Walter Béneke en la memoria de Ricardo Lindo: Un superministro con carta blanca
En sus años de estudiante en Europa, Walter concibió una sopa genial. Zampaba de todo dentro de la olla y después tenía comida para toda la semana: verduras cocidas, carne cocida, huevos duros y, por supuesto, sopa.
La primera vez que lo recuerdo, allá por 1960, estábamos en la casa del mar de mis tíos. Francisco Altschul, mi primo, y yo, nadábamos en la piscina cuando él se acercó al borde. Respetuosamente me dirigí a él diciendo:
-Walter, usted… -¿Cómo? -Usted… –repetí sin comprender. -Dile tú – me dijo Francisco. En efecto, era lo que deseaba.
Nosotros éramos niños y él ya era un joven exitoso (creo que ya era embajador de nuestro país en Japón), y era, en todo caso, el conocido autor de dos piezas de teatro con las cuales comienza y concluye su literatura. Dije que lo trataba respetuosamente y sin embargo me había dirigido a él por su nombre de pila. El hecho es que las circunstancias lo situaban a medio camino entre el mundo de los adultos y el nuestro. Su padre era alemán, de ahí la amistad de sus padres con mis tíos, pues el padre de Francisco era salvadoreño alemán.
El joven dramaturgo era amigo asimismo de mi padre, el escritor Hugo Lindo, pero era mucho menor que él. Los Béneke eran numerosos y Walter era de los mayores, y resulta que su hermana menor, Milita, era como nosotros preadolescente y amiga nuestra. Varios de los Béneke han muerto ya. Milita vive lejos y a sus cien años doña Sarita, la madre, vive aun, con la cabeza lúcida según me han dicho.
Y tú ¿por qué no volviste a escribir?
Años más tarde de esa tarde de la piscina, pregunté a Walter:
-Y tú ¿por qué no volviste a escribir?
-Porque releí lo que había escrito –me respondió.
Sus obras de teatro, no obstante, habían sido acogidas con satisfacción e incluso con entusiasmo por los intelectuales y la gente del oficio.
Funeral Home y El paraíso de los imprudentes fueron representadas en varios países y obtuvieron elogiosas críticas. Pero no hay crítico más severo que sí mismo y el ego de un artista suele ser el más abominablemente sensible.
Recuerdo, a este respecto, lo que dice el poeta francés Saint-John Perse en una de sus cartas: “Nadie puede pensar peor que yo de mis escritos, pero me hiere hasta lo más íntimo cuando alguien dice la mínima cosa en contra de ellos”.
Las obras de Walter Béneke estaban en la línea de los autores existencialistas, tan en boga en esos años cincuenta en que las publicó, y eran buenas sin duda. Pero Walter era tajante y no regresaba sobre sus decisiones. A sus personajes les atormentaba la duda, pero pareciera que a él no. Es un defecto, pues a veces no dudar se parece a no reflexionar y posiblemente eso lo condujo a su prematura muerte.
Pero su ánimo de escritor siguió manifestándose.
En una carta a doña Sarita escribe lo que cada uno de nosotros hubiera deseado decir a su madre: “Todos afirman que tienen la mejor madre del mundo, pero no saben que sólo los Béneke tenemos la razón”.
La efebocracia
Cuando fue ministro de Relaciones Exteriores tuvo lugar la guerra con Honduras, la llamada “Guerra del fútbol”. Al mismo tiempo, Armstrong tocaba la luna con sus gruesos zapatos de astronauta. El presidente Fidel Sánchez Hernández dijo entonces: “¿Cómo es posible que el hombre pueda caminar por la superficie de la luna y un salvadoreño no pueda transitar seguro por las veredas de Honduras?” Esas frases eran de Walter, según contó en un artículo, años después, uno de los más jóvenes funcionarios del ministerio, el poeta David Escobar Galindo.
Porque Walter, quien veía el país como un ser anquilosado que necesitaba urgentemente de sangre nueva, no vaciló en situar en puestos de importancia a varios jóvenes que no llegábamos a los treinta, tanto en el misterio de Educación como en el de Relaciones Exteriores, pues pasó por ambas carteras. Alguien con venenoso ingenio habló entonces de su “efebocracia”.
Pero Walter tenía un ojo bastante seguro, y rara vez se equivocó al nombrar a este o a aquel. Roberto Monterrosa, quien más tarde dirigió la más exitosa Casa de la Cultura de la red del ministerio de Educación, inició su carrera en esas fechas como Director de Publicaciones. Edgardo Quijano pasó a dirigir la Sala Nacional de Exposiciones. “Los tres Robertos”, los pintores Galicia y Huezo, y Salomón, novel director de teatro, ocuparon cargos claves en el naciente bachillerato en Artes, que dirigía una vieja jovencísima y adorable, Magda Aguilar.
El recordado Carlos De Sola, quien tanto valía y tan pronto partió, pasó a ser Director Nacional de Artes. El arquitecto y pintor Salvador Choussy fue nombrado agregado cultural en la embajada de El Salvador en Italia, el novelista José Luis Valle en Inglaterra y similar puesto ocupé yo en Francia… detengamos la lista en el ominoso “yo”.
El hecho es que todos tuvimos alguna significación en la vida cultural del país en las décadas posteriores.
Un juego de indios y vaqueros
Pero, al despreciar instituciones y personas que estaban antes, Walter dio lugar a resquemores profundos. Esto se hizo particularmente sensible cuando impuso una reforma para modernizar la educación. Era necesaria esa modernización, pero no tomó muy en cuenta al magisterio. Cuando los maestros, incómodos por deber aplicar novedades que no entendían y para las cuales no estaban preparados, bloquearon su entrada al ministerio de Educación, Walter entró por el techo en helicóptero.
Para él era un juego de indios y vaqueros. Para ellos, una inaceptable ofensa. Esto fortaleció al sindicato magisterial, ANDES 21 de junio, al punto de constituirlo en una fuerza en la guerra civil que se avecinaba.
Pero la gran labor de Walter, sin duda, fue su apoyo a la cultura. El dio vida al Centro Nacional de Artes, a la Televisión Nacional Educativa, a las Casas de la Cultura, y nunca el arte tuvo tanto apoyo como bajo la égida de ese superministro que contaba con carta blanca por parte del presidente.
Walter Béneke Medina nació en 1930 y murió asesinado a balazos a la puerta de su casa en 1980, sin que el crimen fuese aclarado jamás.
Con El paraíso de los imprudentes ganó los Juegos Florales de San Salvador de 1955. Con Funeral Home, el Certamen Nacional de Cultura de 1959.
De tez fresca, de aspecto siempre juvenil pese a las entradas de calvicie, de modales viriles y un tanto cortantes que mitigaban su sonrisa cordial y su mirada pícara, fue también un pionero en la lucha por las libertades individuales. Él era homosexual y desafió a la muy gazmoña sociedad salvadoreña de aquellos días viviendo con su compañero, sin que nadie osara echárselo en cara.
En este espacio de la sección Cultura, la pluma y la mirada de Ricardo Lindo, ofrece a nuestros lectores retazos de la persona y la personalidad de escritores y artistas que, junto a la lectura de sus obras nos acercan al universo íntimo de cada uno de ellos, y de la época en que vivieron.