
Ex militares y ex guerrilleros salvadoreños juntos
en una desastrosa aventura en Irak
Este reportaje, construido sobre la base de charlas con algunos de los protagonistas de la aventura en cuestión, narra la expectativa, el viaje, la estadía y la frustración de un grupo de salvadoreños, que alguna vez fueron enemigos en el campo de guerra y que decidieron probar fortuna juntos en el infierno iraquí.
Lunes 17 de septiembre de
2007
Herard Von Santos
Segunda Entrega
redaccion@centroamerica21.com
Después de despedirse de la familia, los 35 salvadoreños contratados por la empresa estadounidense Triple Canopy empezaron la travesía hacia la guerra de Irak. México, Ámsterdam y Jordania eran los destinos clave marcados en el itinerario. A primera vista era fácil prever que el entrenamiento ofrecido en tierras estadounidenses –Miami y Houston- no se realizaría, y juzgando por el nivel de preparación de los contratados, especialmente las mujeres, también eran previsibles algunos problemas.
En Jordania fueron alojados en un hotel de Aman, una alerta de posibles ataques con misiles antiaéreos en el aeropuerto de Bagdad les impedía salir inmediatamente, era el primer encuentro con los peligros reales o posibles que les esperaban.
Durante la espera fueron presentados a los norteamericanos que tendrían a su cargo al grupo de salvadoreños, y con ellos llegó otra sorpresa que dejaba ver que no todo era como se los habían explicado en San Salvador. Los instructores eran realmente infantes de marina recién desmovilizados, ninguno había sido miembro de las fuerzas especiales norteamericanas, y el criterio para su contratación había sido el dominio del español. Según los norteamericanos los salvadoreños, eran todos veteranos de guerra y con entrenamiento especial, en ningún momento se les hablo de que fuera necesario algún tipo de capacitación adicional.
Después de un par de horas de espera en la base de la Real Fuerza Aérea Jordana, un signo que evidencia la colaboración entre algunos Estados y las empresas privadas de seguridad, los salvadoreños y un numeroso grupo de civiles y militares estadounidenses abordaron el avión que los llevaría a su destino final.
Sesenta minutos después, la aeronave sobrevolaba la capital iraquí, en la aproximación al aeropuerto internacional, el avión comenzó a realizar maniobras evasivas, volando en círculos cada vez más bajo como medida para dificultar el disparo de misiles antiaéreos portátiles por parte de la insurgencia local, signo nada halagüeño de la situación en la zona
El callejón de la muerte
Al desembarcar y tras un expedito trámite de revisión, el grupo fue acomodado en autobuses con seguridad armada como protección. Los recibió un frío de cinco grados bajo cero, y no tardaron en darse cuenta que sería junto a la insurgencia iraquí, un enemigo más del que tendrían que cuidarse. El siguiente paso fue atravesar el callejón de la muerte, una zona de siete kilómetros entre el aeropuerto y la capital, particularmente peligrosa por la frecuencia de emboscadas que ha sufrido en ese tramo de camino el ejército norteamericano. Lo superaron sin sobresaltos pero cada vez eran más concientes de que el peligro de muerte no era solo un formulismo del contrato.
Finalmente el grupo llegó a la base, unas instalaciones improvisadas dentro de un gran complejo militar compartido por militares y civiles estadounidenses. El área de los contratistas civiles era defendida por guardias filipinos, a quienes los salvadoreños iban a relevar. Inmediatamente, fueron alojarlos en una enorme tienda de campaña, cincuenta camas se alineaban a lo largo de la galera.
Después de una corta bienvenida fueron asignados a tareas de vigilancia, las instrucciones fueron precisas no descuidarse ni un minuto porque sus cabezas valían $10,000, esa es la recompensa ofrecida por la insurgencia a cambio de cada extranjero muerto.
La vida cotidiana
El grupo fue organizado en tres escuadras, que conformaban un pelotón; el mando recayó en un oficial retirado, el de mayor jerarquía en el grupo. Los jefes de escuadra norteamericanos serían los sargentos Juárez Prado, el cabo Nixon, que no hablaba bien el español, y los sargentos Raven y Bulldog, y como encargado de logística el subteniente Dany de Puerto Rico. Estarían en esa base por tres días y luego serían llevados a sus puestos de trabajo definitivos.
La comida era ración “C”, es decir alimentos de combate para todos, excepto para los estadounidenses que comían en el comedor de los soldados americanos. Las ropas entregadas no eran adecuadas para el frío, y el entrenamiento aunque no estaba considerado en el plan, la realidad demostró que era indispensable.
La herramienta de trabajo sería el AK-47, pero no era del todo familiar para los salvadoreños. Nixon, el especialista en armas rusas, debía impartir una capacitación, pero después de varios intentos sin lograr darse a entender con un español casi nulo, el oficial salvadoreño que lideraba al grupo tuvo que relevarlo. En uno de los entrenamientos de arme, desarme, limpieza y operación del fusil, un maestro con poca preparación militar, que además era el único salvadoreño contratado como traductor, sufrió un accidente en el casi mata a otro compañero que estaba en la línea de tiro.
Las seis mujeres, que desde el principio se mostraron nerviosas habían llegado a un punto de total desmoralización, una de ellas se desmoronó completamente, no paraba de llorar y de pedir que la regresaran a El Salvador. El personal de Triple Canopy en el lugar logró llevárselas a sus cuarteles generales en la zona verde de la capital donde recibieron mejor atención alimenticia, ropas para combatir el frío y lograron calmarlas momentáneamente.
En el cuartel de la Guardia Republicana de Sadam Hussein
Al fin los equipos y las armas fueron entregadas a los salvadoreños, un fusil AK-47 con siete cargadores y 30 cartuchos cada uno, dos ametralladoras PKM y una RPK -las armas habían sido provistas por oficiales del ejército norteamericano, no se sabe en que calidad o si se había pagado por ellas o por su alquiler-, un uniforme y un arnés/chaleco de lona para llevar los cargadores, de la ropa para el clima frío no hubo ni rastros.
Empezaron a preparar la movilización hacia la ubicación donde prestarían sus servicios como guardias de seguridad. No era de agarrar maletas y salir, se montó un complicado dispositivo. Los primeros en partir serían dos estadounidenses junto al oficial salvadoreño, abordaron un Mercedes Benz negro, completamente blindado con portezuelas especiales que les permitían disparar desde dentro del automóvil. Al oficial le asignaron una ametralladora RPK, y fue alertado de que si durante el trayecto sospechaba de algún automóvil iraquí o si alguno se acercaba demasiado estaba autorizado a disparar su ametralladora, los muertos no debían preocuparle. El resto del grupo los seguiría con un intervalo de media hora y con medidas de seguridad similares.
La nueva base del grupo resultó ser un antiguo cuartel de la Guardia Republicana de Sadam Hussein. Cuando el grupo completo se instaló se llevaron otra sorpresa, los turnos de vigilancia serían de 8 horas, más 8 horas de trabajos varios (construir bunkers, troneras, trincheras, llenar sacos de arena, etc.) y otras 8 horas de descanso, nadie recibiría pago por las horas extra.
Los incumplimientos de las condiciones pautadas en San Salvador eran cada vez más frecuentes, el contrato y los seguros de vida todavía no había sido firmados; por el momento el único amparo que tenían era de palabra, aunque los peligros enfrentados habían sido bastante reales.
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