciales de la forma en que detesto actuar como abogado.

El tribunal colegiado que iba a ocuparse de nuestras pruebas y dictar la sentencia final era de esos seres a los que uno ve en el lugar equivocado. Su educación, cordura e imparcialidad ponían al ambiente la dosis de antídoto para el veneno que llevábamos los abogados litigantes.

Las pruebas de cargo fueron presentadas una a una. El forense describió en detalles el procedimiento de la autopsia y de la causa de muerte, múltiples lesiones provocadas por arma corto punzante, edad aproximada de la víctima, etc. etc. Con ello no podíamos inculpar a nadie.

Uno de los policías interrogados relató el procedimiento ejecutado al momento del levantamiento del cadáver; una vez identificado el cuerpo y sus lesiones fue colocado en una bolsa plástica negra (como lo indica el protocolo) y luego fue llevado hasta la calle y puesto sobre la cama del vehículo de Medicina Legal.

No había armas decomisadas, ni pruebas científicas, ni evidencias de ningún tipo que pesaran contra los tres acusados.

Después de los interrogatorios realizados a los testigos policías, se vino una crisis: la fiscalía pidió suspender el juicio debido a que la testigo clave había desaparecido.

El tribunal no admitió la suspensión para otro día, ordenó a la fiscalía que localizara a la testigo de inmediato. Si no llegaba el resultado del juicio estaba más que claro. La defensa relamió sus bigotes.

Una vez nos vimos las caras en el pasillo, el fiscal me dijo que no era su responsabilidad, era la policía que no había llevado a su testigo y que él suponía que no querían hacerlo. Después de un estira y encoje logró que cumplieran con la orden.

Varias horas después la testigo fue ubicada en un poblado fuera de San Salvador. El siguiente informe decía que la testigo no se podía movilizar. El tribunal ordenó que fuese llevada hasta un punto intermedio y trasladó el juicio hasta dicho lugar.

La caravana de reos, policías, jueces, empleados judiciales y la pacotilla de abogados litigantes batimos el polvo como locos en dirección de un pueblo pequeño, de esos donde la gente todavía dice buenos días antes de meterte una bala en la frente.

En una habitación pequeña de un juzgado de paz se acomodó el tribunal y las partes para hacer su guerra. Estuvimos ahí esperando a que los detalles terminaran de completarse.

El fiscal tuvo tiempo de verse en privado con su testigo antes de meterla al hormiguero. No estaba permitido dado que se trataba de un juicio, pero él había llegado primero, además debido a su situación de testigo protegido, de su cuello no se separaban dos policías blindados de la unidad de investigaciones criminales.

El interrogatorio comenzado por la fiscalía no arrojó detalles de valor. El principal era la identificación de los acusados y de la víctima, demostrada tal premisa se infería, a su juicio, la autoría del crimen.

La testigo entró a contrariar su versión, no pudo concretar detalles del crimen, ni de los autores, pero dos situaciones parecían tenerla nerviosa: que recibía dinero de la policía y que había trabajado en otros casos como testigo clave en hechos de similares características.

La parte medular para el acusador era unir los hechos de la noche anterior con el crimen. La fiscalía volvió a cometer otro error, hizo que la testigo asegurara haber visto el cadáver de la víctima frente a su casa de habitación la mañana que la policía y el forense realizaron el levantamiento del mismo; la llevó a dar los detalles de las ropas y zapatos, para que coincidieran con los de la persona que ella supuestamente había visto con vida.

Horas después y luego de la deliberación de los jueces, fue dada la sentencia definitiva. La testigo clave había sido desacreditada debido a una gran cantidad de contradicciones, pero una fue la principal: a pesar de haber asegurado que había visto el cadáver de la víctima frente a su misma casa, la versión en sí misma advertía su falso testimonio.

El protocolo forense establece que el embalaje del cadáver debe hacerse en el mismo lugar de su hallazgo; pero además los mismos policías habían indicado en el juicio que el cuerpo de la víctima fue trasladado dentro de una bolsa oscura hasta el vehículo. La testigo no vio ropas, ni zapatos, ni cuerpos; no podía haberlo visto, lo único que estuvo frente a su casa fue una bolsa negra.
Lo grave era el asegurar lo contrario; podría haberlo visto en el lugar exacto del crimen y no en otro, pero allí sólo se presentó un testigo distinto, los policías, el forense y el fiscal, tal y como constaba en la documentación presentada por el acusador.

En derecho se reconoce un asunto de medular importancia: que el abogado sólo debe hacer al testigo aquellas preguntas respecto de las cuales sabe cuál será la respuesta y que la mejor pregunta es aquella que no se hace.

La inconformidad acerca de los “tecnicismos” que muchas personas muestran a la hora de valorar el proceso penal, es apenas una apelación del sentir cotidiano, que se niega a sí mismo cuando somos los enjuiciados en carne propia.

La duda razonable es una de las bases filosóficas sobre las que se asienta la convivencia de nuestro mundo.

La sentencia, como era de esperarse fue absolutoria. El fiscal y yo nos dimos la mano, él sabía otros detalles que lo dejaban tranquilo; Payaso no había matado a nadie, al menos en ese caso.

Payaso sonrió a mares, uno de los otros pandilleros lloró. Yo me quité la corbata con furia la metí en un bolsillo del pantalón. Estreché la mano de mi “cliente”. “Yo sabía que podías, loco”, me dijo.

Un amigo fiscal solía decirme que cuando terminaba con un juicio penal donde el reo había sido condenado a muchos años de prisión él no podía dormir a gusto. “Quiénes somos para condenar a los hombres”, me decía.

El universo de la justicia es el agujero negro del que nos habla la física, se tragará todo a su paso sin que logremos alumbrar el camino de la verdad histórica, a lo sumo la reconstruiremos y le llamaremos verdad formal.

No volví a ver a Payaso. Sé que hay algo de lo que no pude defenderlo ni los jueces absolverlo: de ser un artista consagrado de la muerte.


Juicio criminal contra el payaso que no hacía reír.
Primera parte

Juicio criminal contra el payaso que no hacía reír.
Segunda parte

Juicio criminal contra el payaso que no hacía reír.
Tercera parte

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