¿Accidente o asesinato?
La oscura muerte de un comandante insurgente
Pocos recuerdan ahora
a Ernesto Jovel, un obrero industrial que participó en
la fundación de las primeras guerrillas salvadoreñas,
y que llegó a ser uno de sus jefes estratégicos.
Su muerte nunca fue explicada y su nombre ha sido silenciado extrañamente
por la izquierda… ¿Murió en un atentado fraguado
por sandinistas y cubanos en combinación con algunos de
sus propios compañeros? Son muchos los indicios que apuntan
en esa dirección. Este es el recuento de los hechos.
Lunes 17
de septiembre de 2007
Geovani Galeas
(Cuarta y última entrega)
ggaleas@centroamerica21.com
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El hombre caminaba tranquilamente por una de las
calles más transitadas de San Salvador. Era blanco, delgado
y de mediana estatura. Parecía un ciudadano más que
salía de su trabajo y marchaba a su casa. Pero en realidad
no tenía trabajo ni casa. O más bien tenía
una ocupación muy particular y muchísimas casas en
las que pernoctaba sin quedarse más de una noche en una sola
de ellas.
Era Alberto Ramos, el secretario general del Frente Amplio Popular
Unificado, FAPU, un organismo que aglutinaba asociaciones campesinas,
obreras, estudiantiles y magisteriales entre otras. Ya solo con
eso bastaba para que, tanto los escuadrones de la muerte como la
guardia y la policía quisieran echarle mano. En los últimos
meses, cientos de activistas sociales y políticos habían
sido encarcelados o asesinados. Pese a todo, él era una figura
pública que a rostro descubierto arengaba en mítines
y encabezaba marchas de protesta.
Lo que muy pocos sabían era que además, en la clandestinidad
y bajo el pseudónimo de Alejandro Lara, era miembro de la
jefatura máxima de las guerrillas de la Resistencia Nacional,
(RN). En los últimos meses había sostenido frecuentes
encuentros conspirativos con algunos militares dispuestos a intentar
un contra golpe de Estado, incluyendo al coronel Adolfo Majano,
miembro de la Junta de Gobierno, y también había introducido
al país importante cargamentos de armas en vuelos clandestinos.
Para esa mañana, de principios de septiembre de 1980, estaba
programada una reunión entre los dirigentes de las cuatro
organizaciones guerrilleras que, desde mayo de ese mismo año,
se habían integrado en la Dirección Revolucionaria
Unificada, bajo los auspicios de Fidel Castro, con el objeto de
sumar esfuerzos para lanzar una ofensiva militar conjunta contra
el régimen.
Alejandro Lara participaría en el encuentro como delegado
del comandante en jefe de su organización, Ernesto Jovel,
quien le había dado instrucciones precisas para que explicara
y sostuviera, con firmeza, la posición de la RN ante los
representantes de las otras organizaciones.
Un auto se detuvo de pronto a su lado. Alejandro Lara cambió
seña y contraseña con el conductor y abordó
el vehículo que de inmediato volvió a ponerse en marcha.
Cerró los ojos y no volvió a abrirlos hasta que, después
de dar muchas vueltas por la ciudad y arribar por fin a la cochera
de una casa, lo autorizaron para hacerlo.
En la sala lo esperaban sus contrapartes, quienes, al igual que
él mismo en ese momento, cubrían sus rostros con capuchas.
Las posiciones de cada organización sobre la estrategia insurreccional
eran ya conocidas. El punto en debate, en ese momento, era la forma
en que el organismo unitario tomaría las decisiones finales:
si por consenso o por mayoría. La RN se decantaba por la
primera opción, pero las otras tres fuerzas habían
acordado ya el método de mayoría. La RN perdía
tres a uno en todo caso.
Alejandro Lara fue muy claro: “Nuestra organización
no aceptará nunca ese método. Olvídense, no
vamos a someternos a un tres a uno. La RN no va a aceptar órdenes
de la mayoría. Discutamos para llegar a un consenso razonado
o no cuenten con nosotros”. No hubo manera de hacerlo cambiar
de parecer, y justo en esos términos concluyó la reunión.
Días después la Dirección Revolucionaria Unificada,
DRU, anunció la ruptura.
La versión de Alejandro Lara
Veintisiete años después de aquella reunión,
Alberto Ramos, dedicado ahora a actividades académicas, me
cuenta su versión de los hechos.
-¿Entonces usted no formuló una renuncia explícita
a la unidad en esa reunión?
-No, solo insistí en que no íbamos a aceptar el tres
a uno… Ellos lo tomaron como una declaración de ruptura.
-¿Usted expresaba ahí una postura personal
o un acuerdo de su organización?
-Esa era la postura de nuestra organización y de su jefatura.
-Pancho dice que se trató de una decisión personal
de usted, y que eso se lo confió el mismo Jovel.
-Esa es la versión de Pancho, pero no es la verdad: Jovel
y yo estábamos perfectamente de acuerdo.
-¿Entonces por qué, semanas
después, Jovel viajó a Managua y La Habana para ofrecer
explicaciones y solicitar el reingreso a la unidad?
-Lo que yo sé es que Jovel fue a explicar nuestra posición
como organización, no a pedirle disculpas a nadie. En ese
momento la RN tenía una política muy clara respecto
a los aliados, y la esencia de esa política era la independencia
y la soberanía de nuestras decisiones estratégicas.
En efecto, Fermán Cienfuegos, quien sustituyó a Ernesto
Jovel en el mando y formó parte de la comandancia general
del FMLN, publicó después de la guerra un libro titulado
“Crónicas entre los espejos”, ahí se refiere
en varios pasajes a esa política particular de la RN, y afirma
que comenzó a gestarse desde 1977 “para no recibir
órdenes ni de Moscú ni de Pekín, ni de La Habana
ni de Washington”.
En 1978, la RN realizó en San Salvador siete secuestros de
empresarios nacionales y extranjeros por los cuales cobró
un rescate de al menos 60 millones de dólares. “El
fondo de guerra que provino de esas capturas era precisamente para
no depender de nadie. Esa era una idea audaz y desafiante en aquellos
momentos”, advierte, y agrega que los funcionarios del Partido
Comunista de la Unión Soviética, irritados ante ese
no alineamiento, lo consideraban “un viraje de derecha”.
“Desde 1980”, puntualiza, “la RN concibe una política
de relaciones internacionales de abanico con el Congreso de los
Estados Unidos, la Internacional Socialista europea, México,
Costa Rica y Panamá, al igual que con Cuba, China y Argelia,
actividades que se vieron muy sospechosas por ser independientes
a las súper potencias y sus influencias. En el FMLN nunca
se entendió esa política exterior (…) Ya en
el FMLN se gestan intrincadas discusiones entre los cinco comandantes
generales, donde se configuran dos pensamientos diferenciados: el
socialdemócrata y los comunistas”.
El factor Torrijos
-¿Entonces por ahí es por donde van los tiros en esta
historia? -le pregunto a Alberto Ramos.
-Creo que sí. En la izquierda no se veía bien nuestra
relación especial con el general Torrijos, porque al no ser
comunista no se le consideraba un aliado confiable. Pero ese pensamiento
independiente de la RN iba mucho más allá…
-Y ya estamos entrando en la cuestión, ¿no?
-Así es. Por los momentos en que se dio la famosa “ruptura”
nosotros, como RN, estábamos en un dilema: nuestros contactos
dentro del ejército salvadoreño nos informaron que
estaba preparándose un contra golpe de Estado por parte del
grupo militar de derecha, y nos propusieron adelantarnos a esa maniobra
en un movimiento conjunto entre ellos y nosotros. Yo mismo fui a
tratar de persuadir al coronel Majano, que estaba en la Junta de
Gobierno, de que nos apoyara en ese intento.
-¿Cuál fue su respuesta?
-Él vacilaba demasiado, quería garantía de
que el resto de organizaciones guerrilleras también apoyarían.
Pero eso no podíamos garantizárselo nosotros. En la
izquierda el debate era revolución o reformas, socialismo
o democracia. Y eso implicaba o lanzarnos a una guerra solos para
luego acceder a todo el poder e instaurar el socialismo, o actuar
en ese mismo momento junto a los militares patriotas y compartir
el poder en un régimen constitucional democrático.
-¿Y ustedes creían que ese era el momento adecuado
para actuar y estaban dispuestos a la alianza con los militares?
-Si… Por eso es que digo que estábamos en un dilema
y bajo presión. Como el contra golpe de derecha estaba en
curso, y nosotros estábamos en la conspiración con
los militares que nos apoyarían, todos los fines de semana,
durante más de cinco meses, concentrábamos en varias
casas de San Salvador a más de mil milicianos y guerrilleros
prestos a recibir la orden de entrar en acción en cualquier
momento.
-¿Estaba armada esa gente?
-En buena parte sí, pero también esperábamos
que los militares que se alzarían nos proporcionarían
más armas.
-¿Estaba la RN dispuesta a lanzarse con los militares sin
el apoyo de las otras fuerzas guerrilleras?
-Pues nos esforzábamos por persuadir a los compañeros,
pero si no había más alternativa sí lo haríamos.
Esa era la decisión.
-¿Con qué garantías contaban respecto a los
militares que los apoyarían?
-Ese es el punto importante: el garante del pacto entre la RN y
la Juventud Militar sería el general Omar Torrijos. En eso
veníamos trabajando en secreto y ya era una cuestión
bastante avanzada. Por eso nos urgía definir la situación
respecto a las otras fuerzas revolucionarias.
-¿Entonces Jovel iba a Panamá a terminar de
amarrar esa operación con Torrijos?
-Exacto, y a que nos proporcionara más armas.
-¿Eso lo sabían los cubanos y los sandinistas?
-No tenían por qué saberlo ni nosotros por qué
contárselos.
-Pero Pancho si lo sabía,¿no? Él era el enlace
de ustedes con los cubanos y los sandinistas, y había preparado
la relación con el general Torrijos.
-Así es.
-¿O sea que si pudieron conocer ese plan alternativo por
medio de Pancho?
-No puedo afirmarlo, pero es una posibilidad.
-Sé de buena fuente que los cubanos siempre terminan convirtiendo
a “nuestro hombre en La Habana” en “su hombre
en nuestras filas”… Bueno o al menos siempre lo intentan.
-Es natural, eso es un principio de inteligencia. Lo extraño
sería que no lo intentaran.
Había llegado el momento de la pregunta clave.
-¿Usted cree que la muerte de Jovel, Coto y Anita, fue el
resultado de un accidente?
-No, no lo creo. Yo tuve mucha experiencia en ese tipo de vuelos
en aviones bimotores, y es prácticamente imposible que fallen
los dos motores.
-¿Cree que Pancho fue el autor intelectual del complot?
-Tampoco lo creo. Para un atentado de ese tipo se necesita una capacidad
técnica que Pancho no tenía.
-¿Entonces quién mato al comandante Jovel y a sus
compañeros?
-Pregúntese a quién le convenía que eso sucediera…
En aquél momento de triunfo sandinista y de intensificación
de la lucha revolucionaria en Guatemala y El Salvador, los cubanos
tenían muchas expectativas en la región, y por eso
se había formado un polo La Habana-Managua que atraía
a los revolucionarios centroamericanos en lucha. Solo nosotros,
la RN y nuestro comandante Jovel, estábamos en otra sintonía,
intentado construir un polo alterno Panamá-El Salvador.
-¿Qué hizo usted después de la muerte de Jovel?
-Estuve en el frente de guerra en Guazapa. Casi un año después
asistí, en Managua, a una reunión preparatoria de
nuestro Congreso. La muerte de Jovel y otros problemas relacionados
habían provocado una crisis interna bastante aguda en la
RN y se había desatado una fuerte pugna entre sectores de
la organización.
-¿Fue entonces que sus propios compañeros intentaron
liquidarlo a usted?
-Sí. Fuimos como quince cuadros los que tuvimos ese problema.
Dimos una lucha interna y la perdimos.
En esos momentos yo también estaba en Managua, en una casa
de seguridad del ERP ubicada en el kilómetro 14 de la carretera
sur. Ya había caído la noche. Joaquín Villalobos
y otros comandantes estaban en una reunión de planificación
militar.
De pronto llegó Alejandro Lara con una compañera de
la dirección de la RN. Los dos estaban sumamente tensos y
me pidieron que los pusiera en contacto urgente con Villalobos.
Lo hice. Le dijeron que los querían matar y que necesitaban
protección. Villalobos llamó de inmediato al comandante
sandinista Humberto Ortega, y fue este quien intermedió efectivamente
para detener el derramamiento de sangre entre distintas facciones
de la Resistencia Nacional.
El FMLN le ofreció a Alejandro Lara y sus compañeros
una beca para que estudiaran en Moscú o La Habana. Alejandra
Lara declinó la propuesta, volvió a ser Alberto Ramos,
se retiró de la militancia política y se dedicó
a estudiar y a trabajar. Veintiséis años después
le pregunto a Alejandro Lara si no siente la tentación de
regresar a la militancia política partidaria.
-Definitivamente no–, me responde.
¿Accidente o asesinato?
La oscura muerte de un comandante insurgente (Primera
Entrega)
¿Accidente o asesinato?
La oscura muerte de un comandante insurgente (Segunda Entrega)
¿Accidente o asesinato?
La oscura muerte de un comandante insurgente (Tercera Entrega)
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