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Bailando pegado con la Santa Muerte
I
Los beatos la ven como un presagio divino, los criminales la adoran
en los territorios oscuros y subterráneos del México
indomable, la llaman Santa Muerte, le ponen su velita y la tienen
siempre presente. Los que jalan el gatillo saben bien de qué
se trata, ella es la que manda.
Lunes 17
de septiembre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
En una época en que la música fue mejor
vendida en sus formatos originales de acetato, aquellos años
setentas del siglo al que recordamos como la era de oro del rock
y de los jipis, la música pop se apoderó de las juventudes
como nunca después.
En este país donde no hablamos tan claro el castellano y
menos el inglés, la influencia de la música norteamericana,
en sus versiones country, pop, rock y muchas baladas que se nos
metieron en la sangre, nos hicieron llorar, soñar y extrañar,
de la manera en que el Correcamino podría echar de menos
al Coyote si a alguien se le ocurriera tomar un borrador para quitarlo
de las sagradas páginas de la persecución patrocinada
por ACME.
Nosotros solíamos bailar cualquier música en las fiestas
de los pueblos, siempre y cuando su ritmo diera para ello, no nos
satisfacía escucharla, queríamos, a toda costa, bailarla,
si era pegado mejor.
Las fiestas para los muchachos de la secundaría eran en horas
de la tarde, no en una discoteca sino en alguna casa donde se instalaba
el equipo de sonido que algún vecino arrendaba para que la
juventud, en lugar de masturbarse la mente con las ideas de los
pacifistas que querían acabar con las guerras del mundo,
sacudieran el esqueleto.
Digamos, por ejemplo, que El año del gato o La calle principal
nos iban muy bien al momento de poner nuestras manos sobre una niña
con cintura de avispa.
El crimen, la muerte, el amor, eran los temas de aquellas canciones,
aunque nosotros no reparábamos en ello, no al menos cuando
se trataba de una balada en inglés. Para nosotros una balada
era por sí misma una canción de amor, y aunque nuestras
calles y barrios estuvieran repletos de muertos, para nosotros la
balada era siempre el amor en estado gaseoso, el ritmo pesaba sobre
la letra.
La guerra ya no estaba en Vietnam sino en nuestras propias calles
y casas, y los muertos eran los chicos y las chicas que antes bailaban
enamorados.
Nos hicimos un poco grandes, otros un tanto viejos, bailando Hotel
California, abrazados a una chica, con las mejillas pegadas, pecho
a pecho, las manos ocupadas en sostener las tentaciones desbordantes
de la juventud.
Cuando la guerra acabó, aquella generación que la
hizo, seguía bailando las mismas viejas y gastadas canciones
de los años setentas, que durante muchos años se vendieron
en las calles. Una de ellas fue Hotel California.
Los enamorados se quedaron acariciando una mirada trémula,
un roce de piel, un beso, un soplido al oído, un asomo con
la nariz a los cabellos húmedos de sudor.
Con seguridad, mientras esto sucedía, alguien había
esgrimido un arma para dejar en las sábanas de un hotel ese
color rojo que es tan difuso cuando viene de la mano de la señora
que siempre llegará inevitablemente.
Un grupo de norteamericanos, de una de esas delegaciones que llegaron
a dispararnos sus cámaras fotográficas, se quedaron
embrutecidos al principio y riendo al final. La balada Hotel California
era la historia de un crimen, de un evento misterioso; pero los
gringuitos desconocían que nosotros la bailábamos
como si se tratara de una declaración de amor.
El oído algunas veces traiciona mejor que el corazón,
o al menos lo finge. Nosotros la habíamos estado bailando
con ojos de enamorado en medio de nuestros propios crímenes.
Al paso de los años, cuando escucho a Las Águilas
tocar la melodía de ese hotel de California, y aún
sabiendo algo sobre su letra, me niego a aceptar que nuestra adolescencia
se haya esfumado junto a una canción que nada tenía
que ver, al menos en apariencia, con el amor.
Los salvadoreños solemos bailar o hacer fiestas cuando se
supone que debemos rezar y seguimos matando al ritmo de un lenguaje
puritano; todos los discursos políticos y del deporte, las
noticias, las puteadas de la calle y el pensamiento criminal están
dotados de una inspiración divina: primero dios que no se
me encasquille el cuete.
En los frentes de guerra solíamos decir que a los jóvenes
que nos fuimos en busca del sueño prohibido se nos había
congelado el tiempo: aunque el conflicto armado se dio en los años
ochentas y noventas, nosotros seguíamos escuchando en secreto
We Are The Champions, y hoy somos los campeones de nuestra propia
melancolía, la de una generación cuyo mejor aporte
fue el saber mostrar sus altas capacidades para matar a sus semejantes.
II
A mitad de la guerra, un grupo de guerrilleros salvadoreños
se reunió en Santiago las Vegas, Cuba, en una actividad cultural
(y política), para conmemorar un aniversario de la muerte
en combate del doctor Ernesto Guevara de la Serna.
La figura todavía erguida de Fidel y el legendario Piñeiro
del Comité Central de Partido Comunista se hicieron presentes
a una pequeña finca plantada con aguacates. Frente a la comisión
de mutilados guerrilleros salvadoreños leyeron el programa
para la actividad hecha por éstos, al final se fueron de
bruces: “Compañeros, en Cuba no se baila cuando se
conmemora la muerte del comandante Che Guevara”, nos dijo
Fidel con voz de trueno mientras nos apuntaba con su dedo emblemático
de la justicia revolucionaria.
Farid Handal, hermano del legendario Shafik Handal, daría
un discurso, después había un par de escenificaciones
a cargo de los heridos de guerra y por supuesto el discurso de Fidel,
al final del programa decía: Fiesta bailable. “Coño,
chico, si quieren bailar, háganlo, no hay problema, pero
de mañana en adelante”, dijo con indignación
el viejo Piñeiro.
En los frentes de guerra solían darse cosas similares, cuando
se recordaba la muerte de Farabundo Martí o de algún
compañero caído en combate, cantábamos la Milonga
del fusilado, después terminábamos bailando Band on
the Run del grupo Wings. El tiempo es implacable, aprendimos a mover
el chingolingo para matar el mismo miedo a la muerte y hacerla nuestra
amiga entre comillas.
Algo sucedió con nosotros, que no hemos hecho distingos a
la hora de bailar y de morir, es quizá un reencuentro con
una versión ancestral hacia ese paso definitivo tan infinitivo.
Los jóvenes de las ciudades y del campo siguen moviendo el
esqueleto a un ritmo que debe ser visto muy de cerca para entenderlo,
en la mayoría de fiestas populares o carnavales suele haber
muertos al compás del reguetón.
La forma popular de expresarnos frente al recuerdo y al dolor, al
miedo y la angustia, la soledad y el olvido, ha estado marcada por
una forma evasiva que se oculta magistralmente en nuestro propio
miedo a vernos en el espejo.
Estamos donde estamos y somos lo que somos, con diez muertos por
día, sombras negras, jóvenes azuzados por la violencia,
pandilleros con vírgenes de Guadalupe tatuadas en el brazo
con el que esgrimen el arma. Ahora mismo sostenemos el cuerpo en
una posición musical mientras nuestra mente acomoda la lujuria
inevitable de bailar bien pegado con la Santa Muerte.
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