¿Accidente o asesinato?
La oscura muerte de un comandante insurgente
Pocos recuerdan ahora
a Ernesto Jovel, un obrero industrial que participó en
la fundación de las primeras guerrillas salvadoreñas,
y que llegó a ser uno de sus jefes estratégicos.
Su muerte nunca fue explicada y su nombre ha sido silenciado extrañamente
por la izquierda… ¿Murió en un atentado fraguado
por sandinistas y cubanos en combinación con algunos de
sus propios compañeros? Son muchos los indicios que apuntan
en esa dirección. Este es el recuento de los hechos.
Lunes 3 de
septiembre de 2007
Geovani Galeas
(Segunda entrega)
ggaleas@centroamerica21.com
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El secreto de Pancho
“Mire, si usted realmente quiere saber qué sucedió
con el comandante Jovel, no se centre en el cómo y el quién.
Estudie cuidadosamente los hechos y su contexto y busque el por
qué. Si logra establecer ese por qué, todo lo demás
se le dará por añadidura”. Eso fue lo último
que me dijo Pancho sobre el tema en cuestión, aunque yo en
distintas ocasiones le insistí en que, si como a mí
me parecía evidente, él sabía lo que en realidad
había ocurrido, lo menos que podía hacer por quien
había sido su jefe y amigo era decir la verdad.
Me escuchaba en silencio y evadía el punto. En una ocasión
le tendí una especie de emboscada cordial: lo invité
al programa de televisión que por entonces yo conducía,
y ahí en vivo ante las cámaras volví al tema.
Acorralado, y también hastiado por mi insistencia, me dijo
que ya todo lo que diría sobre el caso estaba escrito en
su libro, que ahí en esas páginas dejaba suficientes
pista e indicios para que un periodista pudiese ampliar y profundizar
la investigación.
Después de eso dejamos de vernos por un tiempo, pero por
mi parte seguí investigando y estudiando el caso, asunto
sumamente difícil por estar totalmente relacionado en lo
general y en lo particular a la clandestinidad guerrillera, esa
zona oscura cuya naturaleza sustantiva es la simulación.
La guerrilla simula siempre y en todo caso por pura y elemental
necesidad práctica de sobrevivencia: engañar al adversario
(y con él a todos los que están fuera del propio y
reducido círculo), es una garantía de vida. La información
sobre su estructura, métodos, planes, operatividad, medios,
personal y recursos es rigurosamente secreta y compartimentada.
Sin embargo siempre es posible encontrar claves dispersas en los
documentos publicados al calor de los debates ideológicos
en distintas etapas, y también en la memoria viva de los
distintos protagonistas de esos hechos. Hablé con algunos
de estos últimos e hice un rastreo y recopilación
de viajas publicaciones relacionadas. Sobre el silencio de Pancho
llegué a formarme una hipótesis que muy bien puede
ser infundada.
Pancho estaba muy mal económicamente y bastante enfermo.
De hecho, en una crisis de salud que había sufrido varios
meses antes de nuestros encuentros, los médicos locales que
lo atendieron lo habían desahuciado por completo. Entonces
no tuvo otro remedio que acudir a sus antiguos camaradas: Fermán
Ciefuegos y sobre todo Shafik Hándal mediaron para que viajara
a La Habana y fuera atendido clínicamente allá sin
costo alguno.
Él había sido durante varios años el principal
enlace entre la Resistencia Nacional y los dirigentes máximos
de la revolución cubana, y contaba con mucho orgullo que
incluso Fidel Castro llegó a visitarlo en su lecho de enfermo.
El tratamiento resultó exitoso y Pancho pudo regresar al
país casi rejuvenecido. Pero solo le había ganado
una batalla a la enfermedad que lo aquejaba. Para cuando nos encontramos,
los síntomas del mal habían vuelto a aparecer y lo
sumían en agudas crisis periódicas.
Pancho no tenía fondos como para enfrentar los costos de
una hospitalización en buenas condiciones, de modo que la
solidaridad cubana seguía siendo su última y única
opción real. Y obviamente uno no puede ir por ahí
contando los secretos negros de quienes le tienden la mano en los
momentos difíciles. En esas condiciones, y en el supuesto
de que la muerte del comandante Jovel fuera en efecto una operación
de la inteligencia cubana, y también en el supuesto de que
Pancho lo supiera, ahí estaba la razón de su silencio.
Un encuentro con los espíritus
Pero había un factor que alteraba todo ese cuadro: poco antes
de que finalizara la guerra, Pancho tuvo una experiencia extraordinaria
que incluso relató parcialmente en su libro: una amiga lo
llevó a una sesión espiritista y ahí, para
su desconcierto, la médium lo contactó, según
sus palabras, con el mismísimo Roque Dalton, que había
sido asesinado por sus propios compañeros revolucionarios
en 1975.
Pancho estaba convencido de que aquel contacto y diálogo
con el poeta revolucionario había sido auténtico,
tanto que poco después del fin del conflicto, se puso a estudiar
sistemáticamente literatura esotérica e ingresó
a la masonería. Pancho y Dalton se habían formado
juntos en Cuba y, en aquel momento, ambos pertenecían a la
misma organización: el Ejército Revolucionario del
Pueblo, ERP.
Pero no solo eso: Alejandro Rivas Mira, fundador y por entonces
comandante en jefe de esa organización clandestina, acusado
de haber sido el autor intelectual del alevoso asesinato de Dalton,
era primo hermano de Pancho.
De modo que al abordar ese tema en su libro, revelando detalles
hasta entonces desconocidos, y reafirmando la culpabilidad de sus
antiguos camaradas y de su propio primo, Pancho estaba cumpliendo
un compromiso con Dalton: decir la verdad, con el objeto de que
el espíritu del poeta descansara en paz. Es de suponer entonces
que el mismo imperativo se debatía en su interior respecto
de la verdad sobre la muerte del comandante Jovel. Al menos eso
es lo que yo intuía, y parece que no estaba equivocado.
Una tarde de principios de febrero del año 2005 recibí
una llamada telefónica de Pancho, su voz sonaba cavernosa
pero débil y jadeante: “Estoy en el hospital y creo
que ya no voy a salir de esto, compadre, ya me llegó la hora.
Véngase de urgencia ahora mismo que no se cuanto tiempo más
me quede, tráigase su grabadora porque, antes de irme, quiero
decirle algunas cosas que me he callado y que necesito decir. Lo
espero, pero no se tarde”. Por cuestiones de trabajo no pude
asistir ese mismo día a la cita. Pancho falleció al
día siguiente y se llevó a la tumba su último
secreto.
Las conjeturas
Mi sospecha inicial sobre la participación cubana en la muerte
del comandante jovel tenía fundamento en diversos indicios
y, sobre todo en lo que el mismo Pancho había revelado en
su libro, “En silencio tenía que ser”. Ahí,
en la página 226, relata que luego de haber viajado a Panamá
y de recibir las explicaciones del general Omar Torrijos, quien
había participado personalmente en la fallida búsqueda
del avión y de sus pasajeros, dio la noticia a los miembros
de la jefatura de la Resistencia Nacional, y fueron ellos quienes
formularon al menos cinco hipótesis.
Uno: “… que había sido la CIA que había
detectado la ruptura de la unidad revolucionaria en El Salvador,
y al asesinar al comandante Jovel se haría imposible que
volviéramos a unirnos por la desconfianza que se generaría”.
Dos: “Otros afirmaban que podía ser Torrijos, o uno
de sus allegados, quien avisó a los estadounidenses del viaje
del comandante, y aprovecharon para golpearnos en la cabeza”.
Tres: “Otros decían que la CIA podía tener ubicada
como de los sandinistas la empresa aérea que transportaba
a los compañeros. Probablemente les llamó la atención
la seguridad que se montó en los hangares días antes
de partir el vuelo, podrían haber creído que algún
comandante sandinista viajaría en misión especial
secreta y decidieron sabotear el avión”.
Cuatro: “No faltó quien afirmara que había sido
una operación combinada entre cubanos y sandinistas, que
a lo mejor no estaban satisfechos con las posiciones independientes
y soberanas que expresaba Ernesto Jovel y concluyeron que era peligroso
para el proceso unitario y revolucionario salvadoreño, y
por eso decidieron eliminarlo”. En ese mismo párrafo
Pancho apuntó que quien sostuvo esa última hipótesis
puntualizó lo siguiente: “Ten en cuenta, Pancho, que
los sandinistas hicieron su propia investigación, pero nunca
nos informaron del resultado, y cuando tocas el tema lo evaden,
eso explicaría el silencio cómplice de los cubanos”.
Cinco: “Otro dijo: los panameños tampoco nos dieron
copia de la grabación del contacto radial entre el piloto
y el aeropuerto pese a insistir e insistir; es más, el vuelo
era legal, pero nunca reportaron el accidente ni reconocieron que
habían muerto los pasajeros, se negaron a extender las partidas
de defunción, y nunca aceptaron que los compañeros
desaparecieron en el espacio aéreo panameño”.
En la búsqueda del “por qué”, en la fijación
de los hechos y en su ubicación en un contexto político
específico (método que, como he dicho antes, me fue
recomendado por el mismo Pancho para orientar mi investigación),
resulta claro que lo sustantivo estaba en las siguientes frases
citadas por Pancho en su libro: “… que había
sido la CIA la que había detectado la ruptura de la unidad
revolucionaria en El Salvador”… y esta otra: “…cubanos
y sandinistas, que a lo mejor no estaban satisfechos con las posiciones
independientes y soberanas que expresaba Ernesto Jovel y concluyeron
que era peligroso para el proceso unitario y revolucionario salvadoreño,
y por eso decidieron eliminarlo”.
En esa ruptura de la unidad revolucionaria en El Salvador, a la
altura de septiembre de 1980, en las vísperas mismas del
lanzamiento de la Ofensiva General revolucionaria de enero de 1981,
y en esa independencia y soberanía en el pensamiento del
comandante Ernesto Jovel está toda la clave del enigma de
su muerte. Era justamente eso lo que había que estudiar detenidamente.
La ruptura
En 1980 se registra el momento más álgido del ánimo
insurreccional en El Salvador, cuando la izquierda fue capaz de
poner en la calle a más de 300 mil manifestantes. Pero los
revolucionarios estaban fragmentados en cinco distintas organizaciones
prácticamente hostiles entre sí.
El Partido Comunista había acusado a los guerrilleros de
ser agentes provocadores de la CIA; los guerrilleros contra atacaban
alegando que los comunistas eran simples electoreros reformistas
y pequeño burgueses. Pero también entre los guerrilleros
había hostilidad y desconfianza: las FPL, marcadamente marxistas
lenininistas, acusaban al resto de organizaciones político
militares de tener profundas desviaciones socialdemócratas;
y entre estas últimas también la división parecía
insalvable.
La Resistencia Nacional era un escisión evolucionada del
ERP, y el punto de quiebre entre ambas organizaciones había
sido el asesinato de Roque Dalton. Después de ese crimen,
el ERP había condenado a muerte a toda la dirigencia de los
disidentes, llegando incluso a atentar, aunque fallidamente, contra
el dirigente máximo de la RN: Ernesto Jovel.
A principios de 1980, cuando ya los frentes amplios de la izquierda
reclamaban la unidad a sus dirigencias político militares,
Ernesto Jovel concedió en la clandestinidad una entrevista
a la Revista Por Esto, de México, justamente sobre el tema
de la unidad revolucionaria; ahí, entre otras cosas dijo
una frase que haría escándalo: “Yo no voy a
sentarme en la misma mesa con los asesinos de Roque Dalton”,
en clara referencia a los dirigentes del ERP.
En esas condiciones de dispersión y pugna era imposible aspirar
a una victoria revolucionaria. Todos los dirigentes insurgentes
tenían perfecta conciencia de ello, pero las desconfianzas
mutuas eran muchas y enormes, prácticamente insuperables.
Tuvo que ser un mando superior a todos ellos juntos quien les impusiera
desde afuera la unidad: el comandante Fidel Castro.
Así, el 22 de mayo de ese año, luego de algunas reuniones
conjuntas en La Habana, se funda en San Salvador la Dirección
Revolucionaria Unificada, DRU, primer escalón de lo que meses
después se constituiría en el FMLN. Fue ese primer
organismo unitario el que comenzó a preparar la famosa y
fallida “ofensiva final” con un ánimo totalmente
triunfalista.
Pero la tal unidad duró apenas cuatro meses. A principios
de septiembre, se hace pública la ruptura de la Resistencia
Nacional para conmoción general en la izquierda, y para aguda
consternación de sus aliados estratégicos, principalmente
los cubanos y los sandinistas.
Pero, ¿por qué se dio la ruptura de la Resistencia
Nacional?, ¿y por qué apenas unas semanas después
el máximo comandante de esa organización, Ernesto
Jovel, viaja a Managua y a La Habana para explicar la situación
a sandinistas y cubanos, al más alto nivel, y más
aún, para pedir su reingreso a la unidad?, ¿y qué
tenía que ver con todo esto el general panameño Omar
Torrijos?
En la respuesta a esas preguntas está la explicación
de la muerte, o el asesinato, del comandante Ernesto Jovel.
(Lea la próxima semana la tercera entrega de este
reportaje: “Lo que Pancho no quiso contar”)
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