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Ex militares y ex guerrilleros salvadoreños juntos en una desastrosa aventura en Irak


Este reportaje, construido sobre la base de charlas con algunos de los protagonistas de la aventura en cuestión, narra la expectativa, el viaje, la estadía y la frustración de un grupo de salvadoreños, que alguna vez fueron enemigos en el campo de guerra y que decidieron probar fortuna juntos en el infierno iraquí.

Lunes 24 de septiembre de 2007
Herard Von Santos
Tercera y ultima Entrega

redaccion@centroamerica21.com


El primer grupo de 100 salvadoreños partió para Irak en septiembre de 2004, otros 30 el mes siguiente y 42 en noviembre.

Lo que en un tiempo fue la sede de la Guardia Republicana de Sadam Hussein, ahora rebautizado como Campo Olimpia, era el lugar de trabajo de los salvadoreños, y la sede de la empresa Triple Canopy. Es un área de dos manzanas, completamente fortificada y con estrictas medidas de seguridad, ubicada entre lo que fue la residencia oficial del dictador iraquí y el palacio presidencial. El recinto incluye un hotel para ejecutivos y personal de alto nivel, gimnasio, bar y las instalaciones para el alojamiento del personal de Triple Canopy.

Ya instalados en la base, las irregularidades se hicieron cotidianas. El primer problema serio surgió cuando un civil al que todos llamaban Gravi sufrió hipotermia. La asistencia médica, ofrecida durante la contratación en San Salvador, sería brindada en hospitales de la coalición; sin embargo Gravi fue remitido con un ex boina verde que había recibido entrenamiento paramédico. Cuando sus ruegos por asistencia médica fueron atendidos, su estado era lamentable.

El destino de los salvadoreños sería Bagdad, la capital iraquí; Kirkut al norte y Basora al sur.

De las mujeres se desconfiaba de su presteza para el manejo de fusiles AK-47, era obvio que no tenían entrenamiento y la capacitación ofrecida en Irak no fue ni adecuada ni suficiente, como para confiarles un arma de este tipo y un puesto de vigilancia. Se les entregaron pistolas y se les ordeno hacer turnos con el equipo de la entrada principal, pero el frío y la mala comida las descorazonaron y fueron relegadas a tareas de limpieza de las instalaciones.

El único traductor que acompañaba al grupo, un profesor, se enfrento a los encargados estadounidenses alegando que su contrato (al menos como se lo habían planteado en El Salvador) no especificaba hacer turnos de guardia sino solo servir de traductor, después de cierto impase logró que lo relevaran de tal tarea y fue asignado a tareas administrativas.

Los contratos: el principio del fin


Después de dos semanas de trabajo en el Campo Olimpia, personal civil de la empresa Triple Canopy se hizo presente para la firma de los contratos. El grupo fue formado en una columna y pasaron uno por uno a estampar su firma en el documento. Nadie les explico el contenido del contrato, ni mucho menos las prestaciones u obligaciones que el mismo contenía y para rematar el asunto, el texto estaba en ingles.

Todos firmaron, excepto el oficial salvadoreño de mayor rango. Alegó que la situación era anormal e ilegal, y exigió que al menos les entregaran una copia del contrato del seguro de vida. El sargento Raven, un boina verde a cargo del grupo trató de convencerlo de que firmara y que en la noche le entregarían la copia del seguro. El oficial se negó.

Las instrucciones eran precisas: no descuidarse ni un minuto porque sus cabezas valían $10,000, esa es la recompensa ofrecida por la insurgencia a cambio de cada extranjero muerto.

Al día siguiente, se le inquirió al oficial a que firmara su contrato, ante su negativa fue amenazado con ser expulsado de las instalaciones y ponerlo a merced de la insurgencia iraquí. Para que tuviera tiempo de reflexionar, intentaron aplicarle correctivos físicos, pero no lograron concretar los castigos. Finalmente fue enviado a otra instalación de la empresa ubicada en la zona verde junto a varias instalaciones estadounidenses.

Al cabo de unos días lo trasladaron a Jordania, para ser repatriado junto a otros dos salvadoreños evacuados de Basora y Kirkuk. Uno de estos salvadoreños regresaba por problemas médicos ocasionados por el trabajo, y sin embargo no recibió indemnización alguna.

Los problemáticos salvadoreños

Los salvadoreños se convirtieron en un problema para Triple Canopy. Además de los que estaban asignados en Bagdad, otro grupo prestaba servicios en Basora. Para estos, además de múltiples incumplimientos en los horarios de trabajo, la mala alimentación y las condiciones precarias de alojamiento y de trabajo, la gota que rebalso el vaso, fue el atraso en los pagos. Para presionar decidieron no cumplir con sus obligaciones, informaron a sus superiores que no asumirían sus turnos de guardia mientras no les fuera depositado el dinero que les debían. Lograron que les pagaran, y también que les rescindieran el contrato. A los pocos días fueron repatriados.

En el traslado al antiguo cuartel de la Guardia Republicana de Sadam Husseim les advirtieron que si un carro iraquí parecía sospechoso o se acerba demasiado estaban autorizados a dispararle, los muertos no debían preocuparles.

Noventa ex infantes de marina chilenos ocuparon los puestos dejados por los salvadoreños. Los suramericanos llegaron con sus propios mandos, mejor organizados y equipados que los salvadoreños, con botas de combate y uniforme. Los comandaba Miguel Pizarro, un polémico personaje, director de Red Táctica Consulting Group, empresa de inteligencia de negocios, especializada en temas estratégicos y de defensa con sede en Washington.

Pizarro fue quien manejó el reclutamiento en Chile y en otros países de Suramérica. Para Triple Canopy y para otras empresas de seguridad, los problemas no acabaron con los chilenos. Al poco tiempo también surgieron problemas con ellos, y tuvieron que buscar otras alternativas que los llevaron a contratar personal en Perú, Ecuador, Honduras y últimamente en Colombia.

En todos estos lugares dejaron una estela de denuncias por malos tratos e incumplimiento de las condiciones de trabajo prometidas.

En el aspecto estrictamente laboral, estas empresas no dependen de casi ninguna regulación explícita sobre sus responsabilidades legales. No hay claridad sobre ante cual sistema jurídico hacer valer las obligaciones contractuales: el del país en que prestan sus servicios, el de la empresa que contrata, o el de la empresa local sub-contratada o en última instancia del propio ejército norteamericano quien provee los contratos a estas empresas.

Son alrededor de 20,000 agentes de seguridad los que operan en Irak, son la segunda fuerza militar más importante después del ejército norteamericano. Actualmente, dichas empresas se están haciendo cargo de las líneas de suministros del ejército iraquí y del norteamericano, ampliando considerablemente su accionar militar.

La ley de la oferta y la demanda

El conflicto iraquí se ha convertido en un importante polo mundial de empleo.

Recientemente la empresa Halliburton dejó de recibir solicitudes de trabajo, porque además de que no tienen plazas vacantes, tienen una reserva de más de cien mil currículos.

El empleo más común es el de guardia privado, sin embargo también hay trabajo para contadores, mecánicos, técnicos agrícolas, administradores de empresas y toda una gama de contrataciones vinculadas con la reconstrucción. La mayoría de plazas en la reconstrucción se las agencian los mismos iraquíes. Sin embargo, para los norteamericanos, Irak se ha convertido en una tentadora fuente de empleo. Un contrato de un año en Irak, puede significar triplicar los ingresos para un electricista o un contador estadounidense.

Prestar servicios como guardia privado en Irak es un negocio rentable a pesar de los peligros y de que la creciente oferta de personal ha derivado en disminución de los salarios. Los especialistas en seguridad más cotizados, generalmente provenientes de las fuerzas especiales, son los alemanes, ingleses, israelíes y estadounidenses; llegaron a tener sueldos promedio de $10,000 mensuales por ocho horas diarias de trabajo; algunos llegaron a cobrar $1,000 diarios, actualmente el salario más ronda los $350 diarios.

Para los latinoamericanos que se aventuraron en Irak, principalmente chilenos, salvadoreños, colombianos y peruanos, el salario promedio mensual como guardias privados oscilaba entre $1,000 y $3,000 mensuales. El pago actual de los latinoamericanos ronda los $750 mensuales.

Actualmente hay aproximadamente 20,000 guardias privados prestando servicios en Irak, en el momento de mayor demanda llegaron a ser casi cincuenta mil efectivos. Unos tres mil guardia privados han sido heridos prestando servicios de seguridad y unos 600 han resultado muertos.



Seguridad privada: territorio sin ley

La participación de empresas privadas de seguridad en conflictos armados, no es una práctica nueva, ya estuvieron antes en Irak en la guerra del Golfo en 1991, tuvieron participación en los conflicto de Bosnia y también en Croacia, han intervenido en múltiples conflictos africanos. Sin embargo ha sido en Irak donde han cobrado mayor protagonismo, por los millonarios contratos, por la cantidad de agentes involucrados y por las constantes ilegalidades y escándalos de violación a derechos humanos en que se han visto involucrados.

La Cruz Roja advertía hace un año, el vacío regulatorio en torno a las empresas de seguridad, y señalaba como prioritario devolver la responsabilidad de los actos de estos agentes a los gobiernos; de tal forma que se puedan aplicar las convenciones internacionales suscritas por los diferentes Estados. Incluso señalaba que en caso de caer prisionero un agente de seguridad, no es claro si puede ser protegido por la convención de Ginebra. Aunque por la tónica de los movimientos insurgentes del medio oriente, no son muchos los soldados, o agentes privados que hayan logrado sobrevivir a una captura.

Este vacío legal ha sido evidenciado en diversos incidentes en los que se han visto involucrados agentes de estas corporaciones de seguridad. Hay evidencias, según la Cruz Roja , de la participación de agentes privados en interrogatorios en la cárcel de Abu Ghraib , lugar donde prisioneros iraquíes fueron torturados por soldados norteamericanos. En 2006, una guardia privado estadounidense, disparó contra un taxista iraquí simplemente porque ese día “tenía ganas de matar a alguien”, Triple Canopy, la empresa contratista realizó una investigación interna y despidió a los involucrados, pero no hubo consecuencias legales. El más reciente incidente, ocurrido hace menos de una semana, pareció copar la paciencia de las autoridades iraquíes.

Después de que agentes de Blackwater, encargada de la protección del personal civil estadounidense en Bagdad, se vieran involucrados en un tiroteo en el que murieron diez civiles y un policía iraquí, el ministerio del Interior decidió revocar la licencia de operación de la empresa, prohibió sus operaciones en territorio iraquí y exigió que todo el personal, excepto el involucrado en el incidente, abandonara el país. Además anunciaron que iniciarían una investigación penal contra los involucrados. Diferentes presiones de Estados Unidos han suavizado la posición iraquí, y aunque han autorizado operaciones limitadas para Blackwater, mantienen la decisión de continuar la investigación penal.

Según las mismas corporaciones dedicadas a prestar servicios de seguridad, la creciente demanda de servicios privados ha generado un caos en el mercado. La aparición de licitaciones con contratos importantes, ha motivado la creación casi instantánea de empresas que carecen de la experiencia y de los “estándares” mínimos de operación. Esto a su vez ha dado lugar a que la contratación de personal sea poco supervisada, y se acepte personal sin preparación para cumplir con un número establecido en un contrato.

El incidente protagonizado por Blackwater parece ser que también ha colmado la paciencia del Congreso estadounidense, quienes están pidiendo una investigación, no sólo de este caso en particular, sino de todo el sistema de contrataciones privadas y de las regulaciones sobre sus acciones.

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