
La patria en la edad de la razón
Nunca en nuestra historia habíamos tenido condiciones generales tan favorables en el camino hacia el desarrollo. Las consignas de la guerra proclamaban que el poder nace del fusil. Pero lo que los salvadoreños queremos es la vida digna, en paz y libertad. Y eso sólo nace de las ideas. Ahora tenemos la oportunidad de construir nuestro futuro sobre la base de un Estado democrático. Parece que hemos entrado, por fin, a la Edad de la Razón.
Lunes 17 de septiembre
de 2007
Geovani Galeas
redaccion@centroamerica21.com
Los salvadoreños hemos gozado del prestigio de ser laboriosos y solidarios, pero también nos hemos ganado la infamia de ser violentos y crueles. Nadie ama más a su terruño que nosotros, pero tampoco nadie lo abandona tan masivamente y con tanta facilidad para ir en busca de mejores condiciones de vida.
Sorprendimos al mundo por la intensidad del odio y la crueldad desplegado en la guerra, y volvimos a sorprenderlo por la impecabilidad de nuestros Acuerdos de Paz. Somos generosos e ingratos impredeciblemente; somos volubles.
Cerramos el siglo XX con una guerra civil y un Acuerdo de Paz. Ese paso de la violencia al entendimiento fundamenta este proceso con que felizmente ingresamos al siglo XXI.
¿Cómo se operó esta alentadora mutación en nuestro destino colectivo? Las respuestas son múltiples y complejas, en tanto que ni guerra ni paz pueden juzgarse como fenómenos coyunturales. Ambas opciones fueron sedimentándose lentamente a lo largo de toda nuestra historia.
Desde la fundación misma de la república, la violencia persistió como una constante hasta condensar todas sus potencialidades en el estallido fratricida. Pero en medio de los continuos disturbios también la razón, aparentemente derrotada una y otra vez, fue acumulando sus conquistas hasta coronar su empresa con el fin del enfrentamiento armado mediante el diálogo.
En ese formidable proceso de entendimiento refundamos la nación. Ahí, quizá por primera vez, escuchamos realmente al otro, al que siempre vimos como enemigo que había que aniquilar. Ahí, razonablemente, renunciamos a muchas de nuestras aspiraciones particulares, en función de la aspiración mayor de la generalidad. Ahí reconocimos un pasado autoritario y excluyente que obstruía nuestro desarrollo.
Ahora estamos empeñados en construir un modelo democrático e incluyente. Este proceso no es ciertamente irreversible, pero nunca, en ningún otro momento de nuestra historia, tuvo la razón tantas posibilidades de imponerse a las pasiones beligerantes, en virtud de una dinámica política y social que en lo general se ha liberado de los más onerosos lastres del pasado.
Para empezar, este proceso cuenta con el concurso de todos los sectores que constituyen el espectro político nacional. Y este es un hecho sin precedentes en nuestra historia. Las facciones no han dejado de ser tales, pero se han comprometido, todas, en un empeño común: el respeto al Estado de Derecho.
Desde que la paz fue firmada, en 1992, los conflictos políticos y sociales, gravísimos algunos, han terminado por resolverse sin excepción dentro del marco institucional.
Llegados a este punto, y consideradas como subalternas las dificultades propias de todo proceso incipiente y de toda convivencia social, quizá no es exagerado afirmar que los salvadoreños de hoy nos parecemos más a lo que estamos llamados a ser -pacifistas, democráticos, integrados al gran diálogo del mundo-, que a lo que tradicionalmente hemos sido -violentos, autoritarios, sordos a los ideales del humanismo universal.
Democracia y modernidad
Democracia y modernidad, conceptos paradigmáticos en la cultura universal, son también palabras claves en nuestra historia. No precisamente por la realización de esas ideas sino por las luchas que su realización ha supuesto.
Luchas siempre tenaces y casi siempre erráticas: una vez conquistada la Independencia , los patriotas latinoamericanos se lanzaron a la búsqueda de la modernidad. Pero el fundamento de la modernidad es la democracia. Así, en nuestro país, como en el resto de América Latina, se redactaron, o más bien se copiaron, constituciones democráticas. Sin embargo, se vivió una realidad de guerras, cuartelazos y dictaduras.
Lo significativo es que aún ahora, cuando en casi toda la región esas taras parecen haber quedado en el pasado, la modernización sigue siendo un objetivo, porque ninguna de nuestras naciones puede considerarse plenamente moderna.
Se ha señalado que nuestros pueblos eligieron la democracia porque les pareció que era la vía hacia la modernidad. Pero como muchos pensadores y la misma experiencia han demostrado, la verdad es lo contrario: la democracia no es el camino de la modernidad sino el resultado de ella.
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Roque Dalton
(1935-1975)
El alma nacional
(1969)
Patria dispersa: caes
como una pastillita de veneno en mis horas.
¿Quién eres tú, poblada de amos,
como la perra que se rasca junto a los mismos árboles..
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Ya Alberto Masferrer advertía, en 1921, que luego de la Independencia , y aún mucho después, se creyó que bastaba con votar una ley para resolver cualquier problema nacional:
“…Y hasta se cifraron esperanzas de prosperidad istmeña en decretos de legislación teorizante. El desencanto vino luego, amargo y profundo. Sin conocer el medio o despreciándolo, copiamos y quisimos implantar las más avanzadas constituciones del mundo civilizado. Pero la democracia no se realizó más que en el hecho de transcribirse. En la realidad, nuestra vida fue, ha sido y todavía tiene manifestaciones de lo colonial”.
¿Cuántas veces oímos hablar de modernización a dictadores, juntas de golpista y gobiernos sin clara o con muy débil vocación democrática? En efecto, en varias coyunturas se emprendieron en nuestro país proyectos modernizadores, pero siempre se postergó el componente democrático, o se redujo a mero ejercicio retórico.
Mientras José Figueres, presidente de Costa Rica en la década de los setenta del siglo pasado, suprimía al ejército e invertía en programas de cultura y se preguntaba: “¿para qué tractores sin violines?”, nuestros gobernantes -igualmente empeñados en la modernización, pero sin detenerse en menudencias tales como libros o violines-, no concebían siquiera la posibilidad de dejar de sumar fusiles a los tractores del anhelado progreso. Creían que se podía avanzar a troche y a moche, pero eso era sólo una ilusión que, al cabo, tuvo un costo demasiado alto.
Los espejismos
En 1975 El Salvador fue sede de un concurso mundial de belleza. El lema publicitario oficial proclamaba que el nuestro era el país de la sonrisa; la televisión mostraba sin cesar la amabilidad de nuestra gente, la belleza de nuestra tierra y el auge de un proceso de desarrollo industrial. Sonrisa, amabilidad, belleza y desarrollo eran verdad. Pero no eran toda la verdad.
El presidente en turno, coronel Arturo Armando Molina, había llegado al poder tres años antes mediante un muy cuestionado proceso electoral; la Universidad Nacional había sido intervenida militarmente; en las calles se multiplicaban las manifestaciones populares de protesta, mientras que un considerable sector de la izquierda tomaba el camino de las armas y cientos de activistas políticos eran asesinados o desaparecidos por las fuerzas del régimen. Represión e insurgencia. La fuerza en el papel protagónico de la vida nacional. Nada nuevo. David Escobar Galindo ha escrito al respecto:
“En nuestro país se fue configurando a lo largo del tiempo un sistema de vida caracterizado por la preeminencia de la fuerza, con sus secuelas de arbitrariedad, abuso e intimidación (...) la deificación de la fuerza es uno de los componentes psicológicos más identificables en nuestro desarrollo histórico. Ese principio autodestructivo no sólo moldeó el esquema político, sino que fue impregnando todas las relaciones sociales, familiares y personales, hasta hacer creer que la fuerza, convertida en violencia institucionalizada y en violencia revolucionaria, sería el motor de la salvación nacional”.
La experiencia ha demostrado con creces que el desarrollo sobre la base del autoritarismo y la exclusión es insostenible, tanto como la redención por la vía del fuego. Ambos extremos son espejismos. Pero el empecinamiento en marchar tras ellos ha determinado en buena medida nuestra historia.
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David Escobar Galindo
(1943)
Duelo ceremonial por la violencia
(1971)
III
Húndete en la ceniza, perra de hielo,
Que te trague la noche, que te corrompa
La oscuridad; nosotros, hombres de lágrimas,
Maldecimos tu paso por nuestras horas.
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Divididos en facciones en permanente beligerancia, la visión que los salvadoreños hemos tenido de nuestra propia historia ha sido otro espejismo: los héroes de un bando son los villanos del otro, y viceversa. Quien ha ejercido el poder político ha impuesto al resto de la sociedad su propia y particular antología, rigurosamente expurgada de nombres adversarios. Apenas comenzamos a vislumbrar la posibilidad de una historia que nos identifique a todos como una sola comunidad.
El estallido
En 1981 entramos a la guerra tan larga y minuciosamente preparada. El país se dividió en este y el otro lado de una trinchera, y fue la nuestra una pobre realidad en blanco y negro: nosotros éramos los buenos y aquéllos los malos, pero ambos matábamos, y ambos éramos salvadoreños.
Ninguno de nuestros compatriotas, ninguna de nuestras instituciones, ninguna zona de la vida nacional estuvo exenta del impacto devastador de la guerra. La economía, la educación, el arte y la literatura, la religión y el deporte, los usos y las costumbres, la fisonomía y el espíritu del campo y de las ciudades, los valores éticos, todo se alteró en el torbellino de los acontecimientos bélicos. La guerra cambió profundamente nuestro modo de ser.
Durante el conflicto no sólo se deterioró la infraestructura, se ahuyentaron las inversiones, la industria, los capitales, y el grueso de las partidas presupuestarias pasó de los gastos sociales a los rubros; no sólo se redujeron a la mitad los ingresos por las exportaciones, y se elevó el índice de salvadoreños sumidos en pobreza, también valores mucho más permanentes fueron dramáticamente trastocados.
El tiempo lento de la vida rural, regido por los ciclos de la siembra y la cosecha, el nacimiento y la muerte natural de los prójimos, se aceleró vertiginosamente con los desplazamientos masivos forzados por los combates. El mismo fenómeno quebró en gran medida el arraigo a la tierra de origen, las costumbres largamente sedimentadas y las relaciones familiares. Con ello perdía fundamento toda una cosmovisión, una manera de estar y ser en el mundo, una cultura.
San Salvador, aquella que una vez fuera una ciudad más bien bonitilla con su aura todavía pueblerina, se transformó en un monstruo urbano, creciendo sin orden ni concierto. Y cada salvadoreño se parece un poco a San Salvador. Todos hemos quedado un tanto confundidos y descoyuntados luego de la guerra. Pero ni la ciudad ni nosotros nos hemos limitado a llorar sobre nuestras propias desgracias. Aquellos que como esquirlas fueron dispersados por el estallido, recomenzaron sus vidas en otros países, en tanto que los que se quedaron acá sobreviviendo apenas, se esforzaron por mantener lo poco que se salvaba del gran estropicio.
Poco a poco comenzaron a llegar y a crecer las remesas de los que se fueron; ese sudor que, convertido en dólares, fue el factor que impidió que la economía nacional colapsara enteramente. Poco a poco los que se quedaron fueron sobreponiéndose al impulso autodestructivo y ganándole terreno a la guerra.
Mientras tanto, aquí la guerra perdía adeptos. En su último estertor, en 1989, la guerrilla copó la capital, y la Fuerza Armada bombardeó los barrios populares. Ni aquella ni ésta lograron la victoria, pero entre el enorme saldo de destrucción y sangre quedaron seis cadáveres en el interior de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas: eran seis sacerdotes jesuitas, seis maestros universitarios, seis hombres de pensamiento cuyas ideas ocupan un lugar cimero en la historia intelectual de nuestro país.
Habíamos asesinado a uno de nuestros más altos poetas bajo una acusación sin fundamento alguno, como después lo reconocieron sus ejecutores; a un arzobispo en el altar y en el momento mismo en que levantaba la hostia para consagrar la comunión; a seis sacerdotes jesuitas empeñados en un formidable esfuerzo por suministrar las ideas necesarias para viabilizar la solución política del conflicto; a cuánto humilde ciudadano anónimo, víctima del cruce de fuego. El horror había tocado fondo. Era hora de parar la locura fratricida.
Aunque los firmantes de la paz fueron las cúpulas de los bandos enfrentados, el verdadero protagonista e impulsor del Acuerdo fue el pueblo. Ese pueblo del que, según Escobar Galindo, “se ha hablado tanto que ya hasta la palabra parece gastada. La izquierda marxista abusó del término, pretendiendo apropiarse del sujeto. La derecha tradicional llegó a desarrollar tanto rechazo visceral frente al vocablo, que prácticamente lo eliminó de su diccionario, pretendiendo borrar al sujeto”.
Entendimientos
La paz para nosotros aún no es historia. Es presente palpitante. A pesar de las diferencias de enfoque en cuanto a las modalidades para emprender dicha reconstrucción, hay un consenso: no basta con el cese del fuego ni con los acuerdos de carácter político: es necesaria una completa transformación cultural que garantice nuestro desarrollo.
Pero habiendo perdido un tiempo precioso en los afanes de la guerra, entramos un tanto rezagados a la dinámica de un mundo en pleno proceso de globalización, en el que debido a la revolución tecnológica, sobre todo en el campo de la informática, se aprecia una evidente pérdida de autonomía de los Estados Nacionales, y las fronteras culturales entre lo propio y lo ajeno tienden a desvanecerse. Comenzamos a preocuparnos por el perfil nacional, la identidad cultural, justo en el momento en que los fenómenos de la globalización han multiplicado las posibilidades de los encuentros pero también de los conflictos multiculturales.
Será difícil poner nuestro reloj al tiempo del mundo. Pero cualquiera que sea el desafío que como nación se nos plantea, lo cierto es que, en general, ahora estamos mucho mejor preparados para enfrentarlos. Porque la toma de las grandes decisiones cada vez es menos un asunto exclusivo de una élite. Nunca como ahora el peso de la sociedad civil ha sido tan decisivo en el rumbo que hemos elegido.
Los debates de todo tipo e intensidad, están a la orden del día, tanto en los medios masivos de comunicación como en los múltiples espacios generados por las instancias organizacionales de la sociedad civil misma. La crítica, vigorosa y constante, se ha convertido en el elemento más dinamizador de la vida nacional.
Del pasado autoritario aún surgen algunos fantasmas inquietantes; la persistencia del rezago económico nos exaspera a veces; la violencia delincuencial nos abate; los partidos políticos no parecen estar siempre a la altura de sus compromisos; nos impacientan las imperfecciones de la democracia... Pero todo ello, de manera creciente y cada vez más efectiva, es objeto de la fiscalización ciudadana.
Aún los más pesimistas se han visto obligados a reconocer que nunca en nuestra historia habíamos tenido condiciones generales tan favorables en el camino hacia la modernidad. Las consignas de la guerra proclamaban que el poder nace del fusil. Pero lo que los salvadoreños queremos es la vida digna, en paz y libertad. Y eso sólo nace de las ideas. Ahora tenemos la oportunidad de construir nuestro futuro en paz, sobre la base de un Estado democrático. Parece que hemos entrado, por fin, a la Edad de la Razón. |