Suscríbete al Newsletter

Boletín semanal gratis

Google
 
 
 


Ismael G. Fuentes

Ismael G. Fuentes
En la memoria de Ricardo Lindo:
La escuela de San Salvador y los modernistas


Debo volver sobre el artículo dedicado a don Francisco Gavidia a raíz de un trabajo aun inédito, del cual me han llegado ecos. Se trata de una Antología del modernismo en El Salvador (1880-1910) realizada por Ricardo Roque Baldovinos, jefe del Departamento de Letras de la UCA. Ya había recibido por intermedio de mi hermana Astrid algunos textos encontrados por Roque.


Lunes 24 de septiembre de 2007
Ricardo Lindo

redaccion@centroamerica21.com

 

 

Sombras devueltas a la memoria

Pues bien. Resulta que don Francisco Gavidia siempre insistió en que el Modernismo, la gran revolución literaria guiada por Rubén Darío, verdadero Bolívar de las letras de América, debiera ser llamado Escuela de San Salvador. Los críticos, y yo los seguí sin cuestionarlos, han insistido en cambio en que sólo la innovación métrica hallada por don Francisco y transmitida a Rubén es rescatable para la historia del Modernismo.

Pero Roque Baldovinos indaga y ve que el asunto va mucho más lejos. Una generación de escritores nacientes sigue en San Salvador las amables locuras de Gavidia y Darío, en cuenta Rafaelita Contreras, la joven salvadoreña que fuera primera esposa de Darío y de la cual enviudó. Y en San Salvador surge la primera generación de poetas modernistas y la estética misma del Modernismo.

Ricardo Roque revisa olvidadas fuentes, El Fígaro (1894-1895, cincuenta y un números) La Juventud Salvadoreña (1889-1897) y La Quincena (1903-1907). Ya están ahí las princesas vagorosas, los exotismos orientales, los cisnes cuyos curvados cuellos interrogan el horizonte, y muy pronto cuatrocientos elefantes caminarán a la orilla de la mar.

Entre esas sombras que Roque Baldovinos devuelve a la memoria se encuentra Ismael G. Fuentes. No lo conocí, pero debí conocerlo, pues se trata de mi abuelo materno, pero murió sin llegar a envejecer. Un ataque cardíaco se lo llevó tempranamente. Había nacido en 1878 y se iba en 1934. El Papa le envió una condecoración póstuma. Hasta poco antes de su fallecimiento dirigía un periódico y una vez un escritor novato, llamado Hugo Lindo, llegó a ver al director por un asunto de poca monta. Fue la única vez que se vieron.

Hugo ignoraba que estaba ante su futuro suegro, don Ismael que ante su yerno póstumo. En el colegio, la muchacha Carmencita Fuentes ni siquiera sabía que Hugo existiera. Hugo Lindo se hubiera emocionado de haber sabido que el director era compañero de primera hora de Rubén y el Maestro Gavidia. Del segundo alcanzó a ser amigo y lo admiró hasta la muerte. Pero la misteriosa vida se reservó todo eso.

Después de la orgía
(Fantasía negra), A Isaías Gamboa
De Ismael G. Fuentes

(…) Había pasado ya el festín; las ricas lámparas despedían luces mortecinas color azulado; sobre las mesas rodaban en horrible confusión las bruñidas copas teñidas con las heces del licor, las músicas habían apagado ya sus sonidos, y a las alegres carcajadas habían sustituido silencio y somnolencia.
Aquella multitud de jóvenes que acaba de dejar el salón hastiada de placer, había sido el galeote de la infamia.
Elma, mi linda prometida, mi musa soñadora, había sido la víctima escogida por mi loca fantasía, y sobre su límpida copa, escancié el amargo licor del primer desengaño, la infidelidad de su adorado Amed.
Era Dioscelinda la culpable de aquel negro crimen; con su boca de labios frescos que repartían impúdicos besos, con sus ojos que eran una llamarada de amor y con sus olímpicas formas que parecían haber brotado del mármol pentélico, al impulso creador del cincel, había fascinado mis sentidos, y ebrio, loco con la belleza de aquella mujer irresistible, había cometido el delito de ser infiel a Elma mi linda prometida.
Sí! yo fui el culpable; yo fui quien la mató.
Y aquella noche al apagarse el último sonido de la morisca guzla de Dioscelinda, cuando ya las ricas lámparas despedían luces mortecinas color azulado, se oyó en el salón un grito de muerte; Elma, la virgen de mis sueños que había expiado mis locuras escondida tras una de las ricas tapicerías de la estancia, había sepultado en su pecho el yatagán que Dioscelinda dejara olvidado en la mesa del festín… ¡Oh Elma, mi linda prometida, vuelve a la vida, ven!
Y Amed, soltando una nerviosa carcajada, tomó de una vez todo el rico chipre que en su copa rebosaba, y una lágrima pura como un diamante líquido rodó en la copa y la bebió también.
La Juventud Salvadoreña
T. VI, N. 1, enero de 1895. p. 26-27.

“Los amigos de papá”

El paso de Ismael por la poesía fue breve, pero no es poca cosa contarse entre los iniciadores del modernismo, y su aporte a la cultura nacional fue grande. Diplomático, historiador y periodista, nunca estuvo lejos de las letras y las artes, si bien su formación tuvo lugar en el distante campo de la milicia. (Estudió en Alemania y, andando el tiempo, otro militar de la escuela, Paul von Hindenburg, presidente de la república de Weimar, recibió al embajador Fuentes tratándolo de “colega”. Entonces, por cierto, no se decía embajador sino ministro de la legación de El Salvador).

Antes de ser nombrado en Alemania fue encargado de negocios de nuestro país en España, donde se codeó con diversos intelectuales.

Recuerdo una tarde en que caminaba en Madrid con mi tía Nora, su hija mayor. Llegamos a la calle Ortega y Gasset y ella dijo:

-¡Ah, sí! Aquí vivía. Era amigo de papá.

Varios “amigos de papá” entraron honrosamente en la Historia además del filósofo español, en cuenta el polígrafo mexicano Alfonso Reyes.

Años después de la muerte del Rey Alfonso XIII, otro diplomático, el poeta Raúl Contreras, tuvo ocasión de conversar en Suiza con su viuda, y la reina depuesta le preguntó:

-¿Y Fuentes?

La Academia Salvadoreña de Historia: su legado

Desde Madrid, a iniciativa del abuelo, se fundó la Academia Salvadoreña de la Historia. Era la cuarta en América.

Era conocido su amor por el arte, y por ello el presidente Alfonso Quiñones le pidió comisionar las esculturas de Colón e Isabel que ornan nuestro palacio nacional a un gran escultor español. El abuelo escogió a Coullat Valera, el mismo de la estatua a Cervantes de la plaza España, en Madrid, y del gran monumento a Bécquer en Sevilla. Más tarde, en Alemania, a pedido de monseñor Dueñas, escogió los hermosos vitrales de la catedral de San Miguel.

Como investigador histórico, El Salvador y Guatemala tienen con él una impagable deuda. Él descubrió la crónica del obispo Cortez y Larraz, pieza fundamental para el estudio de nuestro período colonial, como consta en la primera edición del documento.

Una vez lo vi, vivo aunque incorporal. A sus noventa y seis años, estaba falleciendo mi abuela. Los ojos del retrato al óleo en que aparece el abuelo con su uniforme de ministro se iluminaron y sonrió. A muchas décadas de distancia la estaba esperando con ansiedad de novio, y me lo hizo saber de esa manera.

Conservo de él algunos objetos, en cuenta el sombrero de copa y la maleta con que aparezco en una foto reciente que me tomó Sandro Stivella, y que ha tenido un éxito considerable. Los recibí por medio de mi tía Margarita Fuentes de Altschul, a quien quisiera dedicar estas líneas.


En este espacio de la sección Cultura, la pluma y la mirada de Ricardo Lindo, ofrece a nuestros lectores retazos de la persona y la personalidad de escritores y artistas que, junto a la lectura de sus obras nos acercan al universo íntimo de cada uno de ellos, y de la época en que vivieron.

Claudia Lars
“Esto fue de cuando estuve enamorada de…”

Alvaro Menén Desleal
“Extravagante, divertido y perverso”

Hugo Lindo:
“Hablo de mi padre el poeta Hugo Lindo”

Raúl Contreras:
El escándalo de Lydia Nogales

Mario Hernández Aguirre:
"Come curas, ateo y burlón"

Francisco Gavidia
Un bicho medio loco y un indio Chorotega

Walter Beneké
Un super ministro con carta blanca

SUBIR
 
 

  


 

 

© Derechos Reservados 2007